¿Miedo?

Miedo, lo que se dice miedo, a uno mismo.

En las palabras -que empasta el evangelio- de Mateo subyace la idea de que quien «anda en bien» no ha de temer a nada ni a nadie, y quien anda de «mal en peor» tampoco porque está en el ámbito de la mentira y de la corrupción. El actuar de una manera o de otra dice mucho de nuestros valores y de nuestras opciones.

Ir bien por la vida es estar de parte del Reino de Dios nos sitúa en la verdad, en la justicia, en el bien… lo que no nos da un salvoconducto ante el sufrimiento o los contratiempos. Nos pone en la parte de Cristo, cuya vida no fue -precisamente- un éxito. Pero nos vincula a Él. Y, junto a él, no hay ni muerte, ni enfermedad, ni injusticia, ni persecución… porque le tenemos. Así nos convertimos en «testigos» por la manera de soportar la tribulación y de resistir ante la adversidad. Es donde se comprende que el tesoro del cristiano es tener a Cristo, ante el que hasta la misma vida -como la conocemos- se devalúa.

Trampear en la vida es avanzar sin seguridad, avanzar sin pisar en sitio seguro. De ahí, que se busque apoyarse en los fuertes, sacar beneficio de las relaciones con los demás y agarrarse a lo que nos da este mundo. Una historia que se fragua con medias verdades, la omisión de socorro, la cerrazón en las propias verdades, el rechazo del distinto y la satisfacción de las propias necesidades. Y, claro, el olvido del prójimo. En esta línea no necesitamos a Dios porque ya tenemos lo que precisamos y a los que nos propician los placeres. En este ámbito hay que pagar una factura: la salud, la tranquilidad y la seguridad.

¿Dónde te sitúas? Tras lo vivido en estos meses, en los que se nos ha ofrecido comenzar de nuevo puedes optar por trampear o volar. Con Cristo el Señor que te da la libertad o con lo tuyo que te ata.

Tras estas palabras evangélicas reconocemos la fuente del miedo; el situarnos en decir continuamente una cosa y vivir otra. Y eso agota y cansa. Y no produce los frutos que Dios quiere. Y sólo potencia la raigambre del pecado que refleja la carta a los Romanos y que me ofrece la esperanza de pensar que el único que puede salvarme de mí mismo es Cristo. Y ahí se esfuman los miedos.

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