El cuerpo de la salvación:

Es Viernes Santo. Celebraremos con toda la Iglesia la pasión del Señor.

En la mañana, la comunidad se congregó en la catedral para la oración de Laudes. El salmista fue dejando caer, rocío sobre tierra reseca, las palabras de su salmo: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa”.

Entonces la mirada se perdió en el Cristo del presbiterio, oscuridad de leño y bronce suspendida en la claridad del aire.

Aquel Cristo, aunque grande, no tiene rasgos que mis ojos puedan definir, y no llego a percibir detalles que la mente pueda interpretar. Aquel Cristo es sólo materia oscura, elevada en medio del presbiterio, memoria de un misterio que el creyente recreará a la luz de su fe.

Más allá del Cristo crucificado, la vidriera que embellece el ábside de la catedral, ofrece a la contemplación la imagen, creada en pura luz, de la Virgen María en el misterio de su Concepción Inmaculada.

En la nave de la catedral, orante, humilde y pobre, está la Iglesia, la comunidad redimida a la que se revela la gracia del misterio que está celebrando: ¡La luz nace de la oscuridad! Ese prodigio de santidad y de pureza que es María de Nazaret, sólo lo pudo realizar el amor del Hijo, la obediencia del Hijo, la fidelidad del Hijo, la entrega del Hijo: ¡Sin la Pascua del Hijo no es posible la gracia de la Madre!

Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz”. Así comenzó su cántico el anciano Simeón, cuando tuvo en brazos a aquel primogénito que una familia pobre presentaba al Señor. Los ojos del anciano veían sólo a un niño. Pero su espíritu fue iluminado para que viese en aquel niño el sacramento de la salvación.

Hoy la Iglesia contempla aquel mismo sacramento en los brazos de una cruz. ¡Contempla!, y el corazón se le ausenta en paz tras la salvación que en el sacramento se le ofrece. Allí, en aquellos brazos, está el cuerpo de la gracia, aquél es el lugar de la santidad, aquélla es la fuente del Espíritu.

Ahora los ojos vuelven a la luz de la vidriera, a la gloria representada de la Concepción Inmaculada, a su plenitud de gracia, a la belleza del cielo que esperamos, y la fe intuye que, la misma gloria, gracia y belleza que en María de Nazaret brillan para siempre, alumbran ya por dentro la humildad de nuestra vida, la pequeñez de nuestro ser: Gloria, gracia y belleza, la del cielo y la nuestra, naciendo eternamente del mismo sacramento, el Cuerpo de Cristo, ¡el Cuerpo de la Salvación!

 

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¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

En aquel tiempo Jesús iba hacia Jerusalén, marchando a la cabeza”. El de Jesús es un camino que sólo podrán recorrer con ramos de fiesta quienes hayan visto las obras de Dios.

Los discípulos de Jesús “se pusieron a alabar a Dios por todos los milagros que habían visto”. Jesús marcha a la cabeza, va delante, y los discípulos, en aquel hombre que los precede, ven, entera y asombrosa, una historia de gracia de la que han sido testigos, un ayer de gozos inesperados, de luz en ojos ciegos, de palabras en lenguas trabadas, de sonidos estrenados en oídos cerrados, de pureza en la lepra, de mesa de Dios para hijos perdidos y pecadores perdonados.

Los discípulos dicen: “¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor!”; lo dicen mirando a quien los precede; lo dicen recordando lo que han vivido con él.

Hoy también tú, comunidad creyente, te sumas a la comitiva de los discípulos, aclamas con ellos a tu Señor, gozas mirando al que te precede, porque recuerdas lo que has vivido con él: recuerdas la claridad de su luz en los ojos de tus hijos el día de su bautismo, el milagro de la palabra haciéndose revelación en tus oídos, bendición en tu lengua, jubileo en tu corazón; recuerdas la abundancia de la mesa a la que fuiste invitada por él, y en la que comiste con el Señor el pan de la vida, el vino de la salvación; recuerdas su vida entregada para tu vida, recuerdas su resurrección gloriosa, que es fundamento y certeza de tu resurrección; recuerdas y aclamas: “¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en lo alto!

Tú sabes, Iglesia amada del Señor, que no recuerdas cosas que pertenecen al pasado, sino realidades que forman parte de presente. Hoy celebras la eucaristía; hoy escuchas palabras que llegan como un fuego a lo más hondo de ti misma: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía… Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros”. Hoy contemplas al que te precede y recibes su cuerpo entregado y entras en la Alianza sellada con su sangre. Y mientras recibes al que se te da y entras en la dicha de la Alianza nueva y eterna, contemplas el misterio de la cruz de tu Señor, en la que todo se consuma, todo se perfecciona, todo se hace definitivo.

¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor!

“¡Señor mío y Dios mío!”

Feliz domingo.

 

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Enjuiciada y amada:

El evangelio es el de aquella “mujer sorprendida en adulterio”. Pero la comunidad que hoy celebra la eucaristía sabe que ése es su evangelio.

A Jesús “le traen” una pecadora; con Jesús se queda una redimida.

A Jesús “le traen” una mujer condenada por la ley; con Jesús se queda una mujer pacificada por el amor.

A Jesús “le traen” una humanidad aplastada por la tristeza de la muerte; con Jesús se queda una Iglesia que ya celebrará para siempre la alegría de la vida.

Quiero recordar con vosotros las últimas palabras de este evangelio “de la adúltera” y nuestro:

Jesús se incorporó y le preguntó: _Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?

Ella contestó: _Ninguno, Señor.

Jesús dijo: _Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.

San Agustín lo contempló así: “la Miserable y la Misericordia, quedaron allí los dos solos”.

Ahora se puede entender que ella y nosotros podamos olvidar lo de antaño, y dejemos de pensar en lo antiguo, pues el Señor cambió nuestra suerte: el Señor ha estado grande con nosotros, con él hemos recorrido el camino de una pascua nueva, él nos ha devuelto la alegría, y por él la vida se nos ha hecho de casa. ¡La luz de la misericordia ha irrumpido en la oscuridad de nuestra miseria!

Considera ahora cómo la Misericordia se quedó allí en medio con la Miserable: Se inclinó Jesús, hasta escribir con el dedo en el suelo; se inclinó la Palabra divina hasta la condición humana; se inclinó la gracia sobre los pecadores cuando Jesús, para  rescatarnos, bajó al abismo de la muerte.

Cuando hoy recibas al Señor en el misterio de la santa comunión, escucharás una voz que alcanzará lo más hondo de tu ser:

“_Mujer, ¿ninguno te ha condenado?

_Ninguno, Señor.

_Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.

Y aunque te parezca un sueño, Iglesia enjuiciada y amada, hoy, en Cristo, habrás pasado de la muerte a la vida.

Feliz domingo.

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La fiesta del regreso… Abrazos que resucitan:

La memoria del pasado permite intuir la realidad del futuro.

La de los israelitas en Guilgal fue apenas una comida: “panes ázimos y espigas fritas”. Pero panes y espigas eran ya “el fruto de la tierra” que Dios les había prometido. Y esa certeza, a aquella frugalidad de mesa austera le daba sabor a fiesta, aire de banquete.

Podemos acercarnos a aquella comunidad, todavía nómada, reunida por familias; podemos recitar con ella la bendición antes de aquella primera comida ritual; podemos imaginar el asombro por el descanso y la libertad alcanzados con la tierra, la música y la danza al gustar las primicias de un mundo nuevo: “Gustad y ved qué bueno es el Señor… Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca”.

El de la parábola evangélica fue un banquete como sólo puede disponerlo un padre feliz de encontrar a su hijo que estaba perdido, quién sabe si muerto.

El hijo regresa de lejos con una confesión y una súplica, preparadas desde el primer paso en el camino de vuelta a casa.

El padre lo espera con una fiesta soñada desde que aquel hijo se le fue de casa y se le ocultó a la vista en el primer recodo del camino. La fiesta empieza en el corazón del padre cuando el hijo todavía estaba lejos, y es conmoción del corazón, y es danza de pies a la carrera, y es fundirse en un abrazo, y es una locura de besos. Luego será la gala y el banquete: “Sacad enseguida el mejor traje, y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado”.

En aquel día de la parábola, incluso fuera de casa se oían música y baile. Y las viejas palabras del salmista habían adquirido un sentido nuevo: “Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Y el estribillo repetía: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”.

Ahora, Iglesia santa, que haces tu camino cuaresmal hacia la Pascua, ya puedes gustar anticipada en la eucaristía la fiesta que el Padre ha preparado para ti.

Revístete de Cristo, de la túnica mejor para el día de tu reconciliación, ponte el traje de gracia, de justicia, de santidad, de compasión, de ternura. Recibe el anillo de tu dignidad en la casa de Dios. Siéntate a la mesa del banquete que el amor del Padre ha preparado para ti.

Un día será la Pascua. Un día será el banquete del cielo. Un día las palabras del viejo estribillo serán un cántico eternamente nuevo: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”.

Mientras tanto, aprendemos a abrazar como Dios nos abraza, y a resucitar con el abrazo a cuantos vienen de lejos.

Feliz domingo, Iglesia amada de Dios.

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Arrodillados delante de Dios y de los pobres:

Puede que no lo hayas pensado, pero ésta es tu realidad: el día de tu bautismo, entrando en la comunidad eclesial, entraste en una tierra que es de Dios y que Dios ha dado a su pueblo, la tierra buena que es Cristo Jesús, tierra que mana leche y miel.

No añores el paraíso que Dios había plantado en Edén, hacia Oriente, y en el que puso al hombre que había formado de la tierra: Mucho más que un paraíso te ofreció a ti en Cristo Jesús el Padre del cielo.

No imites la idolatría de los padres que en aquel paraíso terrenal, figura del celeste que es Cristo Jesús, suplantaron la fruición de los dones de Dios por la apropiación y la posesión, y transformaron la gratitud  humilde de quien todo lo recibía en el árido silencio de quien nada tiene que agradecer porque todo lo posee.

Toma tu cestilla, tú que has entrado por gracia en la tierra buena que es Cristo Jesús, y preséntala delante del Padre del cielo.

Toma tu cestilla y pronuncia delante del Señor, tu Dios, la confesión de tu fe.

Toma tu cestilla con las primicias de los frutos de la tierra en la que has entrado; Pon en ella tu pan que es el cuerpo de Cristo, tu sabiduría que es la palabra de Cristo. Pon en ella el Espíritu que te unge, el divino crisma que procede del olivo que es Cristo. Pon en ella la memoria de lo que en Cristo el Padre del cielo te ha regalado: De Cristo has aprendido a servir, a amar, a evangelizar a los pobres. En Cristo has entrado como hijo, como heredero, en la familia de Dios. Con Cristo serás glorificado.

Toma tu cestilla y póstrate en presencia del Señor, tu Dios.

No te dejes seducir por el Engañador.

Se te presentará como el que dispone a su antojo del poder y la gloria. Todo te lo promete a cambio de lo poco que parece pedir. Escucha lo que dice a Jesús en el desierto: “Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo”. El Engañador oculta lo que el Sabio enseña: que “el codicioso no se harta de dinero”, que “el avaro no aprovecha lo que tiene”, que “las riquezas guardadas perjudican al dueño”.

Tú no eres del Engañador sino de Cristo.

Tú no te arrodillas delante de nadie para alcanzar poder y gloria.

Como la tierra en la que has entrado, como Cristo Jesús de quien eres cuerpo, tú te arrodillas delante de Dios para adorarlo y darle culto, tú te arrodillas delante todos para servir: para lavar los pies de todos, para amar a todos, para llevar a los pobres la buena noticia que esperan o que necesitan.

Eso dice hoy nuestra comunión con Cristo Jesús: dice de quién somos; dice en qué tierra entramos; dice a quién queremos parecernos; dice con quién queremos caminar, a dónde queremos ir; dice qué frutos queremos dar; dice delante de quién nos arrodillamos –delante de Dios y de los pobres-; y dice también lo que llevamos en los labios y en el corazón –la fe en Cristo Jesús, muerto y resucitado-.

Feliz domingo.

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Imitadores del amor que es Dios

Si digo que creo, no me doy una cita con la eventualidad de un enigma, sino que me adentro en un misterio de amor.

Mi fe es fe en el amor.

Y si alguien me recuerda que la fe sólo puede ser fe en Dios, yo le recordaré que el Dios de mi fe es amor.

El salmista lo confesó a su manera, diciendo: “El perdona… él cura… él rescata… él colma de gracia… él es compasivo y misericordioso”.

El Hijo se lo reveló así a un desconcertado Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.

Ese Hijo entregado es la misericordia de Dios que perdona, es medicina de Dios que cura, es fuerza de Dios que libera, es bondad de Dios que nos colma de gracia.

Vosotros, hermanos míos, no sois una secta de ilusos, sino el pueblo del amor que es Dios, un pueblo de redimidos, una comunidad de hijos amados de Dios.

Sólo el amor de Dios da razón de lo que sois.

En ese amor ahonda sus raíces la paz del corazón, la esperanza que nos anima, la confianza con que vivimos.

Sólo de ese amor puede nacer el salmo de alabanza: “Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios”.

Sólo ese amor da razón de nuestra forma de vida.

Todos conocéis vidas de las que es razón el dinero, el poder, la ambición, la vanidad, el fanatismo, el odio: vidas tanto más perdidas cuanto más hayan sido entregadas a la razón por la que se ha escogido vivir.

Y todos, si sois de Cristo Jesús, sabéis que de vuestra vida ha de dar razón el amor.

Éste es el mandato que hemos recibido del que nos amó hasta dar su vida por nosotros: “Que os améis unos a otros como yo os he amado”.

Y por si alguno quisiera pensar que el amor al que somos llamados ha de estar reservado para los de nuestra casa, para los de nuestra fe, el que por todos vivió y murió, quiso que a todos amáramos, quiso que por todos perdiésemos la vida: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian”.

Amar, amar sin medida, amar sin fronteras, como ama el Padre del cielo, como nos amó el Hijo en el que creemos, con el que vivimos en comunión y del que recibimos el Espíritu del amor.

Como creyentes en Cristo, se nos reconocerá por la compasión y la misericordia.

Feliz domingo.

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«Apártate» y «quédate», verbos para la comunión:

Uno vio “al Señor sentado sobre un trono alto y excelso”; el otro vio sólo la redada de peces que había cogido después de echar las redes “en la palabra de Jesús”; y los dos, Isaías y Pedro, el profeta y el pescador, se asomaron al misterio de la grandeza de Dios y de la propia pequeñez, se vieron perdidos en la santidad de Dios y en la realidad inquietante del propio pecado.

El profeta expresó así lo que había experimentado: “¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos”.

El pescador expresó con una súplica y un gesto lo que había aprendido viendo peces en las redes: “Se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: _Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”.

Cada domingo nos reunimos para escuchar la palabra del Señor. Cada domingo nos acercamos a la mesa del Señor. Se supone que en la eucaristía escuchamos y comemos para mejor conocer la voluntad del Señor, obedecer sus mandatos, acoger su salvación y seguir sus caminos.

Cada domingo, como el profeta, nos acercamos al templo del Señor. Cada domingo, como el pescador, también nosotros echamos la red “en la palabra de Jesús”. Cada domingo es una ocasión que la gracia nos ofrece para el asombro por lo que se nos revela, para el santo temor de Dios por lo que Dios es, para la humildad del corazón por lo que nosotros somos.

Cada domingo, allí donde el profeta dijo: _ “¡ay de mí, estoy perdido!”; y donde el apóstol dijo: _ “apártate de mí, Señor, que soy un pecador”, nosotros decimos, robando las palabras a un soldado romano: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa”.

Hoy, con vosotros, quiero robarlas todas: las del profeta, las del pescador, las del soldado, por si se me agarra al alma el conocimiento de la grandeza de Dios, de su santidad, con la sabiduría de mi indignidad para ir hasta Dios o para recibirle si él viene a mi casa.

Hoy, con vosotros y con el apóstol, le diré «apártate», porque soy un pecador; mientras todo mi ser, con vosotros y con los discípulos en el camino de Emaús, le pediremos «quédate»: Quédate, porque anochece, y se oscurece la fe; quédate, porque tú tienes palabras de vida eterna; quédate, porque te necesitamos; quédate, porque sabemos que nos amas.

Y si la Eucaristía nos remite, Señor, a la entrega de tu vida por nuestro amor, mientras te digo «apártate» pues mi pecado es de muerte, mientras te digo «quédate» pues tu voz es de infinita misericordia, te diré también: “acuérdate de mí en tu reino”, entregando así mi pecado a tu misericordia.

Feliz domingo.

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«Hoy» y «aquí», adverbios para la gracia y la fiesta:

En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga: _Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Queda atrás la profecía, queda fuera la reflexión moral, quedan allí sin sentido la exposición doctrinal y la exhortación piadosa. Las palabras de Jesús son revelación de un acontecimiento turbador. Cuando Jesús dice, “hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”, sus palabras, no sólo desvelan el misterio de la profecía que acaba de leer, sino que empiezan a desvelar también su misterio personal, el de un hombre que ha sido ungido por el Espíritu Santo, y ha sido enviado para que lleve a los pobres la buena noticia de la gracia de Dios.

Una reflexión moral, una exposición doctrinal, una exhortación piadosa son intemporales. Los acontecimientos están necesariamente anclados a un «ahora» en el tiempo, y a un «aquí» en el espacio. De ahí la importancia que tiene en las palabras de Jesús el adverbio de tiempo «hoy», y la locución espacial “en vuestros oídos”, que la traducción oficial lamentablemente ignoró y substituyó por un desubicado “que acabáis de oír”.

«Aquí» acontece. «Hoy» se cumple. «Hoy, aquí» es salvación cumplida –evangelio- lo que hasta hoy era sólo salvación prometida –profecía-.

A donde llega Jesús la salvación se hace cosa de «aquí» y de «hoy»: “Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un salvador” –dice el ángel a los pastores en la noche de Belén-. “Hoy tengo que alojarme en tu casaHoy ha llegado la salvación a esta casa” –le dice Jesús a Zaqueo, el publicano de Jericó-. “Hoy estarás conmigo en el paraíso” –le dice Jesús a uno de los malhechores ajusticiados con él-.

Jesús es la salvación. Lo fue para los pastores de Belén, para Zaqueo, para el ladrón del paraíso. Lo es para nosotros, que hoy nos encontramos con el Señor y escuchamos su palabra en la asamblea litúrgica de la comunidad cristiana.

La salvación que es Jesús, es gracia de Dios para enfermos y pecadores, para publicanos y malhechores; y porque es gracia, es también alegría, fiesta en el corazón, para enfermos y pecadores, para recaudadores y bandidos.

Feliz domingo. Feliz encuentro con Cristo Jesús, hoy, en la celebración eucarística.

 

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Ungidos para salvar

Vendrá de Dios, como la palabra viene de quien la pronuncia. Vendrá de Dios, ungido por el Espíritu y enviado por él. Vendrá de Dios, y vendrá para ti que lo necesitas. Vendrá para los pobres, entiende cautivos, ciegos, oprimidos, esclavizados.

Así lo proclamaba la palabra profética.

Aquel día en la sinagoga de Nazaret, la palabra proclamada dejó de ser una promesa de salvación, y comenzó a ser un evangelio, buena noticia de que la salvación prometida para el futuro era ya salvación cumplida en el presente: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”.

La buena noticia se llamaba Jesús, y era para los pobres.

El evangelio no es una complicada doctrina, sino una persona que viene a salvar a los oprimidos por el mal. El evangelio no es una fuente de valores morales para mantener alta la producción industrial, sino revelación del misterio de la unción divina sobre el hombre Jesús de Nazaret, para que este hombre proclame el año de gracia del Señor. En realidad, él, Jesús, es el verdadero año de gracia que ya nunca se acabará para el hombre que quiera recibirla.

Hoy es un día santo para ti, Iglesia rescatada del Señor, pues para ti ha sido ungido Aquel que viene a ser tu luz y tu libertador.

La Escritura, toda la Escritura, recibe en Jesús de Nazaret su interpretación verdadera, real, última, pues en él se cumplen las promesas que la Escritura encierra, y tú, comunidad de los que han entrado por la fe en el año de gracia del Señor, has visto y conocido al que velaban las palabras de la profecía. Es más, hoy te encuentras con él, lo escuchas, comulgas con él. Hoy te encuentras con tu luz y con tu libertad, con el que es para ti el evangelio de la gracia.

No quiero que olvides, sin embargo, otra dimensión del misterio que celebras. Hoy eres ungida tú también, y enviada, como Jesús, como el siervo del Señor, para llevar la buena noticia a los pobres. Hoy eres ungida para liberar, para iluminar, para salvar. Hoy eres enviada a la frontera sur de la riqueza, en la que se levantan barreras para que los explotados no perturben la tranquilidad de los explotadores. Hoy te esperan los desesperados de todas las latitudes del sufrimiento. Seguramente los encontrarás con la mano tendida a las puertas mismas de tu celebración dominical. Hoy se cumplen en el cuerpo de Cristo, que eres tú, las palabras de la profecía: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres”.

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Celebro lo que creo… Aprendo lo que soy:

Yo digo: «Soy cristiano». Pero tal vez no sepa bien lo que digo ni diga con verdad lo que soy, pues «ser de Cristo» es misterio que nadie puede abarcar, ni puede nadie acabar de serlo.

El Espíritu de Dios y su gracia, la contemplación de los hechos de Cristo, la oración de la Iglesia y el amor de los hermanos me irán abriendo camino para que me adentre en ese misterio que confieso cuando digo: «Soy cristiano».

Considera lo que celebras en la fiesta del Bautismo del Señor: “Hoy Cristo ha entrado en el cauce del Jordán para lavar el pecado del mundo”. Tú, Iglesia de Cristo, ves bautizado en el Jordán al que es tu cabeza, y eres tú, su cuerpo, la purificada; entra en el agua Jesús, y la corriente se lleva tus pecados; mientras Jesús ora, el cielo se abre también para ti; asciende Jesús de las aguas, y lleva consigo hacia lo alto el mundo entero.

Ahora vuelve a decir: «Soy cristiano», y estarás diciendo: «He sido lavado con Cristo en las aguas de su bautismo, he creído en el cordero de Dios que quita el pecado del mundo, he visto desaparecer perdonados todos mis pecados, se han abierto también para mí las puertas de la casa de Dios, he subido con Cristo desde lo hondo de la esclavitud humana a la condición de hijo amado de Dios».

Pero no es eso sólo lo que vives hoy, pues también se te permite contemplar al Espíritu que baja sobre Jesús, y oír la voz que viene del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”. Si en comunión con Cristo Jesús quedaste purificada por las aguas de su bautismo, en Cristo quedaste también ungida con el Espíritu que a él lo ungió, y escuchaste, como dichas también para ti, las palabras que él oyó, palabras de amor que nunca en tu pequeñez hubieras podido imaginar.

Si ahora dices: «Soy cristiano», estás diciendo: «Soy hijo de Dios en Cristo, soy amado de Dios en Cristo, soy en Cristo un predilecto de Dios».

Aprende lo que eres; agradece con todos los redimidos lo que el amor de Dios ha hecho de ti; comulga con Cristo y, en esa comunión, admira la belleza del misterio que hoy se te ha revelado, saborea su dulzura, goza con la abundancia de la misericordia que se te revela, escucha de nuevo, dichas para el Unigénito, dichas también para ti, las palabras de aquel día en el Jordán: “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”.

Feliz domingo. Feliz fiesta del Bautismo del Señor.

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