Y tú, ¿qué dices?

El «tú qué dices» es traicionero. Se nos exige -muchas veces- para dejar tranquila la conciencia. Pero ni da una respuesta satisfactoria a quien nos cuestiona ni hace justicia a quien se denuncia.

Es tipo de preguntas se nos solicitan cada vez más. Quizá porque hemos generado una dependencia exagerada de la normativa moral y de nuestra interpretación. De ahí que gente bien formada en la vida laboral, social, científica o política viva un verdadero infantilismo moral.

El «tú qué dices» es  mortal. Nos parapeta detrás de una norma general que nos permite estar al otro lado del sufrimiento. Orando con este evangelio, me observaba a mí mismo dando explicaciones a la mujer sobre su pecado objetivo, sobre la necesidad de restaurar la fama de las personas a las que se ha sido infiel.., me sorprendía dialogando con los escribas y trayéndoles a colación que el adulterio es cosa de dos y que el varón no había comparecido.., me angustiaba ofreciendo argumentos fariseos para quedar bien y dejar de manifiesto mi dominio de la moral concreta. Total, que la mujer quedaba en el olvido… sola e invisible.

El «tú qué dices» se me está atragantando. Sobre todo cuando abrimos las puertas de nuestros lugares sagrados para acercarse a la comunidad y damos un portazo -no muy tarde- a los que no entran con situaciones morales regladas. Abrimos para cerrar. Acogemos para aconsejar.

Sin embargo, «Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo». Él no abrió la puerta del templo, sino que abrió las de su corazón pues estaba en plena plaza, con la gente. Y no quiso entrar a discutir. Sirve de muy poco cuando se ha de sentenciar a una persona. Él fue más allá del caso moral y desnudó -ante la mujer- a los que usaban a la mujer.

Y todo esto en un evangelio del s. I, atribuido a la comunidad de un varón, Juan, y en boca de otro hombre, Jesús. Protegiendo y levantando a una mujer. «Quien tenga entendimiento que afine» y se muerda la lengua antes de descomprometerse con «Y tú, ¡qué dices?

 

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