Preparando, ¿qué?

Está claro que en la vida las cosas no se improvisan, que todo requiere una preparación, una profundización… “ninguén nasce adeprendido” que decimos por estos lares.

Pero, a mí lo que me preocupa son esas actitudes que se van metiendo de “hay que estar preparados para preparar lo que hay que preparar”. Y en ello se nos van los días, los meses y quizá los años. Y todo ello con tensión, cuando no con preocupación y agobio. Y se nos va la prueba de la vida que resulta que es definitiva…

No, no andemos, por favor, como el Conejo Blanco de Alicia en el País de las Maravillas. Siempre corriendo con su reloj en la mano diciendo: “Llego tarde, llego tarde” Y, efectivamente, llegaba tarde…

Los Padres del monacato, y san Benito entre ellos, nos amonestan una y otra vez –y en esto se ciñen a la enseñanza de Jesús en el Evangelio, tan intensa en este último tramo del Año litúrgico- a la vigilancia, a estar en vela, pero con sosiego y mente clara, para la lucha cotidiana.

Que nuestros preparativos sean eso, preparativos, pero no forma de vivir. Que el diablo astuto –como nos dice Casiano en boca de un Padre del desierto- no nos engañe como a incautos engolosinándonos con lo extraordinario mientras nos arrebata el tesoro de lo cotidiano.

Que entreguemos todo con pasión, dando gracias, que es una magnífica forma de hacer presente a Dios. Que seamos personas a las que se les pueda parar, con las que se pueda hablar, en definitiva, con las que se pueda contar, sin que soltemos la frase, siempre a punto, de “no tengo tiempo para nada.”

No, por favor, no, que a los Consagrados no nos identifiquen con el Conejo Blanco de Alicia en el País de las Maravillas… que para mayor moraleja ¡ni el nombre se nos ha quedado! Sólo su paso apresurado, reloj en mano, preparando… ¿qué?

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