Necesario e invisible

Jesús, por tres veces, había anunciado su muerte y ahora llega el momento de la despedida.

Anuncia que dejará de estar, en cuerpo mortal, entre ellos y le pedirá al Padre quien les pueda guiar. A partir de ese momento tendrán que buscar a Dios por ellos mismos y descubrirle de una manera nueva. Y, lo más curioso es que cuando se acostumbren a verle resucitado, desaparecerá otra vez.

En estos tiempos hemos ido descubriendo la necesidad que tenemos del personal sanitario, de los cuerpos de seguridad, de reponedores, basureros, etc. En la época más difícil que nos ha tocado vivir comunitariamente, muchas personas y profesiones se han revelado como necesarias.

Hace unos días escuchaba la reflexión de una madre sobre el amor de sus hijos. Ellos, preocupados, parecían minusvalorar lo que para ella era importante: la fe. Sus hijos creían quererla mucho pero no “guardaban sus mandamientos”. El amor de una madre es gratuito y desinteresado, no pide más que amor y no tiene intenciones ocultas. Si unos hijos nos son capaces de venerarlo, ¿qué otro amor van a reconocer? Si «en vida» ella no intuyen lo invisible, ¿qué verán tras su muerte?

El deseo de Jesús era acercar a los discípulos al Padre y regalarles su interés por su reino. Pero llega un momento en que su testimonio humano –como el de la madre- queda agotado. Por mucho que dijera o hablara, ellos tenían sus deseos y su corazón en lo accesorio. Por eso ha de marcharse.

Descubrir lo necesario no es tan obvio. Valorar lo que teníamos ocurre al perderlo. Tenemos todavía un tiempo suficiente para valorar, acoger y reconocer. Es justo y necesario.

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