Del ring a la cruz

Dos púgiles suben al ring y pelean porque uno de los dos ha de ser el vencedor.

 Así nos relacionamos con Dios en varios combates de la vida. Momentos en los que se nos olvida el amor y del cuidado -desinteresado- que Jesús siempre nos ha proporcionado.

Recordemos las condiciones que él exponía a los que querían cambiar el mundo:

«Quien viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío». Condiciones con apariencia dulce en los inicios del seguimiento -gustando la luna de miel vocacional- y con fondo amargo -para quien olvida el amor primero-. Condiciones que no pierden ni su realismo ni su necesidad para entregarse para siempre y por entero. 

«Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío». Consejo realista porque cada cual ha de levantar y sopesar la propia vida con lo que trae de trabajoso y frágil. Reconocer, acoger e integrar es tarea de cada cual. Un peso con el que no debemos cargar a nadie.

Condiciones y consejos que han de ser recordados en los momentos en los que nos encontramos en el ring peleando contra Dios y contra quien sea. Momentos en los que perdemos la viveza del amor regalado y nos surgen los miedos y el cansancio.

El libro de la Sabiduría, nos obliga a reconocer que «Si apenas vislumbramos lo que hay sobre la tierra y con fatiga descubrimos lo que está a nuestro alcance, ¿cómo vamos a rastrear lo que está en el cielo?, ¿cómo conocer los designios, si tú no nos das la sabiduría y el santo espíritu que viene de lo alto?» Sólo ese Espíritu nos hace caer en la cuenta de que ningún amor humano puede ser rival del Amor de Dios y ninguna carencia más fuerza que su llamada.

Pero somos seres de barro que olvidan las caricias y la mirada del alfarero y lo ponemos como rival. ¿Cuándo? En la necesidad. Cuando nuestros padres se hacen mayores y creemos que el compromiso ha de partirse en dos. Cuando la institución se considera una salida laboral para la sangre. Cuando sentimos como propiedad el cuidado pastoral de la gente. Cuando nos ahogamos dentro y respiramos fuera. Cuando, cuando, ponemos a Dios y a quien sea en el ring.

Y en ese ring, desde siempre han estado luchando los miedos y la entrega. Nunca el amor, ni de Dios ni de nadie.

Merece la pena pedir al Espíritu que ilumine nuestra cruz, la propia. Y luego la del Señor. Y seamos tan valientes de levantarla tras él. Tras un Señor con corazón humano que supo entregarse libremente y que tuvo padre y madre, y hermano y necesidades y proyectos.., y luchó contra la tentación y los miedos. Bajó del ring para subir a la cruz.

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