Quien se fía….

La oración es el diálogo habitual entre el hombre y Dios, y todo lo demás son aproximaciones. El que se fía pone en la oración todo lo que es y lo que espera sin miedo, sin medida, en todo momento.

Jesús pone como ejemplo a un juez «injusto» que no cumple las dos funciones que le exige la Ley de Moisés: Un juez es el instrumento de la justicia de Dios y ha de estar al servicio de su pueblo; en especial de los más desamparados. Pero, ¿cómo puede ser ejemplo? El Maestro -que buscaba los contrastes- les quiere mostrar el corazón del Padre y los tiempos de la justicia humana.

Dios escucha y atiende a aquellos que «le gritan día y noche» y lo hace «sin tardar», porque no puede soportar el dolor de sus hijos. Nosotros juzgamos y sentenciamos por conveniencia. Nos agarramos a las normas para parapetarnos ante las excepciones que nos cansan y agotan. Unas variables que marcan la diferencia entre Dios y el juez, entre el corazón del Padre y nuestros intereses.

Ora quien se fía. Espera quien confía. Aguarda quien sólo tiene a Dios como garante. De ahí, que nuestro contraste se de con esa pobre viuda que necesita de una respuesta. En esa actitud se fundamenta el orar siempre y sin desanimarse.

Orar como medicina. Confiados en el diagnóstico y en la persona. Y se toma cada día y no tiene contraindicaciones. Eso sí, se asimila mejor si va acompañado de la Palabra de Dios y en los momentos de soledad y sosiego. Los efectos son imprevisibles… hasta vencer en la batalla de la vida, al estilo de Moisés.

Jesús usó de ella. Lucas se la recetó a los que -desanimados- desconfiaban de la promesa. ¿Y tú? ¿En qué estima la tienes? Busca el prospecto y revisa su composición y aplica su posología: la del siervo, la del leproso y la de la viuda.

No pierdes nada y ganas mucho todo. Si te fías, ora.

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