¡Cómo nos gusta!

critica-d2Nos gusta mucho la casuística. Nos encanta descubrir quién está al límite de lo permitido y lo correcto. Y nos permitimos el mantenernos al margen.

La línea narrativa del evangelio de hoy viene de la tendencia de aquellos discípulos de hacer grupos y crear divisiones entre los que son de los nuestros y los que no. Y en esa deriva se encuentran con los fariseos, que hacen lo mismo… ¡cómo nos gusta!

El tratamiento moral del matrimonio siempre ha dado para mucho. A los de dentro para esencializar el compromiso y apartar a la mayoría. A los de fuera para fanatizar nuestras ofertas. En medio, la relación de dos personas que se aman. Dos a las que les cae tal cantidad de normativa, de peso moral y de vida ejemplarizante que casi han de salir corriendo para esconderse detrás de Jesús.

La pregunta por el divorcio, por la separación, por la ruptura siempre ha gustado. La teología ha caído, en muchos momentos, en los argumentos del patio de vecinos donde todo se cuestiona y nada se construye. Tanto entonces -la época de este evangelio- como ahora, es necesario entrar en el corazón de cada persona y ver el amor que se profesan, los planes que les brotan y la entrega que destilan. Y eso es cosa de ellos. Es cosa de Dios, que los ha creado y ha posibilitado un mundo donde encontrarse, amarse y dar vida.

Los discípulos, una vez en casa a solas, vuelven a sacarle el tema a Jesús porque quieren una respuesta clara, objetiva y evidente para aplicar. Y Jesús les repite que el amor humano es imagen del Amor del Padre. Un amor tejido en la intimidad, probado en la adversidad y demostrado en la entrega.

Supongo que se quedaron tan insatisfechos como los fariseos o como nosotros cuando buscamos solucionar una ruptura matrimonial, aconsejar en una diatriba de pareja o juzgar las consecuencias legales de un desatino. Insatisfechos porque nos gustaría ejercer de jueces justos en cuestiones del corazón. Un desatino, pero ¡cómo nos gusta!

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