Cisnes negros

Durante siglos, en Europa se creyó que todos los cisnes eran blancos, ya que los registros históricos señalaban que siempre tenían plumas blancas. En este contexto, era imposible imaginarse la existencia de cisnes negros: parecía una creencia irrefutable. Y así fue, hasta que en 1697 una expedición holandesa descubrió cisnes negros en Australia. Desde entonces, se suele hablar de “cisnes negros” para subrayar que una imposibilidad percibida podría ser refutada más tarde.

Nassim Nicholas Taleb publicó en 2007 su propia teoría, según la cual un cisne negro es un suceso que se caracteriza por lo siguiente: es una rareza, porque está fuera de las expectativas normales; produce un impacto tremendo; pese a su condición de rareza, la naturaleza humana hace que inventemos explicaciones de su existencia después del hecho, con lo que, erróneamente, se hace explicable y predecible. Como ejemplos recientes, señala Internet, la computadora personal, la primera guerra mundial, y los ataques del 11 de septiembre.

El mismo Taleb afirma que “una pequeña cantidad de cisnes negros está en el origen de casi todo lo concerniente a nuestro mundo, desde el éxito de las ideas y las religiones, hasta la dinámica de los acontecimientos históricos y los elementos de nuestra propia vida personal”.

La historia de nuestras fundaciones es la de auténticos cisnes negros: acontecimientos “altamente improbables” que han tenido un fuerte impacto en la sociedad y en la Iglesia. En estos momentos que vivimos de transición y de refundación, creo que conviene una actitud de profunda humildad, conscientes de que el futuro está en las manos de Dios, y a la vez muy sensibles y abiertos a la realidad emergente.

Ante la presencia de posibles cisnes negros en la vida consagrada, somos invitados a superar el miedo y aceptar el riesgo de lo imprevisto e inesperado. Al fin y al cabo, según Taleb, “la lógica del cisne negro hace que lo que no sabemos sea más importante que lo que sabemos”.

Es verdad que hay cisnes negros que pueden provocar la muerte. Pero cerrar la puerta, por miedo, a todo lo imprevisto, bloqueará también la novedad y creatividad del Espíritu, puesto que “el viento sopla por donde quiere, y lo oyes silbar, aunque ignoras de dónde viene y a dónde va. Lo mismo pasa con todo el que nace del Espíritu”.

(Vida Religiosa, noviembre 2018)

Nuevos interlocutores

En mi artículo publicado el pasado mes de julio (“Nuns and Nones”) expliqué la hermosa experiencia del encuentro entre religiosas y “millenials” en Estados Unidos; un camino apenas iniciado, pero que promete muchos frutos para ambos grupos.

Se trata, sin duda alguna, de una maravillosa sorpresa del Espíritu Santo. ¿Quién de esos jóvenes se hubiera imaginado jamás que iba a disfrutar compartiendo parte de su camino con religiosas católicas, que en la mayoría de los casos tienen la edad de sus abuelas? En cuanto a las religiosas, es verdad que en Estados Unidos han sido siempre muy creativas y audaces, pero esta vez el Espíritu Santo las ha superado: no creo que a ninguna de ellas se le hubiera pasado por la cabeza que un día se iban a interesar por ellas grupos de jóvenes provenientes no de parroquias o movimientos apostólicos, sino de ese creciente grupo de los “nones”. Finalmente, la sorpresa se hace todavía mayor, cuando uno descubre que quienes convocaron a ambos grupos fueron Wayne Muller, ministro ordenado de la Iglesia Metodista, y Adam Horowitz, fundador de la agencia no gubernamental “U.S. Department of Arts and Culture”, que se califica a sí mismo como “artista, organizador cultural e instigador”.

Cuando abres el sitio web de “nuns and nones” aparece un mensaje muy visible: “Estamos en el umbral de una oportunidad sin precedentes”. Una oportunidad que les ha sido dada, sin que ninguno de los dos grupos la buscara explícitamente. ¿Pudiera ser una oportunidad para la renovación de la vida religiosa? Ciertamente, no sería la primera vez en su historia que la renovación le llega a través de caminos totalmente insospechados.

¿Qué pasaría si, en nuestros países, nos decidiéramos a tomar la iniciativa y poner en marcha algún proyecto similar, en lugar de esperar pasivamente a que alguien, desde fuera, nos lo proponga? ¿Qué tal si escucháramos lo que el Espíritu dice a otras iglesias hermanas?

En cualquier caso, creo que Walter Brueggemann tiene toda la razón del mundo cuando afirma que “necesitamos nuevos interlocutores… Si conversamos siempre con los mismos interlocutores, acabaremos repitiendo y remachando las mismas conversaciones”.

(Vida Religiosa, octubre 2018)

Nuns & Nones

En inglés, la palabra “nuns” se pronuncia casi igual que “nones”. Lo interesante es que la palabra “nun” (monja) se usa para referirse a las religiosas en general, mientras que “nones” es el calificativo que se da en Estados Unidos a buena parte de los “millenials” (integrantes de la llamada “generación Y”, que en la actualidad tienen entre 18 y 30 años), ya que 1 de cada 3 “millenials” en ese país declara que no pertenece a ninguna tradición religiosa (“none” significa ninguno/a).

Dos estudiantes de la “Harvard Divinity School” llevaron a cabo un estudio sobre los “nones” en 2015, y concluyeron que, a pesar de que los “millenials” tienen una baja afiliación religiosa, están acudiendo a nuevas organizaciones que ofrecen experiencias de comunidad “que son potentes, sorprendentes e incluso quizás religiosas”. El estudio subrayaba que, “aunque no les interese pertenecer a instituciones que tienen un credo religioso como puerta de entrada, a menudo están interesados en espiritualidad y comunidad”. Y que, cuando no encuentran estos dos elementos, ellos mismos crean espacios para fomentarlos (www.howwegather.org).

Una joven que se identifica con los “nones”, pero que estudió en un colegio de “nuns”, favoreció un encuentro de 17 personas representantes de ambos grupos, para dialogar sobre ese estudio. Dice: “a medida que íbamos hablando, se hicieron evidentes las semejanzas entre ambos grupos. Tanto “nuns” como “nones” están en los márgenes o periferias de nuestras tradiciones; tienen una trayectoria de desafiar a las instituciones para promover inclusión y justicia; y buscan construir comunidades abiertas a cuestionamientos y a una búsqueda continua de sentido”. La crónica dice que pronto se disolvieron los mutuos prejuicios, que se transformaron en admiración, y que los dos grupos acabaron preguntándose: “¿Por qué no sabíamos que existíais?”.

Desde el primer encuentro de “Nuns & Nones” en noviembre de 2016, se han organizado encuentros en 5 ciudades diferentes, con más de 100 participantes, y se han promovido proyectos muy interesantes (www.nunsandnones.org).

Encontré la iniciativa enormemente inspiradora, y por eso la comparto. La verdad es que me suscitó muchas reflexiones, algunas de las cuales espero compartir en un próximo artículo.

(Vida Religiosa, julio-septiembre 2018)

#Cuéntalo

Una periodista española publicó el pasado mes de abril el relato de la agresión sexual que había sufrido cuando tenía trece años, como reacción a una polémica sentencia a cinco hombres que habían violado a una joven de 18 años. Inmediatamente se desencadenó una cadena de valientes y conmovedores testimonios de miles de mujeres de todo el mundo, usando el hashtag #Cuéntalo, que llegó a convertirse en “trending topic” a nivel mundial.

En medio de esta oleada de indignación masiva, la comunidad de Carmelitas descalzas de Hondarribia publicó en su cuenta de Facebook un mensaje corto en el que dicen que están comprometidas en la defensa de los derechos de todas las mujeres a actuar libremente, “sin que sean juzgadas, violadas, amedrentadas, asesinadas o humilladas por ello”. Y termina el texto con un mensaje de solidaridad con la víctima de la violación, diciéndole: “hermana, yo sí te creo”. El mensaje se hizo viral a las pocas horas, y por él se interesaron y lo difundieron medios de comunicación de varios países.

Los comentarios que aparecen en Facebook, provenientes tanto de personas creyentes como no, son mayoritariamente elogiosos, agradeciendo la toma de posición y diciendo cosas como: “en esa Iglesia sí creo”. ¿Qué nos dice el hecho de que haya causado tanto revuelo un sencillo mensaje de 99 palabras?

En primer lugar, parece que pocas personas se esperaban una toma de posición tan clara por parte de una comunidad religiosa, y por eso tanta sorpresa: ¿pudiera ser que estemos demasiado lejos y demasiado callados, de manera habitual, ante situaciones de sufrimiento e injusticia? Por otra parte, creo que mucha gente, que se acostumbró a ver a la Iglesia como a la institución del “no”, quedó descolocada ante un lenguaje como el de las carmelitas, que describe sin juzgar; que no es arrogante, sino humilde; que no condena, sino que muestra profunda compasión y empatía; que se solidariza y compromete con la defensa de los derechos de las mujeres. Varias personas reconocen que se emocionaron e incluso lloraron al leer el mensaje. Y una de ellas afirma: “No me sorprende en absoluto que la reconciliación de la Iglesia con una gran parte de la sociedad la inicien mujeres…”

Pudiera ser que algunas personas hayan criticado a las carmelitas o incluso las hayan acusado de “oportunistas”. A mí me parece que, con toda sencillez, han escuchado al Espíritu que habla a través de los signos de los tiempos, y han dado su pequeña aportación evangélica.

Nos han recordado a todos que frecuentemente pecamos más por exceso de prudencia que de audacia. Y que la construcción del Reino debe hacerse con todas las personas de buena voluntad, creyentes o no creyentes, participando en “esa marea algo caótica que puede convertirse en una verdadera experiencia de fraternidad, en una caravana solidaria, en una santa peregrinación” (EG 87).

(Revista Vida Religiosa, Junio 2018)

La partida de bautismo

Cuando Sally Gómez entró en la clase, un buen día de 1993, se encontró con las miradas medio incrédulas y medio escépticas de aquellos seminaristas. ¿Qué hacía Sally como profesora en una Facultad de Teología de Estados Unidos, ella que era mujer, laica, de origen hispano y piel morena? Consciente de que tenía que superar muchos prejuicios a su alrededor, colgó en la pared de su despacho no sólo sus títulos académicos, sino, bien visible, una copia de su partida de bautismo, como para recordarse a sí misma (¡y a los demás!) que su título principal para estar allí era ser hija de Dios y que de ahí provenía su autoridad para anunciar el evangelio.

Me impresionó escuchar recientemente esta historia de sus labios, 24 años después, recién retirada de su labor académica. Sobre todo, porque no es frecuente encontrarse con cristianas/os que se tomen tan en serio las consecuencias de su bautismo.

No sé si Mary McAleese, presidente de Irlanda durante 14 años, tiene colgada una copia de su partida de bautismo en alguna parte, pero ciertamente es otra mujer que se ha tomado en serio su bautismo, como atestiguan su vida personal y profesional. A inicios de marzo, en un encuentro internacional que tuvo lugar en Roma, desde su compromiso como bautizada y desde su libertad como hija de Dios, recordó que “la Iglesia católica ha sido, desde antiguo, una de las más importantes portadoras globales del virus de la misoginia” y que la jerarquía de la Iglesia tenía que encontrar “caminos innovadores y transparentes para incluir las voces de las mujeres, que les corresponde por derecho”. E insistió: “Seamos claros. El derecho de las mujeres a la igualdad en la Iglesia proviene orgánicamente de la justicia divina. No debería depender de la benevolencia ‘ad hoc’ del Papa”.

Es un maravilloso don del Espíritu que, a pesar de todo, haya mujeres que alcen su voz, asumiendo su propia responsabilidad en la Iglesia. Para ello no necesitan permiso de nadie: ¡les corresponde por derecho divino!

El momento actual exige cristianos y cristianas audaces, sin miedos ni complejos. Empezando por nosotros mismos. La renovación de la Iglesia no le corresponde sólo al Papa Francisco. Es hora de quitar el polvo a nuestra partida de bautismo.

(Vida Religiosa, mayo 2018)

¿Crees en la vida antes de la muerte?

En algunos encuentros con jóvenes les hice la pregunta: “¿Vives o tan sólo sobrevives?” Una pregunta que me hago también a mí mismo, porque el peligro de vivir de manera superficial acecha continuamente. Así lo recuerda Thoreau: “Fui a los bosques porque quería vivir a conciencia, quería vivir a fondo y extraer todo el meollo a la vida; dejar de lado todo lo que no fuera la vida para no descubrir, en el momento de la muerte, que no había vivido”.

Bronnie Ware, experta en cuidados paliativos y enfermos terminales, reunió en su libro “Los cinco mandamientos para tener una vida plena: ¿De qué no deberías arrepentirte nunca?”, las confesiones honestas y francas de personas en sus lechos de muerte: “Encontré una lista grande de arrepentimientos, pero en el libro traté de centrarme en los cinco más comunes. Y el principal arrepentimiento de mucha gente es ‘ojalá hubiera tenido el coraje de vivir la vida que realmente quería y no la que los otros esperaban de mí’.”

Durante el tiempo pascual celebramos al “viviente” (Ap 1,18), a Aquel que vino no sólo para que tengamos vida, sino “vida en abundancia” (Jn 10, 10). En cambio, muy frecuentemente, escuchamos a nuestro alrededor los lamentos de muchas personas que sienten que viven aceleradamente y de una manera loca, sin dar tiempo a lo que consideran realmente importante, en una especie de esquizofrenia existencial. ¿Es eso vivir?

Hace poco volví a ver un vídeo corto del H. David Steindl-Rast titulado “¿Quieres ser feliz? Sé agradecido”. El vídeo ha sido reproducido más de 6 millones de veces tan sólo en la página de “TED”. De manera sencilla, nos propone el agradecimiento como una de las puertas que lleva a vivir la vida en plenitud y, por tanto, a la felicidad.

El hecho de que no estemos muertos no es prueba suficiente de que estemos vivos. Una buena comprobación, en cambio, es si vivimos o no de manera consciente. A mayor atención, más vida. Y cultivar el agradecimiento aumenta nuestra capacidad perceptiva y agudiza nuestra atención.

En el credo proclamamos que creemos en la vida después de la muerte. En contraste, la pregunta que encabeza este artículo, vista en la pared de una ciudad, nos desafía a vivir en plenitud, ¡especialmente antes de la muerte!

(Vida Religiosa, abril 2018)

Tocar fondo

Era consciente de que no podía seguir con ese ritmo de vida, que cualquier día le podía dar un patatús. Sabía que tenía que cambiar. Pero nunca encontraba el momento para hacerlo. Se lo impedía el mismo ritmo de vida al que tenía que renunciar.

De repente, un shock: el anuncio de una enfermedad grave, o un infarto del que se sobrevive, o la muerte de una persona cercana, o un accidente que podía haber sido mortal… Y surge, inevitable, la pregunta: ¿qué estoy haciendo con mi vida?

A veces da la impresión de que, tanto las personas como las instituciones, necesitamos tocar fondo para reaccionar enérgica y responsablemente ante lo que no aporta nada de vida o, directamente, nos está matando. Pareciera que el mantenimiento de lo existente y las múltiples urgencias del día a día nos tienen bloqueados.

Cada vez que he visto aplicar la “Teoría U” de Otto Scharmer en nuestras instituciones, el paso que se revela más difícil es el de “soltar” o “abandonar”. Sabemos que es condición previa para poder “recibir”, pero todo en nosotros se resiste a “dejar ir”. Conscientes de que “ya no nos sirve una simple administración” y de que “no se pueden dejar las cosas como están” (EG 25), nos aventuramos en algunas novedades, pero difícilmente se renuncia a algo. El resultado es que lo nuevo se suma a lo viejo, haciendo todavía más difícil su gestión y acompañamiento.

Cada persona o institución sabrá qué tiene que “soltar” concretamente, y casi seguro que no será lo mismo para todos. Pero tengo la impresión de que, en la Vida Consagrada, en general, nos está costando dejar el poder y el control. Quizás abandonemos edificios o traspasemos obras, o las gestionemos de manera distinta. Pero nuestra necesidad de controlarlo todo nos ata las manos irremediablemente. El Espíritu no encuentra una rendija por donde colarse.

He conocido provincias religiosas que han empezado a mirar al futuro con creatividad cuando ya no les quedaba nada que perder: se sentían libres. La pena es que su toma de conciencia les llegó cuando menos fuerzas tenían: ¡lástima no haber vivido ese proceso cuando contaban con más energía!

¿De veras necesitamos tocar fondo para reaccionar?

Feminismo

Hace un año escribía en esta misma columna a propósito de “post-truth” (post-verdad), elegida como palabra del año 2016 por los lexicógrafos de los Diccionarios Oxford. La palabra del año 2017, según Merriam-Webster, ha sido “feminismo”, a juzgar por el número de veces que ha sido buscada en sus diccionarios “online”.

Feminismo, según el diccionario de la RAE, es el “principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre”: ¿cómo no estar de acuerdo con ese principio? Sin embargo, la realidad nos dice que estamos muy lejos de conseguir esa igualdad.  Así lo afirma el “Informe global de la brecha de género” de 2017, que mide esta brecha en cuatro áreas clave (salud, educación, economía y política): con la tasa de progreso actual, la brecha global de género tardará cien años en cerrarse, mientras que la brecha en el lugar de trabajo necesitará más de 200.

¿Se imaginan que alguien midiera el “índice global de brecha de género” en la Iglesia católica, a partir de algunas “áreas clave” en la vida de la Iglesia? ¿Cuántos años creen que necesitaremos para cerrar esa brecha? Quizás no nos iría mal una buena dosis de feminismo, entendido como el movimiento que lucha por la realización efectiva del principio de igualdad de derechos. “El feminismo es un rico caudal de pensamiento crítico con un gran potencial de dignificación para hombres y mujeres. Sus aportaciones nos cuestionan y nos enriquecen a todas y todos. El proyecto feminista tiene vocación de universalidad tanto por su objetivo como por su objeto” (Lucía Ramón).

El neologismo “machoexplicación” (traducción de “mansplaining”) figuraba en la lista de finalistas a palabra del año 2017 (Fondéu), y se refiere a la costumbre de algunos hombres de dirigirse a las mujeres de forma paternalista. No seré yo, por tanto, quien diga a las mujeres lo que tienen que hacer.

En cuanto a los hombres, tenemos que ser parte de la solución, ya que somos, claramente, parte del problema. Creo que nuestra primera tarea consiste en el trabajo interior de reconocer humildemente actitudes machistas interiorizadas, que rigen, de manera inconsciente, algunas de nuestras decisiones. Y luego, comprometernos decididamente con la causa del feminismo. Nadie puede ya detener el movimiento que ha constituido la mayor revolución del siglo XX.

Vida Religiosa, febrero 2018

No inviertas en sufrimiento

El autobús urbano se paró junto al llamativo anuncio, que captó mi atención. El póster, con grandes letras, decía: “No inviertas en sufrimiento”. En la letra pequeña descubrí que se trata de una campaña de prevención y sensibilización contra la trata de mujeres y niñas con fines de explotación sexual, muy oportuna y directa: “Si lo toleras, lo fomentas. Si te aprovechas, eres cómplice. Si lo denuncias, ayudas a liberarlas”.

Esta campaña me sugirió otra que podríamos promover entre nosotros al inicio de este año 2018, usando exactamente el mismo eslogan: “No inviertas en sufrimiento”. Estoy seguro de que todos tenemos amigos o conocidos que, ante situaciones de dificultad, ya sean éstas de salud, de relaciones u otras, algunas de esas personas reaccionan con serenidad y entereza, mientras que otras se hunden irremediablemente. Misma dificultad, distinta reacción.

Ya sabemos que no es lo mismo dolor que sufrimiento: “El dolor es un aspecto inevitable de nuestra existencia; el sufrimiento depende de nuestra reacción ante ese dolor” (Alejandro Jodorowsky‏). Viktor Frankl, desde su experiencia como superviviente de Auschwitz, conocía muy bien esa diferencia. En su libro “El hombre en busca de sentido”, mantiene que cualquier persona puede, incluso en las peores circunstancias, decidir lo que será de ella, mental y espiritualmente. Y que puede conservar su dignidad humana incluso en un campo de concentración. En el fondo, es esta libertad espiritual –que no puede ser quitada– lo que hace que la vida tenga sentido y propósito: “Las fuerzas más allá de tu control pueden quitarte todo lo que posees, excepto una cosa, tu libertad de elegir cómo responderás a la situación. No puedes controlar lo que te sucede en la vida, pero siempre puedes controlar lo que sentirás y harás respecto a lo que te sucede”.

El año 2018 se nos presenta como una página en blanco, que tenemos la libertad de escribir como queramos. Seguro que vendrán momentos inevitables de dolor; en nuestras manos, la posibilidad de invertir o no en sufrimiento. Nuestra propia vida ¡y la de quienes están a nuestro alrededor! sentirán la diferencia.

Ante nosotros, la posibilidad de un 2018 feliz, aún en medio del dolor. ¡Feliz 2018!

Vida Religiosa, enero 2018

Polarización

Muchas de nuestras sociedades se están polarizando en posiciones políticas o sociales antagónicas, atizadas por los políticos de turno y por los medios de comunicación. Se crean dos grupos muy distantes en su manera de pensar y entender la realidad, y todo ello con una carga emotiva muy fuerte. Normalmente, los de cada grupo buscan y aceptan acríticamente las informaciones que confirman sus propias posiciones, y rechazan y ridiculizan las que provienen del otro grupo.

En lugar de hacer un análisis sereno de la realidad, que es siempre compleja, se opta por una simplificación superficial, a base de estereotipos: se identifica al culpable (el otro grupo), y se le hace responsable de todo lo negativo. La siempre incómoda complejidad quedó reducida a dos polos: nosotros/ellos; los que tienen razón/los que están equivocados. Evidentemente, esta simplificación no resuelve nada, sino que hace que el conflicto perdure y se vaya agravando.

Desgraciadamente, es una situación que encontramos en muchos países de todos los continentes. Y tengo la impresión de que los consagrados, muy frecuentemente, reproducimos las polarizaciones que se dan a nuestro alrededor, en lugar de mostrar proféticamente un camino alternativo.

En este sentido, me parece ejemplar la manera cómo trató la LCWR (una de las conferencias de religiosas de los EE. UU.) la polarización provocada por la visita apostólica y la evaluación doctrinal de la LCWR. En lugar de reaccionar emotivamente a esas situaciones inesperadas, adoptaron una actitud contemplativa, preguntándose qué les estaba diciendo el Señor a través de esas circunstancias concretas.

“Lo contrario de la contemplación no es la acción, sino la reacción” (R. Rohr). Contemplar significa asumir la complejidad sin atajar hacia simplificaciones fáciles; se trata de echar un paso atrás y mirar a la realidad sin los filtros de nuestro “ego”. Y ese paciente camino es siempre generativo: “Si podemos estar con la tensión de opuestos suficiente tiempo… podemos convertirnos en vasijas donde los opuestos divinos se unen y dan a luz a una nueva realidad” (M. L. von Franz).

Ojalá que este tiempo de Navidad, que siempre invita a una actitud contemplativa, nos permita ser profetas en este mundo tan polarizado en el que vivimos.

Vida Religiosa, diciembre 2017