En los límites

El evangelista Lucas sitúa a Jesús caminando por los límites de lo social y lo religioso. Hoy transita por las fronteras entre Galilea y Samaría y entre el pecado y la enfermedad.

 Cuando se decide a entrar a un pueblo «vienen a su encuentro diez leprosos». Diez hombres física y moralmente enfermos, excluidos por la sociedad y apartados del culto. Arrancados de la vida y de Dios. De ahí que se pararan «a lo lejos» y entraran en contacto con Jesús «a gritos» pidiendo compasión.

A nosotros nos suena a inhumano, a salvaje y a injusta la situación que viven. Y está bien siempre que caigamos en la cuenta de que era una sociedad parecida a la nuestra -salvadas las distancias- la que los aparta. Con unos protocolos parecidos a los nuestros para no contaminarnos del pecado o de la enfermedad del otro, pero que revelan nuestra suficiencia, perfección, egocentrismo que persigue dejarnos salvo de torpes, infectados o ladrones.

Jesús, también a distancia, les invita a cumplir con lo que está mandado. Y ellos, fiados de su palabra, se dirigen al Templo. De camino, se nos dicen que sanan.

«Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios». Era un samaritano, un forastero, un impío, de reza inferior, de economía dependiente, de clase baja… Es el único que se vuelve, se «echó por tierra» a los pies del Maestro, y reconoció en él el verdadero poder.

A nosotros nos suena a intransigencia, exclusión, a división. Y está bien reconocerlo pues nos parecemos demasiado cuando esgrimimos la tierra de origen, la raza o la religión para sentirnos mejores y distintos que los demás. Y se manifiesta en esas notas de distinción, de clasismo, partidismo, racismo y nacionalismo que vemos en los discípulos judíos. Y que, sin haber dado con Jesús, les hubiera infectado el corazón con odios, prevenciones, exclusiones y rigideces, que les hubiera llevado a ser saduceos.

¡Cuántas situaciones, y no de lepra, impiden a los hombres a acercase a Dios! Y en todas se hace presente Cristo, saliendo a los márgenes que hemos generado nosotros. Hoy se me invita a ponerme de rodillas ante Jesús, reconociendo su poder. Y así romper con los límites a los que yo mismo doy poder.

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