Ya no hay Trinidad sin ti, ya no hay Trinidad sin pobres:

En el Misal de la comunidad, la Santísima Trinidad es la primera de las solemnidades del Señor.

Lo cual nos recuerda que, si queremos entrar en este misterio corazón de nuestra fe, habremos de hacerlo fijándonos, no en Dios a quien no vemos, sino en Cristo Jesús que es para nosotros imagen visible de Dios invisible: sólo en la escuela de Jesús de Nazaret podremos aprender el vocabulario de este encuentro con Dios.

Es éste un misterio de cielos rasgados, abiertos, accesibles, permeables: el Espíritu puede bajar y posarse sobre Jesús; la voz puede venir hasta Jesús; el Hijo tiene casa familiar a donde volver una vez cumplida la misión que el Padre le confía.

Fíjate en Jesús, el hombre que la voz del cielo declara «Hijo amado en el que Dios se complace». Con él aprendes las palabras clave de esta sabiduría divina que llamamos misterio de la Trinidad: Dios-Padre, Hijo amado, Espíritu de Dios.

Ahora, escuchando a Jesús, habrás de aprender a unir esas palabras según la relación que les es propia: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre… Yo estoy en el Padre y el Padre en mí… Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, el Espíritu de la verdad”. “Yo y el Padre somos uno”.

El Padre, el Hijo, el Espíritu, son uno sin ser lo mismo, son uno sin confundirse, son uno sin perder la propia identidad, son uno sin limitarse, son uno siendo cada uno plenamente él mismo.

Pero hay algo más, mucho más y muy sorprendente: al vocabulario de la Trinidad pertenece también la palabra «vosotros».

Jesús la revela a sus discípulos: “El mundo no puede recibir el Espíritu de la verdad, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros en cambio lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros”.

Ya no hay Trinidad sin «vosotros», hombres y mujeres unidos por la fe a Cristo Jesús: no habrá Trinidad en quien no estéis como hijos; ya no habrá en la Trinidad Hijo de Dios sin «vosotros»; ya no habrá «vosotros» sin Espíritu Santo de Dios.

Con ese Hijo en el que sois hijos, aprendéis a decir: «Abba, Padre».

Como Jesús, también nosotros, sus discípulos, buscamos cumplir en todo el mandato del Padre: nuestro pan de cada día es hacer su voluntad, trabajar en su viña, acercar su reino a los pobres.

No dejes, Iglesia cuerpo del Hijo, no dejes de entrar, por la fe y la contemplación, en los cielos accesibles, en tu casa familiar, en la morada que te está reservada, en el corazón de Dios.

No olvides tu comunión en el Espíritu con Cristo resucitado, con el Hijo glorificado.

Pero no olvides tampoco, no olvides jamás, que, en esta Trinidad, el Hijo con quien estás en comunión, es un Hijo pobre, humillado, perseguido, crucificado.

Ya no hay Trinidad sin pobres. Ya no hay Trinidad en la que los pobres no estén como hijos. Ya no hay pobres en los que el Hijo de Dios no salga a nuestro encuentro.

El tentador intentará apartarte de esa condición, de esa verdad, de ese mundo que fue el de Jesús y es tuyo; intentará seducirte con la idolatría del éxito, de la riqueza, del poder. No olvides que tu forma de vida es el evangelio de Cristo pobre y crucificado.

Feliz camino con el Hijo amado.

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