El virus fariseo

imagesJuzgar por apariencias es una actitud que Jesús rechaza por completo y que, en nosotros, se inocula con facilidad.

Eran fariseos y escribas los que tenían envidia de Jesús por la gente que arrastraba tras de sí. Y al no poder ellos hacer nada al respecto se acercan a juzgar su método. Juzgan por lo que ven y llegan a la conclusión de que esa forma de vivir la religión judía puede acabar con sus tradiciones; con su propia conciencia de pueblo.

Jesús les bautiza con el apelativo con el que se les va a conocer toda la historia «hipócritas” y los desenmascara -delante de la gente- haciendo ver que ponen a Dios y a la religión a su servicio.

Nosotros vivimos la fe dentro de una religión; con raigambre judía. La fe es nuestro asentimiento -de corazón- a un Dios que nos crea y ama, a un Padre que nos salva en su Hijo. Sin esa experiencia nuestra religión se queda vacía. Se convierte en una carcasa vistosa a merced de las modas. Podría ser cualquier club deportivo, costumbre familiar,  conjunto de canciones o de pinturas famosas.

¡Cuánto fariseísmo no hay en nuestras costumbres cristianas! ¡Cuánta repetición, tradición, conserva y norma! Y claro, cuando se pierde a Cristo -la persona- todo se convierte en opción moral. Lo que viene después se llena de prejuicios, juicios y sentencias. Olvidamos la medida de Dios para imponer la nuestra. Y la nuestra es demasiado pobre, egoísta e insensata. Atenta contra nosotros y usurpa el juicio reservado para Dios.

Por eso, la Palabra nos pone en guardia ante este virus de apariencia inocua y acaramelada. Que entra bajo forma de cumplimiento y sale con demasiado control con los que nos rodean.

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