Por pobres más que por buenos

TreasureLa liturgia de esta semana nos recuerda que todos somos hijos de Dios, amados por Él y con capacidad para demostrar nuestro parentesco, ¡ahhh y nuestra herencia!

Somos santos, distintos y diversos; con situaciones vitales diferentes, pero hijos e hijas de un mismo Padre y hermanos entre nosotros. El caso es que llevamos impresa la genética de Dios y no hay más que mirarnos y ver a Cristo -nuestro hermano mayor- para comprobar nuestro linaje. Bueno, la verdad es que salimos perdiendo en amor ante tamaña comparación. Pero es la mejor alabanza que se nos puede hacer.

Pero, sigamos. Si somos hijos, se supone que heredaremos en algún momento. ¿Qué nos tocará? ¿En qué se fijará para dejarnos parte de su reino? Podemos dar vueltas a los mandamientos antes de toparnos con el esencial: ser amados y amar. Y ahí la comparación -con nuestra experiencia vital- sale también mal parada.

El eco de la Palabra de estos días nos ha dejado la nomenclatura y las realidades que provocan que Dios nos mire como a hijos y nos regale su misma vida. Somos «bienaventurados» si somos o hemos palpado la pobreza, si tenemos el corazón roto y sólo nos sale llorar, si estamos perseguidos siendo justos, si somos pacíficos, misericordiosos, si buscamos siempre la verdad… En todos los casos somos reconocidos como familia suya y se nos promete el ser resarcidos. Bueno, hay una excepción: los pobres ya han heredado el Reino de Dios. Los que -como María- dejan a Dios hacer en su historia ya tienen propiedades «en el reino de los cielos».

Si somos de esos o estamos en proceso somos bienaventurados si estamos contemplados por la mirada misericordiosa de un Dios que conoce nuestra realidad. Nos sentimos dichosos si sabemos que -en medio de la necesidad- Él está a nuestro lado y nos empuja a acariciar a la humanidad.

Esa es la verrdadera bienaventuranza: que el amor nos constituye como al mismo Dios. De ahí nuestra genética y herencia. ¿Y si viviéramos en esa clave nuestros consejos evangélicos? Quedarían reducidos de tres a uno y ampliados hasta el infinito. Y no estaríamos muy lejos del Reino de Dios, porque tendríamos ya un pie dentro… por pobres más que por buenos.

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