Dios es tu cielo… Tú eres el cielo de Dios

Celebramos el misterio de la ascensión del Señor, misterio que es de salvación porque es misterio de Cristo Jesús, nuestro salvador, y porque es también misterio de su cuerpo, que es la Iglesia, cuerpo del que somos miembros, comunidad de fe de la que somos parte.

Que no te desconcierte la palabra “misterio”, pues no es nombre que se da a un enigma sino puerta de entrada a una revelación.

Entra y contempla.

Es día de glorificación de Cristo Jesús: “Aclamadlo con gritos de júbilo”.

El Enviado, el que, “siendo de condición divina”, había bajado hasta lo más hondo de la condición humana, hasta la muerte y muerte de cruz, es ahora enaltecido sobre todo, se le da ahora el nombre sobre todo nombre, asciende ahora a la vida misma de Dios.

El que, por la encarnación, vino del cielo para ser de la tierra, el que vino de Dios para ser hombre, ahora, por la ascensión, no vuelve a Dios sin el hombre que es para siempre.

El que vino del cielo para ser nuestro hermano, no vuelve al cielo sin la humanidad que comparte con nosotros.

El que por la encarnación vino para ser tuyo, no vuelve al cielo por la ascensión sin llevarte con él.

Y aun más –lo escucharás en el evangelio de este día-: El que por la encarnación vino para ser nuestro, no vuelve al cielo sin quedarse en la tierra con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Entra y contempla tu misterio, Iglesia cuerpo de Cristo.

Contempla la Trinidad Santa, que es tu casa –tu cielo-, pues en ella has entrado con ese Hijo que es levantado hasta Dios, en ella has entrado como cuerpo del Hijo, en ella eres amada con el amor con que es amado el Hijo de Dios, en ella amas con el amor con que ama el Hijo de Dios.

Contempla el misterio que se te ha revelado y sal a la misión que se te ha confiado: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os mandado”.

Haced discípulos” de Cristo Jesús: haced aprendices de Cristo Jesús, mujeres y hombres bautizados en el nombre de la Trinidad Santa; mujeres y hombres que, por el bautismo, han muerto con Cristo al pecado y han resucitado con Cristo a vida nueva; mujeres y hombres bautizados para que  Cristo viva en ellos; mujeres y hombres bautizados para amarse mutuamente y para ser, porque se aman, morada en la que Dios habita –el cielo de Dios-.

Espero, deseo, pido que hoy puedas comulgar con el Hijo que ha sido glorificado a la derecha de Dios en el cielo. Espero, deseo, pido que hoy puedas entonar en la comunidad eclesial el canto de victoria de los redimidos en Cristo Jesús.

Pero, si no pudieres hacerlo, no olvides que no está sin ti en el cielo –a la derecha del Padre- el que quiso quedarse para siempre contigo en la tierra, en la pobreza humilde de tu casa.

 

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Sólo espero el gozo de abrazarte

Pilato preguntó a Jesús: “¿Y qué es la verdad?”

Pilato preguntó, y no esperó la respuesta.

Cada uno de nosotros, lo mismo que Pilato, tiene “su verdad”, su mundo de convicciones interiorizadas, un patrimonio religioso-moral-cultural que nos permite movernos sin desentonar y nos garantiza un cierto orden personal y social.

De ahí que las palabras de Jesús: “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”, debieron de resonar en los oídos Pilato –también en los de tantos hombres de hoy- si no como locura, ciertamente como palabras sin sentido.

De hecho, el Prefecto romano formuló una pregunta que, más o menos, quería decir: ¿de qué me estás hablando?

Así es que no esperó la respuesta.

Pero nosotros hemos creído en aquel loco Testigo de la verdad.

Eso significa que no nos conformamos con nuestro pequeño mundo de verdades, sino que buscamos, como quien busca un tesoro, esa verdad de la que Jesús vino a dar testimonio.

Lamentablemente, algunos han reducido la verdad a fórmulas dogmáticas, han confundido verdad y ritos, verdad y normas morales, verdad y tradiciones, verdad y devociones… olvidando que Jesús es la verdad y, porque es la verdad, es también el Testigo de la verdad.

El cristiano debiera haber aprendido a definirse a sí mismo como “discípulo de la verdad”, “buscador de la verdad”, “amigo de la verdad”, “testigo de la verdad”.

Y en seguida, el otro Defensor que el Padre nos ha dado –el primero es Jesús-, el Espíritu de la verdad, nos recuerda que somos “discípulos de Jesús”, “buscadores de Jesús”, “amigos de Jesús”, “testigos de Jesús”.

Como veis, por la fe habéis entrado en un mundo que sólo vosotros podéis conocer: sólo vosotros podéis conocer al Padre que nos dio a su Hijo y que nos da el Espíritu Santo.

Sólo vosotros podéis saber que Jesús está con el Padre, que vosotros estáis con Jesús, y que Jesús está con vosotros.

Sólo vosotros, que aceptasteis la vida de Jesús y acogisteis sus palabras, sabéis que habéis entrado en un mundo de amor, un mundo que, sin la fe, ni siquiera se puede pensar.

Ése es nuestro mundo, el del Espíritu de la verdad, el de nuestro Defensor, el de los humildes y sencillos que han acogido el evangelio: amáis a Jesús; el Padre os ama a vosotros; Jesús también os ama y se os revela –se os revela la verdad-.

Ese mundo nadie ni nada nos lo puede quitar si no es la fe perdida.

Ninguna pandemia, ningún confinamiento, ninguna alarma nos deja sin Jesús, sin su Espíritu, como no nos deja sin Jesús, sin su Espíritu, la ausencia obligada de ningún rito, la privación de ninguna devoción. Tengo la certeza de que, al creyente, pandemias, confinamientos y alarmas lo han dejado más cerca del Señor y le han permitido tomar conciencia de que el Señor nuestro Dios, el Padre con el Hijo y el Espíritu, está más que nunca cerca de nosotros.

Eso sí, pandemias, confinamientos y alarmas nos han robado el gozo del encuentro con nuestros hermanos en la fe, para escuchar juntos a Cristo resucitado, para ofrecernos con él y como él, para recibir de sus manos el alimento que da vida eterna.

Pero ese encuentro llegará pronto y será tanto más gozoso cuanto más esperado.

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El camino es Cristo Jesús:

Se lo dice Jesús a sus discípulos: “Que no se agite vuestro corazón”.

El verbo “agitar” evoca el estremecimiento que Jesús sintió ante la muerte de su amigo Lázaro y ante la traición de Judas.

“Que no se agite vuestro corazón”. Las circunstancias justifican las palabras de Jesús. Para sus discípulos se acercan horas en que, como barquilla en una tempestad, serán zarandeados por la angustia y, esta vez, habrán de enfrentarse solos a la furia del mar.

No es que Jesús ya no estará dormido en la barca: Ahora ¡Jesús no estará!

Ahora los discípulos no podrán gritar aquel angustiado: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!”

Hoy, desde el corazón de sus hijos, desde el corazón de los obligados al confinamiento para huir de la muerte, desde la preocupación de los expuestos al contagio allí donde hay enfermos que atender, desde el dolor de los contagiados que todavía luchan por vivir, desde el silencio de los que ya han caído en esta batalla, la Iglesia clama al Resucitado: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti”.

La Iglesia clama, y recuerda, dichas para ella y para todos, las palabras de Jesús: “Que no se agite vuestro corazón”.

Y después de la invitación, recordamos el imperativo que hace posible la calma: “Creed”.

“Creer” es entregar del corazón –entrega total de nosotros mismos- que sólo se puede hacer a Dios y a Jesús: “Creed en Dios y creed también en mí”.

Recuerda las palabras de Jesús cuando la tempestad en el mar de Galilea: “¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?”

La fe es el antídoto de las zozobras del corazón.

Pero el Señor nos habló también del motivo de su ausencia.

Es como si la relación de Jesús con sus discípulos, que había empezado con una pregunta sobre una estancia –“Señor, ¿dónde vives?”-, llegase ahora a su culminación con una revelación inesperada, sorprendente, asombrosa, sobre esa vivienda: “En la casa de mi Padre hay muchas estancias”.

No sólo Jesús “vivía” en la casa del Padre. Ésa es también la casa en la que van a vivir sus discípulos. Jesús va a prepararles –a prepararnos- sitio.

No te asombres, Iglesia de Cristo, de esta locura de amor, pues por llevarte con él a donde él vive, a donde él está, a la casa del Padre, a la casa que es Dios, recorrió todo el camino que baja desde el cielo hasta ti, todo el camino que baja desde Dios hasta nuestra debilidad, nuestros confinamientos, nuestros miedos, nuestra muerte.

Tú ya no preguntas como Tomás: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”

Tú has creído y sabes a dónde ha ido Jesús.

Tú has creído y sabes también por dónde ir a dónde ha ido Jesús: El camino es Jesús.

Tú has creído y sabes también cómo ir por el camino que es Jesús: Si los escuchas, vas por el camino que es Jesús; si lo sigues, vas por el camino que es Jesús; si comulgas con él, vas por el camino que es él; si cuidas de él en los pobres, vas por el camino que es él.

Tu camino es Cristo Jeús, su palabra, su vida, su cuerpo que son los pobres.

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“Nada temo, porque tú vas conmigo”

Todo indica que, en nuestro mundo, un mundo de dioses efímeros, hemos sepultado sin duelo la memoria del que es el Bien, sumo Bien, todo Bien, Dios único y eterno.

Si el mundo se puede explicar sin Dios, si puede moverse sin que un Dios lo mueva, si puede haber un mundo sin Dios, se habría quedado sin sentido un Dios sin mundo.

A Dios siempre se le reprochó la lejanía y el silencio. Y en nombre de la lejanía y del silencio hemos terminado por declararlo Dios inútil, inservible, superfluo, y no sólo por eso, también dañino.

Me pregunto de qué han hablado durante siglos los predicadores del Reino, si los hombres todavía no han aprendido que el nombre de Dios es “Dios-con-nosotros”. Más aún, que su nombre es “Dios-en-nosotros”; y que pretende que el nuestro sea “Nosotros-en-Dios”.

Me pregunto de qué hemos hablado, si todavía no hemos aprendido que Dios es Palabra, que lo es desde siempre, y que la Palabra, que es Dios, se hizo carne y acampó entre nosotros para ser escuchada, para ser guardada en el corazón, para ser nuestra luz y nuestra vida.

Me pregunto de qué hemos hablado si de Dios y su misterio hicimos un enigma filosófico, y de la liberación del hombre –de la salvación que viene de Dios- hicimos una cuestión académica.

Me pregunto de qué hemos hablado si hemos interiorizado la obligación de oír Misa todos los domingos y fiestas de guardar, y no reconocemos a nuestro lado, con nosotros, en nosotros, a Cristo resucitado.

Abandona el enigma y entra en el misterio. Fíjate en lo que dice del Dios de Jesús, del Jesús de Dios, la liturgia de este domingo.

“La misericordia del Señor llena la tierra, la palabra del Señor hizo el cielo”. Si ayer necesitaba escuchar en patera las palabras de la revelación, hoy necesito escucharlos en cada confinamiento, en cada UCI, en cada tanatorio, en cada espacio donde a Dios se le pueda acusar de ausencia y de silencio: “La misericordia del Señor llena la tierra, la palabra del Señor hizo el cielo”. La misericordia busca la cercanía; la palabra rompe el silencio. Misericordia y palabra se nos han hecho de casa en Cristo resucitado, Dios-con-nosotros, Dios-en-nosotros, Dios-para-nosotros, “buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey”.

Él dice de sí mismo: “Yo soy la puerta. Quien entre por esa puerta se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrar pastos”.

Ojalá resuenen en todos los espacios de nuestra debilidad las palabras del Salmo: “El Señor es mi pastor; nada me falta”. El Señor Dios se nos hizo pastor cercano y premuroso en Cristo Jesús: en él nos buscó, nos rescató, nos liberó, nos curó, nos alimentó…

Creyendo, hemos entrado por Cristo en el recinto de la gracia y de la vida.

Creyendo, entramos y salimos por Cristo, con libertad de hijos.

Creyendo, aunque caminemos por las cañadas oscuras de nuestros confinamientos, de nuestras fragilidades, de nuestras agonías, de nuestra muerte, lo decimos con verdad, “nada temo”, y lo decimos porque la fe nos ha dejado la certeza de que él, Cristo el Señor, “va con nosotros”: “Nada temo, porque tú vas conmigo”.

Creyendo, sabes que él, Cristo Jesús, “ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia”. Feliz abrazo con Cristo resucitado en la intimidad de tu vida. No se ha quedado fuera de ella el que ha venido al mundo para ti.

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Aclamad, tocad, cantad

Queridos: La celebración eucarística de este domingo tercero del tiempo pascual se abre con tres imperativos de fiesta: Aclamad, tocad, cantad.

Si me pregunto quién es quien así nos incita, pienso que es la madre Iglesia, reunida en torno a Cristo resucitado, iluminada por la gloria que envuelve el cuerpo del Señor, admirada por la victoria de la Vida sobre la muerte, gozosa por la gracia de sus hijos, animada por la efusión del Espíritu que la purifica y la llena de gracia y la embellece con hermosura divina.

En verdad, es cada uno de nosotros quien dice a sus hermanos: Aclamad, tocad, cantad; pues uno por uno hemos sido iluminados por Cristo, hemos contemplado su victoria, todos habéis gozado con vuestro nuevo nacimiento y habéis experimentado la acción del Espíritu de Dios que ha hecho de vosotros una nueva creación, un pueblo de sacerdotes, profetas y reyes al modo de Cristo Jesús.

Por eso, unos a otros nos decimos: Aclamad, tocad, cantad.

Ahora, Iglesia amada del Señor, Iglesia en familia, recógete, escucha y contempla a Aquel por quien aclamas y tocas y cantas.

Escucha su voz: “Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré”. El Resucitado, el hombre primero de la nueva humanidad, Cristo Jesús, te habla de su Padre, de su Dios, y te dice: Lo tengo siempre presente, lo tengo siempre a mi lado, él es mi escudo protector, mi gloria, la fuerza de mi salvación, mi ciudadela y mi refugio; con él junto a mí, no vacilaré.

Escucha tu propia voz unida a la suya: “Por eso se me alegra el corazón y mi carne descansa serena: porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción”.

En Cristo Jesús has conocido al Dios de la vida; con Cristo Jesús te has acercado a la fuente de la alegría; por Cristo Jesús se te han llenado de gozo las entrañas, ya que, unida a él por la fe, sabes que tu Dios te ha mostrado el sendero de la vida, y que tu destino es la alegría perpetua a la derecha de tu Señor.

Son muchos los motivos que tienes ya para la aclamación y el canto; pero he de pedir que mantengas todavía el silencio, y recuerdes las palabras del Apóstol: “Ya sabéis con qué os rescataron: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha”.

No temas, Iglesia en familia, no apartes de tu memoria el recuerdo de lo que eras: esclava de un proceder inútil, esclava de la ley, esclava del pecado, esclava del miedo, esclava de la muerte.

No olvides nunca lo que eras, para que puedas gozar siempre de lo que eres: eras deudora por la culpa cometida, eres deudora por la gracia recibida; tenías una deuda de temor que te oprimía, tienes una deuda de amor que te hace libre.

No olvides lo que eras; y a Cristo, que te ha rescatado para que seas suya, que te ha redimido para que seas libre, que te ha salvado para que tengas la abundancia de su paz, págale tu deuda de amor: escucha con amor su palabra, recíbele con amor en tu vida; reconoce su mano tendida en el pobre y acúdele con amor; reconoce su cuerpo herido en los que sufren, y cúralo con tu amor; dale de comer, dale de beber, apaga su ansia eterna de amor y de ti. Y a mis hermanos y hermanas contemplativos les recuerdo que ellos, de modo muy especial, están llamados a pagar su deuda de amor, protegiendo a los pobres con el escudo de la oración, y envolviendo con un manto de gracia y de inocencia la vida de todos los miembros de Cristo.

Ahora también yo os digo: Aclamad, tocad, cantad, porque Cristo, nuestra vida, ha resucitado, y estáis resucitados con él. Feliz domingo.

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Mira, alégrate, ama

¡El Señor ha resucitado! No se aparte de él la mirada de la fe.

El Espíritu de Dios ha removido en la noche la piedra que cerraba la sepultura, la de Jesús y la nuestra, y sobre el mundo, sometido hasta aquella hora a la esclavitud de la muerte, amanece, con Cristo resucitado, la luz de la vida.

Mira a tu Señor, asómbrate de su luz, alégrate de su vida, ama al que tanto te amó, al que por ti se entregó, al que abrió delante de ti el camino de la esperanza.

Mira, alégrate, ama: “Éste es el que cubrió a la muerte de confusión y dejó sumido al demonio en el llanto… Éste es el que derrotó a la iniquidad y a la injusticia… Éste es el que nos sacó de la servidumbre a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la tiranía al recinto eterno… Él es la Pascua de nuestra salvación” (Melitón de Sardes).

Mira, alégrate, ama: Verás con cuánto amor te buscó, oveja perdida, el buen Pastor de quien te habías ausentado. Verás con cuánta humildad se puso a tus pies y te lavó el que te disponía para que tuvieses parte con él. Verás con qué mansedumbre se dejó sacrificar por ti este Cordero que quita el pecado del mundo, el que “marcó nuestras almas con su propio Espíritu, y los miembros de nuestro cuerpo con su sangre” (Melitón de Sardes).

Mira, alégrate, ama, Iglesia cuerpo de Cristo, pues la misericordia del Señor ha llenado tu tierra, él te escogió como heredad suya, él se fijó en tu sufrimiento, en tu esclavitud, en tu llanto, y vino a ti, humilde, para salvarte.

Mira, alégrate, ama, Iglesia mártir de la fe, Iglesia perseguida, Iglesia humillada, Iglesia de los que tienen hambre, Iglesia de los arrancados por la injusticia a su tierra, a su familia, a su vida, Iglesia de los enfermos, de los abandonados, de los marginados, de los empobrecidos, de los olvidados, de los que mueren solos, mira, alégrate y ama, pues a ti, que estabas atada como Isaac sobre el altar de la muerte, tu Dios, en su Hijo muerto y resucitado, te ha abierto el sendero de la vida.

Mira, alégrate, ama. Une tu voz a la de Cristo en la hora de su resurrección, y que resuene en el cielo el eco de vuestro canto: “El Señor es mi Dios y salvador: confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación”.

Resuene en la tierra y en el cielo el Aleluya pascual, pues “hoy nuestro Salvador destruyó las puertas y las cerraduras del imperio de la muerte, destruyó la cárcel del abismo y arruinó el poder del enemigo”.

¡Cristo ha resucitado!

Feliz Pascua, Iglesia cuerpo de Cristo, confinada y resucitada.

 

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Ver, oír, contar

No me preguntéis qué es la mística, pues no sabría decirlo, aunque sospecho que tenga mucho que ver con la experiencia del misterio, con ‘los sentidos’ de la fe, con ese ‘ver’ y ‘oír’ al que hacen referencia los apóstoles cuando dan razón de la fuerza que les obliga al testimonio: “No podemos menos de contar lo que hemos visto y oído”.

De eso se trata: Ver, oír, contar. Son ésos los verbos de la experiencia pascual: “El ángel habló a las mujeres… Ha resucitado… Venid a ver el sitio donde yacía, e id aprisa a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis… Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro. Llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos”.

Oír, ver, temer, alegrarse, correr, anunciar: Mística y testimonio.

El misterio de gracia que las mujeres y los otros discípulos vivieron de manera asombrosa, sorprendente y oscura en el día de la resurrección de Cristo, ese mismo misterio vivimos nosotros en la memoria de los acontecimientos, en su representación ritual, en los sacramentos que Cristo nos dejó para la edificación de su cuerpo que es la Iglesia.

Considéralo, hermana mía, hermano mío, considera si puedes decir con verdad: “El Señor sacó a su pueblo con alegría, a sus escogidos con gritos de triunfo”.

Creer es ver. Si has creído que Cristo ha resucitado, entonces has oído y has visto que “el Señor sacó a su pueblo”, has oído y has visto de dónde lo ha sacado, has oído y has visto a dónde lo ha llevado, has oído y has visto con qué poder lo hizo y con qué alegría los condujo. Si has creído que Cristo ha resucitado, entonces has oído y has visto que “el Seños te sacó con alegría, te condujo con gritos de júbilo”.

De dónde ha salido Jesús, de dónde la Iglesia, de dónde has salido tú: de la opresión, de la esclavitud, de la oscuridad, del llanto, del luto, del pecado, de la muerte.

A dónde nos ha llevado el Señor: a la ciudadanía del cielo, a la liberación, a la luz, a la alegría, a la fiesta, a la gracia, a la justicia, a la vida.

Con qué poder: con el poder de la debilidad, con el poder del amor, con el poder de la cruz.

Considera, Iglesia cuerpo de Cristo, que no hiciste tu éxodo «como Cristo», sino que lo hiciste «en Cristo»: y si no puedes ya verte separada de tu Señor en la salvación experimentada, no te separes de él en el reconocimiento, en la alegría, en el asombro, en la alabanza: “Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste… Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.

Creer es ver. Espabila el oído para que veas con claridad. Escucha la palabra el apóstol: “Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo, os habéis revestido de Cristo”. Primero escuchas: crees. Luego te ves: revestido de Cristo. Oyes, ves, te asombras, alabas, corres y anuncias lo que has oído y has visto.

Ésta es, queridos, la verdad más honda de nuestra Pascua: Escuchamos a Cristo resucitado, creemos en él, creyendo comulgamos con él, resucitamos con él, damos gracias con él. Aquí creemos, aquí vemos, aquí somos enviados, de aquí saldremos para ir y anunciar a todos lo que hemos visto y oído.

Ésta es la lógica de la misión: Ir de la experiencia mística al testimonio de fe.

Oír, ver, temer, alegrarse, correr, anunciar: Mística y testimonio.

 

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Cuando la vida es un pan que se da

Un pan que se parte y se reparte, eso fue Jesús, ésa fue la vida de Jesús.

No sería equivocado si le llamases “Pan de los pobres”: Pan de lisiados, ciegos, sordos, mudos; pan de leprosos y pecadores; pan de multitudes que andaban como ovejas que no tienen pastor

Jesús se hizo pan de todos haciéndose siervo de todos, el menor entre los pequeños, el último entre los últimos.

Éste es el misterio que hoy se te revela: “Jesús se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos”.

Son muchas las cosas que, oído este evangelio –lo puedes leer en casa, con tu familia-, tú puedes recordar, y todas te hablan de amor.

Recuerda las palabras de Jesús a Nicodemo: “Tanto amó Dos al mundo, que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él”; y tú, hoy, desde ese sagrado recinto de entrega que es tu casa, lo contemplas entregado a servir, a lavar, a purificar, a sanar, a salvar.

Recuerda las palabras del apóstol a los fieles de Filipos: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”; y la palabra del evangelio te lo revela despojado del manto y arrodillado a tus pies para servirte.

Pero tu pensamiento va hoy, de modo muy especial, “al misterio de la Pascua, que es Cristo”, a su vida entregada hasta la muerte, pues en ese misterio ves que Cristo se ha hecho siervo de pobres y oprimidos, de humillados y excluidos, de prostitutas y ladrones, de publicanos y pecadores.

Al recordar el misterio de Cristo, recuerdas que lo has visto hacerse impuro con los leprosos, reconoces en él al que ha venido para ser siervo de todos, lo ves despojado de su rango, de su gloria, de sus vestiduras, levantado en alto y, de ese modo, postrado a los pies de la humanidad entera, para lavar los pies de todos, limpiar el corazón de todos, romper las cadenas de todos, sanar las heridas de todos, amar la pobreza de todos, perdonar los pecados de todos.

Aunque no puedas participar hoy en la misa de la Cena del Señor, tú sabes que el amor de Cristo Jesús es real y haces memoria verdadera de ese amor.

Lee la palabra de la revelación: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía”. Si lees con fe, ya sabes que la entrega de Jesús llegará hasta muerte.

Recuerda y asómbrate: “Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre”. Si has escuchado con fe, sabrás que la sangre de Cristo une a tu Dios contigo en alianza eterna, y esa misma sangre te une a ti con tu Dios.

Recuerda y asómbrate: Jesús se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos. ¿No reconoces lo que estás viviendo? Estás viendo a Cristo a tus pies.

Hoy, Cristo Jesús viene a ti, a tu casa, a tu corazón, a tu vida, porque te ama.

Pero has de saber también –estoy seguro de que ya lo sabes- que si lo recibes, aceptas al mismo tiempo el mandato que él te da: “Que os améis mutuamente como yo os he amado”.

Si lo recibes, acoges el amor infinito de Dios, que se te ha manifestado en Cristo Jesús, y aceptas el mandato de amar como eres amado.

No dudes en acoger al que te ama. No temas al aceptar su divino mandato: Sólo el que ama puede ser libre. “Ama, y haz lo que quieres”.

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Llega tu Rey, a lomos de borrico

Lo que Dios es para mí, supongo que es semejante a lo que manifestó ser para todos en Cristo Jesús; así que de eso nada diré.

Donde la cosa empieza a ser necesariamente personal es cuando damos nombre a lo que imaginamos ser para Jesús; o lo que es lo mismo, a lo que deseamos ser para Dios.

En mi inconsciencia de niño pensé que podía ayudar a Jesús a llevar la cruz.

En mis ensoñaciones adolescentes me vi como un cirio que se consume en el altar, junto al tabernáculo de la Eucaristía, señalando a todos la presencia del Señor.

La de una vela que ilumina me parecía una hermosa manera de vivir y de morir.

Y no cambiaba el sentido de esa vida si en el altar, en vez de un cirio encendido, lo que se consumía fuese una hermosa planta o su hermosa flor.

No sé de dónde me vino la idea,  pero pensé que sería una locura divertida si llegaba a ser el peluche del niño Jesús.

Y cuando se me dio algo de cordura, hallé que era buen oficio para mí el de borrico para desplazamientos del Señor.

Y aquí me tienes desempeñando mi trabajo en este día de entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.

Hoy volverá a ser Escritura cumplida para ti lo que había dicho el profeta: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila”.

El de hoy va a ser un domingo de ramos muy especial:

A la celebración acostumbrada le faltarán “el camino” y “la calzada”. Hoy los pasos de la borriquilla se quedarán en el silencio de sus capillas; las cofradías sólo podrán imaginar la hondura emocional de un recorrido que no van a hacer; hoy no habrá una multitud que llene las calles para hacer memoria de la entrada de Jesús en Jerusalén.

Y, sin embargo, no faltará el Señor a su cita contigo y hará su entrada en tu casa. Irá a ti, llamará a tu puerta, extenderás a sus pies el homenaje gozoso de tu fe: tu ramo de palabras en flor, tu vestido de fiesta. Y si alguien te pregunta por la alegría que ha llegado a tu casa, tú les dirás: “Es Jesús, el profeta de Nazaret”.

Este año, vítores y aplausos los oirá sólo el Señor que está en todos los labios y en todas las manos.

Por su parte, la borriquilla se conformará con soñarlos, dichosa de llevar consigo al Rey que visita los hogares.

De Jesús se dice que llega humilde, y lo dicen por el borrico que le sirve de montura: es sólo eso, un borrico.

Así de humilde, asombrada, ligera y feliz, con Cristo Jesús, entra hoy en tu casa la Iglesia entera, ella también a lomos de borrico.

Feliz domingo a todo el pueblo santo de Dios.

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Más cerca de ti que tu propia soledad

Estamos viviendo una anomalía, y no es porque se nos haya confinado en el recinto de nuestras casas, pues enclaustrados han estado siempre los contemplativos, y siempre nos pareció normal que lo estuviesen.

Lo anómalo, lo que cae fuera de lo que hasta ahora hemos vivido, es que nos hayamos enclaustrado para protegernos de los demás y para proteger a los demás de nosotros mismos.

Nos hemos enclaustrado porque yo soy una amenaza para ti, y tú lo eres para mí.

En esa situación, mi modo de ayudarte es que me aparte de ti; tu modo de ayudarme es que no te acerques a mí.

Y también sé –lo sabemos los dos- que si me aparto de ti, no me olvido de ti.

Es como si ahora estuviese contigo –con todos- mucho más de cuanto no lo haya estado nunca, pues te ausenté de mí para ocuparme de ti, y tu ausencia obligada de mi lado ha hecho permanente tu presencia dentro de mí.

Hoy más que nunca, esa presencia me mantiene unido a mi familia, a mis hermanos franciscanos, a mis amigos, a los emigrantes de todos los caminos, a los sin techo de todas las ciudades, a quienes conmigo han celebrado alguna vez la Eucaristía, a quienes conmigo habrían de celebrarla este día si hubiese sido un domingo habitual.

Estamos viviendo una asombrosa paradoja: separados de todos y unidos a todos.

Esa paradoja es verdadera también en nuestra relación con Cristo Jesús, yo diría que lo es sobre todo en esa relación.

Muy probablemente, éste será para ti un domingo sin la acostumbrada Eucaristía con tu comunidad de fe.

Puede que el corazón te sugiera decirle hoy a Jesús las palabras que le dijeron en aquel tiempo Marta y María, las hermanas de Lázaro: “Si hubieras estado aquí”

Pero tú no se las dirás, porque sabes que en tu abandono, él, tu amigo, está más cerca de ti que tu propia soledad.

Puede que hoy te falte el Pan de la Eucaristía, pero no te faltará el Señor que en ella se te entrega.

Y en el silencio de tu casa, como si estuvieras en el bullicio de tu comunidad, escucharás dirigidas a ti las palabras de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí no morirá para siempre”.

Necesitamos oírlas pronunciadas sobre nuestra esperanza, para que a nadie falte el gozo de vivir.

Y necesitamos pronunciarlas también sobre la memoria de quienes ya nos han dejado, para que a nadie falte la certeza de que esos hermanos nuestros nos han dejado para vivir en el gozo de su Señor.

El que dijo: “Yo soy la resurrección y la vida”, resucitando de entre los muertos, ha abierto desde dentro todos los sepulcros. La muerte quedó contaminada para siempre por la Vida.

Y es él, la Vida, el que hoy está contigo, en tu casa, más cerca de ti que tu propia soledad.

Feliz domingo, hermana mía, hermano mío.

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