Mirar, detenerse… misericordia

Hacer, hacer, hacer… Es una droga para nuestro espíritu humano. El empuje que tenemos en cada iniciativa nos llevar a sobrevolar la vida entre proyectos y decisiones.

Y mientras podemos, nos centramos en los trabajos y las responsabilidades, restando tiempo a todo.

Cuando un letrado, listo y leído le pregunta a Jesús sobre la otra vida, le está cuestionando sobre el sentido de esta. La que aquí, la que se juega en los caminos. Y en la respuesta quedan retratados los religiosos de la historia: unas centradas en sus tareas y con sus prisas, otros asustados por lo que puede contaminarnos y entreteneros. Todos ocupados en hacer para cumplir.

Y el sentido está en mirar y detenerse. Ahí se descubre al hermano y de atiende su necesidad. En el pararse en el camino, dejar de hacer para acariciar, levantar y curar es lo que da el sentido verdadero de esta vida y nos descubre la puerta de la otra.

Fue un samaritano. Contraste para la sociedad recta y justa judía.

Hoy puede ser cualquiera fuera de nuestras comunidades religiosas. Contraste para quienes fundamentan su vida en el hacer y en el producir.

La pregunta se suele repetir en muchos de nuestros hermanos, en muchas de nuestras hermanas: ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?». Y la respuesta que procede no gusta ni entusiasma: Pararte y mirar a tu alrededor porque tus hermanos han pasado inadvertidos en tu carrera.

Si no se escucha e integra pasaremos factura a los que nos han visto ir y venir: «reconocedme el trabajo», «dadme la herencia de la vida». Y al final, el Señor nos mostrará los rostros de los más cercanos y que precisaban misericordia de nosotros.

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