El verano y los niños

Cerca de casa hay un río y mucha gente transita por su dos orillas: personas mayores conversando (gozo mucho cuando veo a una pareja ya mayor que aún va cogida de la mano), jóvenes corriendo, padres o madres con niños…El otro día me quedé observando una escena deliciosa: un niño que no tendría más de cinco años iba todo contento con su bicicleta y su casco, su padre en otra bici le seguía desde atrás sin quitarle la vista. De pronto pensé que así nos lleva él a nosotros, si el padre fuera delante del niño éste podría perderse o lastimarse, necesita ir detrás, o a su lado, para velar por el pequeño. Comprendí que va a nuestra espalda guardándonos y alentándonos, y como ese chiquitín sentí ganas de volverme y agradecer su presencia.

Estos días me ha ensanchado el corazón la lectura de un libro hermoso por su extrema sencillez y hondura: “Escritos esenciales” de la hermanita Magdeleine de Jesús. En sus cartas, ella anima a sus hermanas en los comienzos de la Fraternidad a vivir el espíritu de infancia. Este párrafo me tocó especialmente: “Pienso, sobre todo, en las que han crecido y envejecido demasiado pronto, y les cuesta inclinarse sobre una cuna de un niño pobre, porque tienen preocupaciones más sabias; en las que están demasiado agobiadas y no tienen tiempo de detenerse ante algo tan pequeño…en las que son demasiado ruidosas y no oyen lo que cerca de un recién nacido, sólo se puede decir en un susurro. Y, sin embargo, el espíritu de infancia…es necesario para entrar en el reino de los cielos’…Tenemos que volvernos como ‘niñas’ para seguir recorriendo el mundo”.

Los ojos de los niños tienen algo sanador, nos desarmamos en su presencia. Nuestra mirada a veces se endurece, la de los pequeños, si no han sido muy lastimados, guarda un poder de redención: se mantiene abierta y luminosa despertando en nosotros ese lugar de inocencia. Aún en las circunstancias más dolorosas y dramáticas siempre encontramos niños jugando. Nos revelan la dimensión de Dios que más nos cuesta en lo cotidiano: su absoluta simplicidad y gratuidad. Ojalá que el tiempo del verano nos haga saborear estos registros y nos lime las durezas del curso, pues él vibra siempre en lo tierno.

Cuando mi sobrina tenía unos cuatro años le pregunté si sabía cuánto la quería Jesús y me contestó que no lo sabía porque él no le había hablado nunca. Yo le dije que a mí sí que me lo había dicho para ella y, abriendo aún más sus preciosos ojos oscuros, me preguntó asombrada: “¿y cuando te habla? ¿Cuando estás sola, sola, sola?”.

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Urge sanarnos

Recuerdo que en una ocasión me comentó una religiosa acerca de una hermana de su comunidad: “ella me quería ayudar pero su manera no me ayudaba”. Me hizo pensar que, en muchas ocasiones, la respuesta de los otros, sus modos de actuar, no se dan en los registros en los que esperaríamos. Es un síntoma de salud reconocer los diferentes registros que compartimos en comunidad, desde la comida, hasta el modo de descansar y la manera de reaccionar. Nos encontramos con frecuencia en vibraciones distintas y nos hace bien reconocerlo y aprender a ir asumiendo esta diversidad. Me abrió los ojos una anécdota que me contó una hermana argentina, ya mayor, que llevaba toda su vida trabajando con niños con diversas capacidades. Me relató que había hecho entre ellos un aprendizaje esencial, que el que más te puede ayudar es el más diferente a ti: dos niños en silla de ruedas no pueden empujarse el uno al otro. Para estos niños ser diferentes no supone amenaza, al contrario, lo diverso del otro se convierte en posibilidad cuando hay encuentro. Tan evidente es esto en la dimensión corporal y cuánto nos cuesta aceptarlo interiormente.

Cuando a las madres del desierto les preguntaban cómo saber si la discípula iba siendo tomada por el Espíritu, ellas venían a decir algo así: “si cubre con misericordia la fragilidad de su hermana”. Enseñaban que el autoconocimiento es imprescindible para una vida en común pues la conciencia de las propias debilidades es la oportunidad para profundizar nuestra compasión con las debilidades de los otros. Las  ammas tenían una aguda comprensión de las batallas internas de cada cual, por eso rechazaban cualquier actitud crítica y censuradora, y cultivaban un corazón tierno y expansivo. Uno de los aprendizajes más importantes era para ellas el de ayudarnos a aligerar las cargas.

Agradezco el correo de una compañera en el que me envía una entrevista a Alain Vigneau, actor, clown y pedagogo, que tras una dura historia personal ha sido capaz de transformar su dolor en arte. Él señala la necesidad que todos tenemos de pertenecer y la constatación de que sacrificamos mucha espontaneidad y dulzura: “somos más amorosos de los que nos mostramos”. Me quedo adentro con esta invitación: “Urge sanarnos cada uno de nosotros, no queda otra para tener una buena sociedad. Dios no nos quiere por cómo somos, sino por cómo es Él”.

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Cinco dírhams

Llevaba tiempo deseando conocer la realidad desde el otro lado, contemplar sus rostros y escuchar sus historias… por eso cuando me escribió una religiosa de Tánger para invitarme a compartir con ellos no lo dudé. Me dijeron que podía ir en avión pero yo quería cruzar el estrecho, atravesar ese mar sagrado. Salí a cubierta para sentir el viento y contemplar esas aguas que albergan miles de vidas humanas y que sólo para unos pocos suponen un abrazo de esperanza. No podía hacer nada más que estar ahí, mirando y bendiciendo en silencio, queriendo honrar esas vidas. Fue como un sacramento.

Religiosas, religiosos, y algunos laicos del norte de Marruecos, pasamos en la casa de las Adoratrices una mañana de retiro. Me han tocado sus vidas entregadas, con tanta gratuidad, en medio de sus hermanos musulmanes. En muchas ocasiones las palabras encendidas del querido obispo Agrelo me habían movido, pero no he tenido la suerte de encontrarlo esta vez, aunque sí de compartir con la comunidad de franciscanos y eclesianas y conocer, entre los rostros de la Iglesia en Tánger, a aquellos que se acercan hasta los montes, en las cercanías de Ceuta, para llevar comida y calor humano a los inmigrantes que aguardan en condiciones inmisericordes una mínima oportunidad.

Las  religiosas de Jesús María me acogieron en su casa y pude sumergirme con ellas en la ciudad y en sus proyectos. Me vengo con el gesto entrañado de una pequeña que vive en su hogar de niñas de la calle: Dar Tika (casa de la confianza). Hace un año que llegó y apenas ha cumplido los siete. Ese domingo había ido a visitarla su madre, de nuevo embarazada, una mujer aún joven pero muy gastada por la miseria y el abandono de su pareja. Llevaba con ella a otra hija aún más pequeña, también con los estragos de la pobreza en su pequeño cuerpo. Cuando se iban a despedir vi que la niña del hogar saca de su bolsillo unas moneditas, las cuenta cuidadosamente: cinco dírhams, y se las entrega a su madre sonriendo: son para su hermanita. Sus ojos brillaban. Después me contaron que se las habían dado unos días antes, en una salida que tuvieron, para que se comprara algunas chucherías.

A la noche, al llegar a casa, nos esperaba la buena noticia de que el Papa Francisco había regresado de Lesbos con tres familias de refugiados. ¿No empieza todo a través de pequeños gestos, con cinco trozos de pan como cinco dírhams?… A los que estamos de este lado nos hace ¡tanto bien! saber que estáis ahí. Shukran. Salam.

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Una parada antes

Llevo todo este curso intentado coger ritmo, cierta rutina sana en las cosas, pero como ando de acá para allá se me hace muy difícil. Algunos de los últimos despistes que he tenido me mandan avisos de que necesito parar, reducir tareas y vivir con mayor atención. Estos días me hace bien volver sobre los textos de Franz Jalics, acoger su invitación a silenciar la vida, percibir, estar presentes, experimentando cómo esa percepción reanima y regenera nuestras fuerzas. ¿Cuándo nos creeremos de verdad que no necesitamos lograr nada? Él escribe en su libro “Ejercicios de contemplación”: “La presión por lograr eficacia, el tener que hacer algo trae consigo miedo y angustia. En la contemplación no necesitamos lograr nada. Estamos liberados de la presión de ser eficaces. Percibir, escuchar… Lo importante es no querer juzgar ni cambiar nada, sino asimilar todo en la manera en que se nos manifiesta. El amor dice: es como es”.

Comentábamos estas palabras con un grupo de matrimonios jóvenes que están en un momento de búsqueda, porque lo que les había sostenido hasta ahora en su fe ya nos les dice, de la misma manera, y no saben por dónde tirar. No me costó reconocerme en esos momentos en los que cierta insatisfacción nos advierte que anhelamos algo más. De vez en cuando uno de los pequeños, entre todos tenían allí varios niños, entraba donde estábamos y susurraba algo al oído de su padre. Cuando nos marchamos ellos tenían que darles la cena y bañarlos antes de acostarlos. Yo me iba a casa y no tenía que ocuparme de nadie de esa manera. Pensaba que también nosotros necesitamos cansarnos por otros.

Me viene ahora la última anécdota que viví en un autobús hace un par de semanas. Llegué a un lugar nuevo que no conocía y un señor que estaba a mi lado me ayudó, indicándome la parada en la que tenía que apearme. Me contó que había sido músico, tocaba el violín y que, cuando participaba en conciertos y tenía que trasladarse, él se bajaba siempre en la parada anterior del lugar a donde se dirigía y se hacía ese último tramo caminando. “¿Por qué?”- le pregunté- y me respondió sonriente: “porque así tenía tiempo para ir preparándome adentro”. Él no sabía el regalo que me estaba haciendo con esta imagen porque eso era también lo que yo necesitaba practicar: aprender a bajarme una parada antes.

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Rostros para la misericordia

Cuando Nelson Mandela murió, el 5 de diciembre de 2013, las cadenas de televisión de todo el mundo emitieron reportajes sobre la figura de Madiba: desde los primeros años de su juventud, sus veinte años en prisión y su etapa final como presidente de Sudáfrica. Doscientos periodistas lo esperaban a su salida de la cárcel, era por fin el momento de cobrarse tanta injustica, él les dejó a todos sorprendidos con sus palabras sobre reconciliación y perdón. Al contemplar su rostro antes y después de esos duros años, me emocionó su transformación. Se fue conformando en él un rostro pacificado, abierto, luminoso, sanador… que había ido dejando atrás los rasgos más duros de su primera etapa.

Otro rostro significativo para mi es el de Carlos de Foucauld, al observar la primeras imágenes de su apretada tez de soldado y de explorador en Argelia vemos como, poco a poco, conforme va madurando la vida de Dios en él, se va convirtiendo en un rostro accesible, apacible, tierno, ofrecido a todos sin exclusión, expuesto. Un rostro que al mirarlo nos atrae hacia una Presencia mayor. Él escribía: “Ser misericordioso es inclinar el corazón hacia todos los desdichados, es lo contrario de ser duro. Es tener la bondad de un corazón que no guarda ninguna sombra de resentimiento hacia aquellos que le hicieron daño, más bien les devuelve el bien por el mal”. Si hay un rostro que en esta cuaresma me habla de esto y me acompaña es el de Mamadou Diara. A sus veinte años soñaba con cruzar la valla que cerca Melilla, quería dejar atrás esos montes donde los que son de Mali, como él, duermen al raso y huyen de los guardianes marroquíes. Quería una vida mejor. Una noche se encaramó con otros veinticinco compañeros en la alambrada, todos resultaron con magulladuras pero él fue más lejos, su cabeza impactó contra el suelo y otros le cayeron encima. Mamadou nunca más podrá llevar una vida autónoma, necesita ayuda de otros para las necesidades más básicas, apenas balbucea unas palabras. Cuando escuché esta dolorosa noticia en la radio fui a buscar su rostro. Su vida se había quebrado irreparablemente, pero siento de manera inexplicable al mirarlo, al no querer olvidarlo, que su presencia herida, aunque debiera juzgarnos, nos perdona, nos da otra oportunidad: por otros chicos como él, por los que sueñan con venir, por los que ya se han puesto en camino… ¿Qué sería de nuestros rostros sin ellos?

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¿Conseguiste lo que querías?

A través de un periódico local descubrí la historia del escritor Raymond Carver (1938-1988), llevaba años alcohólico y habituado a los desmoronamientos afectivos y económicos, cuando conoció a la poeta Tess Gallagher en un congreso de escritores en Dallas, en 1977. Sus amigos decían de él que era un hombre profundamente triste pero al lado de Tess encontró un refugio en el que recomponerse, se desintoxicó y recupero la ilusión. Antes de ese encuentro los médicos le habían diagnosticado seis meses de vida por un cáncer que lo estaba consumiendo. Llegó a vivir once años. Cuando a los cincuenta, la cercanía de la muerte se hizo irremediable, su literatura se fue transformando: celebra el momento y los pequeños milagros del día a día. Todo lo que alcanza a vivir se convierte en motivo de gratitud. Al conocer la historia me emocionó la redención que esta mujer había operado en la difícil y oscura vida del escritor. De eso se trata –pensé– de ofrecer un rostro donde el otro pueda mirarse en su debilidad y reconocerse sincera y profundamente amado, donde pueda volver a sentir bendecida su vida a través de otros ojos. Aprender a otorgar calidez y suelo, y alentar ese potencial de ánimo oculto en cada persona, más adentro de sus peores momentos. ¡Qué fácil es decir esto y cuánto cuesta vivirlo en el día a día con la gente que tenemos más cerca!

Un amigo marista me regaló la colección de pequeños libros “Obras de misericordia” y he comenzado a leer el del perdón, un precioso comentario bíblico de Nuria Calduch-Benagues. Ella escribe al final: “Cada vez que perdonamos una ofensa restablecemos con el hermano y con el mundo una alianza que se había roto, y como consecuencia nuestro corazón se pacifica”. ¡Qué cierto es! Hay tantas personas que sienten que se han quebrado sus vínculos, que se han roto los lazos que les sostenían; hay tantas alianzas por restablecer…No temamos mostrar nuestra vulnerabilidad porque es la puerta para poder recibirnos unos otros en ese lugar donde la vida se suaviza.

En los primeros relatos del escritor Raymond Carver raramente se encuentra un atisbo de esperanza, sin embargo, en sus últimos poemas deja entrever la alegría de haber alcanzado aquello en lo que durante tanto tiempo él mismo falló. Se despide en su poema “Último fragmento” con estos versos: “¿Y conseguiste lo que/ querías en esta vida? /  Lo conseguí/ ¿Y qué querías? / Considerarme amado, sentirme/amado sobre la tierra”.

 

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Estrenándonos

Al pasar la página del calendario, el 2016 se muestra como una tierra por descubrir. Me ayuda cerrar etapas y saborear adentro el pasar de la vida, todo lo que nos trajo el año anterior: los dolores, los contentos, los rostros… siempre los rostros. Igual que de niños estrenábamos en los días de fiesta alguna ropa (en mi pueblo siempre en domingo de Ramos) me gusta sentir que cada tiempo que se nos regala se nos da la posibilidad de iniciar algo nuevo. Podríamos empezar este año estrenando mirada sobre la propia vida, como si en uno mismo pudiéramos descubrir nuevos paisajes. Algo así debía ser lo que le quería descubrir Jesús a Nicodemo: que podemos retomarnos desde un lugar más interior, desde ese Aliento que sostiene el mar, cada árbol, el cielo estrellado, las pequeñas flores amarillas, la trama de ternura y solidaridad entre los pequeños de la tierra… Mirarnos desde un espacio de gratitud, acogernos con asombro y delicadeza, como se acoge una vida nueva que llega y, en medio de nuestra pobreza, sentir adentro que el mundo en el que caminamos espera algo bueno de nosotros. Qué belleza pensar que ¡tal y como somos! estamos bien hechos para dejar pasar la vida de Dios, para seguir ofreciendo ese gran amor allí donde estamos a pesar de nuestras ambigüedades y desatinos.

Nelson Mandela, evocando sus años en la cárcel de Robben Island en la que vivió humillaciones y miserias, decía: “Siempre he sabido que en el fondo del corazón de todos los seres humanos hay misericordia y generosidad…Incluso en los momentos más duros de mi encarcelamiento, cuando mis camaradas y yo nos encontrábamos en situaciones límite, alcanzaba a distinguir un ápice de humanidad en alguno de los guardianes, quizá tan solo durante un segundo, pero lo suficiente para reconfortarme y animarme a seguir adelante…”. Esta visión sobre uno mismo y sobre los otros no se improvisa, hay que haber madurado pacientemente la mirada en la bondad, día tras día, para poder percibir de esta manera.

Al adentrarnos en la tierra del nuevo año no se trata de hacer propósitos, que luego nos frustran si no los cumplimos. Se nos ofrece algo mucho más revolucionario: ¿creemos de verdad que podemos estrenar nuestra vida (a los 40 o a los 70…), que podemos recibirnos de nuevo como si estuviéramos recién salidos de sus “manos”, con nuestra arcilla aún fresca y temblorosa?… Ojalá que en este año que ya pisamos tengamos la necesidad de parecernos a Jesús, como Él la tuvo de parecerse a nosotros.

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