Ver, compadecerse, curar:

Nuestra celebración comienza con una súplica que es memoria de la Pascua, memoria de una liberación, certeza de la cercanía de Dios a los hijos de su pueblo: “Dios mío, dígnate librarme; Señor, date prisa en socorrerme; que tú eres mi auxilio y mi liberación.

Somos un pueblo que guarda memoria de los hechos de Dios, una comunidad que experimenta la propia necesidad, y que ora animada por lo que recuerda y apremiada por lo que necesita.

Hay diversas maneras de expresar la propia fe y la propia necesidad: “La gente lo siguió por tierra desde los pueblos”. Aquellas gentes siguen a Jesús porque recuerdan sus hechos; lo siguen porque necesitan de él; y ese ‘seguir a Jesús’ es la forma que ellos tienen de ‘pedir a Jesús’. Es ésta una oración que lleva dentro la verdad de la vida, sus preocupaciones, sus amarguras, sus dolores, sus enfermedades; esa oración es un grito sin palabras, una pobreza a la vista, una pregunta clamorosa al silencio de Dios; esa oración no se escucha, se ve; por eso el evangelio dice: “Vio Jesús el gentío”, y tú, al oír esas palabras, entendiste que Jesús acogió la pregunta, vio la pobreza, escuchó el grito, “sintió compasión y curó a los enfermos”.

La secuencia evangélica: “vio, sintió compasión, curó”, evoca la secuencia pascual: “He visto la opresión de mi pueblo, he oído sus quejas, me he fijado en sus sufrimientos, y he bajado a librarlos… a sacarlos de esta tierra para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel”; y trae también a la memoria aquella otra palabra del Señor: “Yo os he visitado y he visto cómo os maltratan… y he decidido sacaros de la tribulación”.

Ahora, aunque es Jesús quien ve, quien siente compasión y cura, nosotros reconocemos que en Jesús es Dios quien ve, quien oye, quien se fija en el sufrimiento de los pobres y se acerca a ellos para librarlos; en Jesús es Dios quien visita a su pueblo y lo saca de la tribulación.

Encontrando a Jesús, los pobres están viviendo una pascua nueva. El pan multiplicado hoy evoca el pan del desierto. Escucha la palabra del Señor, y la reconocerás cumplida en la Eucaristía que celebras: “Oíd, sedientos; acudid por agua también los que no tenéis dinero; venid, comprad trigo; comed sin pagar, vino y leche de balde”.

Esa sorprendente y admirable Pascua que los pobres vivieron con Jesús en las orillas del mar de Galilea era figura de la Pascua que vivimos en Cristo los que hemos creído y hemos sido bautizados en su nombre. En esta Pascua nuestra, Dios nos vio por los ojos de Cristo, nos amó con el corazón de Cristo, nos curó con las manos de Cristo. En esta Pascua nuestra, Dios ha querido ser nuestro auxilio y nuestra liberación, Dios clemente y misericordioso, bueno con todos, cariñoso con todas sus criaturas, Dios con nosotros, Dios que salva.

Hoy, en la Eucaristía, somos nosotros los que buscamos a Cristo y los que encontramos en Cristo la libertad que Dios da. Aquellas palabras del evangelio: “Vio Jesús el gentío, sintió compasión, curó a los enfermos”, describen lo que vivimos en nuestra celebración; también aquí es verdadera la multiplicación del pan de Dios para los hijos de la Iglesia.

Sólo me queda recordar, Iglesia amada de Dios, que eres cuerpo de Cristo, presencia viva del Señor Jesús en el mundo, y que Dios, por tus ojos, continúa fijándose en el dolor de los oprimidos, continúa sintiendo con tu corazón compasión por los afligidos, curando con tus manos a los enfermos y multiplicando con tu trabajo el pan para los hambrientos. Que en ti, como en Jesús, todos puedan reconocer la presencia de Dios, clemente y misericordioso.

Feliz domingo.

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No dejes de buscar a Cristo

El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo”. Con la palabra ‘tesoro’, no se indica sólo la abundancia y el valor inestimable de unos bienes, sino también el hecho de que esos bienes abundantes y preciosos están reunidos y guardados.

El Reino de Dios encierra bienes preciosos, riquezas incalculables, “lo que ojo nunca vio, ni oído oyó, ni hombre alguno ha imaginado”, cosas que Dios ha escondido a los sabios y entendidos, y ha revelado a la gente sencilla.

Si encuentras el tesoro del Reino, en comparación con él, todo lo demás que puedas poseer o desear te parecerá de valor insignificante.

Considera cuál es para el rey Salomón el tesoro deseado y pedido: “Un corazón dócil para gobernar al pueblo de Dios”. Ése es un tesoro más estimable que una vida larga, más que las riquezas, más que el sometimiento de los enemigos.

Considera cuál es el tesoro que en su vida ha reunido y guardado el salmista: “Mi porción es el Señor… mis delicias, tu voluntad… amo tus mandatos… tus preceptos son admirables”; y fíjate ahora en los bienes con los que compara su tesoro: “Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata… Yo amo tus mandatos más que el oro purísimo”.

Ese mismo tesoro puede ser llamado Sabiduría: “Yo la amé y la rondé desde muchacho; la pretendí como esposa, enamorado de su hermosura… Si en la vida la riqueza es un bien deseable, ¿que cosa más rica que la Sabiduría que todo lo hace?”

No es éste un tesoro que cause preocupación o desasosiego, no es riqueza que cause temor, pues a sus bienes no llegan ni el ladrón ni la polilla.

Del tesoro que es Dios, su voluntad, sus promesas, proceden sabiduría e inteligencia, luz para gobernar, discernimiento para juzgar, consuelo en la aflicción, dicha en la adversidad, descanso en la fatiga.

Ahora sólo necesitamos descubrir dónde se halla el tesoro del Reino de los cielos.

Escucha las palabras del ángel del Señor a María de Nazaret: “Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin”. Escucha las palabras del mensajero celeste a los pastores del campo de Belén: “Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor”. Escucha las palabras del justo Simeón, cuando en el templo de Jerusalén, tomó en brazos al niño Jesús y bendijo a Dios, diciendo: “Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto tu sacramento de salvación”.

Si escuchas, entenderás que el tesoro que buscas está en Cristo Jesús. Para la Virgen María, para los pastores de Belén y para todo el pueblo, para el justo Simeón y para todos los que esperan la consolación de Israel, el tesoro de la salvación se halla escondido y revelado en Cristo Jesús. Quien encuentra a Jesús, encuentra al Hijo del Altísimo, al rey eterno, al ungido de Dios; quien encuentra a Jesús, encuentra la salvación que necesita y la alegría que es compañera inseparable de la salvación; quien encuentra por la fe a Jesús, ha encontrado en él la redención, la consolación y la paz.

Escucha todavía las palabras del Apóstol: En Cristo Jesús, “Dios nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales”; en Cristo “tenemos, por medio de su sangre, la redención, el perdón de los pecados”; en Cristo “fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa”. Es como si te dijese: En el campo que es Cristo hallarás todas las riquezas del Reino de los cielos.

Escucha finalmente al mismo Cristo Jesús: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva”; “yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí no tendrá nunca sed”; “yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida”; “yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas… Yo soy el buen pastor, y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí”; “yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre”.

Ya empiezas a intuir que en Cristo hallas todos los bienes de Dios porque Cristo es para ti todo bien y toda bendición. “El que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo”.

No te sorprendas de que, a propósito del tesoro que hallas en el campo, se te diga, “lo vuelve a esconder”, pues son muchas las cosas que en tu relación con Cristo pertenecen al “secreto del Rey”, son muchas las cosas que, al modo de la Virgen María, has de guardar cuidadosamente en tu corazón, son muchas las cosas que habrás de esconder y que sólo al Señor corresponde desvelar.

Ya sólo me queda, Iglesia amada del Señor, salir contigo al encuentro de quien es para nosotros el Reino de los cielos. Hoy, el tesoro que es Cristo lo encontramos en la palabra de Dios que nos ilumina, nos consuela y nos da vida.

Hoy, el tesoro que es Cristo lo encontramos en la asamblea eucarística reunida en el nombre del Señor, asamblea santa, pueblo sacerdotal, en quien el Señor ora, a quien el Señor ama, con quien el Señor camina.

Hoy, el tesoro que es Cristo lo encontramos en la Eucaristía que recibimos, pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación.

Hoy, el tesoro que es Cristo lo encontramos en los enfermos que visitamos, en los emigrantes que acogemos, en los pobres a los que con amor acudimos.

Oh admirable comercio: Si das de tu pan a los pobres, habrás dado de tu pan a Cristo, y de Cristo recibirás la herencia del Reino que el Padre Dios ha preparado para ti desde antes de la creación del mundo.

Feliz comunión con Cristo y con los pobres. Feliz domingo.

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La confianza se hace abandono

Que el bien convive con el mal lo experimentamos dentro de nosotros y lo vemos en torno a nosotros. No parece ser éste, sin embargo, el trasfondo de la parábola del trigo y la cizaña; en ella, más que de la inevitable cercanía entre el bien y el mal, se trata de la cercanía escandalosa entre ciudadanos del Reino y partidarios del Maligno.

La pregunta de los criados al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en el campo?, ¿de dónde sale la cizaña?”, refleja el escándalo que les causa la situación y el reproche nada velado que hacen al dueño del campo.

La última pregunta de los criados: “¿quieres que vayamos a arrancarla?”, describe esa reacción tan de nuestra casa, de nuestra psicología, de nuestra condición humana, que es el impulso a erradicar de inmediato lo que nos estorba, en este caso, gavillas enteras de agentes del mal o de “partidarios del Maligno”.

Sobre ese trasfondo de escándalo, de reproche y de prisas por erradicar, acontece la revelación del designio de Dios: “No hay más Dios que tú, que cuidas de todo”.

Ya puedes, hermano mío, volver a escandalizarte de ese Dios único –no hay otro-, que cuida de su Hijo y de quienes crucifican a su Hijo, cuida de la adúltera amenazada de muerte y de quienes la acusan para matarla, cuida del publicano y del fariseo, del africano pobre y del europeo rico, de los que se ahogan en la miseria y de los que nadan en la abundancia, de quienes mueren abrasados por el sol de Dios en una barca sin pan y sin agua, y de quienes se tuestan al sol para presumir de verano.

Ya puedes volver a escandalizarte de ese Dios único –no hay otro- “que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos”. Tal vez estas palabras escandalosas de Jesús nos ayuden a entender las palabras escandalosas de la Sabiduría que hemos escuchado en nuestra celebración: “Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia, porque puedes hacer cuanto quieres”. Tú juzgas con moderación haciendo salir tu sol para todos; tú gobiernas con gran indulgencia haciendo bajar tu lluvia sobre todos.

Hay palabras que pierden el tono del sarcasmo sólo si las pronuncia alguien que sufre, un vencido, un pobre, una víctima, y las palabras que hablan de Dios pertenecen todas a esa familia, también las palabras con las que nosotros hemos orado hoy: “Tú, Señor, eres bueno y clemente… lento a la cólera, rico en piedad y leal”. Palabras-verdad si las dice un crucificado; palabras-sarcasmo si las dice quien se burla de un crucificado. Palabras de fe si las dice un pobre que confía en el Señor; confesión agradecida si las pronuncia quien, de la mano de Dios, ha pasado de la esclavitud a la libertad, del pecado a la gracia, de la muerte a la vida.

Pero todos sabemos que entre aquella súplica confiada y aquella confesión agradecida está la noche oscura de la humanidad que sufre, la noche de las víctimas, la noche de Cristo crucificado; entonces en los labios del creyente sólo quedan palabras de entrega confiada; entonces la confianza se hace puro abandono: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

Queridos: No penséis que unos son los que piden esperanzados la salvación, otros los que agradecen porque la han recibido, y otros aún los que han nacido para conocer sólo la oscuridad de la noche. En realidad, cada uno de nosotros experimenta en sí mismo esos tiempos distintos de la fe, y estamos tan familiarizados con ellos que, mientras oramos confiadamente al Señor de nuestras vidas, ya agradecemos como si hubiésemos recibido la salvación que anhelamos, y nos mostramos dispuestos a aceptar con amor de hijos la oscuridad de la noche que puede envolvernos. Y si oramos desde la oscuridad de la noche, entonces la confianza es sólo confianza, el agradecimiento es puro agradecimiento, y el amor es pura gratuidad, humilde semejanza del amor perfecto de Dios.

Sólo la comunión real con el dolor de Cristo y con el dolor de la humanidad puede llenar de verdad y purificar de sarcasmo las palabras de nuestra oración.

Entonces empezarán a tener un profundo significado también para esta asamblea eucarística las palabras de la revelación, que hablan de “juzgar con moderación, gobernar con indulgencia, dar lugar al arrepentimiento, enseñar a ser humano”.

Cristo y los pobres nos enseñan a creer, a orar, a amar. Dios non enseña a ser humanos. Feliz comunión con Cristo y con los que sufren. Feliz domingo.

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Una cosecha abundante para el Reino de Dios

De la mano, así es como la madre Iglesia nos lleva a gustar el misterio de la celebración eucarística: ella prepara para sus hijos la mesa de la palabra que escuchamos, ella nos ayuda a contemplar las cosas divinas, ella nos dispone para que en la mesa del Cuerpo de Cristo comulguemos comiendo y bebiendo, lo que en la mesa de la Palabra comulgamos escuchando y contemplando.

Tres imágenes ofrece hoy a la mirada de la fe la liturgia de la palabra: la de la palabra que sale de la boca de Dios; la de Dios ocupado en trabajos de labranza; la de la palabra sembrada en el corazón de los hombres.

Palabra que sale de la boca de Dios” es la palabra creadora que da consistencia al universo, es la palabra de la promesa a Abrahán y a su descendencia, es la palabra de la ley divina entregada a Israel en el Sinaí. “Palabra que sale de la boca de Dios” es la que divide el mar para dar libertad a un pueblo de esclavos, es la que convoca el maná en las mañanas del desierto para saciar el hambre de su pueblo, es la que saca de la roca manantiales de agua para apagar la sed de los rebeldes. “Palabra que sale de la boca de Dios” es la que da esperanza a los pobres, consuelo a los afligidos, fortaleza a los que ya se doblan.

Por su parte el salmista ha propuesto a la mirada contemplativa de nuestra fe la imagen de Dios, labrador solícito de su tierra.  Al darnos a su Hijo –en la encarnación, en la eucaristía-, Dios ha preparado para nosotros los trigales, ha regado los surcos, ha igualado los terrones. En Cristo, la acequia de Dios va llena de agua para el mundo entero; en nuestra eucaristía, Dios corona con sus bienes el año de la salvación.

La tercera imagen de esta liturgia festiva hace referencia al destino de la palabra del Reino. Pudiera parecernos una palabra desaprovechada, pues a nadie se le oculta que, sembrada generosamente por el sembrador –los mensajeros del evangelio-, puede malograrse de muchas maneras; pero algo en esa parábola nos está diciendo que aquel ciento por uno y aquel sesenta y aquel treinta que la semilla produce en la tierra buena, compensan con creces la semilla que haya podido perderse caída al borde del camino, abrasada en terreno pedregoso, o ahogada entre zarzas.

Antes, sin embargo, de que consideréis la parábola del sembrador como una promesa de fruto abundante para la siembra del Reino de Dios, creo que a todos nos ayudará gustar de esta narración evangélica y verla como anuncio de lo que estamos viviendo en nuestra eucaristía: la palabra del Reino es sembrada hoy en nuestra tierra, y en la santa comunión recibimos hoy la semilla de la humanidad celeste que es Cristo resucitado.

Es buena la semilla, es cuidadoso el labrador; sólo cabe esperar una cosecha abundante para el Reino de Dios.

Feliz domingo.

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Imperativos suplicantes

Lo vio y lo anunció el profeta: “Mira a tu Rey que viene a ti”.

Mira a tu Rey en el misterio de la encarnación: Entra en la casa de Nazaret, y tu fe se asombrará de ver a Dios hecho hombre en el sí de una doncella, mientras el mundo gira indiferente, gira como siempre, alejándose de sí mismo, y el hombre se afana como siempre en conquistar el cielo. Míralo, virgen Iglesia: Tu Rey viene a ti justo y victorioso, modesto y cabalgando en un pollino de borrica. Míralo, alégrate, canta.

Míralo también en el misterio de su tránsito de este mundo al Padre: alfombra su camino con tu manto, alaba a Dios, pues con Jesús ha venido a tu vida la paz que el cielo te regala. Míralo, alégrate, canta: “Bendito el que viene como Rey en nombre del Señor”.

Considera, virgen Iglesia, a dónde viene tu Rey, a qué posada lleva su camino; y verás que, en Nazaret, en Jerusalén, en la Eucaristía que hoy celebras, “tu Rey viene a ti”: viene a tu condición humilde, a tus pobres, a tus enfermos, a tus duelos, a tu humanidad herida, a tu mundo de esperanzas y deseos, a tu hambre de justicia y de pan.

Él viene pobre a ese reino nuestro: viene en la pobreza de su palabra, una palabra hecha de palabras nuestras; viene en la pobreza de su pan, un pan que es fruto de esta tierra nuestra y de nuestro trabajo.

Y sólo porque él viene, la palabra del profeta, con la fuerza de unos imperativos suplicantes, te invita, virgen Iglesia, a entrar en el milagro de una bienaventuranza que es de los pobres, de una fiesta que es para los hambrientos. El profeta suplica y te invita: Mira, alégrate, canta.

Y ahora escucha el evangelio, lo que te dice “el que viene a ti”, lo que te pide el que ha hecho por ti ese camino que baja del cielo a la tierra, el que se ha acercado tanto a ti que te lleva guardada dentro de él. “El que viene a ti”, pide tu fe. “El que viene a ti”, pide que vayas a él: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré

Escúchalo, cree, comulga

Ve a tu Señor, aprende de  él, abraza su cruz, carga con su yugo…

Él es manso y humilde de corazón: Su yugo es llevadero. Su carga es ligera.

Escúchalo, cree, comulga… Él y tú destruiréis la violencia de la guerra. Él y tú dictaréis la paz a las naciones.

Alégrate, canta, bendice a tu Dios, pues, por la fe, te acercaste “al Rey que viene a ti”, comulgaste con él, y has conocido que es clemente y misericordioso, sabes que es bondadoso en todas sus acciones, has experimentado que es cariñoso con todas sus criaturas.

Alégrate, canta, bendice a tu Dios, Iglesia resplandeciente con la santidad de Dios, Iglesia de enfermos que por la fe han sido curados, de leprosos purificados, de ciegos iluminados, de pecadores perdonados, de muertos resucitados.

Alégrate, canta, bendice a tu Dios, Iglesia de pobres que el Hijo de Dios, haciéndose pobre, ha enriquecido con su pobreza; Iglesia de pobres, enviada a los pobres, Iglesia evangelio de Dios para todos los hambrientos de justicia y de pan.

Alégrate, canta, bendice a tu Dios.

Feliz encuentro con el Rey que viene a ti, Iglesia amada de Dios

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Alégrate, canta, bendice a tu Dios

Lo vio y lo anunció el profeta: “Mira a tu Rey que viene a ti”.

Mira a tu Rey en el misterio de la encarnación: Entra en la casa de Nazaret, y tu fe se asombrará de ver a Dios hecho hombre en el sí de una doncella, mientras el mundo gira indiferente, gira como siempre, alejándose de sí mismo, y el hombre se afana como siempre en conquistar el cielo. Míralo, virgen Iglesia: Tu Rey viene a ti justo y victorioso, modesto y cabalgando en un pollino de borrica. Míralo, alégrate, canta.

Míralo también en el misterio de su tránsito de este mundo al Padre: alfombra su camino con tu manto, alaba a Dios, pues con Jesús ha venido a tu vida la paz que el cielo te regala. Míralo, alégrate, canta: “Bendito el que viene como Rey en nombre del Señor”.

Considera, virgen Iglesia, a dónde viene tu Rey, a qué posada lleva su camino; y verás que, en Nazaret, en Jerusalén, en la Eucaristía que hoy celebras, “tu Rey viene a ti”: viene a tu condición humilde, a tus pobres, a tus enfermos, a tus duelos, a tu humanidad herida, a tu mundo de esperanzas y deseos, a tu hambre de justicia y de pan.

Él viene pobre a ese reino nuestro: viene en la pobreza de su palabra, una palabra hecha de palabras nuestras; viene en la pobreza de su pan, un pan que es fruto de esta tierra nuestra y de nuestro trabajo.

Y sólo porque él viene, la palabra del profeta, con la fuerza de unos imperativos suplicantes, te invita, virgen Iglesia, a entrar en el milagro de una bienaventuranza que es de los pobres, de una fiesta que es para los hambrientos. El profeta suplica y te invita: Mira, alégrate, canta.

Y ahora escucha el evangelio, lo que te dice “el que viene a ti”, lo que te pide el que ha hecho por ti ese camino que baja del cielo a la tierra, el que se ha acercado tanto a ti que te lleva guardada dentro de él. “El que viene a ti”, pide tu fe. “El que viene a ti”, pide que vayas a él: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré

Escúchalo, cree, comulga

Ve a tu Señor, aprende de  él, abraza su cruz, carga con su yugo…

Él es manso y humilde de corazón: Su yugo es llevadero. Su carga es ligera.

Escúchalo, cree, comulga… Él y tú destruiréis la violencia de la guerra. Él y tú dictaréis la paz a las naciones.

Alégrate, canta, bendice a tu Dios, pues, por la fe, te acercaste “al Rey que viene a ti”, comulgaste con él, y has conocido que es clemente y misericordioso, sabes que es bondadoso en todas sus acciones, has experimentado que es cariñoso con todas sus criaturas.

Alégrate, canta, bendice a tu Dios, Iglesia resplandeciente con la santidad de Dios, Iglesia de enfermos que por la fe han sido curados, de leprosos purificados, de ciegos iluminados, de pecadores perdonados, de muertos resucitados.

Alégrate, canta, bendice a tu Dios, Iglesia de pobres que el Hijo de Dios, haciéndose pobre, ha enriquecido con su pobreza; Iglesia de pobres, enviada a los pobres, Iglesia evangelio de Dios para todos los hambrientos de justicia y de pan.

Alégrate, canta, bendice a tu Dios.

Feliz encuentro con el Rey que viene a ti, Iglesia amada de Dios.

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“Recibir”

Queridos: Una clave para acercarnos al misterio de este domingo puede ser la palabra “recibir” o “acoger”; nos la da el evangelio: “El que os recibe, me recibe”; “el que me recibe, recibe al que me ha enviado”.

Lo primero que podemos considerar es el significado de la palabra “recibir”. Recuerdo que, al menos en los tiempos de mi infancia, por mi tierra gallega, para decir que se iba a comulgar, decíamos que íbamos « a recibir». Era una expresión muy hermosa que, de forma sencilla y sugerente, indicaba que «acogíamos al Señor en nosotros, en nuestra vida, en nuestra casa, en nuestra comunidad».

Para la conveniencia social, “acoger” puede ser sinónimo de “admitir uno en su casa a otras personas”; pero todos sabíamos que recibir al Señor, acogerlo, significaba mucho más que admitirlo en nuestra compañía.

En realidad, aquel gesto de “ir a recibir”, implicaba una variedad tan grande de sentimientos que no podríamos en modo alguno enumerarlos. Recibiendo al Señor, se acogía al amigo, al maestro, al esposo, al consejero, al médico, al rey, al sacerdote. Si recibías al Señor, recibías la luz, la resurrección y la vida; recibías paz y perdón; recibías gracia y justicia. “Recibir” implicaba mente y corazón, razón y afectos, alma y cuerpo, y no te sería posible hacerlo con verdad si, además de abrir al huésped las puertas de tu casa, no le abrieses las puertas de tu vida.

También nos damos cuenta de que en nuestra asamblea no estamos hablando hoy de las ventajas que puede tener socialmente la capacidad de recibir a alguien en nuestra casa. Estamos hablando de una hospitalidad que es a un tiempo humana y divina, de la tierra y del cielo, que implica siempre al hombre y a Dios. Tú recibes al profeta, y es Dios quien te visita; tú recibes al justo, y es Dios quien te justifica; tú das un vaso de agua fresca al discípulo pobrecillo, y es el Señor quien te recompensa.

Si es verdad que cada uno de nosotros puede ser quien recibe a los discípulos de Cristo, también es verdad que podemos ser nosotros los discípulos que otros reciben, y que estamos llamados a ser para ellos una “visita de Dios”, una “recompensa celeste”.

No ignoráis, sin embargo, que la deseada visita de Dios a nuestra vida no llega sólo cuando recibimos a sus profetas, a sus discípulos pobrecillos, o a los justos que cumplen su ley. Dios nos visita cuando, como Abrahán, ofrecemos pan, agua y descanso al que va de camino. Dios se me hace tan cercano en sus pobres que puedo darle de comer y de beber, puedo vestirlo, puedo aliviar su enfermedad y mitigar su soledad.

Ahora, queridos, nos damos cuenta de que es necesario ampliar el significado de la palabra “recibir”, pues tenemos la certeza de que, en realidad, siempre significa “dar”. En efecto, empiezas por fijarte en el otro, por darle tu atención, tu interés, y luego le darás de tu pan y de tu agua, le darás afecto y compañía, bondad y misericordia.

Comulgamos con Cristo en el sacramento de la eucaristía y comulgamos con Cristo en el sacramento de sus pobres. En la eucaristía y en los pobres le recibimos a él, y él nos recibe a nosotros. Nuestro corazón sabe que, en esta misteriosa comunión, damos de nuestro tiempo y recibimos eternidad, damos de nuestro pan y recibimos un alimento celeste, damos de nuestra agua y recibimos Espíritu Santo, damos de nuestros vestidos y recibimos gloria de Dios. Por eso, porque damos de lo nuestro y recibimos de Dios, decimos con el salmista: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades”. La misericordia que has ofrecido a los pobres, es pura misericordia de Dios para ti. Feliz domingo.

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“Aunque es de noche”.

Es la fiesta del santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

El místico escribió así de este misterio: “Aquesta eterna fonte está escondida en este vivo pan por darnos vida, aunque es de noche”.

La misma fe que alumbró la noche del místico nos toma de la mano en este día y nos introduce en el misterio del mismo pan vivo, para que creamos, para que comamos, para que vivamos.

Aquel mismo Verbo que, hecho carne, habitó entre nosotros, de cuya plenitud todos hemos recibido, gracia sobre gracia, en este pan vivo se hace nuestro, aunque es de noche.

Aquel Unigénito que el Padre le dio al mundo, medida sin medida de su amor, para que el mundo tuviese vida eterna, en este pan vivo se nos entrega, aunque es de noche.

Aquella luz que vieron los que habitaban en tierra y sombras de muerte, la misma luz que iluminó los ojos del ciego de nacimiento, brilla para ti en este humilde sacramento, aunque es de noche.

La vida que se anunció en la resurrección de Lázaro y se manifestó gloriosa en la resurrección de Cristo Jesús, ésa es la vida que recibes con este pan del cielo, aunque es de noche.

En este sacramento el Padre te convida, el Hijo se te entrega, el Espíritu te santifica, aunque es de noche.

En este divino misterio, el Espíritu Santo nos transforma para que formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu, y seamos así ofrenda agradable a los ojos del Padre, aunque es de noche.

La paz y la salvación que, con el don del Espíritu Santo, el amor del Padre ofreció al mundo entero por la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, en este sacramento se nos dan, aunque es de noche.

Aquí se te ofrece el que te ama; aquí la divina sabiduría dispone su banquete; aquí se nos da en alimento el verdadero pan del cielo: “el que coma de este pan vivirá para siempre”, aunque es de noche.

La misma fe que nos adentra en el misterio de la divina Eucaristía, nos recuerda que también nosotros somos cuerpo de Cristo, y que en nuestra vida todos podrán reconocer lo que somos, aunque es de noche.

Y si la esposa quiere abrazar al amado porque va herida de amor, porque el amado ha llamado a su puerta, y las entrañas se le estremecieron por él, y el alma se le fue tras él, entonces, Iglesia enamorada, búscalo en los pobres, abrázalo en los pobres, dile de tu amor quedándote con ellos, porque no sabes vivir sin él, porque en los pobres lo ves a él, aunque es de noche.

Grábame como sello en tu corazón, grábame como sello en tu brazo, porque es fuerte el amor como la muerte… sus dardos son dardos de fuego, llamaradas divinas”, aunque es de noche.

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Aprender a Dios en Dios

Dios es amor. No te conformes con creerlo. Entra en lo que crees: entra en el amor con que te aman, aprende el amor con que has de amar.

Porque es amor, Dios sólo puede ser Uno, pues el amor es vínculo de perfecta unidad. Pero, iluminados por la palabra de la revelación, al proclamar nuestra fe en la verdadera y eterna y única divinidad, adoramos a Dios Padre, con su único Hijo y el Espíritu Santo, tres Personas distintas, de única naturaleza e iguales en su dignidad.

He pedido palabras a la liturgia para decir de lo indecible, para hablar de lo inefable. Pero has de buscar en la memoria de la fe otras palabras que te ayuden a entrar en el misterio que confiesas, a gustar lo que se te conceda conocer, a contar lo que allí se te haya concedido gustar.

No se entra en el misterio de Dios por la fuerza de la deducción lógica, sino por la gracia del encuentro amoroso. Sólo el amor abre el cielo para que oigas y veas, para que conozcas y creas, para que gustes y ames.

Se te ha dado conocer el amor del Padre al Hijo: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”. Se te ha concedido saber del amor que el Padre te tiene a ti: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Te han llamado a morar en el amor que has conocido: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor”.

Ya sabes dónde has de aprender a Dios, para conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su unidad todopoderosa: a Dios lo aprendemos en Cristo Jesús. Nadie va al Padre, si no va por Jesús. Nadie recibe el Espíritu, si no lo recibe de Jesús. Quien ha visto a Jesús, ha visto al Padre, porque Jesús está en el Padre, y el Padre está en Jesús.

En Cristo Jesús aprendemos este misterio, que no es sólo de Dios, sino que, por el amor que Dios nos tiene, es también nuestro misterio: “Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros”.

A ti, por la fe, se te ha dado beber de la eterna fuente que es la Trinidad Santa, pues el Hijo de Dios salió del Padre y vino al mundo, salió de Dios y vino a ti: creíste en él para salvarte, bebiste en él para tener vida eterna.

A ti, por la fe, se te ha dado volver con el Hijo a la eterna fuente de la que Él ha nacido, de la que Él había salido. Ya no podrás hablar del Hijo de Dios sin hablar de ti, pues Él no quiso volver al Padre sin llevarte consigo.

Considera dónde moras, en qué fuego tu zarza arde ya sin consumirse, en qué infinito caudal se apaga tu sed de eternidad, y deja que el deseo de Dios te mueva hasta que te pierdas en el Amor.

Y mientras no llega para ti la hora del deseo apagado, entra en el tiempo divino de la Eucaristía, y habrás entrado por el sacramento en la eterna fuente que mana y corre.

Allí aprenderás a Dios; allí conocerás la gracia del Hijo, el amor del Padre, la comunión del Espíritu; allí, con Cristo y con los hermanos, imitarás el misterio de la divina unidad, para tener, con todos, un mismo sentir, un solo corazón, un alma sola.

Desde dentro de la fuente llegan a tu corazón palabras para nombrarla: “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, rico en clemencia y lealtad”.

Imita lo que nombras, y, de ese modo, por la puerta humilde de tu compasión y tu misericordia, los pobres aprenderán en ti el misterio de Dios.

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EL ESPÍRITU DEL SEÑOR VENDRÁ SOBRE TI

[Carta circular a la Iglesia de Tánger con motivo de la fiesta de Pentecostés del año 2008]

Queridos: Precisamente cuando nos disponíamos a celebrar la solemnidad de Pentecostés, memoria necesaria de la efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia apostólica, me resultó imposible dirigiros las acostumbradas palabras de exhortación, con las que cada semana me acerco a vosotros para compartir la dicha de la fe.

El Espíritu Santo, fuego de amor divino en la vida de la Iglesia y en el corazón de cada uno de los fieles, es también, por gracia especial de la divina misericordia, titular y patrono de la parroquia de nuestra iglesia catedral en Tánger.

Por este motivo, considero conveniente haceros llegar, aunque sea después de celebrada la solemnidad de Pentecostés, esta carta, nacida del afecto que os tengo y de mi preocupación porque la vida de mi Iglesia se vea iluminada cada vez más por la luz del Espíritu de Jesús, y sea siempre recreada por la fuerza de su amor.

 

Alégrate, virgen Iglesia:

Aunque sea la memoria de Pentecostés la que nos ha convocado en asamblea litúrgica y en comunión de fe, hoy te admiro, Iglesia amada del Señor, como si fueses tú quien estuviese viviendo una particular anunciación, como si fueses una imagen viva de aquella doncella de Nazaret que un día recibió en su casa el sorprendente anuncio de una inesperada maternidad humanamente imposible. Sorprendidas os deja, a ella y a ti, que Dios se fije en vosotras, pues conocéis vuestra pequeñez; sorprendidas os quedáis porque el cielo os saluda con un mensaje de alegría; sorprendidas os veis porque todo tiene para vosotras sabor de pura gratuidad, -es gracia el mensaje, es gracia la alegría, es pura gracia el don que vais a recibir-, gratuidad que se hace manifiesta en la confesión de la común virginidad, pues si la virgen es madre, el hijo sólo puede ser don, sólo regalo, sólo gracia, sólo misericordia, sólo mirada cariñosa de Dios sobre la pequeñez de su esclava.

No quiero que ignores, amada del Señor, tu condición virginal. Es ella memoria permanente de tu pobreza, de tu condición humilde, de tu disponibilidad ante el Señor. La imagen de la esterilidad, que en el tiempo de las promesas ha sido evocada tantas veces para poner de manifiesto que todo era gracia de Dios y que sólo Dios es el señor de la vida y de la  historia, ahora, en el tiempo del evangelio, deja su lugar a la imagen de la virginidad, que será para siempre evocada como sacramento del poder de Dios, confesión de la grandeza de sus obras y de su maravillosa gratuidad. No olvides, amada del Señor, tu condición virginal, pues si recuerdas tu pobreza, tu incapacidad radical para concebir y alumbrar al Hijo de Dios, nunca cesará tu canto de alabanza al que te ha hecho fecunda, te ha engrandecido, te ha enaltecido, te ha enriquecido, te ha embellecido, te ha llenado de gracia y santidad.

 

No temas; has hallado gracia delante de Dios:

No temas, amada del Señor, la vocación a la que eres llamada. No temas, virgen Iglesia, aunque te veas pequeña, débil, insignificante. No temas, aunque no sepas bien a qué te está llamando tu Señor. No temas, porque, en tu pequeñez, has hallado gracia delante de Dios, y él te pide que le dejes realizar en ti lo que tú sin él no puedes realizar, lo que él sin ti no podría hacer.

Yo sólo deseo recordarte lo que tu corazón ha gustado desde siempre en la intimidad de la fe: que tu Dios está contigo, que tu Dios es rey en medio de ti, que tu Dios se ha apegado a ti con amor fiel, y se ha unido a ti con alianza eterna, y ha venido a ti para ofrecerte en dote su justicia y su paz.

Tú llevas en la garganta el grito de los pobres, en los labios su clamor por la justicia, en el alma su desgarro por el sufrimiento; y vives con los ojos vueltos a tu Dios, pues sabes, porque eres pobre, que todos los pobres han nacido de su amor, y que su amor os nutre de esperanza, y que en ese amor hallaremos un día la gracia que desvele el sentido de lo que estamos viviendo. Mientras tanto, para que a todo vayamos dando sentido desde la fe,  el ángel de nuestra anunciación nos recuerda que hemos hallado gracia delante de Dios, y que empezamos a gestar en la oscuridad del hoy la dicha que se ha de manifestar para los pobres en la luz del mañana.

 

El Espíritu del Señor vendrá sobre ti:

Si ahora me preguntas cómo podrá ser eso, pues conoces muy de cerca tu debilidad, has experimentado de mil maneras los límites de tu condición humillada, y eres tan pobre que ni siquiera puedes tener hijos, entonces te recordaré lo que desde el cielo vas a recibir: El Espíritu del Señor vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra.

Será Pentecostés para ti, y por obra del Espíritu Santo llevarás a Cristo en tu seno. Puede que nadie conozca tu secreto, pero tú sabes que, por la acción del Espíritu Santo, eres Cuerpo de Cristo, presencia viva del Resucitado: lo llevas en la mirada de tus hijos, en sus palabras, en sus manos, en su ternura, en tus sacramentos, en tu memoria, en tus fiestas, en tu danza, en tu silencio, en todo tu ser.

Será Pentecostés para ti, y el Espíritu Santo se hará lenguas de fuego para congregar a la humanidad entera en la unidad de una nueva creación. Puede que nadie conozca tu secreto, pero tú estás llamada a entender todas las lenguas, todos los gestos, todos los signos, y sabes que hombres y mujeres del mundo viejo, sumidos en la confusión, han de entender tu voz que los convoca a un mundo nuevo, en el que la confusión quedará anulada por el fuego de la caridad.

Será Pentecostés para ti, y el Espíritu Santo que viene sobre ti te revelará que Jesús es el Señor. Puede que nadie conozca tu secreto, pero tú sabes, por obra del Espíritu Santo, que Cristo te ha liberado de tus esclavitudes, y que ya no eres tuya, sino del que te amó y se entregó a sí mismo para que fueses libre.

Será Pentecostés para ti, Iglesia amada del Señor, y el Espíritu Santo, que alienta dentro de ti, dará testimonio de que tus hijos son hijos de Dios, y gritará en cada uno de ellos: Abbá, Padre. Puede que nadie conozca tu secreto, pero tú sabes que tus hijos tienen una vida divina, sabes que han nacido de Dios, sabes que han renacido del agua y del Espíritu, sabes que han entrado como hijos en el misterio de Dios y que son amados como hijos en el único Hijo.

 

Feliz Pentecostés:

Del Padre, por medio de Jesucristo su Hijo, hemos recibido el Espíritu, que hace de nosotros hijos para presentarnos en el Hijo a Dios  nuestro Padre.

Amemos al Padre que es puro amor, de quien  procede todo don. Del Padre hemos recibido al Hijo, y por el Hijo, se nos ha dado el Espíritu Santo.

Amemos a su divino Hijo, que por nosotros se entregó, para darnos su Espíritu, y, con el Espíritu, el conocimiento de Dios y la vida eterna.

Amemos al Espíritu Santo y pidamos ser siempre dóciles a su divina inspiración, para que él ilumine nuestro corazón y nos transforme por gracia en imágenes vivas de Cristo Jesús.

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