Hay que tener poca vergüenza

… para pedirle a alguien que me dé más fe en él. Que me dé muestras para poder fiarme y confiar en sus palabras, en sus maneras…

 Algo de eso insinúan hoy los discípulos de Jesús. Quieren “más fe”. Como si el adverbio de cantidad les diera la seguridad de tener cada día un milagro.

 Se confía o no. Esa es la medida. Basta un poco de fe, como el grano de mostaza, para seguir a alguien. Basta el trabajo de cada día para dar muestras de honradez. De la misma manera que una simple sospecha o un malentendido bastan para sentirse defraudado.

 Jesús pone a esos discípulos -que buscan la seguridad- unos ejemplos contradictorios, en apariencia. Primero desenmascara su tenencia a reclamar recompensa por su trabajo y su escaso agradecimiento por ser invitados a la tarea del Reino. Después, se sitúa como el verdadero siervo -Jesús trabaja para el Reino de Dios y se agota con sus gentes-. Y, por último, les recuerda que están “contratados” por puro amor de Dios y no por sus logros.

 A nosotros nos parece evidente: el que ama no pone condiciones ni adverbios. Pero se nos olvida a la primera de cambio, incluso con aquellos que más nos aman. Somos así de contradictorios.

El caso es que hemos de estar agradecidos porque se “nos ha dado un espíritu de energía, de amor y buen juicio” para sentirnos satisfechos y gozosos de estar en la tarea del Maestro. Es Él quien demuestra “más fe” en nosotros que al contrario. Y eso sí que da un poco de sonrojo reconocerlo.

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