Estar donde no toca

En esta vida se nos entrena -desde que nacemos-, para crecer, superarnos, aprender, ganar, subir y trepar por encima de los demás. Y lo hace de tal manera que nos cuesta un triunfo estar a gusto con lo que somos.

Nos pasamos una gran parte de la vida suspirando por otro lugar o situación sin acoger la presente. El evangelio nos recuerda que somos lo que somos: hijos de Dios, creados diferentes por sus manos y con posibilidades muy distintas. Hemos de creerlo y asumirlo porque nuestras capacidades son variadas y nuestras inteligencias múltiples.

Quien no busca lo que es y para lo que vale acaba usurpando el lugar que no le corresponde. Y entonces, ocurre como dice Jesús, se le acabará quitando del lugar destinado para otra persona.

Si el Señor nos ha dado gracias para compartir, nos acogemos a una falsa humildad que nos lleva a escondernos y no dar de nosotros. Por miedo a caer en el orgullo, pasamos inadvertidos. Con esa actitud no llegaría el reino de Dios.

Por el contrario, si el Señor no nos ha dado muchas gracias, nos elevamos a nosotros mismos pensando que valemos para todo. Si todos quisieran ser así, tendríamos que ampliar la iglesia.

Por eso, Dios toma la situación en la que nos hemos metido y potencia:

– en aquellas personas que se tienen en poco, la capacidad de darse a los demás. Para que descubran que aquello que hacen bien es fruto de su gracia.

– en quienes se creen más capaces, la sombra de la cruz. Para que comprueben que el seguidor de Cristo se demuestra en la Pasión.

Pero eso viene cuando la vida ya ha jugado un tanto con cada uno y nos hemos peleado con nuestras expectativas. El caso es estar donde no nos corresponde.

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