Dios lo sabe

mitos_sobre_los_frutos_secos8Estamos llegando al final del ciclo litúrgico y la Palabra de Dios nos pone los pelos de punta o las yemas en flor. Porque el cambio que perdura siempre es el que se produce por dentro.

Con el paso de los años nos acostumbramos a sentenciar y anticipar acontecimiento por la costumbre y la observación. Somos intuitivos, mucho. Hasta que el paso de la vida y el cansancio de las tareas nos llevan a deducir y, entonces, se acaba el aprendizaje.

Eso se detecta cuando ya damos respuesta a lo que sucede sin que llegue a ocurrir, a terminar la frase del formando, a corregir la oración del que proclama, a juzgar las directrices capitulares o recetar ante una tos. Nos ocurre. Y Jesús lo sabe: «Cuando… deducís».

Es un tema de intergeneracionalidad. Es una realidad que aprendemos desde la familia de sangre y que no digerimos tan fácilmente en la de la fe.

Estos días se celebran muchos centenarios de presencias nuestras en el Reino de Dios desde la parcela de nuestras órdenes y congregaciones. En su celebración abusamos de recordar y de deducir, de mirar al pasado y justificar el presente, de enorgullecernos de los inicios y suspirar por el futuro. Hemos aprendido a reconocer el invierno.

Ahora queda el ser coherentes y darnos por entero. El Señor nos pedirá cuentas por lo que hicimos aquí y ahora. No nos dejará deducir desde argumentos teológicos. Ni permitirá que nos amarguemos considerando el momento de sequía vocacional. Nos preguntará si amamos y nos dimos… pedirá nuestros higos, frutos…

A la vez no faltan voces que nos relegan a un rincón de la historia de la Iglesia criticando nuestras ropas, lenguajes y tareas. Y deduciendo que la fragilidad de nuestras comunidades son causa de nuestra débil vinculación a la ortodoxia, tradición o ideologías.

Es un tema de cortedad eclesial que olvida que esas mismas comunidades cuestionadas y centenarias se revitalizan en otras latitudes. Es un tema de interculturalidad.

Menos mal que Dios nos conoce por dentro.

 

 

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