Subir y bajar

En esta vida se nos entrena, desde que nacemos, para crecer, superarnos, aprender, ganar, subir y trepar. Y siempre, por encima de los demás.

Son mensajes que se nos lanzan desde pequeños,  -e incluso en nuestros colegios- de manera que los llevamos dentro y nos impide reconocer el lugar que nos corresponde.

Por eso, nos cuesta tanto el evangelio. Porque nos obliga a ir en contra de lo que nos predican. ¡Incluso aquellos que más nos quieren!

La felicidad no está en subir y subir, ya que tarde o temprano vamos a bajar. La felicidad se cifra en ser lo que uno es: hijos de Dios, creados diferentes y con posibilidades muy distintas. Hemos de creerlo e integrarlo. No todos valemos para ser ingenieros, médicos, matemáticos, escritores, etc. Cada uno posee unos dones que debe hacer fructificar, de lo contrario quedará frustrado por no haber puesto a producir aquello para lo que fue creado.

Aquel que no busca lo que es y para lo que vale acaba usurpando el lugar que no le corresponde. Y entonces, ocurre como dice Jesús, se le acabará quitando del lugar destinado para otro. Y, tomando como marco la boda, nos hacer descubrir nuestros propios engaños:

Nos acogemos a una falsa humildad que nos lleva a escondernos y no dar de nosotros. Nos ponernos al final de la vida para no compartir y pasar inadvertidos. Con actitudes así no llegaría nunca el Reino de Dios.

Por el contrario nos elevamos con un falso orgullo pensando que valemos para todo y y nos buscan como protagonistas. Si todos quisieran ser así tendríamos que ampliar la iglesia.

Por eso, Jesús nos sitúa en la comunidad. Potencia en los que «se tienen en poco» la capacidad para darse a los demás, y en los que «se creen mucho» la realidad de su propia cruz. De ahí lo esencial de la humildad: vivir en la verdad: Reconociendo lo que somos y poniéndolo al servicio de Dios y de los demás.

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Esperar en Dios

Hay días en los que a uno no le cabe más en la cabeza y necesita pararse.

Son esos días en los se recibe una inflación de información tal que me abocan al silencio y a la oración. Y es que hay momentos en los que no puedo digerirlo todo y -como con la comida- preciso descanso y tiempo.

Este fin de semana es uno de esos y no -precisamente- por los mensajes políticos de las elecciones dilatados en tres meses. Lo percibe uno más en los evangelios que se nos proclaman estos días: no podemos pretender saberlo todo de golpe. Ni estamos preparados -porque el saber es muy vasto- ni sabríamos cómo actuar. Por eso, me viene a la mente el consejo de Jesús de que «a cada momento le basta su afán», para transitar por la vida esperando la luz del Espíritu que «tomará de Jesús y me lo anunciará».

El Misterio de Dios no es inabarcable, ¡qué va! Dios ha querido poner mucho amor en el mundo desde la Creación. Ese amor se ha mostrado en cada criatura y en el hermano Jesús. Es parte de una pedagogía que me lleva a reconocer ese amor en mi pequeño corazón. No puedo pretender sentirlo en totalidad, de golpe, no lo aguantaría… sólo las experiencias místicas se acercan a esos niveles y suponen un exceso. Ya les decía Jesús a aquellos discípulos: «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora». Y es cierto porque el corazón tiene su capacidad.

Hay tantas cosas que no entiendo de mi, de los demás y de Dios que he de vivir en Providencia. Pidiendo la dosis de amor y entendimiento para hoy, acogiendo la parte de revelación que preciso, adorando a Dios en su manera de ser y de mostrarse en la historia.

Hay tantas verdades que no comprendo del Reino de Dios, de la Iglesia y de mi Comunidad que he de vivir en Adoración. Algo que se me antoja más llevadero que la comprensión de los programas políticos que se anuncian y que me exigen un acto de fe irracional. Prefiero esperar al Espíritu que los resultados de las elecciones… para ver qué me cabe más en la cabeza.

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El cómo. Pura contradicción

El amor verdadero navega entre las olas de la contradicción. Queremos y odiamos, buscamos y nos escondemos, nos damos y reservamos a la vez, luchamos y traicionamos. Así de complicado es nuestro corazón. Y el corazón de Jesús no fue distinto, por ser de carne. De ahí, que la gloria de Dios tuviera que encarnarse en las relaciones que el Hijo tenía con los suyos. Unas amistades un tanto especiales, curiosas e intempestivas; parecidas a las que tiene con nosotros.

El hecho es que la gloria de Jesús se va a dar en la entrega por los que elige. Y en esa honestidad recibe gloria su Padre. En ningún caso le va a producir gloria la respuesta agradecida de Pedro, de Juan, de Judas, de Manuel, de Sofía… No, porque no sabemos.

De ahí que nos guíe en el modo de amar y de glorificarle: «amando como él». No hay otro mandamiento entre sus palabras ni otro ejemplo entre sus manos. Un mandato que es pura entrega y que nos cuesta hasta en la vida religiosa. Pero un mandato probado en el amor humano.

En el evangelio se nos delinea un proceso sencillo: Primero amar a los otros como son, con sus contrariedades, miedos y sueños. Como eso no brota espontáneamente, Jesús invita, segundo, a amar » a su modo»: Amar al que se tiene delante por amor a Cristo. Lo que supone un dejar de pensar en uno para ponerse en función del hermano. ¡Que cuesta! ¿Más que amar a Judas? No lo creo. Por eso introduce, en un tercer momento, el recuerdo del propio amor; de lo que Dios ha amado a cada uno. A ti, por ejemplo. Y para eso es preciso que repases tu historia y reconozcas cómo el Señor no se ha asustado de tus miedos, no te ha abandonado tras tu negación y que te ha salvado a pesar de tu traición. Termina todo esto en la consideración sensata de que si ha hecho todo eso por ti, ¿cómo no vas a hacer lo mismo por tu hermano? Que -por otro lado- es trasparencia de Cristo.

Por eso -en último término- quien nos vea reconocerá la mano de Dios en este grupo de varones y mujeres que se sienten «de Cristo». Quien nos vea aceptándonos, cuidándonos, sosteniéndonos…

Por lo tanto, el consejo de hoy no nos deja escapatoria. Nos introduce en el terreno movedizo de la fe y nos hace pasar de la contradicción a la gloria. Y produce un efecto en los demás: el poder ver la mano de Dios en medio de nuestras relaciones comunitarias, a veces rastreras y otras elevadas. ¡Pura contradicción!

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Quién y cuál

Hoy en día es muy difícil comprender la labor de un pastor de ganado y más, la imagen del mismo, para significar la guía de la comunidad cristiana. Pero Jesús se compara a sí mismo de esa forma y a nosotros con un rebaño…

Nosotros somos de los suyos, y nos tiene como lo más valioso hasta el punto de dar la vida entera por nosotros. Como hace un pastor de ganado nos conoce a cada uno por nuestro nombre; nuestros rasgos, humor, genética y posibilidades. Y nos guía. Camina a nuestro lado durante toda la vida.

Nosotros somos de los suyos, y nos considera de su rebaño. Y nosotros le conocemos; apreciamos el timbre de su voz, su manera de acoger, de abrazar y de educar.

¿De verdad? ¿Qué voces escuchamos y a cuáles hacemos caso? ¿Qué alimentos me prometen y cuáles necesito yo? ¿A quién sigo? Y, de verdad, ¿quién me salva? Tenemos miles de promesas y programas; todos nos prometen la vida eterna, aquí, ahora y de golpe. Tenemos más “pastores” de lo que reconocemos.

La iglesia hoy nos recuerda que el cuidado y la entrega del Maestro se sigue produciendo a través de hermanos y hermanas que nos guían y acompañan. Son ellos los que velan por nosotros para que nadie nos devore, nos pierda, nos haga sufrir y nos quite la esperanza. Son ellas las que nos acogen amorosamente para devolvernos al camino y a la comunidad donde nutrirnos y sentirnos amados. Y como el Buen Pastor, no persiguen nada de nosotros que no sea el gozo de sentirnos «ovejas de su rebaño»; del grupo de discípulos de Jesús.

Hoy día es la ocasión para discernir los que más nos mueve: si la política o la fe, los discursos o la Palabras, las promesas electorales o la formación cristiana, la denuncia o la queja. ¿Quién es nuestro Pastor? ¿Y cuál nuestro rebaño?

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A… la vencida

Tras tres años con Él vuelven a su vida de antes; regresan a pescar como si no hubiera pasado nada.

 Cristo pierde el tiempo en buscarles. Se va a Galilea para recuperarles. Todos los que han regresado a su vida anterior son significativos: los hijos de trueno -que decían poder beber del cáliz que Jesús iba a beber-, Pedro -el que le había negado-, Bartolomé -en cuyo pueblo Jesús había convertido el agua en vino-, Tomás -al que se le habían dado las pruebas de los clavos-, y Juan -el que lo relata-.

Cristo se hace presente para liberarles de su pasado. Ellos se habían vuelto a pescar por invitación de Pedro. Un Pedro que todavía andaba con la herida abierta por haber dado la espalda a Jesús. Él, desanimado, desanima a los otros y les hace mirar al pasado.

Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla. Lo había visto -según el mismo evangelio-, dos veces antes y, sin embargo, no lo descubren porque no lo esperan. Ha quedado en su pasado y ahora Él está en el presente. No lo reconocen… ¿Y yo?

El caso es que el Señor, para volver a centrarlos, les pregunta: -«¿tenéis pescado?» Ellos, como aquella primera mañana en la que fueron invitados a ser pescadores de hombres, tienen que reconocer que no. Y es que el desánimo y la desesperanza no producen nada.

 En nuestra vida, cuando abandonamos al Señor pensando que está en el pasado, se hace la noche y la oscuridad. Somos incapaces de percibir nada, de reconocer a nadie. Y por eso, volvemos a las tareas de la vida porque no nos queda otra. Y no hay pescado.

«Es el Señor». Igual que la mañana de Pascua, ante la tumba vacía, es Juan quien lo reconoce. Y de la misma forma, es Pedro el que se lanza hacia Cristo: «se ató la túnica y se echó al agua”.  Llama la atención el hecho de que «estaba desnudo» en la barca y se viste para tirarse al agua. Porque uno suele hacer lo contrario: quitarse la ropa para nadar. Pero claro, Pedro estaba desnudo como Adán por el Paraíso tras desobedecer al Creador. Pedro había negado a su Señor y estaba desnudo; a la intemperie. Por eso, al darse cuenta de que Cristo estaba antes Él, se viste, se ciñe, se prepara.

Los demás discípulos se acercaron a la orilla, en la seguridad de la barca remolcando la red con los peces. Porque todos no son Pedro ni Juan: unos ven y otros creen para que los demás aprendamos.

«Jesús les dice: – «Vamos, almorzad,» Y Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado».

Fue la tercera vez. Luego vendrán las tres preguntas a Pedro. A la tercera… la vencida.

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Por Tomás

El seguimiento de Jesús fue una suerte de cansancios, despropósitos, de intimidad y de gloria. El Maestro generó una fraternidad de varones y mujeres que buscaban: ¿qué? ¿a quién? ¿cómo?

Tras la muerte de Jesús se ponen de manifiesto sus intenciones: Unas hermosas, otras no tanto. Y todas confesables; como se muestra en esa mañana de resurrección cuando sus seguidores andan desesperanzados. Tan iguales a nosotros que nos podemos poner en su piel y en su lugar: dentro de aquella sala.

Una de las muestras de autenticidad de un texto evangélico es mostrar las dudas y los miedos de aquellos que fueron elegidos por el Cristo. Y vaya si se muestran. En cada pasaje con el resucitado se dibujan sus sospechas y prejuicios al encontrarse con el Jesús glorificado. ¡No lo creen! Y claro, es que no lo esperaban. Y a punto de desmembrarse -como partido político que ha tocado suelo-, aparece el verdadero motivo de su seguimiento: Jesús.

En esta jornada electoral y en la que sobreviene más adelante, se nos promete poco menos que la vida eterna. Y tentados de acoger esas promesas, hemos de recordar que somos falibles unos y otros. Que en todo grupo humano se mezclan las motivaciones de entrega con las de autoafirmación.

Una de las muestras de autenticidad de la fe cristiana es no identificarse totalmente con una propuesta política. No es un desentenderse lavándose las manos ante la injusticia, al contrario. Es una intuición de humanidad: la de un Jesús que comparte todo lo nuestro y el capaz de elevarlo a la vida. Y un compromiso espiritual: el de una comunidad reunida para anunciar a la humanidad que somos amados -por encima de cualquier y ideología- y capaces de transformar -por debajo de cualquier régimen-.

Tomás, amigo de Jesús, es el paradigma de la duda humana y la entrega divina. Porque buscando la verdad descubre que sólo hay un dueño y un señor de la historia. Uno sólo al que entregar la vida dándole poder y voto. Porque al final, su acto de fe y el de todo cristiano, no es en quien profesa promesas electorales sino en quién es capaz de dar la vida por los demás.

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Testificar

Es afirmar o declarar una realidad asegurando su veracidad por haber sido testigo de ello.

De la resurrección del Maestro dan fe María, Pedro y Juan. Ella, con su habitual modo de afirmar y llorar, los otros, con su arrojo y locura.

Creer que alguien ha resucitado con tales testigos es impensable. Lo mismo que si ahora apareciera esa amiga que suele deshacerse en llanto en las pelis o ese amigo que se pelea siempre. Y es que el natural, la forma de ser de «los suyos», era un handicap para el resucitado. Lo fue durante los años de enseñanza y en las horas delicadas de la Pasión.

El caso es que el resucitado ha tenido que conformarse con los testigos que el Espíritu ha querido suscitar y que las gentes han llegado a creer. Y el caso es que no ha ido tan mal. Por eso, llegados a este 2019, hemos de confiar en que la resurrección de Jesús llegará a calar en el corazón de nuestras gentes a través de nosotros: testigos originales y variopintos del Maestro.

Eso sí, mostremos un poco más de entusiasmo en nuestras palabras y con nuestros signos. Porque, independientemente de nuestro natural, se ha de trasparentar la fuerza del Maestro que está junto a nosotros actual y resucitado.

Que nuestro rictus de viernes santo, de tristeza contenida y de morados procesionales se torne en sonrisa abierta de domingo. Así, testificando.

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Ramos y Piedras

Si el domingo pasado la piedras eran armas peligrosas por los prejuicios y la cerrazón, hoy lo son las palmas y ramos por los halagos y las alabanzas.

Las piedras son duras como los corazones de aquellos que juzgan a una mujer. Los ramos son flexibles como las lenguas de los que cambian de opinión dependiendo de la dirección del aire. Jesús lo comprobó -concentradamente-, en las horas previas a su Pasión. Lo sufren quienes viven expuestos al servicio y al desinterés.

El triduo pascual es el compuesto químico que aglutina servicio, oración, traición y negación, para dar lugar al binomio muerte-vida. Y al verterlo en el calendario de abril adquiere la forma del corazón de Cristo.

Pero volvamos a las piedras del camino que bajaba del monte de los olivos y a Jerusalén. Trozos de camino por los que pasa el Cristo y que serán rociadas de sudor y sangre. Ellas se convierten en testigos de la exclusión y la vergüenza. Ella van a quedar silenciadas por las palabras ya la agonía de esos días del Justo ajusticiado.

Esas piedras siguen en los caminos viendo pasar el cansancio y la desolación de muchas personas. Reparamos en ellas cuando aparecen levantadas por las manos de quienes se cierran a la misericordia. Y siguen siendo arrojadas cada minuto de la historia contra Cristo; contra los cristos rotos que jalonan nuestro mundo.

La Semana Santa recordará la Pasión y muerte de Jesús. Sacará pasos y tronos por las calles empedradas de nuestros pueblos y ciudades. Y gritarán en el silencio de la noche, rozadas por las plantas de anderos y costaleros… diciendo que el dolor de Cristo tiene rostro de mujer, llanto de niño, soledad de abuelo, desespero de joven.

Afinemos el oído para descubrir el sufrimiento salvador de Cristo para cada uno de ellos. Y acompañemos vidas y pasos a la par. Palmas y piedras.

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Y tú, ¿qué dices?

El «tú qué dices» es traicionero. Se nos exige -muchas veces- para dejar tranquila la conciencia. Pero ni da una respuesta satisfactoria a quien nos cuestiona ni hace justicia a quien se denuncia.

Es tipo de preguntas se nos solicitan cada vez más. Quizá porque hemos generado una dependencia exagerada de la normativa moral y de nuestra interpretación. De ahí que gente bien formada en la vida laboral, social, científica o política viva un verdadero infantilismo moral.

El «tú qué dices» es  mortal. Nos parapeta detrás de una norma general que nos permite estar al otro lado del sufrimiento. Orando con este evangelio, me observaba a mí mismo dando explicaciones a la mujer sobre su pecado objetivo, sobre la necesidad de restaurar la fama de las personas a las que se ha sido infiel.., me sorprendía dialogando con los escribas y trayéndoles a colación que el adulterio es cosa de dos y que el varón no había comparecido.., me angustiaba ofreciendo argumentos fariseos para quedar bien y dejar de manifiesto mi dominio de la moral concreta. Total, que la mujer quedaba en el olvido… sola e invisible.

El «tú qué dices» se me está atragantando. Sobre todo cuando abrimos las puertas de nuestros lugares sagrados para acercarse a la comunidad y damos un portazo -no muy tarde- a los que no entran con situaciones morales regladas. Abrimos para cerrar. Acogemos para aconsejar.

Sin embargo, «Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo». Él no abrió la puerta del templo, sino que abrió las de su corazón pues estaba en plena plaza, con la gente. Y no quiso entrar a discutir. Sirve de muy poco cuando se ha de sentenciar a una persona. Él fue más allá del caso moral y desnudó -ante la mujer- a los que usaban a la mujer.

Y todo esto en un evangelio del s. I, atribuido a la comunidad de un varón, Juan, y en boca de otro hombre, Jesús. Protegiendo y levantando a una mujer. «Quien tenga entendimiento que afine» y se muerda la lengua antes de descomprometerse con «Y tú, ¡qué dices?

 

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Hugs

“Un padre repartió sus bienes” a sus dos hijos por insistencia del hijo menor y, al hacerlo, dejó preparada la parte del mayor.

Son las palabras más dolorosas de esta parábola ya que pedir la herencia en vida es ¡de lo más triste!

Nosotros hemos recibido la herencia del Padre en vida; mejor dicho !antes de vivir! Antes de venir a este mundo Dios ya nos había dejado una herencia la salvación. Una parte tan liberadora, tan salvadora, tan generosa que no cabe en ninguna cabeza y así ocurre, que pasa inadvertida.

Como el hijo menor, nosotros -hijos de rico- necesitamos afirmarnos y ser nosotros mismos; sin referencia a nada ni a nadie. Como si hubiéramos nacido por generación espontánea. ¡Dios perdónanos! Nos pasamos media vida sin valorar tu gesto de amor, y la otra mitad intentando salvarnos a nosotros mismos. Salvación sin ti. Pensando que cuánto más lejos de ti más humanos y más libres somos.

Como le ocurrió al hijo mayor, nosotros -hijos cumplidores- aguantamos en la familia porque «alguien tiene que hacerlo». Y acabamos cansado, asqueados, juzgando a nuestro hermano por no habernos atrevido a realizar lo que él; y no por falta de ganas, sino de valentía. ¡Dios perdónanos! Porque sigues esperando a que volvamos a ti, ya sin herencia, con deudas, con el corazón frío. Tú nos esperas porque has sufrido la separación más que nosotros.

“Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, si pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado la palabra de la reconciliación”.

A nosotros que estamos cansados de correrías y nos asustan -ahora- las de los demás. A nosotras que se nos llena la mente de preguntas cuando hace años agradecimos no escuchar ni un recproche.

En esta sociedad nuestra tenemos la edad de abuelos o madres que han de mostrar la sonrisa y la acogida de Dios. Dando a entender que somos sus hijos, sus hijas reconciliados que invertimos en relación y en diálogo. Que damos ejemplo en abrazos; nuestra herencia.

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