¿Por qué no te callas?

clarity-of-silenceEsta es la expresión con la que Juan Carlos I -rey entonces- cortaba la intervención de un dignatario venezolano. Y lo hacía porque lo que salía de su boca eran insultos y recriminaciones.

En cuántos momentos no tenemos ganas de usar esa expresión para callar la boca de quien no hace más que mostrar la frustración que lleva dentro. El libro del Eclesiástico, con una sabiduría a prueba de siglos, asegura que «las palabras revelan el corazón de la persona». Lo que nos lleva a observarnos, a escucharnos y a reconocernos. Cuando expresamos sentimientos volcamos lo que llevamos en el corazón y, aunque lo deseamos, no siempre son palabras de alabanza o de bien.

Jesús se conocía y sabía que «la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal». Quizá porque estaba ya cansado de las palabras de condena y de malaventuranza que pronunciaban los religiosos del momento: fariseos, sacerdotes, escribas… De los dominadores y políticos no dice nada porque los obvia. Cuando se encuentre con Pilato dirá pocas cosas y cuando lo lleven ante Herodes no dirá nada. ¿Para qué?

Pues eso, ¿para qué? Este mundo nuestro vive las relaciones humanas desde la epidermis y aguanta poco la profundidad. Quizá por eso, las palabras que escuchamos son de acusación política, denuncia social, queja vecinal, crítica grupal y sospecha familiar. Y ocurre como con el chiste aquel que asegura que, del grupo de amigas, la que va al baño ya sabe que va a ser criticada. O de aquel otro grupo de amigos que sabe que el que hable va a pagar la ronda por torpe.

Aquilatar lo que vamos a decir es un arte al que nos invita el Maestro Jesús. Y para ello nos aconseja cultivar el corazón. Porque gente buena -buenos árboles- somos todos, pero no siempre nos alimentamos como debemos y damos los frutos que sabemos.

Nuestras palabras han de iluminar a los que comparten con nosotros la vida; palabras de esas que sugieren y alientan. Palabras llenas de carne, de chicha, de profundidad. De esas que se echan en falta y que se necesitan.

La sorpresa vendrá cuando un día oigamos: por favor, no te calles, regálanos palabras.

 

 

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