Las gabelas de Dios

Muchas veces, para adentrarnos en el misterio de salvación que se celebra en el domingo, hemos pasado por la puerta del salmo responsorial, y hoy también pediremos al salmista que sea él quien nos guíe al misterio donde Dios habita, y a Cristo en quien Dios se nos ha manifestado.

El salmo, por ser oración, tiene la virtud y la gracia de apartarnos de tentaciones moralizantes, y de introducirnos sin demora en la presencia de Dios.

Todos guardamos en la memoria el dicho de Jesús: “Pagadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

El mandato es claro, “pagad”, y el significado también lo es, pues todos entendemos que equivale más o menos a “dad”, “devolved”, “entregad”, “restituid”.

Lo que se ha de pagar “al César”, no es necesario que lo explique yo, que ya hay quien se ocupa de que lo cumpláis y sin necesidad de que os den muchas explicaciones.

Por experiencia sabéis, sin embargo, que el debido cumplimiento de ese «deber con hacienda» no es para vosotros motivo de júbilo, y no suele llevar consigo gritos de aclamación ni cantos de fiesta.

Cosa bien distinta sucede con el “tributo” que pagamos a Dios.

Ahora será el salmista quien nos ayude a comprender.

Recuerda, Iglesia amada del Señor, sus palabras, que hoy son también palabras de tu oración: “Cantad al Señor, contad sus maravillas, aclamad al Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, postraos ante el Señor”…

A ti se te ha concedido conocer la gloria del Señor, has podido admirar sus maravillas, a ti se te ha revelado su grandeza, conoces el poder de su brazo.

Si te fijas en la creación, los cielos y la tierra, las criaturas todas te hablan de quien todo lo sostiene; y todas “pagan tributo de reconocimiento y de agradecimiento” a su Creador: “El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos, el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra”.

Si te fijas en la historia del pueblo de Dios, en su Pascua, en la salvación de la que ha sido beneficiario, hallarás que el Señor “increpó al mar y se secó, los condujo por el abismo como por tierra firme; los salvó de la mano del adversario, los rescató del puño del enemigo… Entonces creyeron sus palabras”, y todos ellos, pagando el tributo debido a su Dios, “cantaron su alabanza”.

¿Has encontrado el camino que lleva desde la experiencia de la gracia al tributo del agradecimiento? Entonces deja ya la mano del salmista y entra, guiada por el Espíritu de Jesús, en el misterio de la Pascua cristiana. El Padre Dios te ha entregado como sacramento de su amor a su propio Hijo. En Cristo has entrado en el mundo nuevo, en el que Dios es Rey; en Cristo has conocido maravillas que nunca habrías podido siquiera soñar: ser morada de Dios y que Dios sea tu morada; ser hijo de Dios y, por ser hijo, ser también heredero; ser templo del Espíritu Santo; llevar sobre ti, como si de tu hacienda se tratase, todas las bendiciones con que el Padre Dios podía bendecirte.

Si conoces lo que eres, conocerás lo que has de tributar: “Cantad al Señor un cántico nuevo”. Siempre nueva es la Pascua de tu liberación, Iglesia de Cristo; siempre nuevo ha de ser tu canto, siempre nuevo ha de ser tu tributo…

Deja la mano del salmista, pero no dejes la mano de aquel con quien vas a entrar en comunión sacramental… Es Cristo quien se te ofrece, es a Cristo a quien recibes, es con Cristo con quien Dios se te da por entero. Todo se te da el que viene a ti. Ahora eres tú quien ha de decidir cuál ha de ser la cuantía de tu tributo… Un tributo de aclamaciones, un tributo de pan para Cristo pobre, el tributo de todo tu ser para quien te amó sin reservarse nada para sí…

Feliz domingo.

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A todos los que encontréis, convidadlos a la boda

“Aquel día” Dios preparará para todos los pueblos un festín, manjares suculentos, enjundiosos, vinos de solera, generosos. “Aquel día” Dios aniquilará la muerte para siempre. “Aquel día” Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros.

“Aquel día”: dos palabras en las que se encierra la esperanza del mundo.

Ahora, tú que has oído la palabra del profeta y has creído, dime si la has visto cumplida.

Tenemos un compañero de camino inseparable de nuestra vida, y es la muerte. Tenemos una compañera que conoce como nadie los secretos de nuestro rostro, y esa compañera son las lágrimas. Y más allá de esa muerte y esas lágrimas que nos siguen con la regularidad de los amaneceres, conocemos otras que son hijas de la violencia, de la crueldad, de la indiferencia, de la injusticia, de la avaricia, del odio…

Vivimos en un mundo en el que, pese a nauseabundos silencios informativos, la muerte y las lágrimas se nos cuelan por las ventanas del alma, y vemos pateras a la deriva con hombres, mujeres y niños muertos de hambre y de sed; vemos a hombres, mujeres y niños enterrados vivos en las aguas de nuestros mares; vemos a hombres, mujeres y niños hacinados en campos de confinamiento que hubieran sido considerados inadecuados para los animales de una granja.

Entonces me pregunto por “aquel día”, por la esperanza del profeta encerrada en “aquel día”, también por la confesión del salmista, que hice mía en la oración de la comunidad: “El Señor es mi pastor, nada me falta”.

La de hoy es una de esas celebraciones en que la palabra de Dios reclama ser leída, no desde la quietud de los ambones, sino desde el horror de las pateras: “El Señor me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas… Preparas una mesa ante mí… Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida”.

En realidad, si queremos entrar en el misterio de la palabra de Dios, tendremos que proclamarla siempre desde la cruz de Cristo Jesús: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan”.

Esa cruz es la única cátedra desde la que se puede iluminar el sentido de la palabra de Dios; y Cristo Jesús, el Crucificado-Resucitado, es el único Maestro que te puede introducir en el misterio de esa palabra.

Es Cristo Jesús quien lo dice: “Me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa… Habitaré en la casa del Señor por años sin término”. Y es él quien lo interpreta. Y no lo hace hablándonos de Dios, sino mostrándosenos, y dejando así que veamos lo que hemos de creer, que veamos lo que necesitamos aprender.

En Cristo Jesús vemos que la palabra del profeta y la palabra del salmista y todas las palabras de la revelación han llegado a cumplimiento.

Ahora, Iglesia de Cristo Jesús, si ves cumplida en Cristo la palabra que escuchaste, si en él se declaran cumplidas todas las palabras, tu fe te dice que también se han cumplido para ti que eres su cuerpo; más aún, que están cumplidas para todos los pueblos, pues de todos quiso ser esa Palabra divina que por todos se hizo debilidad, vulnerabilidad, fragilidad, mortalidad; tu fe te dice que Cristo Jesús es el banquete de bodas que Dios ha preparado: Él es el banquete de la vida, de la alegría y de la abundancia para todos los pueblos, un banquete del que sólo quedan excluidos los que a sí mismos se excluyen “porque tienen otras cosas en que ocuparse”.

Dios ha preparado para todos el banquete de bodas de su Hijo. Con arrogancia y desprecio, se negarán a entrar “los que mucho tienen”. Sorprendidos y agradecidos, entrarán los que nada tienen, ya sabes, los expertos en agonías y lágrimas.

Entra, escucha, contempla, comulga y vive.

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Me preguntará por los pobres

Se trata siempre de la relación de Dios con nosotros: de lo que somos para él, de lo que él es para nosotros.

Dos imágenes, la de la viña que Dios cultiva y la de la viña que Dios arrienda, ayudan hoy a entrar en el misterio de esa relación.

Ya sé que la viña de la que habla el profeta, la que Dios cultiva, “es la casa de Israel”.

Pero todo mi ser va diciendo que “viña del Señor” lo soy yo también. Pues si de aquella se dice que “la entrecavó, la descantó, y plantó buenas cepas, construyó en medio una a atalaya y cavó un lagar”; de ésta, de la comunidad eclesial, de cada uno de los que hemos creído en Cristo Jesús, podemos decir con verdad que Dios nos ha cultivado injertándonos en Cristo Jesús: de su savia recibimos energía, de su Espíritu recibimos aliento, de su gracia recibimos sabor, de su ser recibimos la vida.

Y si de la viña que era Israel el Señor esperó que fructificase en justicia y en derecho, de ésta –de mí y de ti- espera que demos como fruto la justicia y el derecho que trajo a los pobres el reino de Dios.

Y en la viña de la que habla el evangelio, la que aquel propietario arrendó a unos labradores, puedo reconocer el reino de Dios que ha sido confiado a la comunidad eclesial para que en él demos frutos de vida eterna.

Considera ahora lo que esos relatos dicen de nuestro Dios: ¡Dios labrador! ¡Dios de jardines de Edén, de tierras prometidas! ¡Dios que tanto nos amó que nos dio a Cristo Jesús, tierra que mana leche y miel, evangelio para los pobres!

El Dios de nuestra fe es labrador incansable de tierras que él ha soñado como un paraíso de abundancia y de justicia para sus hijos.

El canto de amor a su viña es siempre un canto de amor a ti, es siempre un soñar de Dios contigo, con tu justicia, con tu paz, con tu plenitud, con tu divinidad –no voy a retirar la palabra: ¡con tu divinidad!-.

El canto de amor de tu Dios lo puedes oír hoy en la eucaristía que celebras, pues a ti, a un pueblo que produzca sus frutos, se te da hoy el reino de Dios; a ti se te entrega hoy la viña que es Cristo Jesús; en tus manos –lo digo a la comunidad eclesial- el creador de paraísos deja hoy su reino: el derecho, la justicia, la paz, la abundancia, la plenitud que son evidencia de que reino de Dios está cerca; a tu corazón y a tus manos el amor de Dios confía hoy “la piedra que desecharon los arquitectos” y que “es ahora la piedra angular”: Cristo Jesús.

Y eso quiere decir que a tu corazón y a tus manos el amor de Dios confía hoy la suerte de los pobres, piedra siempre desechada por los arquitectos del mundo, piedra que Dios ha hecho cuerpo de su Hijo.

“Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”: Comulgamos con Cristo y con los pobres.

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El cielo en tus manos

El Apóstol lo dijo así: “Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús”.

El hombre aquel que tenía dos hijos, se les acercó para hacer a cada uno de ellos la misma petición: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”.

Y al oírlo, la Iglesia convocada a la eucaristía entiende que el Padre la está invitando a que vaya a trabajar en su Viña, a que vaya a Cristo Jesús.

“Ve hoy”, nos dice, y es un modo de decirnos: Ve siempre, pues siempre es hoy para el Padre y para sus hijos.

“Ve hoy a trabajar en la viña”: Ve hoy a aprender a Cristo, a hacerte con los sentimientos de Cristo; ve y aprende el amor con que él te ha amado, la humildad con que él ha bajado hasta ti, la pobreza que él abrazó para estar contigo.

“Ve hoy a trabajar”, y aprende la cruz de Cristo: aprende su obediencia al Padre, su entrega a los hermanos, el don de su vida, su solidaridad contigo, la compasión que lo hizo siervo de todos. Ve y aprende a Cristo crucificado.

“Ve a trabajar en la Viña” y, hecha imitadora de Cristo, hazte pobre entre los pobres, pequeña entre los últimos, última entre los pequeños.

A todos va dirigida la invitación. Para todos es la llamada a ir a Cristo. Y de cada uno es la responsabilidad de aceptar la invitación, de responder a la llamada.

Si has cumplido la voluntad del Padre, si te has hecho imitador de Cristo, habrás tomado el camino de la justicia, el camino de la vida, el camino que lleva al reino de Dios.

Si has dicho: “Voy”, pero no fuiste, tú mismo te apartaste de tu justicia, te quedaste fuera de la Viña, te quedaste fuera de Cristo Jesús, te quedas fuera de la Vida.

Si dijiste: “No voy”, pero, recordando ternuras y misericordias, “recapacitaste y fuiste”, habrás entrado por tu pie en la Vida de Dios.

¡Nos va la vida en trabajar en la viña!: ¡Nos va la vida en aprender a Cristo!

Así que bueno, justo y necesario será que aprendamos a aprenderlo.

Y eso –aprender a Cristo- se hace escuchando su palabra: “Mis ovejas escuchan mi voz –dice el Señor-, y yo las conozco, y ellas me siguen”.

A Cristo lo aprenderemos imitando su obediencia de Hijo que, entrando en el mundo, dice: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”. Seis palabras, seis. En ellas se encierra entera la vida de Cristo Jesús, y en ellas está llamada a encerrarse la vida del cuerpo de Cristo que es la Iglesia, y la vida de cada uno de sus hijos.

Aprenderemos a Cristo imitando su caridad que lo hizo evangelio para los pobres, dejándonos guiar por su pobreza y humildad, y buscando siempre, como Jesús, el interés de los demás.

Aprenderemos a Cristo comulgando con él y dejándonos transformar en él, hasta que sea él solo quien viva en nosotros.

El que nos dice: “Ve hoy a trabajar en la viña”, está poniendo en nuestras manos a Cristo, está poniendo en nuestras manos la Vida, está poniendo en nuestras manos el cielo.

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“Ábrenos el corazón, Señor”

Si nombras lo que buscas, tendrás el nombre de lo que llevas en el corazón.

Si has buscado riquezas, prestigio, grandeza, poder, seguridades, eso hallarás almacenado en lo más íntimo de ti mismo: tus riquezas, tu prestigio, tu grandeza, tu poder, tus seguridades, eso será tu vida, ése será tu reino, ése será tu mundo, eso será lo único que encuentres en tu corazón.

Si así fuere, nada tendrán que ver contigo los que pasan hambre, los obligados a desplazarse para huir del hambre, los que cada día mueren de hambre… No habrá lugar para ellos en ese corazón que ya no es tuyo sino de lo que te ha ocupado y poseído.

Pero si todavía buscas algo más allá del interés económico, del éxito político, de la curiosidad intelectual, si todavía añoras algo más allá de ti mismo, ti todavía sueñas con llegar a ser humano, entonces escucha con atención, porque son para ti, las palabras del profeta: “Buscad al Señor… invocadlo… que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor… a nuestro Dios”.

Se te pide que te vacíes, que te liberes, que saques del corazón los ídolos en que confiabas –riqueza, prestigio, grandeza, poder, seguridad…-, de modo que en ti pueda entrar tu Dios.

Con él vendrán su clemencia y su misericordia, su bondad y su ternura, su perdón y su piedad: Vendrán porque tú necesitas que vengan; vendrán para que otros puedan recibir por medio de ti lo que ellos necesitan.

Vuelvo a escuchar contigo, Iglesia de Cristo, las palabras de la profecía, y el corazón intuye que las podemos entender referidas a Cristo Jesús: “Buscad al Señor”,  buscad a Cristo Jesús; “que el malvado abandone su camino” y busque en Cristo Jesús el camino que lleva al Padre; “que el criminal abandone sus planes” y llegue por Cristo Jesús al conocimiento de los designios de Dios. “Buscad al Señor”, buscad a Cristo Jesús, reconoced en él la piedad de Dios y recibid por él su perdón.

Clama, Iglesia de Cristo, clama al Señor para que nos abra el corazón y aceptemos las palabras de su Hijo, para que entremos en el misterio de su Hijo, para que creamos en el evangelio de su Hijo, para que busquemos el reino que viene con su Hijo.

Clama y escucha, clama y contempla, clama y bendice, clama y comulga.

Ahora en tu mundo, en tu reino, en tu vida, en tu corazón, como en el de Jesús, como en el de Dios, entran los excluidos, los desplazados, los hambrientos… pues todos han empezado a ser para ti lo que son para Jesús, lo que son para Dios: hijos muy amados, carne de su amor.

Considera finalmente el misterio que se nos permite vislumbrar a la luz del evangelio de este día: A todas las horas de tu jornada te ha buscado el Señor; a todas las horas ha bajado a la plaza para llamarte a trabajar en su viña. A todas las horas ha bajado y te ha buscado, porque siempre te ha llevado en su corazón.

Recuerda que la viña de Dios es Cristo Jesús y que has sido invitada a ir ella, a trabajar en ella, y que recibirás un divino sea cual fuere la hora en que tu cotidiana necesidad se haya encontrado con la escandalosa generosidad de Dios.

El profeta te había dicho: “Buscad al Señor”. Y tú has descubierto con asombro que desde siempre el Señor te buscaba porque te amaba.

¡Busca a Jesús! ¡Déjate encontrar por él!: te encontrará el amor de Dios, el dolor de los pobres, la verdad de ti misma.

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Iglesia, presencia real de un Dios manchado e impuro

Puede que no sean muchos los cristianos que, participando en la eucaristía dominical, se reconozcan miembros de una comunidad de discípulos de Jesús, convocada a un encuentro con su Señor, con su Maestro, para comulgar con él, escuchando su palabra, comiendo su cuerpo y bebiendo su sangre.

Pero eso es lo que se espera que vivamos en cada eucaristía: que aprendamos a Cristo escuchando, que lo aprendamos viendo, que lo aprendamos comulgando.

Esto es lo que hoy podremos escuchar: “No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”; “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”.

El sabio lo había dicho a su manera: “Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas”.

Y el salmista lo había cantado: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”.

Nosotros lo hemos escuchado y lo hemos aprendido; pero nos conviene también verlo, por si el ejemplo nos ayuda a pasar del pensamiento a la acción.

Y el mismo Jesús nos deja un ejemplo en la parábola de aquel rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados.

Pero tú, Iglesia discípula, sabes que, más que la parábola, el ejemplo para todos es Jesús mismo, su vida entera: En Jesús, Dios andaba reconciliando consigo al mundo. En Jesús Dios andaba sanando lisiados, cojos, paralíticos, ciegos, sordos, leprosos. En Jesús Dios andaba perdonando a prostitutas y a ladrones, a discípulos cobardes, también a quienes no lo habían recibido, a quienes lo rechazaron, lo juzgaron, lo condenaron, lo crucificaron… En Jesús, Dios bajó entre los necesitados de misericordia y de perdón, los buscó, se compadeció de ellos, comió con ellos, se hizo impuro por ellos, bajó hasta el infierno para que ellos, creyendo, pudieran entrar limpios en el banquete de Dios.

Pero tú no eres sólo Iglesia discípula que escucha palabras de sabiduría divina y contempla ejemplos admirables de divino abajamiento; tú eres también Iglesia cuerpo de Cristo, que comes lo que has escuchado y contemplado, te haces una con ese Dios manchado, Dios amigo de publicanos y pecadores, Dios comensal de hombres y mujeres que nadie tocaría sin correr a hacer una purificación ritual.

Hoy comulgas con Cristo Jesús para ser en el mundo evidencia de la presencia de un Dios manchado e impuro.

Hoy comulgas con Cristo Jesús para ser en el mundo presencia real de Cristo Jesús y ser así evidencia del amor que es Dios.

Escucha, contempla, comulga.

Feliz domingo.

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“A nadie debáis más que amor”

¡Qué sencillo y qué difícil nos lo has puesto, Señor!

¡Es sólo cuestión de amor!

“A nadie le debáis nada, más que amor”.

Yo pensé: tengo que reprender a mi hermano. Y tú me dijiste: no lo hagas si no es deuda de amor.

Yo pensé: tengo que recordar a todos los sagrados preceptos de la ley de Dios. Y tú me dijiste: no olvides que “el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley”.

Yo pensé: no puedo dejar de recordar los principios sobre los que todo se sostiene, las líneas rojas que nadie debiera traspasar, los dogmas que todos debieran profesar. Y tú me dijiste: Todo se sostiene sobre el amor; el amor todo lo traspasa, todo lo trasciende, todo lo sana, todo lo crea, todo lo recrea, todo lo abraza, todo lo redime, todo lo reconcilia y lo diviniza; en el amor se encierran toda la ley y los profetas.

Yo pensé…

Y tú me dijiste: cree.

“Dios es amor”: créelo.

“Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo”: créelo.

“Dios nos ha confiado la palabra de la reconciliación”: créelo.

Dios nos ha puesto de atalaya en los caminos de la humanidad, para que le demos la alarma de parte del Amor.

Hoy comulgamos con Cristo, con el amor extremo de Dios, para amar hasta el extremo a nuestros hermanos.

Feliz comunión con el amor de Dios. Quedamos con todos en deuda de amor.

 

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A ti te necesito, sólo a ti

El creyente sabe que Dios no es para él una idea, pues lo ha sentido como fuego que abrasa, como caudal inagotable y limpio de agua que refrigera.

El creyente no piensa en Dios para poder decir de él algo novedoso o admirable, sino que se acerca a Dios para abrasarse en su fuego, busca a Dios para apagar en él la sed, y sólo dejará de agitarse cuando Dios sea para él el aire que respira, la luz que lo ilumina, la dicha que lo posee.

Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”. Éste es hoy el estribillo de nuestra oración responsorial: Palabras de fe para labios creyentes, palabras verdaderas sólo para quien haya conocido al Señor, para quien haya experimentado su fuerza, su gloria, su gracia y su amor.

Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”. Las palabras de la oración expresan a un tiempo plenitud y vacío, cercanía y ausencia, conocimiento y búsqueda. El orante –Jeremías, el salmista, Jesús de Nazaret, nuestra asamblea eucarística, la Iglesia entera- madruga por Dios para buscarlo mientras Dios camina con el orante y lo sostiene; tú tienes sed de Dios, aunque todo tu ser está unido a él; tienes ansia de Dios, ¡y cantas con júbilo a la sombra de sus alas! Dios es caudal inagotable de agua, y en su presencia nosotros somos siempre “como tierra reseca, agostada, sin agua”.

Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”. Las palabras de la oración han puesto a Dios en el centro de tu vida: “Tu amor me sacó de mí. A ti te necesito, sólo a ti. Ardiendo estoy día y noche, a ti te necesito, sólo a ti… Tu amor disipa otros amores, en el mar del amor los hunde. Tu presencia todo lo llena. A ti te necesito, sólo a ti[1], pues “tú eres el bien, todo bien, sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero”. ¡Plenitud y vacío, cercanía y ausencia, conocimiento y búsqueda!

De ti, Señor, dice tu profeta: “Me sedujiste, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste”. Lo cautivaste, Señor, con el atractivo de tu palabra, lo cegaste con el resplandor de tu belleza, y así lo llevaste a tu luz y a su noche, a tu fuego y a su oprobio, a tu gloria y a su cruz.

Considera la noche del profeta: “Yo era el hazmerreír todo el día; todos se burlan de mí… La Palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día”. Considera la noche oscura de Jesús: “Los que pasaban por allí le insultaban, meneando la cabeza y diciendo: Tú que destruyes el santuario y en tres días lo levantas, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz! Igualmente los sumos sacerdotes junto con los escribas y los ancianos se burlaban de él, diciendo: A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. Rey de Israel es: que baje ahora de la cruz, y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere”.

Ahora ya puedes, Iglesia de Dios, mirarte a ti misma en el espejo de Cristo, pues otra cosa no eres que el cuerpo del Hijo que todavía está subiendo a Jerusalén, a su noche, al sufrimiento, a la muerte, a la vida. Mírate a ti misma en el espejo de los pobres, que otra cosa no son que el cuerpo de Cristo, tu propio cuerpo, subiendo a la noche de sus angustias.

Si estabas sedienta de Dios porque habías conocido su bondad y su hermosura, su gloria y su poder, ahora que has experimentado la noche, la de Cristo, la de los pobres, tu propia noche, eres delante de Dios como “tierra reseca, agostada, sin agua”. Tenías sed, y la noche hizo que la sed te devore, hasta hacer de ti pura sed de Dios.

[1] Versos del poeta sufí Yunus Emre (1238-1320?)

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“Ten compasión de mí, Señor”

El evangelio sitúa hoy a Jesús fuera de su tierra, entre paganos, en “el país de Tiro y de Sidón”: El amor lo despojó de sí mismo y lo abajó desde la condición de Dios a la condición de esclavo.

Allí, una mujer, se puso a gritarle: “Ten compasión de mí, Señor”.

La memoria de la comunidad creyente guarda aún el grito de los discípulos de Jesús en la barca sacudida por las olas; y tampoco hemos olvidado la súplica de Pedro que, desde el abismo del miedo y agarrado a su poca fe, había gritado: “¡Señor, sálvame!”

Ahora es una mujer la que, empujada por una gran necesidad y por una fe más grande que su necesidad, se postra ante Jesús para decirle: “Señor, socórreme”.

Más allá de los discípulos y de Pedro con sus miedos, más allá de la mujer con su necesidad, tu fe recuerda que grito y súplica los oyó en otro lugar y evocan en el corazón otro nombre: “A media tarde, gritó Jesús muy fuerte: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Y un instante después: “Jesús dio otro fuerte grito y exhaló el espíritu”.

A ti, Señor del cielo y de la tierra, el amor te hizo semejante a nosotros, te dio una carne de debilidad como la nuestra, un cuerpo de suplicar gritando, de gritar creyendo, de creer confiando.

El amor, Cristo Jesús, te hizo carne compasiva y misericordiosa, evangelio para los pobres, libertad para los oprimidos, luz para los ciegos, resurrección para los muertos, alegría y paz para los amados de Dios.

El mismo amor que por el misterio de la encarnación te hizo pan y salvación para la humanidad, te hace hoy pan y salvación para tus fieles en el misterio de la eucaristía.

Por la encarnación y en la eucaristía, tú, Señor, has hecho tuyo el grito de la mujer –el grito de tu Iglesia, el grito de la humanidad-: “Ten compasión de mí”.

Y es también tuya y de hoy la palabra que llena de esperanza y de alegría el corazón de los pobres: “Que se cumpla lo que deseas”.

 

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Fijos los ojos en el cielo

Con la palabra «Ascensión» nombramos el misterio de la exaltación-glorificación de Cristo nuestro Señor; y con la palabra «Asunción» nos referimos al  misterio de la exaltación-glorificación que, por Cristo y en Cristo, se ha cumplido ya en la Virgen María, y se ha de cumplir un día en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

Dichosa tú, Virgen María que, por la fe, recibiste en la virginidad humilde de tu seno al Hijo de Dios, y hoy, “envuelta en un manto de triunfo, como novia que se adorna con sus joyas”, eres recibida en la gloria de tu Hijo.

Dichosa tú, Iglesia de Cristo, que en este tiempo de gracia, acoges por la fe la palabra de Dios, recibes el Cuerpo de Cristo, abrazas a los pobres de Cristo, y que un día, bendecida por el Padre, serás acogida por tu Señor en el reino preparado para ti desde la creación del mundo.

“¡Qué pregón tan glorioso para ti, María! Hoy has sido elevada por encima de los ángeles, y con Cristo triunfas para siempre”.

En ti, Virgen María, se nos concede contemplar alcanzada la inmortalidad de la que en la Eucaristía recibimos la divina medicina. Tuya es la gloria de la que es prenda en Cuerpo de Cristo que hoy comulgamos.

Comulgar medicina y prendar, vivir en esperanza, amar, agradecer…

Caminar, fijos los ojos en un cielo que se ha quedado sin fronteras, en un paraíso cuyas puertas, cerradas un día al hombre, se han vuelto a abrir para todos…

Comulgar y caminar como la Virgen María, la más pequeña entre los humildes, la más de todos entre los necesitados, la más de Dios entre los hombres.

Enséñanos, Madre, a hermosear la tierra con un «hágase» a la palabra de Dios, al evangelio que hemos de llevar a los pobres, a la esperanza que nos ha de guiar hasta el cielo.

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