Maestros, expertos en misericordia

Cuando Jesús buscó razones para felicitar a las personas, encontró sobre todo ocho, que San Mateo recuerda en su evangelio, las Bienaventuranzas, entre ellas está la misericordia.

Si hay una profesión en la que la misericordia debe ser connatural, sin duda es en la de los que se dedican a la educación. La mejor innovación educativa consiste en amar al alumno. El amor es como la luz que, al incidir sobre superficies diferentes, toma distintos colores y ofrece a cuanto ilumina la posibilidad de mostrarse tal como es. Amor que se manifiesta misericordia cuando es fruto de la mirada compasiva hacia el otro, cuando mantiene viva la capacidad de conmoverse.

Porque la misericordia es la virtud que lleva a los seres humanos a “padecer” con los demás, porque es la actitud bondadosa que una persona muestra a otra a la que se acerca para ayudarla, bien podemos decir que la misericordia es una virtud propia del maestro. No en vano la primera obra de misericordia espiritual es precisamente enseñar al que no sabe.

El mismo Papa ha invitado a los educadores de todo el mundo a que hagan llegar el Amor de Dios, expresado en Misericordia, a todos los ámbitos educativos. La educación va encaminada a ayudar a cada alumno a alcanzar la competencia global, a facilitarle que, al desarrollar todas sus potencialidades, se comprometa a ponerlas al servicio de la sociedad y del bien común para dejar el mundo mejor de como lo ha encontrado. No puede haber marco más adecuado para esta educación integral que la Misericordia, porque aprender misericordia  es ir avanzando hacia la madurez que  permite ser mejor persona.

Pienso que muchos de los problemas que llenan nuestros informativos son fruto de haber olvidado completamente el concepto y la práctica de la misericordia o lo que es peor, de haberla considerado cobardía.

Educamos el corazón y la inteligencia y si para algo debe ser útil el desarrollo de la inteligencia es para que con ella crezca la bondad, virtud del corazón, y ambas –inteligencia y bondad– se concreten en buenas obras. No es un añadido educar en Misericordia, es la base que sustenta muchas otras actitudes, y la que puede mejorar la sociedad.

Y afortunadamente es tarea de invierno y de verano. Poner a disposición de todos lo que se sabe, también en los meses de verano, es obra de misericordia. Nunca hemos tenido mejores herramientas que las actuales para compartir todo conocimiento, aún a kilómetros de distancia, y además, sin necesidad de conexión, o mejor, con la necesaria conexión “humanitaria”.

Bienaventurados, felices, los maestros y profesores, expertos en misericordia, hallarán misericordia.

 

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Además de maestros, profetas

¡De qué poco sirve la palabra cuando no va acompañada de hechos! La sabiduría popular ya lo tenía muy claro “Obras son amores…”. Por esto al maestro, al educador se le piden dos cualidades: una, que hable y actúe, pero no solo ésta, se le pide además una segunda, inseparable de la primera, que sea profeta. Tenemos un buen referente el Evangelio, en donde vemos que el Maestro  por excelencia enseña con palabras y sus palabras siempre van corroboradas por signos, por hechos. “Si no creéis en mis palabras, creed en mis obras” afirmó el mismo Jesus (Jn 10,38). Cierto que los signos de Jesús eran milagros: dar la vista a los ciegos, devolver el oído a los sordos, dar la posibilidad de andar a los cojos… pero hay muchas actuaciones en la vida del maestro, en la que se llevan a cabo algunos que también podemos llamar “milagros”. ¿No es abrir los ojos del entendimiento siempre que se facilita  la posibilidad de aprender a un alumno?, ¿no es dar oído a un sordo, cuando se ayuda a trabajar la atención al que va disperso y solo oye –sordo específico– sin escuchar?, ¿no es  corregir la cojera, ayudar a fortalecer la seguridad en uno mismo? Estos son pequeños o no tan pequeños “milagros” que el maestro está llamado a hacer. Obras que corroboran sus palabras.

Pero es que además de acompañar las palabras con las obras, hay que ser profetas, tal como nos pide hoy el Papa Francisco. ¿Por qué profetas? Porque profeta es el que ve, el que es consciente del Bien que ha encontrado y siente el imperativo de transmitirlo, impulsado por la propia fuerza del Bien que de por sí ya es difusivo. El profeta es el que transmite con sus palabras y con sus obras un mensaje de bondad, de integridad, sin adherencias ni falsificaciones; el profeta, como un cristal limpio es consciente de que su mensaje es su vida, y se reconoce medio, nunca fin.  De ahí que el maestro-profeta siempre es humilde.

Detrás de las palabras de maestros y educadores hay que poder descubrir profetas capaces de hablar y actuar entre sus alumnos. El profeta tiene mucho de líder, en cuanto es alguien que ha visto algo que no todos ven, por esto es creativo y  contagia entusiasmo.

El maestro-profeta es el que, atento a lo que ve y escucha, sabe sugerirlo y animar a otros a ver y a escuchar y, porque conoce bien su misión, también sabe dejar el protagonismo a sus alumnos, a los que reconoce su autonomía.

Maestros al estilo del Maestro, atentos a ver y oír, señalando horizontes, ofreciendo ayuda, sembrando inquietudes, impulsando a avanzar con palabras, con obras, y sobre todo con la coherencia de vida que valida todo lo anterior. Un magnífico programa.

 

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Crecer

Una de las características peculiares de la persona humana y una de las más significativas es que se trata de un ser en crecimiento, un ser que desde que nace tiene la posibilidad y la exigencia de crecer, un ser en activo que si no avanza, retrocede.

Y porque el ser humano tiene distintas dimensiones, el crecimiento ha de ser armónico en todas ellas. Crecer solo en un aspecto sería de alguna manera dar lugar a un ser extraño, contrahecho. Cuando el evangelio nos dice cómo creció el Modelo referente de todo ser humano nos dice que Jesús crecía en edad, en sabiduría y en gracia (Lc 2,52). Por esto hablar de crecimiento de la persona es referirnos a la necesidad de crecer en estas tres dimensiones. Tarea hermosa de la educación es facilitar  este crecimiento total.

La fuerza está en el interior, la capacidad de crecer radica en la esencia del ser humano, lo que hace falta es pasar a acto esta potencialidad de crecimiento con la exigencia de siempre más y siempre mejor, con las posibilidades  que la vida ofrece y la ayuda de aquellos que nos rodean.

Parece fácil crecer en edad, pero no basta con que pasen las hojas del calendario, crecer en edad supone crecer en la madurez adecuada a cada época de la vida. Y esto no es tan fácil. ¡Que nunca haya adolescentes de 40 años!  Crecer en edad supone actuar, responder y vivir de acuerdo a la edad que se tiene y esto requiere aprendizaje. No es automático pasar de la infancia a la adolescencia, de ésta a la juventud y a la vida adulta, hay que saber ser y actuar de acuerdo a las exigencias de cada etapa, en cada momento de la propia vida.

Pero además hay que crecer en sabiduría. La persona es racionalidad por definición, nace preparada para el aprendizaje, todo ser humano posee un cerebro cuya peculiaridad es que cuanto más se le pone más cabe, por esto necesita crecer en sabiduría, en conocimiento, en la asimilación de las vivencias, experiencias y conceptos adquiridos. Tal vez la capacidad de aprender además de ser la más propia del ser humano, sea la más sorprendente. Educar es ayudar a crecer en la capacidad de saber y sobre todo de saborear y disfrutar de lo aprendido.

Y crecer en gracia, en la dimensión trascendente, crecer en espiritualidad, en la maravilla de saberse creado a imagen y semejanza de Dios. Grandeza que hacía exclamar a san Agustín: “Nos has hecho para Ti y estaremos inquietos hasta descansar en Ti”.

Hay mucho de misterio en el crecimiento, y no cabe duda de que crecer uno mismo y ayudar a crecer a un hijo, a un alumno es una de las labores más fascinantes a la que se puede dedicar la persona.

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Hechos para la vida

Aprendemos para la vida y por consiguiente también aprendemos para esta otra cara de la vida que es la muerte. Y los dos aprendizajes nos son igualmente necesarios. Sin embargo, es curioso que un hecho tan real y tan habitual como es la muerte, nuestra sociedad trata de obviarlo. Para la vida y para la muerte, las dos realidades que acompañan al ser humano, es que tenemos que educar.

Pero afortunadamente no estamos hechos para la muerte, como decía Heidegger, estamos hechos para la Vida, la vida que no termina, la vida, la única, la de la plenitud que Dios nos recuerda cada año al celebrar la Pascua.

El quehacer diario nos ofrece muchas oportunidades para reflexionar, tanto sobre la vida como sobre la muerte, pero como esta viene habitualmente acompañada con el dolor da miedo y tal vez por esto es que se tiende a ignorar. Sin embargo, de la misma manera que hay que educar para saber “tragar la muerte”, como bien decía Santa Teresa, también hay que educar para saber asumir el dolor, porque de la forma de acogerlo o rechazarlo dependerá en gran parte la plena realización humana.

Es verdad que el dolor es “este buitre voraz de ceño torvo que me devora las entrañas fiero” como bien lo definió Unamuno, pero este “morder” del dolor, tanto el físico como el moral, es el que hay que aprender a reconocer y a asumir, y desde la fe del cristiano, hay que aprender a trascenderlo a la luz potente de la Resurrección.

No es la insensibilidad al dolor ni a la muerte que pedían algunas corrientes filosóficas griegas lo que deben aprender los alumnos, sino la capacidad de asumirlos y transcenderlos que solo es posible desde el amor y esto hay que aprenderlo muy pronto para saber ejercitarlo cuando llegue la ocasión.

Para el cristiano, desde Getsemaní, todo el dolor del mundo ya ha sido asumido y transfigurado en la gozosa mañana de Pascua. No es “espiritualismo”, es la realidad del que sabe que la vida tiene sentido y que la muerte no tiene nunca la última palabra.

Educar para la vida es también educar para saberse enfrentar al dolor y superarlo, es educar para poder mirar a la muerte con la natural esperanza del que sabe que detrás de ella hay un encuentro definitivo con la Vida; educar para la vida va más allá de ofrecer las herramientas para el devenir diario, educar para la vida es para aprender a tejer con los variados hilos de que disponemos (hilos de dolor y gozo, de éxitos y fracasos, hilos de entusiasmos y frustraciones) el tapiz de la propia personalidad de quien se reconoce creado para la Vida y para una vida plena y eterna.

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Felicidad y cuaresma

El ser humano, susceptible de educación, lo es también de perversión, por esto la Iglesia que lo sabe, porque es Madre y Maestra, cada año dedica un tiempo a la cuaresma, un tiempo hábil para poner al mal en su sitio, para mirar a la vida con los ojos de Dios, un tiempo para una buena gimnasia espiritual, para recuperar alguna deficiencia, para una intervención quirúrgica, si se precisa por la radicalidad de un hecho, o meramente para quitar el polvo que se nos pega siempre al andar por los diversos caminos de  la vida. La cuaresma siempre es un buen ejercicio de realismo y de esperanza que nos recuerda que el mal nunca tiene la última palabra, si uno no quiere, y que Dios tiene por nombre Misericordia.

Es tal la grandeza del ser humano que merece la pena no empañarla con nada. El mal es “mal” porque hace daño, porque estropea la persona y ya Menandro reconocía admirado “¡Ser hombre! ¡qué cosa tan maravillosa, si es verdaderamente hombre!” es decir, si se ha optado por el bien, si se ha elegido la felicidad de manera adecuada, si se llega a ser lo que se es: persona humana.

Educar es ofrecer a los alumnos las herramientas necesarias para saber elegir y decidirse por  ser persona, por el bien, de tal manera que a lo largo de toda la vida, ante la doble experiencia que se presenta siempre al ser humano entre lo que “debe” y lo que “quiere”, sea capaz de hacerlos coincidir, porque en ello radica la felicidad y buscarla fuera, potenciando solo uno de los dos verbos, es siempre alejarla. La felicidad tiene muchos buscadores y algunos no saben que es fruto de esta buena relación entre lo que quiero y lo que debo, de la buena gestión de las inteligencias concedidas, de la capacidad de llegar a ser el proyecto ilusionado con el que Dios nos creó.

¿Felicidad y cuaresma, no son incompatibles? se preguntarán algunos. No solamente no lo son, sino que van unidas, la cuaresma por lo que tiene de realismo, de ejercicio práctico y salud del espíritu, de baño que nos purifica y gimnasia que nos pone en forma, lleva a la felicidad. Cuaresma es tiempo de misericordia explícita con los demás, porque “Todo cuanto hiciste a uno de mis hermanos más pequeños, a Mí me lo hiciste” (Mt 25,40) y tiempo de misericordia con uno mismo, porque  “La caridad cubre la multitud de pecados” (1P 4,8) que, por cierto, se llaman pecados porque perjudican. Ya los griegos llamaban al pecado “hamartia”, es decir, errar, no acertar en el blanco y en hebreo “jattá’th” significa asimismo no alcanzar una meta, un objetivo deseado. Es decir, el pecado nos impide llegar a ser personas, hijos de Dios y felices.

Sin olvidar nunca que al mal solo se le vence a fuerza de bien (Rom 12,21).

Saberlo, llevarlo  la práctica y facilitarlo a aquellos a quienes educamos es una hermosa tarea.

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Hijos de nuestras decisiones

Una de las características propias del ser humano y una de las más queridas por todos es la libertad. Muy preciada, muy deseada, olvidando a veces que su uso debe aprenderse como todo lo que determina y configura la persona.

Como seres vivos que somos, tenemos principio y fin. El principio no es decisión nuestra, no hemos elegido ni el tiempo ni el espacio, ni el cómo, ni el por qué, pero el final, sí, el final puede ser una obra maestra o un error, de cada uno depende. Se nos dan unas cartas al iniciar la vida, cartas que no son ni buenas ni malas, son cartas, el éxito dependerá de cómo las juegue cada uno, en cada momento y esto siempre es fruto de la libertad. La libertad es este don que posibilita un ejercicio específicamente humano: la elección.

Ser persona es poder elegir y este es uno de los mayores retos a los que se enfrenta toda persona, porque elegir supone valorar, dejar, renunciar, decantarse por…, y esto siempre lleva consigo un riesgo que puede generar angustia por el miedo a equivocarse. Puede haber error en la elección, pero no elegir, cuando hay que hacerlo, siempre lleva consigo un fracaso y un error.

Como educadores no podemos olvidar que debemos educar para la libertad, hay que educar para la toma de decisiones, ayudar a discernir, a cribar el grano de la paja, a distinguir entre la verdad y el error, entre el bien y el mal, aun cuando las diversas opciones se presentan muchas veces entremezcladas y no bien definidas. Saber decidir es sabiduría práctica que responde al grado de madurez alcanzado.

Algunos dirán que los resultados dependen de las ocasiones, de las circunstancias, de… en absoluto. No somos hijos de las circunstancias, todos somos hijos de las decisiones tomadas a partir de las circunstancias, sean estas las que sean. Ahí reside la grandeza humana y el fruto de su libertad que lleva también el nombre de responsabilidad.

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Educar es un acto de amor

“Educar es un acto de amor” nos ha recordado recientemente el Papa Francisco y efectivamente toda la innovación educativa que necesitamos hoy en el siglo XXI comienza por amar a cada uno de los alumnos, que son los verdaderos protagonistas de su aprendizaje y que por ello deben estar en el centro de toda Escuela, de todo Proyecto Educativo y en el centro de toda plegaria, porque “Si el Señor no edifica la casa…” (Salmo 126). Y si esto es válido para todo maestro, mucho más para los que hemos consagrado nuestra vida a esta sublime misión: la de ser maestros a imitación del Maestro.

El Año de la Misericordia, recién estrenado, nos sitúa a los religiosos educadores en el mismo corazón de la Misericordia, porque la primera obra de misericordia espiritual es precisamente “enseñar al que no sabe”. Facilitar el aprendizaje es una excelente y urgente obra de misericordia, a la vez que es respuesta al mandato evangélico “Id y enseñad” (Mt 28,19)

Nada tiene más valor en el mundo que la persona, por esto ser educador en este año 2016 es tener la oportunidad de seguir viviendo a fondo el compromiso de nuestra consagración/misión. Educadores, personas consagradas que dedican su vida a ayudar a que sus alumnos lleguen a ser la mejor edición de sí mismos, porque educar es “sacar de ti tu mejor tú, ese que no te viste y que yo veo, nadador por tu fondo, preciosísimo” (Salinas). Colaborar, favorecer, ayudar a sacar lo mejor de cada alumno, porque en el fondo de cada uno, en su interior –en este fondo por el que debe nadar el educador, en el que debe entrar respetuosamente y con admiración– es donde se encuentran las capacidades a las que hay que saber dar oportunidad de desarrollo.

2016 un año para seguir –debidamente adaptado– el viejo consejo de Píndaro a los atletas: “Religioso educador sé lo que eres” y ayuda a tus alumnos a ser lo que son: personas, obras maestras, hijos de Dios.

 

 

 

 

 

 

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