Cuatro días

La enfermedad y la muerte son realidades cotidianas que flanquean la vida de todos. Y en estos días ya no pueden ser ignoradas, escondidas, evitadas o negadas como hemos hecho siempre.

Hasta el momento, en este mundo occidental, hemos controlado el sufrimiento reduciéndolo y mitifigándolo a la mínima expresión. Pero ya no es así. La enfermedad y la muerte se han hecho tan densas que ni siquiera nos rebelamos. Ni los gobernantes dan “pie con bola” para pelearse.

En estos días ha fallecido un religioso muy querido de paro cardíaco. Mal momento para hacer duelo. No se puede. Entre el último suspiro y la cremación “obligatoria” se dan muchas horas de desconcierto, de espera y segundos para la despedida. A la vez otro hermano tiene que ser ingresado en urgencias por insuficiencia respiratoria. Nadie puede acompañarle. Protocolos para aislar al virus y dejar a su suerte a la persona.

Jesús, cuando se entera de la enfermedad de su amigo Lázaro, espera. No sale corriendo -como nos gustaría-, como si por llegar antes pudiéramos detener lo inevitable.

Señor, que en esta espera desgarrada de los nuestros nos imprimas en el corazón lo que le dijiste a aquellos discípulos: «esta (situación) es para la gloria de Dios». Llevamos muchos más de cuatro días… danos resilencia.

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