Marcando estilo

La santidad nos viene de Dios. Él marca nuestro estilo y espera que obremos según Jesús. Su Hijo es quien nos elige y nos invita a marcar la diferencia con lo que vemos en este mundo.

Se nos muestra como el modelo para amar a los demás; a todos -sean como sean-, buenos o malos. A Jesús le trajo rechazos, insultos y hasta la muerte; por amor marcó estilo.

La decisión de amar es nuestra. Y podemos hacerlo de múltiples formas. Como manda la moda de las Ong’s, de los grupos sociales, de las tendencias de género o pseudo espiritualidades… Según nuestra necesidad de aceptación o deseos de ser reconocidos… o, según Dios. Para las dos primeras no hace falta ir a misa, ni ser religioso, ni tan siquiera creer en Dios. Amar lo amable, recibir por dar, comprometerse como socio, cooperar con quien te invita “está de moda”, pero no marca el estilo del evangelio: «¿No hacen lo mismo lo publicanos?».

Ahora bien, para la tercera forma hace falta el criterio de Dios: si decides amar al que no aguantas, ayudar al que te roba, aceptar a la que te critica,  repartir con la que te manipula… o entroncas con el amar de Dios o te sientes el más idiota de la historia. Pero ciertamente, has optado por el estilo de Cristo. Un estilo con contraste.

El estilo de la santidad se ha convertido en tu marca: ya no amas sólo a los que te aman,  no consuelas ante la muerte como todo el mundo, no te resignas ante las dificultades como todo el mundo, no te agobias ante el futuro como todo hijo de vecino, acoges la enfermedad como una posibilidad… En eso está lo extraordinario, en que como Dios, tu Padre, marcas estilo.

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