Palabra, palabras

PalabraNo deja de ser curioso que el gesto más humano de Dios cobre fuerza por la palabra. Una palabra que pierde enteros cada día por ir viuda de compromiso. 

Los textos de estos días manifiestan que la voluntad de Dios, sus deseos, sus sueños han de entrar por el canal del lenguaje para ser comprendidos por la humanidad. Han de ser cifrados para que nosotros podamos darle sentido en cada momento de nuestra historia. Eso es la Encarnación: entre la carne y la voluntad media la palabra: La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria (Juan 1, 14).

Y así, el Verbo se ha revestido de tiempo, el sustantivo de geografía y el atributo de familia. Y ha entrado en el mundo en pañales; de manos de María y por benevolencia de José.

¿De qué hablamos estos días? ¿Qué contenido damos al feliz navidad o próspero año nuevo? ¿Nos comprometen a ser, nombrar y describir lo que celebramos?

Isaías declara hermosas las pisadas de aquellos que dejan huella por llevar en sus palabras: paz, buenas noticias, esperanza y reconocimiento. Y los salmos invitan a cantar las maravillas que Dios sigue haciendo entre nosotros.

Palabras y palabras que aluden a la única Palabra verdadera: “el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo” (Hebreos 1, 1-6). Úsala, pronúnciala, descríbela. Pero estos días, vívela.

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El tiempo que nos queda

compartir_fbEs el título de un vídeo de una famosa marca de orujo español. Uno de esos anuncios que se publicitan en las nuevas plataformas de las redes sociales y que nos permiten elegir y enviar.

He de confesar que me ha impresionado. Lo he visto en uno de los festivales de Navidad educación infantil que Sandra -profesora del cole-, ha situado entre actuación y actuación.

Esa filmación tiene la capacidad para aquilatar el tiempo que pasamos con quien decimos ser importantes. Importantes porque lo decimos y lo sentimos; pero no porque lo demostremos. Si nos dijeran las horas que vamos a dedicar a los nuestros antes de pasar a la otra vida iríamos corriendo hacia ellas. Como hace María de Nazaret, atravesando las montañas cercanas de Jerusalén para ver a Isabel.

Cuando reflexiono sobre los momentos de oración dedicados al Señor que me ha llamado me queda la misma sensación: poco, tarde y de escasa calidad. Si se me ofreciera la suma de momentos obtendría una cantidad ínfima para las cosas que puedo decir de Dios y de mi relación en Él.

Moverse es la disposición adecuada del Adviento para encontrar y ser encontrados. Encontrados por un Dios que se da por entero para compartir todo su tiempo con nosotros. Gesto anticipado por su madre, María, que deja de pensar en su promesa para estar junto a Isabel los últimos meses de su gestación y ayudarla a dar a luz. Dando vida y tiempo.

Que este vídeo y otros nos lleven a reconocer el tiempo que nos reservamos y no damos… a dar con calidad el tiempo que nos queda.

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Y, ¿ahora qué?

Eso mismo preguntan a Juan.3016772818_42ef7e557e_b

El encuentro con la Verdad nos torna un tanto atolondrados. Provoca en nosotros un contraste tal que necesitamos tiempo para digerir. Unas veces nos lleva a revisarnos -a constatar lo que hay de cierto- y otras a negar la evidencia. Tarde o temprano la Verdad se sitúa ante nosotros y hemos de afrontarla. Y en ese momento se muestran todas las apreciaciones e impresiones de los otros sobre nosotros. Ese mini juicio puede hundirnos o convertirse en un revulsivo para caminar.

Juan profiere verdades para centrar la vida del que quiere escuchar. Son las mismas palabras que se leían en el Templo, que se explicaban en las sinagogas, pero con vida. Aquel hombre representaba lo que decía, lo hacía ver. Y eso no era lo habitual. Por eso, los que fueron a escucharle se vieron por dentro, de repente, como manipuladores y corruptos.

Muchas terapias actuales -o no tanto-, quieren provocar una conversión parecida. Y a ellas se apuntan los que hasta ahora buscaban a Cristo junto a nosotros. Y producen efectos de solidaridad y deseos de cierta simplicidad de vida. Diremos que duran poco, vale. Juzgaremos que son muy egocéntricas, también. Aseguraremos que generan dependencia, evidente.

Hoy Juan no dirá nada nuevo. Repetirá, pero lo vivirá. Y eso engancha. Y luego remite a Jesús, el Cristo. Descentrando a quien se acerca con intenciones esteticistas y situando la Palabra verdadera en su corazón.

Muchos de nosotros seguiremos repitiendo las palabras del evangelio de Jesús; pero sin vida, acusando de equivocación; pero sin ser honrados y señalando a su grupo; generando separaciones. Ocultando al mismo Jesús.

El encuentro con la Verdad es esencial cada Adviento. Tiene capacidad para provocar nuestro desconcierto. Eso sí, exige movimiento, escucha y cambio. ¿Qué haremos después?

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Ella

como-seria-dia-dia-virgen-mariaMaría, nos hace considerar que estamos muy acostumbrados a comenzar por los errores, por los pecados, por la cerrazón de la humanidad para reflexionar sobre la Salvación. Por eso necesitamos verla como una privilegiada.

Comenzar por el pecado es una forma teológica de argumentar que ha quedado en los manuales, en los catecismos y ha llegado al pueblo de Dios. De tal manera que ha suscitado una exagerada devoción a María para mejorar la reflexión. Las gentes de todos los siglos la han situado, a Ella, a María Virgen en el lugar reservado para la propia madre.

El caso es que no hacía falta enaltecerla tanto porque ya lo hizo el mismo Dios lanzándole – a través de arcángel – el piropo más hermoso de la historia. Ella se ruborizó “ante aquellas palabras” que nunca había escuchado y sopesó la propuesta de ser la Madre de su Hijo. ¿Por qué a Ella? Quizá porque nadie había conservado tan abierto el corazón y ocupado el lugar que le correspondía como criatura.

Así pues, el pueblo de Dios -a su manera- la ha celebrado y comprendido Inmaculada desde su Concepción. Una verdad que luego la teología ha debido desbrozar, diseccionar y reordenar por su tendencia a partir del fracaso.

Ella guardó la virginidad de su amor y no permitió la entrada ni a la ambición, ni al orgullo y sí a la entrega y a la donación.

Ella se ha convertido para nosotros en la acompañante perfecta y la consejera más fiel para las cosas de Dios. De tal manera que con ella aprendemos a engendrar a Cristo en cada Adviento y darle a luz mediante las obras santas cada Natividad.

Y nosotros, religiosos, tenemos la suerte de poder amar como Ella, acogiendo los planes de Dios y agradeciendo nuestro ser creado. A su lado, como María, como Ella.

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Que se acabe

522224_798529326_999_H215857_LQue esto se acaba…. ¡pues que se acabe!

Cada día acaban situaciones, se transforman empresas, se convierten corazones, se trasladan familias, se remoza una casa, descarga lluvia una nube y hasta se desunen las notas de un pentagrama.  Es la vida. Y como ante las olas del mar hay que aprender a navegar y a nadar.

Pretender vivir siempre de la misma manera es un contrasentido que no tiene reflejo en la historia. El mismo Heráclito no se quedó aquí para contar como han de devenir todos los órdenes de la vida. Afirmar que algo permanece es razonable. Claro. Las mismas ideas de Parménides subyacen al sentir de que hay un hilo conductor y que nuestra misma vida -la de los que estamos leyendo esto- es corta en comparación con la del universo, nuestra tierra o nuestra especie. Claro que hay continuidad.

Y en ese vaivén se mueve la salvación. En un dejarse amar y en un responder. En acoger y dar. Es lo que acompaña los grandes cambios de los que habla el evangelio en este inicio del Adviento. Unas palabras escuchadas hace días en el ambiente del fin de año litúrgico.

En estos días se nos habla de lo nuevo y lo viejo ejecutando un baile lento pero continuo, tintado de morado. Eso lo saben los sabios, los ancianos y todo aquel que sea capaz de reconocer que la vida pasa, se vive y se proyecta en nuevos días y nuevas oportunidades.

La iglesia se ha de dejar mover por el viento del Espíritu en un ir y venir entre los sueños de Dios y la realidad de sus hijos. Y en esa misión se encuentra la nuestra: la de los religiosos. Aunque seguimos añorando -sin atrever a confesarlo- los momentos de seguridad y cantidad que nunca aseguraron un acertado seguimiento de Jesús, el Maestro.

El Adviento nos invita a una espera de lo conocido y de lo nuevo. Una nueva oportunidad, en fe, de ver qué nos pide Dios. Y si, por casualidad, volvemos la vista a lo pasado ya se encargará el reloj de hacer que se nuble el sol del recuerdo, se caigan los astros de los grandes proyectos y quede el susurro del viento para mirar hacia adelante.

Por eso, cuando se nos juzga como caducos, como vida que se acaba, como perdedores de una ortodoxia nunca evangelizada no hay más que sonreír y aseverar que sí. Que sí. Que lo nuestro es morir y nacer de nuevo. Que lo propio de los enamorados del evangelio es permanecer, sostenidos de la mano del Maestro, entre las olas de un lago que nos obliga a bailar.

Por eso, si esto se acaba… pues que se acabe.

 

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Poder y plástico

Mahkota-tiup-Anak-Topi-Pesta-Ulang-Tahun-Meningkat-Alat-CosPlay-Tahap-Props-Anak-Terbaik-Hadiah-PerlengkapanEl plástico llena la tierra. Aparece de infinidad de formas y con distintos colores y texturas. Y se queda a vivir entre nosotros sin prisa. El poder rápido y fácil ha llenado la historia de infinidad de maneras.  En todas las latitudes y sostenido por infinidad de leyes se ha quedado entre nuestras aspiraciones para no moverse.

El poder como el plástico son entes difíciles y costosos de deshacer. Hay tantos y en formas tan imperceptibles que los hayamos donde pongamos la mirada. Y aunque parezca que el poder tiene mayor capacidad para perdurar, no es así porque el plástico dura más que cualquier sistema político imaginable.

Jesús no tenía ansias de poder. No me imagino al Maestro rodeado de plásticos pero a Pilato si. El Prefecto romano de Judea evitaba los problemas y buscaba recibir el premio de regresar a Roma. Su estancia entre los judíos pretendía ser imperceptible y corta como la vida útil del plástico. Ciertamente el encuentro de Jesús con Pilato fue tal rápido como abrir un envoltorio plástico, pero se ha quedado flotando en el mar de la historia como un contraste de Poder.

Pilato pregunta: «¿Eres tú el rey de los judíos?»  Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?» «Conque, ¿tú eres rey?» Y ante las pocas palabras devueltas por Jesús concluye: “Yo no encuentro delito en él, crucificadle vosotros”.  Y devuelve a Jesús a las gentes como quien tiro un pobre envoltorio al aire.

Aquel acontecimiento puso en juego los dos términos de la comparación: el poder y la durabilidad. Y desde entonces cualquier poder plástico se las ha de ver con la autoridad noble; el uso del poder se enfrenta a la realeza del justo.

El poder y sus derivados siguen llenando la tierra. Son difíciles de recoger y de sintetizar. Y, hasta el momento, sólo ha existido una autoridad capaz de volatilizarlo: la realeza de Cristo, coronado de espinas.

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Dios lo sabe

mitos_sobre_los_frutos_secos8Estamos llegando al final del ciclo litúrgico y la Palabra de Dios nos pone los pelos de punta o las yemas en flor. Porque el cambio que perdura siempre es el que se produce por dentro.

Con el paso de los años nos acostumbramos a sentenciar y anticipar acontecimiento por la costumbre y la observación. Somos intuitivos, mucho. Hasta que el paso de la vida y el cansancio de las tareas nos llevan a deducir y, entonces, se acaba el aprendizaje.

Eso se detecta cuando ya damos respuesta a lo que sucede sin que llegue a ocurrir, a terminar la frase del formando, a corregir la oración del que proclama, a juzgar las directrices capitulares o recetar ante una tos. Nos ocurre. Y Jesús lo sabe: “Cuando… deducís”.

Es un tema de intergeneracionalidad. Es una realidad que aprendemos desde la familia de sangre y que no digerimos tan fácilmente en la de la fe.

Estos días se celebran muchos centenarios de presencias nuestras en el Reino de Dios desde la parcela de nuestras órdenes y congregaciones. En su celebración abusamos de recordar y de deducir, de mirar al pasado y justificar el presente, de enorgullecernos de los inicios y suspirar por el futuro. Hemos aprendido a reconocer el invierno.

Ahora queda el ser coherentes y darnos por entero. El Señor nos pedirá cuentas por lo que hicimos aquí y ahora. No nos dejará deducir desde argumentos teológicos. Ni permitirá que nos amarguemos considerando el momento de sequía vocacional. Nos preguntará si amamos y nos dimos… pedirá nuestros higos, frutos…

A la vez no faltan voces que nos relegan a un rincón de la historia de la Iglesia criticando nuestras ropas, lenguajes y tareas. Y deduciendo que la fragilidad de nuestras comunidades son causa de nuestra débil vinculación a la ortodoxia, tradición o ideologías.

Es un tema de cortedad eclesial que olvida que esas mismas comunidades cuestionadas y centenarias se revitalizan en otras latitudes. Es un tema de interculturalidad.

Menos mal que Dios nos conoce por dentro.

 

 

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Se repite

colaborar-software-libreSólo confíanos -vamos a ser honestos- cuando tenemos motivos suficientes para no quedar defraudados.

Podemos fiarnos de alguien porque tiene una bonita sonrisa, porque nos ha hecho un favor, porque nos sentimos a gusto, porque la vemos entregarse, porque llora a nuestro lado, se alegra con nuestra dicha y así, miles y miles de motivos -objetivos o subjetivos- que garantizan el  creer.

Dios también confía en nosotros. Y la verdad es que tiene más motivos para confiar en unas que en otros. Cada vez más se confirma que quien menos tiene o menos cuenta más se da o se entrega porque agradece lo poco que posee y es capaz de compartirlo. Y se repite que los entendidos y capaces escurren el bulto ante cualquier necesidad.

En el evangelio se presenta a unas como viudas y a otros como escribas y fariseos. El contraste lo encontramos hoy mismo, al salir a la calle y comprobar quién se para en la calle a socorrer a una persona mayor, quién ayuda a cruzar a un niño la calle, a escuchar a un voluntario de una ONG, a orientar a un forastero en un autobús, repartir los miércoles comida en Cáritas parroquial o a echar en el cestillo de la iglesia para pagar la luz.

En el evangelio aparecemos nosotros como necesitados y suficientes a la vez. El contraste lo vemos en nuestras propias conductas al predicar sobre la justicia y difamar al hermano, al presentarnos como obedientes y no aceptar una sugerencias de nuestros superiores, al ahorrar en medios y derrochar horas muertas.

Si Dios se sigue fiando de nosotros será porque nos espera a la vuelta de la esquina para levantarnos cuando la soberbia, la autosuficiencia, la prepotencias se desinflen. Y entonces adquiramos la humildad que nos es más propia y con la que Dios disfruta más. Entre otras cosas por ser la situación donde su Hijo se ha situado junto a nosotros.

Por eso mismo, no nos asustemos tanto de los hermanos, de las hermanas, de los catequistas, de los profes, los colaboradores… que pasarán por lo mismo para regresar. Porque -ciertamente- el paso del todo a la nada, del atesorar a regalar, se repite.

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Por pobres más que por buenos

TreasureLa liturgia de esta semana nos recuerda que todos somos hijos de Dios, amados por Él y con capacidad para demostrar nuestro parentesco, ¡ahhh y nuestra herencia!

Somos santos, distintos y diversos; con situaciones vitales diferentes, pero hijos e hijas de un mismo Padre y hermanos entre nosotros. El caso es que llevamos impresa la genética de Dios y no hay más que mirarnos y ver a Cristo -nuestro hermano mayor- para comprobar nuestro linaje. Bueno, la verdad es que salimos perdiendo en amor ante tamaña comparación. Pero es la mejor alabanza que se nos puede hacer.

Pero, sigamos. Si somos hijos, se supone que heredaremos en algún momento. ¿Qué nos tocará? ¿En qué se fijará para dejarnos parte de su reino? Podemos dar vueltas a los mandamientos antes de toparnos con el esencial: ser amados y amar. Y ahí la comparación -con nuestra experiencia vital- sale también mal parada.

El eco de la Palabra de estos días nos ha dejado la nomenclatura y las realidades que provocan que Dios nos mire como a hijos y nos regale su misma vida. Somos “bienaventurados” si somos o hemos palpado la pobreza, si tenemos el corazón roto y sólo nos sale llorar, si estamos perseguidos siendo justos, si somos pacíficos, misericordiosos, si buscamos siempre la verdad… En todos los casos somos reconocidos como familia suya y se nos promete el ser resarcidos. Bueno, hay una excepción: los pobres ya han heredado el Reino de Dios. Los que -como María- dejan a Dios hacer en su historia ya tienen propiedades “en el reino de los cielos”.

Si somos de esos o estamos en proceso somos bienaventurados si estamos contemplados por la mirada misericordiosa de un Dios que conoce nuestra realidad. Nos sentimos dichosos si sabemos que -en medio de la necesidad- Él está a nuestro lado y nos empuja a acariciar a la humanidad.

Esa es la verrdadera bienaventuranza: que el amor nos constituye como al mismo Dios. De ahí nuestra genética y herencia. ¿Y si viviéramos en esa clave nuestros consejos evangélicos? Quedarían reducidos de tres a uno y ampliados hasta el infinito. Y no estaríamos muy lejos del Reino de Dios, porque tendríamos ya un pie dentro… por pobres más que por buenos.

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No ver

109BLa ceguera de quien ha visto es una de las crueldades más grandes de la naturaleza humana. Pero la ceguera del que cree ver y no se entera de nada, es un castigo para los que le acompañan.

Hace unos días los discípulos habían quedado retratados como ciegos: ni servicio, ni humildad, ni apertura… Se creían más que la gente que se acercaba a Jesús, pero estaban ciegos.

Y nada más salir de la ciudad fortificada de Jericó nos encontramos con el ciego Bartimeo. Sabemos que había perdido la vista porque al final del pasaje se dice que “recobró la vista”. Conocemos su apellido ya que era hijo de Timeo. Pero lo encontramos tirado a la vera del camino, pidiendo limosna, solo, abandonado, estigmatizado. Bueno, así lo pinta Marcos: “Estaba sentado” en el camino a las afueras de la ciudad amurallada conquistada por Josué. En una situación contradictoria ya que un camino es para transitar; no para quedarse a vivir, es para comunicar; no para aislar. “Al borde del camino”. Al margen del camino; marginado. Donde confluyen bien y mal. “Pidiendo limosna”, ya que su situación maldita le impide trabajar. Mendiga para sobrevivir. Su única propiedad, un manto con el que protegerse. Así estaba Bartimeo cuando Jesús pasa a su lado.

El ciego afinó el oído y se puso a gritar… a gritar para que Jesús lo oyera. ¡No me extraña! Yo también lo haría si fuera la última oportunidad de mi vida. Los demás le mandan callar porque les avergüenza; pero él grita con más fuerza. El ciego llama a Jesús por su condición de “Hijo de David”. Y Jesús al ser reconocido, se detiene y lo reclama. Es cuando Bartimeo -sin que nadie le ayude- pega un brinco en su oscuridad y se planta ante de Jesús al que no ve pero al que oye. Un salto al vacío, sin miedo al golpe o a quedar defraudado. Sin importarle la gente.

“¿Qué quieres que haga por ti?” –la misma pregunta que Jesús hizo a los hijos del trueno. Y Bartimeo, el ciego, pide a Jesús su compasión: “Señor que pueda ver”. Al instante recobró la vista y vio al Mesías. Al que ninguno de los otros reconoció con los ojos de la carne lo hizo el ciego con el corazón. Y por eso, Bartimeo “seguía – a Jesús- por el camino”, por los límites del mundo donde él había sido encontrado.

Puro agradecimiento que le convierte en discípulo y apóstol para los que creen no ver.

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