Tiritas y heridas

que-son-las-prostaglandinasBasta una venda, una tirita o un rasguño para que nos preocupemos por alguien y por el percance sufrido para tener esas señales.

Pero «aquel día» -que se repite en los evangelios con intención de novedad- los discípulos y María vuelven a ser transportados al día primero. Y ahí está, de nuevo, Jesús ante sus ojos, transido de vida y con restos del pasado. Y ahí están ellos, asustados.

Estando destrozados por la muerte, cansados por los acontecimientos y con cara de luto, se mueren de miedo. Porque no están ni dispuestos ni preparados para el milagro.

Y yo me pregunto: ¿No estaremos nosotros sin ganas de milagro? ¿No nos bastará enseñar las tiritas de nuestro sufrimiento? ¿No buscaremos más ser consolados que alegrarnos por el Maestro?

Necesitamos Paz. Necesito Paz. De esa que trae Jesús «a cuestas» desde la muerte. Un paz que ya no se pierde porque ha atravesado la traición, la negación, el juicio, la condena y la cruz. ¿Qué le puede suceder ya? ¡Nada! Pues entonces, ya no se puede perder. Y de esa necesitamos. Y esa les trae.

Después les invita a tocar su cuerpo y volver a escuchar las palabras de los profetas. Los antiguo en lo nuevo. Lo caduco en lo resucitado. Y «entonces les abrió el entendimiento” para que comprendieran internamente que todo este gesto de amor y de vida fue por ellos. Y fue por nosotros.  Y fue para contarlo… no para conservarlo, consignarlo, guardarlo y repetirlo.

Si somos invitados a entrar en el ámbito del Resucitado y nos dejamos educar, quedarán heridas en nuestro corazón, en el grupo, en la fraternidad. Con tiritas o sin ellas.

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