Reinar en cruz

Uno de los ladrones, en medio del sufrimiento, cuando lo más lógico es dudar de Dios dice: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Y es, en ese momento, cuando Jesús comienza a reinar en majestad, y le dice: «Hoy, estarás conmigo en el paraíso».

Desde entonces aquel que acoge su propia cruz y reconoce a Jesús a su lado ha entrado en las dimensiones del Reino de Dios.

Ya lo había referido Jesús a aquellos que querían seguirle. No les había engañado, como no lo ha hecho nunca contigo. Muchos le dejaron cuando descubrieron su normalidad, su sencillez, sus orígenes humildes, su poca preparación intelectual, su cansancio, su hambre, sus gestos. Otros se escandalizaron por no tomar las armas para acabar con las injusticias o fomentar las revueltas. Los que se quedaron se sentían a gusto con él, aunque no le entendieran la mayoría de las veces.

El hecho es que sus seguidores -los de todos los tiempos- hemos tenido, de fondo, la tentación de buscar en la religión una seguridad que no puede darnos.

Hoy, que la liturgia celebra a Jesús como Rey del Universo nos ofrece el trono donde Jesús ejerce su poder: la cruz.

Nosotros, humanidad de todos los tiempos, le clavamos en una cruz y le coronamos de espinas. Y así, elevado sobre todo, lleno de sangre, aterido y agotado sigue reinando. Por eso, la cruz es el lugar salvador donde Jesús tuvo poco tiempo para reinar: sin trono, sin cátedra, sin redes…

Un reino así es una verdadera locura. Pero una locura que salva y «por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados».

Y ahora habrá que responder: ¿qué es reinar para ti? Si Cristo es Rey, todos los poderes del mundo quedan mermados y detenidos ante una cruz de madera. Porque, desde aquella hora, reinar es entregarse sin certezas, servir sin reconocimiento, dejar el propio interés  y dejarse hacer.

¿Quién gobierna así? Ahora no sé… a lo largo de la historia sí han existido gobernantes que han aprendido del crucificado el modo de reinar. Hace unos días recordábamos a Isabel de Hungría, que depuso su corona por las espinas del Maestro. Pero están Luis IX de Francia y San Fernando, y Tomás Moro… y tantos hombres y mujeres de fe que -pudiendo reinar y gobernar-, entregaron sus vidas al estilo del rey crucificado.

Ellos, y sólo ellos, reconocen la fuente del poder para reinar «hoy… en el paraíso».

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