La letra comenzada

“Cuando suena la campana, dejarán sin acabar la letra comenzada». La tradición se remonta a los Padres del desierto y en el noviciado su ejecución no era difícil: dejabas la costura para ir a la capilla y no pasaba nada por dejar a medias un zurcido; cerrabas el libro para ir a doblar ropa y casi te daba lo mismo una cosa que otra. Su sentido estaba claro: lo importante era hacer lo que Dios quería y, como la campana era su voz, había que desprenderse con prontitud de la propia voluntad.

Las complicaciones vinieron después y las tentaciones también: ¿cómo voy a dejar a medias lo que hago? (En este colegio, en esta cocina, en este grupo, con este médico que me entiende tan bien,  en este clima que le sienta de maravilla a mis huesos…). Nuestras manos se convierten en garras que se aferran a lo conocido, que nos estancan y  atornillan en viejas costumbres, en la estrechura de nuestras perspectivas, en la convicción de que ya es demasiado tarde para todo lo que suponga novedad, apertura, cambio o desplazamiento.

Como patos de corral con las alas atrofiadas, miramos con nostalgia el vuelo de una bandada de patos salvajes surcando el cielo. ¿Podría yo volver a ser tan libre, tan despreocupada de lo mío, tan fascinada por el Reino como para dejar atrás mis propios planes? ¿Para dejarme alcanzar de nuevo por Quien me invita a seguirle en otro lugar, otro servicio, otro paisaje vital? ¿Tan atraída por él como para soltar y “dejar sin acabar” lo que tengo entre manos, a perder su control, a renunciar a dejar en ello mi nombre, mi firma o mi estilo? ¿Estoy a tiempo de hacerme como los niños, con esa concentración absoluta que ponen en su juego pero que interrumpen de inmediato cuando su madre les llama a merendar?

Estamos llamados a vivir así, a soltar nuestras “letras empezadas”, a dejarlas en manos de otro Escribano y confiar, perdidamente, en que solo Él puede completar todo eso inacabado y fragmentado que hay en nuestras vidas y poner en ellas el sello de su belleza.

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Recreación

“Cuando nací en plena guerra, mis padres llevaban dos años sin verse”: esta fue la declaración de una novicia de mi tiempo pronunciada con aplomo durante un recreo, ante el estupor de todas. A la salida la llamó aparte la maestra, imagino que para explicarle “los misterios de la vida”, ignoro si ejemplarizándolo con los pájaros y las flores o si con un mayor realismo. En todo caso hay que recordar que a los 17 años en los años 60, podías ser así de tontinocente sin que te llevaran al psicólogo.

El tiempo de recreo constaba de una primera parte más informal en la que paseábamos de tres en tres (cualquier tipo de pareja era considerada sospechosa), y otra más oficial presidida por la maestra sobre una tarima para divisar al gentío que éramos entonces. Esa media hora daba para lo que daba: para coser, para que hablara la maestra y para que el resto pudiéramos asentir, aportar algún comentario que no desentonara, o aprovechar la coyuntura para dar rienda suelta a la risa que era, además del buen apetito, signo de una auténtica vocación.

¿Cómo nos re-creamos ahora? Desaparecidos los tiempos oficiales, la tarima y la presidencia, queda lo esencial: la necesidad de distendernos, de re-hacernos y comunicarnos, de reírnos, de soltar lastres y roles. Queda, sobre todo, la preciosa costumbre de hacer eso con otros, de dejar fluir entre nosotros la espontaneidad, la libertad, el humor. Como dice Christian Bobin: “ El gozo mayor que existe es amar a quien está ante ti, amarlo por ser como es, un enigma, y no por ser lo que crees, lo que temes, lo que confías, lo que esperas, lo que buscas, lo que quieres” .

Mal que nos pese reconocerlo, hay enemigos al acecho que varían según la fecha de nuestro carnet de identidad: en los mayores, la manía de narrar prolijamente anécdotas de nuestro paleolítico y en los jóvenes la “llamada de la selva” que escuchan de la tablet y el móvil compitiendo en reñida lucha con la comunitaria.

Quizá necesitemos volver a pronunciar alguna de aquellas invocaciones con las que se iniciaban los recreos antiguos: “¡Alabado sea Jesucristo!”; “Laus Deo”; “Deo gratias”. Para que nos recuerden en nombre de quién estamos reunidos y para qué.

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Celda

Antes de entrar en el noviciado la palabra “celda” tenía para mí cierta resonancia romántica y me imaginaba que, cuando estuviera en el convento, pasaría largos tiempos en ella dedicada a la oración y al silencio. Por eso me sorprendió tanto al entrar que en la celda solo estábamos a la hora de dormir y el resto de la jornada la pasábamos entre la capilla, la sala de noviciado, los talleres de trabajo y, con suerte y en ratos cortos, en el jardín. En la celda solo había una cama, una silla, un lavabo y un armarito pequeño en el que apenas había nada que guardar pero, con cierta frecuencia, aparecía un anuncio de cambio y entrábamos todas en zafarrancho de traslado, imagino que para prevenir apegos.
Cuando empezaron las inserciones postconciliares en barrios, las celdas se fueron al garete y pasaron a ser con frecuencia un cuarto con litera.
A la habitación de la casa en que ahora vivo no se me ocurre llamarle celda pero, al preguntarme qué queda de la antigua palabra, creo que sigue teniendo algo importante que enseñarnos y es la sabia alternancia entre trabajo y descanso.
No nos resulta una asignatura fácil y necesitamos estar muy atentos para saber cuándo nos toca estar activos y diligentes en las tareas del Reino y cuándo pacientes y pasivos; cuándo es tiempo de arrimar el hombro y cuándo los otros agradecerían que nos quitásemos de en medio; cuándo la situación requiere estar vigilantes e intervenir, y cuándo lo único que podemos hacer es “echarnos a dormir” y quedarnos tranquilos “en la celda”, sabiendo que el proceso que Dios mismo ha puesto en marcha, hará que la semilla continúe creciendo durante la noche, mientras dormimos.
Se ve que Jesús dominaba bastante esta difícil sabiduría y se dejaba conducir por su propia corporalidad cuando le invitaba al sueño. Nos basta mirarle, en medio de la tormenta, durmiendo tan tranquilo en popa sobre un cabezal…

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Edificante

Virtuosa, modélica, ejemplar, cumplidora y observante. Ese era el perfil vigente en mi tiempo de noviciado para merecer el calificativo de edificante. Me puse fervorosamente a ello pero los resultados no fueron brillantes, en gran parte porque, cuando de alguien se rumoreaba que había alcanzado ese estatus, el efecto obtenido era claramente disuasorio: el pack de edificación incluía tantos componentes de rigidez, compostura, acartonamiento y afectación corporal, que el resultado era poco atrayente y mi afán decayó.
En cambio conservo la imagen de una hermana mayor de la comunidad vecina al noviciado, considerada poquísimo edificante: tenía la cabeza bastante perdida, el aspecto desaliñado y distaba mucho de ser considerada como “religiosamente correcta”. No se le permitía hablar con las novicias, pero ella se saltaba con total frescura la prohibición y, cuando nos veía por los pasillos, se dirigía a nosotras con tanta gracia y humanidad que nos hacía reír con sus ocurrencias y su proximidad. Del adjetivo edificante, ella había conservado el sentido original de construir, edificar, levantar, cimentar, alzar o elevar…, justamente aquello que con el paso del tiempo se había ido pasteurizando, deshidratando , perdiendo su significado primero y que estaba lost in translation, “desaparecido en el traslado”.
En el posconcilio, soplaron vientos de calidez humana y de normalidad, como esos chorros de aire que usan los barrenderos en otoño para remover las hojas caídas y empujaron fuera comportamientos artificiales y anquilosados, viejas costumbres que olían a apolillado y a rancio.
“Edificar” puede recuperar hoy su significado primero y convertirse en una preciosa metáfora relacional: es “edificante” el hermano/a que ofrece suelo y apoyo a otros, que conjuga los verbos “defender” y “proteger”, que ya vivimos demasiadas intemperies; que refuerza cimientos y tapa goteras comunitarias, que se hace experto en crear ambientes de calidez y de hogar.
Ya lo decía Qohélet: “Mejor dos juntos que uno solo. Si uno cae, lo levanta (lo edifica) su compañero” (Ecl 4,9).

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Recogimiento

Iba casi siempre pegado al silencio y a la modestia y uno de sus rasgos evaluables consistía en mantener los ojos bajos. De una hermana anciana de reconocida virtud se contaba que, a pesar de haber vivido largos años recorriendo el mismo pasillo, no se había enterado de que las ventanas daban a la calle. Cosas de entonces.

¿Solo de entonces? En las entretelas de la palabra está el “volver a juntar lo separado, restablecer un orden perdido”, exactamente la misma aspiración que expresan dos personajes actuales, muy ajenos aparentemente al mundo de lo religioso. Jose Luis Gómez, actor y director teatral, decía recientemente: “El trabajo del ser humano consigo mismo es lograr ser uno. Desgraciadamente somos varios al mismo tiempo, no estamos unificados… El trabajo sería unificarse, ser uno: hablar, respirar, atención, memoria, hasta un estado óptimo de presencia. Estar permeable, activado, con una atención exquisita”. Y para Maurice Béjart, bailarín y corógrafo francés “la ascesis consiste en elegir constantemente lo esencial. Solamente conservando lo esencial y lo necesario, mantiene uno la vitalidad y la verdad”.

Mira por donde, están diciendo casi lo mismo que san Juan de Ávila en una de sus cartas: “Querellémonos de nosotros, que, por querer mirar a muchas partes, no ponemos la vista en Dios y no queremos cerrar el ojo que mira a las criaturas para, con todo nuestro pensamiento, mirar a solo él. Cierra el ballestero un ojo para mejor ver con el otro y acertar en el blanco ¿y no cerraremos nosotros toda la vista a lo que nos daña, para mejor acertar a cazar y herir al Señor? Coja y recoja su amor y asiéntelo en Dios quien quiere alcanzar a Dios”.

Hoy entendemos ya de otra manera lo de las “criaturas” pero ¿no nos descubrimos extravertidos y desparramados? ¿No estamos necesitando un retorno a ese “recogimiento” de cuidar lo esencial, alejarnos de la dispersión y centrarnos en aquello que, en palabras de Paul Tillich, “nos atañe incondicionalmente”?

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Tendencia a la perfección

Tanto quien esté leyendo estas líneas como yo misma que las escribo, estamos de  enhorabuena: hemos tenido la suerte de sobrevivir a la “tendencia a la perfección”. En los finales de los años 50 y hasta que empezaron a notarse los efectos del Concilio, esa frase marcaba nuestro horizonte y no siempre con efectos saludables: muchas de mis compañeras de noviciado que más en serio se la tomaron, terminaron por marcharse a su casa. Para los temperamentos perfeccionistas, aquel ideal inalcanzable invitaba a estarse midiendo constantemente con las normas omnipresentes y degeneraba en pequeñas o grandes obsesiones. El Perfectae Charitatis reorientó nuestra mirada y confirmó lo que intuíamos: que es a la “perfección” del amor a lo que estamos llamados y eso trajo consigo que las normativas minúsculas empezaron a desmoronarse, derritiéndose ante aquella oleada cálida que traía un aliento de vida y de creatividad. Bendita supresión de tantas “multiplicaciones” acumuladas con el paso del tiempo, aunque supusiera un cataclismo para algunas mentalidades.

Liberados hoy de la preocupación por ese tipo de perfección ¿no puede estarnos pasando aquello de Machado: “En el corazón tenía la espina de una pasión, logré arrancármela un día, ya no siento el corazón…?”. ¿Cómo situarnos ante esa brecha infinita entre lo que poseemos de Dios y lo que nos separa de Él? ¿Qué hacemos con el potencial ilimitado de transformación espiritual que nos habita?

Desde Gregorio de Nisa, la teología ortodoxa ha acuñado el término epektasis: “Olvidando lo que queda atrás, lanzándome [epekteinomenon, de ahí la palabra epektasis] hacia lo que está delante, sigo corriendo hacia la meta…” (Fil 3,13).

La “tendencia a la perfección” deja paso a un movimiento apasionado y creciente de atracción que sacude nuestras inercias y nos hace vivir “extendidos” hacia delante, volcados en la búsqueda del Señor que amamos y de su Reino presente entre nosotros.

Pero cuando venga el Hijo del hombre ¿encontrará esa epektasis en los conventos?

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Hablando en dialecto…

Cuando acepté la propuesta de escribir en Vida Religiosa, me olvidé de preguntar a su director las edades aproximadas de los otros colaboradores de la revista. Sean las que sean, al ponerme a pensar en posibles destinatarios, lo que me sale espontáneamente es dirigirme a esa “quincena prodigiosa” que estamos entre los 65 y los 80 (yo ya estoy rozando el límite). Somos la generación que vivimos el antes y el después del Concilio y constituimos hoy un colectivo rico y numeroso de hombres y mujeres zarandeados por el huracán posconciliar cuando éramos jóvenes, vapuleados otra vez de mayores por la incertidumbre del futuro. No me siento llamada a otear ese futuro: prefiero dedicarme a conversar con las ovejas perdidas del Israel de mi generación, hablando nuestro lenguaje y tratando de adecuarlo al hoy: dejo para otros/as el dialogar con los gentiles que aún no han cumplido los 60, y están ya un poco hasta la coronilla de escucharnos siempre a los mayores haciéndoles las mismas recomendaciones.

Adelanto aquí mi plan para que podáis enriquecerlo y ampliarlo: hacer memoria de unas cuantas palabras o expresiones del “dialecto” que se hablaba en la “tribu” que nos recibió (se parecían bastante unas a otras…) y que tuvimos que aprender, con mayor o menor dificultad, en el tiempo de formación. Pero justo cuando ya lo teníamos medio dominado, llegaron los cambios del Concilio, aparecieron nuevas palabras desconocidas y el lenguaje que dominábamos empezó a caer en desuso, con la misma velocidad con que pasábamos de la máquina de escribir al ordenador, o del tren de carbonilla a la alta velocidad.

Puede venirnos bien recorrer algunas de aquellas viejas palabras, ver qué vigencia les queda, rescatar lo salvable, reconducirlas al hoy o dar a la tecla “eliminar” a las ya obsoletas.

Estas van a ser algunas: tendencia a la perfección, perseverancia, edificante, observancia, recreación, recogimiento… Las dejo abiertas a sugerencias y propuestas.

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