Ella

como-seria-dia-dia-virgen-mariaMaría, nos hace considerar que estamos muy acostumbrados a comenzar por los errores, por los pecados, por la cerrazón de la humanidad para reflexionar sobre la Salvación. Por eso necesitamos verla como una privilegiada.

Comenzar por el pecado es una forma teológica de argumentar que ha quedado en los manuales, en los catecismos y ha llegado al pueblo de Dios. De tal manera que ha suscitado una exagerada devoción a María para mejorar la reflexión. Las gentes de todos los siglos la han situado, a Ella, a María Virgen en el lugar reservado para la propia madre.

El caso es que no hacía falta enaltecerla tanto porque ya lo hizo el mismo Dios lanzándole – a través de arcángel – el piropo más hermoso de la historia. Ella se ruborizó «ante aquellas palabras» que nunca había escuchado y sopesó la propuesta de ser la Madre de su Hijo. ¿Por qué a Ella? Quizá porque nadie había conservado tan abierto el corazón y ocupado el lugar que le correspondía como criatura.

Así pues, el pueblo de Dios -a su manera- la ha celebrado y comprendido Inmaculada desde su Concepción. Una verdad que luego la teología ha debido desbrozar, diseccionar y reordenar por su tendencia a partir del fracaso.

Ella guardó la virginidad de su amor y no permitió la entrada ni a la ambición, ni al orgullo y sí a la entrega y a la donación.

Ella se ha convertido para nosotros en la acompañante perfecta y la consejera más fiel para las cosas de Dios. De tal manera que con ella aprendemos a engendrar a Cristo en cada Adviento y darle a luz mediante las obras santas cada Natividad.

Y nosotros, religiosos, tenemos la suerte de poder amar como Ella, acogiendo los planes de Dios y agradeciendo nuestro ser creado. A su lado, como María, como Ella.

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