“Hemos comido y bebido con él”:

Cuando se habla de resurrección, el primer comentario suele ser que de allá nadie volvió para decir lo que pasa.

Esa constatación con aires de evidente, lo sería si la resurrección se entendiese como un regreso de los muertos a la vida, un desandar el camino desde la oscuridad de la tumba a la luz acostumbrada de nuestras vidas.

Pero no es eso lo que entendemos quienes celebramos que Cristo ha resucitado.

¡La resurrección de Cristo no es regreso a su pasado sino entrada en su futuro! ¡Su Pascua no es recaída en el mundo viejo sino comienzo de un mundo nuevo!

Por la resurrección, no recobra el hombre la vida perdida sino que se abre a una vida nueva, a la vida de Dios. Resucitado, no regresa el hombre a la mortalidad sino que se le reviste de inmortalidad.

“Habéis muerto –dice el Apóstol- y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios”, o, lo que es lo mismo, la vida de Dios está escondida con Cristo en nosotros.

Así que, si alguien nos pregunta por la resurrección, no decimos: De allá nadie volvió. Sino que confesamos: ¡Cristo Jesús vive!, y somos sus testigos, pues “hemos comido y bebido con él después de su resurrección”, más aún, hemos resucitado con él, y estamos con él a la derecha de Dios en el cielo.

Es cierto: De allá nadie volvió. Pero es más cierto aún que allá, en la vida nueva, ya hemos entrado misteriosamente los que creemos en Cristo Jesús.

Con él nos encontramos y comemos siempre que, conforme a su mandato, escuchamos su palabra, hacemos nuestra su acción de gracias y recibimos los sacramentos de su vida entregada.

Arrodillados como el Señor a los pies de la humanidad, de él aprendemos a servir a los pequeños, a curar heridas, a limpiar miserias, a entregar como un pan nuestras vidas a los pobres.

Con Cristo resucitado comemos y bebemos siempre que los pobres se sientan a nuestra mesa. Y aunque sea poco lo que haya para compartir y guardemos silencio mientras lo compartimos, sabemos muy bien que es el Señor quien está con nosotros.

Porque comemos y bebemos con él, llevamos en el corazón su paz, la que él nos ha dado, su alegría, en la que él nos envuelve, su Espíritu, con el que él nos unge, nos transforma, nos fortalece, nos consuela, nos vivifica, nos justifica, nos santifica, nos resucita.

Su paz, su alegría, su Espíritu, son en nosotros los voceros de su resurrección.

Sabemos que él vive, porque vive en nosotros, porque espera con nosotros, porque ama en nosotros, y, en este cuerpo suyo que es la Iglesia, él va llenando la tierra de humanidad humilde, de humanidad pacificada, de humanidad reconciliada, de humanidad nueva, recia, libre y justa, de humanidad resucitada, de humanidad divinizada.

Sólo tu vida, Iglesia de Cristo, puede dar testimonio de que Cristo vive.

El mundo te necesita para salvarse de su resignación a la nada. El mundo te necesita para estrenar humanidad, para entrar en el día de la resurrección.

Deja que se transparente en ti la luz de Cristo resucitado.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Perderlo todo por amor

Señor, ayúdame a perder la fe en mi fe, por si aún es tiempo de que empiece a creer en ti.

Enséñame a ir contigo, a seguirte, a escucharte, incluso si me pides que desate  y te lleve el borrico que necesitas.

Si creo en ti, abandonaré mi camino por el tuyo, que eres el Camino y la Verdad y la Vida, y contigo iré donde tú quieras, donde tú vayas.

Si creo en ti, tu destino se volverá mi destino, ya se llame cruz ya se llame cielo, ya lo llames abajamiento ya lo llames gloria, ya se llame muerte ya se llame vida.

Si creo en ti, entraré en tu mundo, en tu evangelio, en tu humanidad, en tu pasión por el reino de Dios que llega para los pobres, que va donde tú vas, que se acerca a quienes tú te acercas.

Si creo en ti, en todo tiempo y lugar pediré, a silencios, a susurros, a voces, a gritos, el Espíritu que me transforme en ti, el amor que me haga uno contigo, hasta que me pierda en ti, hasta que tú, más que yo mismo, vivas en mí.

La fe en mi fe me ha llevado a suplantar sin escrúpulo el culto a Dios por el culto al dinero; a conjugar sin remordimiento la veneración de Cristo en la Eucaristía y su desprecio en los pobres; a guardar en el corazón odios en lugar de amor, ofensas en lugar de perdón, venganza en lugar de misericordia; a sacrificar en el altar de mis ambiciones –de grandeza, de dominio, de poder, de riqueza- la paz que tú nos has ofrecido haciéndote pequeño con nosotros, pobre por nosotros.

La fe en mi fe ha transformado tu evangelio en ideología desencarnada, y a ti, Jesús, Dios de carne y hueso, Dios y hombre verdadero, Dios discapacitado, Dios disminuido, Dios mendigo, Dios emigrante, Dios maltratado, Dios crucificado, te ha reducido a doctrina inocua, a imagen de madera, a rito que puedo cumplir sin complicarme la vida.

Y mientras la fe en mi fe va diciendo que lo mío es mío y que todo lo necesito para mí, tú, Señor, a lomos de un borrico prestado, te dispones a darlo todo, a perderlo todo, a renunciar a todo porque los sedientos encuentren el agua, los hambrientos el pan, los ciegos la luz, los muertos la resurrección y la vida que necesitan y que eres tú.

Hoy, mientras mi fe, orgullosa, satisfecha y descreída, va diciendo que los pobres se queden donde están, que no apesten la sala de nuestro banquete, que no den el espectáculo de morir en nuestras calles, a la puerta de nuestras cosas, tú, en la eucaristía, nos muestras tu cuerpo repartido, tu sangre derramada, todo tú perdido en el abismo de mi necesidad: ¡Todo tú entregado porque nos amas!

El mundo te necesita, Jesús; la humanidad te necesita; los pobres te necesitamos: Ayúdame a perder la fe en mi fe. ¡Enséñame a creer en ti!

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Sumergir el mundo en un amor que lo recree

Si en este domingo de Cuaresma alguien me preguntase por la Pascua, por el significado que tiene para mí esta celebración, le diría: Es que Dios pasa haciendo nuevas todas las cosas, y no puedo faltar a la cita con él, pues llevo conmigo un mundo entero que renovar: Guerras en las que mueren hombres, mujeres y niños que no las hacen. Leyes de las que son víctimas hombres, mujeres y niños que no las votan. Decisiones que destruyen la vida de hombres, mujeres y niños que no las han tomado. Egoísmos, envidias, ambiciones, que arrojan al margen de la vida a millones de hombres, mujeres y niños que nacieron con la misma dignidad, la misma grandeza, los mismos derechos y los mismos deberes de quienes son sus verdugos.

Necesitamos sumergir el mundo en un agua que lo purifique, en un espíritu que lo regenere, en un amor que lo recree.

Y en tus manos, Iglesia cuerpo de Cristo, se lo llevas al Creador, al Señor que pasa haciendo nuevas todas las cosas.

Hoy, Iglesia en camino hacia la nueva creación, oirás proclamada la promesa: “Haré una alianza nueva… Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones”.

Cuando la profecía se cumpla, cuando para saber de Dios, tus hijos escuchen los latidos del corazón y, abriendo esa página interior, en ella, como en una tabla de amar, lean la ley de su Dios, entonces, amada, será tu Pascua.

Ahora, mientras caminas, vas repitiendo tu súplica: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro”. Mientras te haces cargo de la violencia del mundo, vas gritando tu desvalimiento: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión”. Mientras te haces solidaria con el dolor de las víctimas, vas diciendo humildemente: “Devuélveme la alegría de tu salvación”.

¡Toda tú, Iglesia cuerpo de Cristo, eres hoy un clamor de Pascua!

Y lo eres junto con Cristo, tu Señor.

Unida a él por la fe en su palabra, por la comunión de su cuerpo, con él vas diciendo: “Ha llegado la hora”; es tiempo “de que sea glorificado el Hijo del hombre”, de que sea recreado el mundo, de hacer nuevas todas las cosas.

Ésta es la hora del grano de trigo que cae en tierra y muere y da mucho fruto. Ésta es la hora de los seguidores de Cristo Jesús, que bajan con él hasta la muerte, para ser con él resucitados, renovados, recreados. Ésta es la hora de los hijos de Dios que, sufriendo, aprenden a obedecer.

Si en comunión con Cristo Jesús sus discípulos aprendemos a obedecer, a dar la vida, a amar, si con Cristo Jesús somos “elevados sobre la tierra”, con él estaremos purificando el mundo, regenerándolo, recreándolo, llevándolo hasta la luz gozosa de la Pascua.

Feliz domingo

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Viaje al centro del corazón:

Todo sucede en el templo, espacio habilitado por Dios para el encuentro con su pueblo, lugar para la memoria de las obras de Dios, para la fiesta de pertenecer al pueblo de la alianza con Dios, y convertido por la codicia en cueva de ladrones.

Hoy necesito preguntar qué sucede en ese lugar destinado al encuentro con Dios que es mi corazón.

Tal vez en la relación con Dios me haya conformado con prestar atención a lo mandado, a lo que se ha de cumplir, a la letra de la ley.

Tal vez me haya esforzado en hacerme acreedor de Dios, en hacer ostentación de religiosidad, dígase en presumir de oraciones, de ayunos, de limosnas, de diezmos y primicias.

Tal vez sea de los que Jesús expulsaría del templo a latigazos, porque de todo hago allí menos confesar que el Señor es nuestro Dios, que él es nuestro redentor, que él nos sacó de la esclavitud, que en escucharle a él está la fuente de la vida.

Si alguien nos pregunta por nuestra fe, solemos identificarnos por lo que hacemos, no por lo que somos; la respuesta la buscamos fuera de nosotros mismos, y nos fijamos en doctrinas o dogmas que creemos, en ritos que practicamos, en normas que aceptamos, es decir, señalamos aspectos externos de nuestra religiosidad y olvidamos lo que sucede en nuestro corazón.

Vuelve, Iglesia de Cristo, vuelve hacia dentro la mirada y busca dentro de ti la respuesta a la pregunta sobre tu fe.

Entonces dirás: Creo en el Señor que me hizo pasar de la esclavitud a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, del luto a la fiesta. Creo que el Señor me dio su ley, me dio su palabra, me dio a su Hijo. Creo que en ese Hijo el Señor me reveló los secretos de su poder y de su sabiduría.

La ley que el Señor nos dio, ahonda sus raíces en su designio de salvación, nace del corazón de Dios, nace de la pasión de Dios por su pueblo.

Porque nos amó, nos dio una ley de libertad, una ley perfecta que es descanso del alma, una norma que da luz a los ojos, un mandato que alegra el corazón.

Porque nos amó, nos entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

Lo que la fe recuerda y celebra es la historia de un amor que todo nos lo ha dado.

Si se pierde o se corrompe la fe, entonces la escucha de la palabra de Dios, la memoria de sus maravillas, la confesión de su misericordia, será suplantada por sucedáneos de religiosidad.

El amor creyente reclama la totalidad del ser. La religiosidad substitutiva se aviene a que demos a Dios algo de lo que nos sobra y nos quedemos con la vida, olvidando que, quien se la queda, la pierde, y que quien la pierde por Dios, la gana.

Tanto amó Dios al mundo que nos dio a su Unigénito, y en dárnoslo, ha pronunciado sobre nuestra vida la Palabra que encierra todas las palabras y que a todas les da cumplimiento.

Una vez dicha esa Palabra, la relación del hombre con Dios acontece sólo en la escucha filial; esa relación no conlleva temores ancestrales sino amores definitivos, no reclama piedades orgullosas sino obediencia confiada.

Tanto amó Dios al mundo que ya sólo lo podremos honrar con el amor.

Entra en tu corazón, y busca allí al que amas: Busca allí a Dios y a los pobres.

Feliz domingo.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Dios tomó a su Hijo, al que quería, y nos lo ofreció

La del sacrificio de Abrahán sería una historia abominable si no fuese un relato de fe, de amor confiado, de confianza amorosa.

Pero es eso: Un misterio de fe, prueba, evidencia, medida del abandono de Abrahán en su Dios, en el Dios de las promesas.

En aquella hora de su día, el patriarca hubiera podido decirnos: _Obedeciendo a la palabra del Señor –creyendo-, salí de mi tierra, dejé mi patria, dejé la casa de mi padre y me puse en camino hacia la tierra que el Señor me había de indicar. _Obedeciendo a aquella palabra –creyendo-, me hice nómada en la tierra que el Señor prometió que daría a mi descendencia. _Obedeciendo a aquella palabra –creyendo- recibí del Señor un hijo que era todo de Dios aun siendo mío, un hijo de la promesa, de la gratuidad, de la misericordia, un hijo con el que Dios se comprometió a concertar su alianza y en quien juró depositar su bendición.

Todo eso hubiera podido decirnos Abrahán si en aquella hora nos hablase de su Dios y de su fe.

Pero entonces la fe reclamó de él la entrega de lo que esa misma fe le había dado: “Toma a tu hijo único, al que amas, a Isaac… y ofrécemelo”.

En la oscuridad de su noche, “Abrahán creyó a Dios”, y su fe–su confianza en Dios, su amor a Dios-, contaba todavía tribus de estrellas que nacían del seno de la divina promesa.

También a María de Nazaret, la madre de Jesús y madre nuestra, en el día gozoso de la anunciación, la fe le dio un Hijo que venía de Dios. Y en la noche de la amargura, de la espada en el corazón, la misma fe reclamó que la madre entregase a Dios aquel Hijo que de Dios había recibido.

Con Abrahán, con Isaac, con María de Nazaret, también tú, Iglesia amada del Señor, vas diciendo: “Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida. Tenía fe, aun cuando dije: _ ¡Qué desgraciado soy!”

Con Abrahán, con Isaac, con María de Nazaret, también tú te declaras “del Señor”, también tú, que has creído, le ofreces a Dios tu sacrificio de alabanza y te abandonas confiada en sus manos.

Ahora considera el misterio que se te revela desde la nube que se formó en la montaña de la transfiguración, nube-sacramento de la presencia de Dios en medio de su pueblo, nube-trono de la gloria de Dios que llena morada.

De esa nube sale una voz: “Este es mi Hijo, el amado: escuchadlo”.

Ésa es la revelación que hoy se te hace: El Padre te presenta a su Hijo, a su amado, y, ofreciéndote ese don, te dice que está de tu parte, que está contigo, que cree en ti, que se fía de ti y te confía lo que más ama.

“¿Quién acusará a los elegidos de Dios?” ¿Será acaso Dios, que nos ha dado a su Hijo? “¿Quién condenará?” ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros?”

Lo que Dios había de manifestar al hombre, nos lo ha dicho todo en ese Hijo, y “en darnos como nos dio esa palabra suya”,  esa Verbo de vida y de amor, sólo nos ha pedido que lo acojamos: “Escuchadlo”.

Recibe esa Palabra, comulga con ella, haz tuyos sus sentimientos, y pide que su Espíritu te transforme en aquel a quien recibes y comulgas.

Y no dejes de escucharlo en los pobres, cuerpo doliente de Cristo que sale a tu encuentro.

Feliz domingo. Dichosa transformación-transfiguración en Cristo Jesús.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

En tus manos un mundo nuevo

Autovía TangerMed-Ceuta; zona de Beliones: También mi compañero camerunés se quedó frío… Aquellos hermanos perdiéndose en el bosque, en la niebla, en la noche… arrancados de la vista, de nosotros…

En el bosque se perdían los “impuros”, los excluidos, los ilegales, los irregulares, los condenados a la soledad y a la intemperie… los leprosos que para los que no hay lugar en nuestro campamento…

Se han ido ateridos… empapados… envueltos en una nube de escalofríos…

Lluvia y viento… Lo que para todos es vida, para ellos es también sufrimiento, enfermedad, miedo, noche…

Aquella tarde vimos ropas que ya no arropaban, vimos a niños que ya no eran niños –habían vivido vidas enteras antes de llegar a este horror-, vimos sueños empapelados de tristeza, miedos somatizados que parasitan la mente y roban la vida.

Al volver, rezamos… Los dos lo necesitábamos…

Pateras: Días antes, mientras el grupo de emigrantes intentaba hacerse con un lugar en la patera, en el agobio del momento, una niña cayó de los brazos de su padre… cayó y -¿se  ahogó?- murió… y han arrestado al padre…

Al otro lado de la frontera: Si tomas nota de lo que es noticia, desde hace una eternidad y sin días para una tregua, se habla de robo, corrupción, violencia, nacional-insolidaridad, frivolidad…

La política ha degenerado en arte de alcanzar el poder, servirse de él en beneficio propio, y adquirir la capacidad de seducir a la sociedad lo suficiente para eternizarse en él.

La economía, desde tiempo inmemorial, pone el capital por encima del trabajo, lo financiero por encima de lo humano, y, entre dinero y dignidad, se queda siempre al lado del dinero.

Para ese mundo surrealista resulta imprescindible el circo, la evasión, el diversivo, de modo que, ocupados en interpretar el humor de las estrellas, olvidemos con tranquilidad de conciencia a los hambrientos de la tierra.

Abolida la esclavitud obligada, nos hemos vuelto esclavos voluntarios. Y en nuestra jaula dorada, puede que reclamemos más alpiste, pero hemos olvidado el sabor de la  libertad.

Pascua: Los de la autovía, los de las pateras, los de la jaula, todos necesitamos salir de la opresión, de la esclavitud; para todos es tiempo de éxodo, para todos es posible un mundo nuevo, todos somos llamados a hacernos humanidad nueva; para todos se ha hecho posible la vida, la libertad, la Pascua…

Dios a todos nos ha hecho capaces de Dios.

En Cristo Jesús, se nos ha revelado y se ha hecho posible para el hombre el mundo de Dios… el mundo de la libertad que es Dios.

Cristo Jesús es el camino que lleva a Dios: Síguelo, imítalo, haz tuyos sus sentimientos, comúlgalo.

Si él vive en ti, si en ti él continúa partiendo con el hambriento el pan de su vida, “brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía”… “serás un huerto bien regado, un manantial de aguas cuya vena nunca engaña”. Entonces en ti la liberación, el mundo nuevo, el evangelio, el reino de Dios, se hará cercano a los pobres.

Sólo nos falta convertirnos y creer.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Sólo me queda el amor

Había oído muchas veces esa narración evangélica. La había meditado. Siempre consideré asombroso que, lo mismo el enfermo de lepra que Jesús, ignorasen, como si no existiesen, las normas que defendían de la lepra a la comunidad.

Oír, meditar, asombrarse de lo que se ha oído, fueron durante mucho tiempo los verbos de mi vida de fe.

Hasta que un día…

Era un día cualquiera, en una eucaristía que en nada se diferenciaba de las que hasta entonces había celebrado. Todo era como siempre, incluido aquel evangelio que tantas veces había escuchado: “Si quieres, puedes limpiarme”… “Quiero: queda limpio”.

Sólo que, mientras proclamaba el relato acostumbrado, supe con certeza que se estaba hablando de Jesús y de mí. En un instante, todo yo, mi vida entera, arrodillada a los pies de Jesús, la vi alcanzada por la ternura del que, extendida la mano, me tocó contagiándose de mi impureza y contagiándome de su santidad.

¡El leproso del relato evangélico era yo!

Cuando te pedí que me curases, no podía sospechar, Señor, que serías tú quien se había de quedar con mi enfermedad, con mis harapos, con mi soledad, con mi impureza.

Ahora lo sé, y el corazón me pide decirte: Señor, devuélveme esa lepra que tu amor se ha llevado; devuélveme impureza, soledad y andrajos, pues no es justo que tú te quedes con una maldición que es sólo mía; no puedo permitirte esa locura; “no me lavarás los pies jamás”.

Pero tú, arrodillado a mis pies como si fueses mi esclavo, con seriedad que no puedo ignorar, me dijiste: “Si no te lavo”, si no me das tu enfermedad, “no tienes parte conmigo”.

Entonces supe que sólo cabía amarte para no morir de pena por haber echado sobre tus hombros el peso de mis pecados.

Sólo cabe que amemos a quien tanto nos amó, y tú lo sabes, Iglesia de leprosos limpios, Iglesia de Cristo, el esposo que se entregó a sí mismo por ti, para consagrarte, purificándote con el baño del agua y la palabra.

El amor que te purifica, el amor que es Cristo Jesús, no se arrodilló una vez a tus pies para luego apartarse: Se arrodilló una vez para siempre, como se entregó una vez para siempre, como es para siempre el amor que es Dios.

Hoy, en la eucaristía, volverás a decírselo: “Si quieres, puedes limpiarme”… Y volverás a oír la voz de su misericordia: “Quiero: queda limpio”. Y te acercarás a él, lo recibirás y, a la luz de la fe, verás que su mano se extiende sobre ti dejándote gloriosa, sin mancha ni arruga, santa e inmaculada.

El corazón intuye que sólo tenemos el amor que Dios nos tiene: Sólo nos queda el amor.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Con Cristo en el camino de los pobres

“Al  acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré? Se me hace eterna la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba”.

Es la confesión del enfermo que se ha quedado a solas con su fragilidad.

Es la confesión del emigrante que se ha quedado a solas con la incertidumbre de su futuro, con la precariedad de su presente, con la memoria de la vida que ha dejado atrás.

Es la confesión de los excluidos de una existencia digna, de los que ya no cuentan, de los que nunca han contado, de los derrotados.

Es la confesión de Job, la confesión del hombre que, en la propia carne, herida con llagas malignas, ha experimentado los límites estrechos de la condición humana: “Corren mis días más que la lanzadera, se van consumiendo faltos de esperanza”.

Es la confesión de los crucificados, del Crucificado, traspasado todavía hoy en el cuerpo de los pobres.

Y ésta es la oración de alabanza que, desde la vida de los pobres, desde el corazón y los labios de la Iglesia, sube agradecida hasta el corazón de Dios: “Alabad al Señor, que sana los corazones quebrantados”.

Los pobres, los crucificados, son ellos los que van diciendo: “Alabad al Señor, que la música es buena”.

Los entregados con Cristo a la muerte, las víctimas de la iniquidad humana, de la corrupción política, de la indiferencia socializada, son ellos los que confiesan: “Nuestro Dios es grande y poderoso”.

He dicho: “son ellos”. Tendría que decir: Eres tú, Iglesia cuerpo de Cristo; eres tú, comunidad pobre, comunidad de pobres, de oprimidos, de cautivos, de crucificados, eres tú la que va recordando y proclamando: el Señor nuestro Dios, el que “cuenta el número de las estrellas”, el que “a cada una la llama por su nombre”, el amor que mueve el universo, él es mi Señor, él es mi Padre, él es quien se ocupa de mí, “él sostiene a los humildes”, a él confío mi vida, en él pongo mi esperanza.

Viene a la memoria la consumación de la vida de Jesús, la que está llamada a ser la consumación de la vida para todos los que creemos en él: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

En Cristo y en los que son de Cristo, el poder de Dios reconstruye lo que el mal ha derruido, el Espíritu de Dios reúne a los que la ambición ha dispersado, la misericordia de Dios sana los corazones destrozados, venda sus heridas.

Hoy, el evangelio nos recuerda cómo, en Jesús de Nazaret, la Palabra de Dios que ha creado el universo recorre los caminos de Galilea, cómo predica en las sinagogas, cómo expulsa demonios.

Y tú, Iglesia cuerpo de Cristo, que comulgas con esa Palabra sanadora, que la recibes, que eres recibida por ella, tú sales con Cristo a los caminos de la humanidad, él sale contigo, los dos formando un solo cuerpo, para anunciar a los pobres el evangelio de la salvación.

Que del cuerpo, sin ofender la verdad, se pueda decir lo que se dice de la cabeza, porque tú, Iglesia de Cristo, te haces cargo de las dolencias de la humanidad, tú echas sobre tus hombros el peso de la vida de los pobres, tú eres agua para los sedientos, tú eres consuelo para los que lloran, tú eres saciedad para los hambrientos de justicia, tú eres un sacramento de misericordia para todos.

Aquel día también se dirá de ti lo que Pedro y sus compañeros decían a Jesús: “todo el mundo te busca”.

Y entonces, tú como Jesús, saldrás, en busca de los que no te buscan pero te necesitan.

Feliz domingo, Iglesia hospital de campaña.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

No digas palabras que no sean Cristo:

Nadie se escandalice si digo que, en principio, no tendríamos por qué preguntar acerca de la existencia de Dios.

Que se afirme o se niegue esa existencia, en principio, podría dejarme tan indiferente como indiferentes quedan ante ese nombre el asfalto de las calles, las plantas del jardín o el gallo que alerta cada noche a todo el vecindario, aunque de todo eso Dios sea el creador.

Entonces, ¿qué es lo que me empuja a decir Dios? ¿Por qué vivo pendiente de él? ¿Por qué Dios ha ocupado, como si fuese una pasión amorosa, todos los rincones de mi vida?

No es porque existe: ¡Es porque nos habla!

Con lo cual, en el corazón de nuestra fe, en el corazón de nuestra vida, se sitúa, no la idea de Dios, sino la voz de Dios, la palabra de Dios, el Dios de la palabra, el Dios que nos habla: “Ojalá escuchéis hoy su voz: No endurezcáis vuestro corazón… Porque él es nuestro Dios, y nosotros somos su pueblo”.

Grabadlo, queridos, en el frontispicio de cada  una de vuestras iglesias: «Ésta es la casa de la palabra de Dios».

Grabadlo en el corazón de cada comunidad eclesial: «Somos el pueblo de la palabra de Dios».

Grabadlo en la memoria de vuestra fe: «Somos hechura de la palabra de Dios».

De Dios hemos nacido escuchando, en Dios crecemos escuchando, y, desde la fe, un día, porque hemos escuchado, nuestras vidas se abrirán en el cielo a la dicha de una eternidad de amor.

La creación habla de Dios, o si preferís decirlo de otra manera, Dios nos habla en su creación: “Ojalá escuchéis hoy su voz”.

La historia de la salvación habla de Dios que se ocupa de su pueblo: “No endurezcáis el corazón”.

El profeta lleva en su boca palabras de Dios para ti: No las ignores, no las desprecies.

Para todos los necesitados de salvación, la Palabra de Dios se hizo carne y acampó entre nosotros, vino a los suyos, vino a enseñar, a curar, a perdonar, a salvar, y, con su venida, “a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló”; con Jesús de Nazaret, “el pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande”.

De esa luz, de esa palabra, de ese don, de su Hijo, el Padre que nos lo ha enviado, nos pedirá cuentas.

No lo olvides, Iglesia convocada a la Eucaristía: somos un pueblo que escucha la palabra de Dios, una comunidad que escucha al Hijo de Dios, –lo escuchamos sobre todo en el misterio de la Eucaristía y en el cuerpo de los pobres, tanto que, con verdad, se nos podría llamar “pueblo de la Eucaristía y de los pobres-.

No olvides tampoco que de esa palabra, de ese Hijo –si creemos en él, si comulgamos con él, si cuidamos de él-, habremos de rendir cuentas.

Y aún he de recordar otro gran misterio: En tu boca, Iglesia de Cristo, el Señor ha puesto sus palabras; en tu boca el Señor ha puesto su Palabra; en ti ha derramado su Espíritu; el Señor quiso que fueses realmente cuerpo de su Palabra, cuerpo de su Hijo.

Considera tu dignidad, considera la grandeza de las obras que el amor de Dios ha realizado en ti.  Y considera tu responsabilidad: No digas palabras que no sean de Dios. No digas palabras que no sean Cristo.

 

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

El momento es apremiante

Se ha cumplido el plazo” para la llegada del Reinado de Dios. En el reloj de la salvación ha sonado la hora decisiva, la que desvela el misterio de todas las demás.

Los acontecimientos obligan a actuar prontamente. No es tiempo para dormidos o distraídos o despreocupados.

Está cerca el reino de Dios”: Está cerca el evangelio para los pobres. El que lo lleva, ya ha sido ungido y enviado.

Con el Reinado de Dios se acerca a los ciegos la vista, la libertad a los oprimidos, la gracia a los pecadores, la salvación a los que creen.

Evangelio, Reino, Cristo Jesús: lo despreciarán los epulones aunque también lo necesiten –no saben cuánto-, y se anunciará a los pobres, a los hambrientos de justicia, de paz, de consuelo y de pan.

El Reino, el evangelio, Cristo, no viene para afirmarse a sí mismo, para predicarse a sí mismo, para realizarse a sí mismo.

El Reino, el evangelio, Cristo, es de Dios, viene de Dios y es inseparable de los pobres a quienes se acerca, a quienes es enviado, para quienes viene, a quienes se anuncia, a quienes salva.

Para ese encuentro de Cristo con los pobres, para que nos alcance la salvación, para que nos levantemos de nuestra postración, para que resucitemos, sólo falta lo que hemos de poner los postrados, los necesitados: “Convertirnos al Reinado de Dios”, o lo que es lo mismo, “creer en el evangelio”, creer en Cristo Jesús.

Porque te has convertido y crees, Iglesia de pobres, te acercas hoy a Cristo, lo recibes, escuchas el evangelio, comulgas el Reino.

Porque te has convertido y crees y escuchas y comulgas, dichosa y humilde, te reconoces hoy cuerpo de Cristo, buena noticia para los pobres, Reinado de Dios para los desheredados de la tierra, sacramento de la ternura, de la misericordia, de la bondad de Dios con sus hijos humillados.

Lo has pedido en tu oración: “Señor, enséñame tus caminos”.

Y el Señor te ha mostrado el evangelio, ha puesto a tu alcance su Reino, te ha dado a su Unigénito, sacramento de amor sin medida.

Se lo dijiste sentada a sus pies: “Señor, instrúyeme en tus sendas”. Y has aprendido que Cristo es tu camino, que los pobres son tu destino.

Ellos, a su tiempo, dirán si lo has recorrido.

El momento es apremiante”.

Feliz domingo, Iglesia cuerpo de Cristo.

Feliz encuentro con tu Señor en la Eucaristía y en los pobres.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario