Escupidos por la ballena

En pleno tiempo pascual, con la efervescencia de la misión, y el empuje que el Espíritu Santo nos da en Pentecostés no nos estará de más recordar la historia de Jonás, libro por todos de sobra conocido, cuya enseñanza es la salvación universal de Dios. Un anticipo del Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tim 2, 4).

Pero, lo cierto es que también este breve y simpático libro nos enseña lo que no es un profeta. Jonás es el “antiprofeta” acabado. Si “profeta” significa “el que habla de parte de Dios”, Jonás huye de Dios y de la misión que le encomienda. Si debe ir a Nínive se dirige a Tarsis en dirección opuesta. Y así va de mal en peor, hasta hacerse inservible y ser arrojado al mar por unos marineros, todos ellos por cierto, más temerosos de Dios que él. Con todo, Dios se apiada y le envía el cetáceo que lo salva, pero que no lo libera de su misión. Lo malo de Jonás es que no aprende la lección y predica un solo día la conversión a los ninivitas cuando hacía faltan tres para atravesar la ciudad… Lo consolador para nosotros es que Dios, con medios tan recalcitrantes, obra la salvación de los ninivitas que se convierten de su mala vida y vuelven a Dios.

Estamos llamados a ser profetas, a mantener la llama de la profecía, pero recordemos que ésta pasa por débiles, y a veces enojosas, mediaciones humanas. Jonás confiaba sólo en su criterio: “es una locura anunciar la salvación a los ninivitas, gente tan cruel. No se convertirán y a mí me matarán por ser hallado falso profeta.” Cuando vamos “por las nuestras” es fácil terminar escupidos por la ballena… y muy llenos de amargura y tristeza, ¡Jonás hasta tres veces se desea la muerte! y todo por no abrirse a la anchura de la bondad y misericordia de Dios que sabe con los labios pero no con el corazón.

Que el Señor nos conceda el don de la confianza ilimitada en Dios, la sana audacia que no mide ni calcula de tejas para abajo sino que se atreve a actuar “como si el amor de Dios fuera sin límites” a ver qué pasa… No perdamos la esperanza, recomencemos la misión encomendada, aunque caigamos Dios siempre nos mandará una “ballena” que nos “escupirá” de nuevo para volver a la senda por Dios soñada.

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