Que se acabe

522224_798529326_999_H215857_LQue esto se acaba…. ¡pues que se acabe!

Cada día acaban situaciones, se transforman empresas, se convierten corazones, se trasladan familias, se remoza una casa, descarga lluvia una nube y hasta se desunen las notas de un pentagrama.  Es la vida. Y como ante las olas del mar hay que aprender a navegar y a nadar.

Pretender vivir siempre de la misma manera es un contrasentido que no tiene reflejo en la historia. El mismo Heráclito no se quedó aquí para contar como han de devenir todos los órdenes de la vida. Afirmar que algo permanece es razonable. Claro. Las mismas ideas de Parménides subyacen al sentir de que hay un hilo conductor y que nuestra misma vida -la de los que estamos leyendo esto- es corta en comparación con la del universo, nuestra tierra o nuestra especie. Claro que hay continuidad.

Y en ese vaivén se mueve la salvación. En un dejarse amar y en un responder. En acoger y dar. Es lo que acompaña los grandes cambios de los que habla el evangelio en este inicio del Adviento. Unas palabras escuchadas hace días en el ambiente del fin de año litúrgico.

En estos días se nos habla de lo nuevo y lo viejo ejecutando un baile lento pero continuo, tintado de morado. Eso lo saben los sabios, los ancianos y todo aquel que sea capaz de reconocer que la vida pasa, se vive y se proyecta en nuevos días y nuevas oportunidades.

La iglesia se ha de dejar mover por el viento del Espíritu en un ir y venir entre los sueños de Dios y la realidad de sus hijos. Y en esa misión se encuentra la nuestra: la de los religiosos. Aunque seguimos añorando -sin atrever a confesarlo- los momentos de seguridad y cantidad que nunca aseguraron un acertado seguimiento de Jesús, el Maestro.

El Adviento nos invita a una espera de lo conocido y de lo nuevo. Una nueva oportunidad, en fe, de ver qué nos pide Dios. Y si, por casualidad, volvemos la vista a lo pasado ya se encargará el reloj de hacer que se nuble el sol del recuerdo, se caigan los astros de los grandes proyectos y quede el susurro del viento para mirar hacia adelante.

Por eso, cuando se nos juzga como caducos, como vida que se acaba, como perdedores de una ortodoxia nunca evangelizada no hay más que sonreír y aseverar que sí. Que sí. Que lo nuestro es morir y nacer de nuevo. Que lo propio de los enamorados del evangelio es permanecer, sostenidos de la mano del Maestro, entre las olas de un lago que nos obliga a bailar.

Por eso, si esto se acaba… pues que se acabe.

 

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