Tu nombre es «Río-de-paz»

Ya sea que ores en el secreto, ya sea que celebres en la comunidad los misterios de la fe, el Espíritu del Señor, con la suave eficacia de su santa operación, te lleva de la mano al conocimiento del misterio de la salvación, anunciado por la ley y los profetas, y cumplido en la Palabra de Dios hecha carne.

Dios habla de Dios, y te revela lo que ha dispuesto para ti; dice: “Yo haré derivar hacia ella como un río la paz”.

Puedes preguntarte quién es ella, por dónde avanza ese río de paz, quiénes son los que se bañan en sus aguas.

Tu corazón guarda memoria de noches y días de paz. Cuando Jesús nació en Belén, los ángeles llenaron la noche de aquel nacimiento con un canto que anunciaba gloria en el cielo para Dios, y paz en la tierra para los hombres de buena voluntad. Cuando el justo Simeón tomó en brazos al niño Jesús, el alma del anciano se derramó en oración, en palabras que son transparencia de la paz que aquel niño traía consigo y le dejaba: “Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz”.

La memoria de la fe te sugiere que la paz se llama Jesús, y que él es la cabecera de ese río que Dios, por la encarnación de su Hijo, hizo derivar hacia la humanidad entera.

Ahora el Espíritu del Señor te muestra por dónde corre el río de paz que viene de Dios. Lo has escuchado hoy: “El Señor designó otros setenta y dos, y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir él”. Y has oído también que Jesús les decía: “Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa». Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz”. Oyes este evangelio; recuerdas la promesa del Señor: “Yo haré derivar hacia ella como un río la paz”; y la reconoces cumplida en el evangelio que has escuchado: con el saludo de los discípulos, la paz de Dios llama a las puertas de cada lugar a donde Jesús quiere ir.

Hoy, Iglesia de Cristo, eres tú quien en la Eucaristía te encuentras con el Señor de la paz; eres tú quien, escuchando a Cristo, acoges la paz; eres tú quien, recibiendo el Cuerpo de Cristo, comulgas la paz;  eres tú quien, enviada por Cristo, has de llevar a todos los pueblos y lugares la paz que de él has recibido.

Tu nombre es «Río-de-paz».

 

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El Señor, mi bien:

El hermano Francisco de Asís había llegado al final de su proceso de conversión.

El Señor lo había visitado en el monte Alverna, y en su cuerpo quedaron llagas evidencia de una crucifixión.

Entonces, de su puño y letra, Francisco escribió un cántico al amor de caridad que lo había crucificado: “Tú eres el santo Señor Dios único, el que haces maravillas… tú eres el bien, el todo bien, el sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero…”.

Francisco, crucificado, ya puede decir con verdad: “Mi Dios, mi todo”.

Teresa de Jesús dijo lo mismo con una rima para grabar en el alma: “… Quien a Dios tiene, nada le falta, sólo Dios basta”.

Es ésta la plenitud que nosotros aprendemos mientras oramos con las palabras del salmista: “Yo digo al Señor: «Tú eres mi bien». El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano”.

Este salmo bien pudiera ser la oración de un levita en el día de su dedicación, o la de un sacerdote en el día de su consagración. Para ellos, que no heredarán en la tierra prometida, “el Señor será su heredad”, su único bien, todo su bien.

El salmista anticipa en la vieja alianza, como figura profética, la relación de Cristo Jesús con el Padre del cielo. Francisco y Teresa imitan en la alianza nueva lo que en Cristo Jesús han visto cumplido. Sólo en Jesús de Nazaret el hombre llega a decir a Dios con toda verdad: “No tengo bien fuera de ti”.

Esta experiencia de Dios como plenitud del hombre es la que hace posible en el creyente –en el salmista, en Jesús, en los discípulos de Jesús- la disponibilidad necesaria para ponerse en camino, asumir la propia misión, aceptar en libertad la llamada de Dios.

Si Dios es mi todo, lo demás resultará espiritualmente indiferente.

Si Dios es mi todo, y el amor de Dios se me ha hecho fuente de libertad, lo podré aceptar todo con tal de hacer en mi vida la voluntad de Dios.

Queridos: Sólo en el Altísimo Hijo de Dios, hecho hombre por nosotros, Dios lo es todo para el hombre y el hombre se adhiere en todo a la voluntad de Dios.

Nosotros, pecadores, somos por gracia hambrientos de plenitud y de fidelidad, sedientos de amor y de libertad.

Propio de pecadores que buscan a Dos es la súplica humilde, porque la caridad divina lleve a término en nosotros lo que ella misma comenzó.

Desde lo hondo del corazón, con palabras del hermano Francisco, suba hoy hasta el cielo la oración de nuestra pobreza: “Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concédenos por ti mismo a nosotros, míseros, hacer lo que sabemos que quieres y querer siempre lo que te agrada, a fin de que, interiormente purificados, iluminados interiormente y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y llegar, por sola tu gracia, a ti, Altísimo, que en perfecta Trinidad y en simple Unidad vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente, por todos los siglos de los siglos”.

Sólo el Hijo amado de Dios recorre con fidelidad el camino que lleva al Padre. Nosotros deseamos seguir sus huellas, seguirlas de cerca, tan de cerca que, en realidad, lo que deseamos es llegar a la plena comunión con él, a ser uno con él.

El cielo se asombrará, hermano mío, hermana mía, cuando en él resuenen hoy las palabras de tu salmo: “Yo digo al Señor: «Tú eres mi bien»”. En una sola voz, el Padre oirá la del Hijo y la de la Iglesia, la de Cristo Jesús y la tuya.

Feliz domingo, Iglesia amada del Señor.

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De cristo y de los pobres

Celebramos la “solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo”.

Quiere ello decir que dedicamos un día del todo especial a la contemplación y adoración del sacramento que hace a la Iglesia, del alimento que la sostiene, de la medicina de inmortalidad que sanará la corrupción de nuestra muerte, de la prenda que se nos da de la gloria futura.

A gustar el misterio de este día puede ayudarnos la experiencia que, en el camino de la vida, cada uno de nosotros haya hecho de la dulzura del nombre de Jesús.

Aprendimos desde niños a pronunciarlo como nombre del amigo más entrañable. Con el tiempo, ese nombre se nos fue haciendo memoria de palabras que iluminan la vida, de autoridad que remedia pobrezas, de compasión que cura enfermedades; ese nombre nos habla de bienaventuranzas asombrosas, esperanza sin límites, gracia para los pecadores, recompensa para los justos; ese nombre dice siempre misericordia, quietud en la tempestad, amor hasta el extremo.

Cada uno de vosotros sabe –sólo cada uno de vosotros lo puede saber- qué le sugiere al propio corazón el nombre de Jesús. Y cada uno intuye que lo evocado cuando decimos Jesús, eso mismo es lo que encontramos misteriosamente, verdaderamente, realmente entregado en el admirable sacramento de la Eucaristía.

Hoy alabarás el nombre del Señor, y lo ensalzarás dándole gracias, pues si dices “Jesús”, lo encuentras en la Eucaristía; si pides ayuda, allí la recibes; si llamas al amado, es él mismo el que te abre la puerta de la celebración.

Si dices: «Jesús», dices un nombre que, siendo todo humano, evoca un mundo de maravillas que es todo de Dios.

Si dices: «Eucaristía», dices pan y vino, frutos de la tierra y del trabajo del hombre, que al mismo tiempo velan y revelan realidades celestes, y son para tu fe el sello de la nueva y eterna alianza, son el cuerpo de la gloria, el cuerpo del amor divino, el cuerpo y la sangre de Cristo resucitado.

Si dices: «Eucaristía», el miedo se desvanece en la libertad recobrada de los hijos de Dios, y la esperanza llena con su luz el corazón de los pobres.

¡Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo! He dicho: “un día para la contemplación y la adoración”. He de añadir: un día para la aceptación del don divino que es la vida eterna, un día para la comunión con la eternidad de Dios.

 

P.S.: Y no te olvides de los pobres, pues en ellos, como en la Eucaristía, es tu Señor quien sale a tu encuentro, es el Señor quien se te da mientras te pide, es el Señor quien te acude a ti mientras lo acudes, es el Señor el que te enriquece mientras te pide limosna. Adóralo en la Eucaristía, ámalo en los pobres, comulga con él en la Eucaristía y en los pobres.

 

Feliz día, Iglesia de Cristo y de los pobres. Feliz encuentro con tu Señor.

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Os llevo en el corazón

A la Iglesia de Dios que peregrina en Tánger: Paz y bien.

Las circunstancias pudieran tentarme a decir palabras de despedida, puede incluso que palabras tristes, pero la fe pide ser sencillamente compartida, y hoy celebramos el más humano de los misterios de la fe: La Santísima Trinidad.

Hoy no habrá despedida sino confesión de fe, comunión en la fe y agradecimiento por la fe recibida. Esta es la fe que nos une:

Creo en Dios, amor creador que hizo brillar la luz en la tiniebla y señaló caminos a los astros para hacer posible la vida de sus hijos, ¡para hacer posible nuestra vida!

Creo en Dios, amor liberador, que nos ha visitado y nos ha redimido.

Si digo: «creo en Dios», la fe evoca la nube de la presencia divina sobre las tiendas de su pueblo, la ley y la alianza, el pan del cielo y el agua de la roca.

Si digo «creo en Dios», la memoria de la fe va repitiendo: creo en el que es «mi luz y mi salvación, mi paz y mi alegría, mi rey y mi pastor, la roca de mi refugio, baluarte donde me pongo a salvo, mi escudo protector».

En realidad, cuando en nuestra vida, de cualquier modo, resuena el nombre del Señor nuestro Dios, la fe, bajo la acción del Espíritu Santo, evoca «el nombre de Cristo Jesús», sabiduría de Dios que habita entre nosotros, Palabra de Dios hecha carne, en quien el amor de Dios se nos ha revelado amor sin medida, nos ha recreado, nos ha iluminado, nos ha visitado y redimido.

Cristo Jesús, ungido por el Espíritu Santo y enviado a los pobres, es la plenitud de las bendiciones que de Dios que los pobres podemos recibir: ¡él es nuestra paz!, ¡nuestro bien!, ¡nuestro todo bien!

Y allí donde él es acogido, allí se hace presente el reino de Dios: la luz para los ciegos, la libertad para los cautivos, la salud para los enfermos. Con Jesús la vida irrumpe en el lugar de los muertos, se transforman en días de fiesta los días de luto, y lo que antes era amargo se nos vuelve dulzura del alma y del cuerpo.

Y necesito añadir: Con vosotros y por Cristo Jesús estoy en el corazón de Dios; con vosotros y por Cristo Jesús he entrado en el seno de la Trinidad Santa; con vosotros y por Cristo Jesús soy familia de Dios: somos el cuerpo del Hijo único de Dios, y aun siendo muchos, somos uno, como uno es nuestro Dios.

Queridos: A este día de confesión de fe, de comunión en la fe, y de fiesta por lo que somos para Dios, no puede faltarle la confesión de mi gratitud:

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”, porque se ha fijado en mi debilidad y me ha llevado de la mano, como un padre, una madre, llevan de la mano o en brazos a su hijo pequeño.

Doy gracias al Papa Benedicto que me otorgó confianza y me pidió servir como obispo a esta comunidad eclesial.

Doy gracias al Papa Francisco con quien me he sentido siempre en una comunión tan plena que sólo en el Espíritu del Señor puede tener su fuente.

No soy capaz de pensar esta Iglesia sin los institutos de vida consagrada, congregaciones y órdenes religiosas, sin los numerosos laicos, mujeres y hombres de asombrosa generosidad, que aquí estáis al servicio del reino de Dios: vosotros sois el rostro de esta Iglesia, un rostro bellísimo.

Doy gracias al pueblo marroquí, a sus autoridades, que no sólo han tratado siempre con respeto a esta comunidad eclesial, sino que han hecho posible, normal y sostenida nuestra misión de llevar el evangelio a los pobres.

Y doy gracias a los pobres, de modo muy especial a los emigrantes, a los llamados irregulares o clandestinos o sin papeles, porque vosotros nos acercasteis a la verdad del evangelio, nos llevasteis al corazón mismo del reino de Dios, pusisteis a Cristo en el centro de nuestra vida.

Y al agradecimiento quiero añadir un deseo, el mismo que expresaba hace doce años ante la comunidad reunida en esta catedral:

Como cristiano, mi deseo es que todos llevemos a Cristo en nuestra vida: que él mire desde nuestros ojos, que él evangelice a los pobres con nuestras palabras, que él se acerque a los enfermos con nuestros pasos, que él continúe amando a la humanidad entera con nuestro amor;

Por decirlo con palabras de mi lema episcopal, mi deseo es que todos llevemos a Cristo en el corazón, ¡siempre! Y eso sólo puede ser fruto de la acción del Espíritu Santo en nuestra vida.

Éste es el mandato que hoy hemos escuchado: “Que os améis unos a otros como él os ha amado”; “que seáis uno, como Jesús y el Padre son uno”; “que os améis tanto que a todos resulte manifiesto que Jesús es el Señor”.

En ese: “que os améis unos a otros” entran los que se van y los que llegan y los que aquí permanecen; rezad por vuestro hermano Santiago que se va; amad a vuestro hermano Cristóbal que llega como Administrador Apostólico de esta diócesis; amad al obispo que el Señor, en su misericordia, llamará a acompañar vuestro camino de fe; y amad a cuantas personas encontréis en vuestro camino: el pueblo marroquí, los pobres, y de modo muy especial, los emigrantes que Cristo Jesús ha declarado cuerpo suyo real entre nosotros.

Y vuelvo a recordar palabras que, por haber sido primeras en el día de mi ordenación como obispo para vosotros, pueden muy bien desempeñar hoy el papel de últimas palabras como obispo entre vosotros:

El mismo Señor que desde el comienzo de mi vida me llamó a ser cristiano con vosotros, me llamó un día a ser obispo para vosotros; al decirle “” a él, a su llamada, aquel día y para siempre os dije “” a vosotros; al escoger como lema de mi servicio episcopal “siempre en el corazón Cristo”, entendía expresado también en esas palabras: “siempre en el corazón su cuerpo que es la Iglesia”, “siempre en mi corazón la Iglesia de Tánger”.

Queridos: con Cristo os llevo para siempre en el corazón.

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La Santísima Trinidad: misterio de Dios y de la Iglesia

Pudiera parecer que el de la Trinidad es misterio que concierne a Dios y sólo a Dios. Lo sugería el catecismo de mi infancia que, a la pregunta: “La Santísima Trinidad, ¿quién es?”, respondía: “Es el mismo Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero”.

Sin embargo, ese misterio se nos ha revelado, no para que sepamos más acerca de Dios, sino para que conozcamos lo fundamental, lo esencial, lo que cuenta acerca de nosotros mismos.

Aprende a confesar ese misterio con palabras de la revelación: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.

Lo que parece más de Dios, es al mismo tiempo lo más tuyo, pues tú eres el mundo que Dios ama, para ti es el Unigénito que Dios entrega, para ti es la vida eterna que Dios ofrece.

Con verdad podrás decir, mejor aún, puedes cantar con toda la comunidad eclesial: “Bendito sea Dios Padre, y su Hijo unigénito, y el Espíritu Santo, porque ha tenido misericordia de nosotros”.

Y también cantarás con el salmista: “Señor, dueño nuestro, ¡que admirable es tu  nombre en toda la tierra!”

Podrás cantar la gloria de Dios contemplando el cielo y sus maravillas; pero lo harás sobre todo contemplando el cielo que Dios ha hecho de ti, ese prodigio de misericordia que es en la Trinidad santa cada uno de nosotros: “Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”; porque “Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abba! Padre”; porque se os ha concedido la gracia del Hijo, el amor del Padre, la comunión del Espíritu Santo”; porque os unge, os habita, os mueve, os guía, os ilumina, os consuela, os empuja y os transforma en cuerpo de Cristo el Espíritu de Cristo; porque Dios ya no es Dios sin vosotros, porque vuestro nombre, lo que vosotros sois, ya se dirá siempre con el nombre de Dios, con lo que Dios es.

La eucaristía que celebras y recibes, Iglesia de Cristo, es el sacramento de tu pertenencia al misterio de la Santísima Trinidad. Comenzarás la celebración en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Luego pedirás al Padre que santifique con la efusión de su Espíritu los dones que has presentado delante de él; se lo pedirás para que esos dones y tú misma seáis transformados, por la fuerza del Espíritu, en cuerpo de Cristo. Así mismo, por Cristo, con Cristo y en Cristo, unirás tu oración de hoy al honor y a la gloria que por toda la eternidad el Hijo tributa al Padre, en la unidad del Espíritu Santo. Y cuando hayas recibido el pan santificado, la comunión sacramental irá diciendo a la mente y al sentido que el Hijo de Dios se ha hecho uno contigo, que tú te has hecho una sola cosa con Cristo Jesús, que os une el mismo Espíritu, y que en Cristo eres para Dios “Iglesia amada en el Hijo más amado”…

En verdad, el de la Trinidad es tu misterio, Iglesia cuerpo de Cristo.

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«Los pobres son El Señor»

Lo dijo Jesús a sus discípulos: “Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros”. Y añadió: “El defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando lo que os he dicho”.

Ésa era la promesa que los discípulos vieron cumplida en el día de Pentecostés, cuando “se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería”.

Y ése es el misterio que celebramos en este día de gracia: la efusión del Espíritu sobre la Iglesia; la unción sagrada de los que son enviados para que lleven la buena noticia a los pobres; una epifanía de lenguas de fuego sobre esos ungidos, sobre los enviados, para que su palabra ilumine las mentes y encienda los corazones de los fieles con la llama del amor.

Ése es el misterio por el que hoy bendices al Señor, por el que aclamas a tu Dios: “¡Dios mío, qué grande eres! ¡Cuántas son tus obras, Señor! La tierra está llena de tus criaturas”. Y tú le darás gloria por siempre, porque la tierra está llena de su gracia, de su sabiduría, de su luz, de su consuelo, de su Espíritu,  de su presencia dulcemente acogedora, regazo de madre para el sosiego de tus pobres.

Ése es el misterio cuya belleza hace romper en tus labios la expresión del deseo: “Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra, manda tu luz desde el cielo, sana el corazón enfermo”.

Ése es también, Iglesia de Cristo, el misterio en el que, con insistencia de pobre, pides participar, pues si es cierto que están abiertas las fuentes del Espíritu para la humanidad entera, habrás de acercarte y beber, habrás de acoger al que pide entrar en la intimidad de tu casa. Por eso dices: “Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo. Ven, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Y ése es el misterio que verás cumplido en la eucaristía que celebras, pues de ti, como de los discípulos de Jesús, en ella se dirá con verdad: “Se llenaron de Espíritu Santo y hablaban de las maravillas de Dios”.  Hoy te llenarás de Espíritu, pues habrás comulgado con la fuente de donde procede, y para siempre hablarás de las maravillas de Dios, porque ha hecho obras grandes en ti el que es Poderoso, cuyo nombre es santo.

Deja que el Espíritu te enseñe a decir: “Jesús”, y a decir “Señor”, y a decir “Jesús es el Señor”.

Si su Espíritu te enseña, “Jesús” será siempre el nombre de tu amado, nombre que, pronunciado, dirá ausencia y deseo, tal vez presencia y consuelo, puede que súplica y esperanza, puede que herida, puede que cielo.

Si te unge el Espíritu, “Jesús” será siempre el nombre que des a tus hermanos, el nombre de los pobres. Sólo si te unge el Espíritu podrás decir: “los pobres son el Señor”.

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Conocemos el destino, conocemos el camino

La palabra de la revelación, asomándose al misterio de la Ascensión del Señor, lo expresa con imágenes que sugieren movimiento y elevación: “Lo vieron levantarse”; “Dios asciende entre aclamaciones”, “Cristo ha entrado en el mismo cielo”, “mientras los bendecía, iba subiendo al cielo”.

Lo que esas imágenes representan, lo que la palabra “ascensión” significa, es la glorificación-exaltación del hombre Cristo Jesús hasta la vida misma de Dios.

He dicho: “del hombre Cristo Jesús”. Y tú, Iglesia cuerpo de Cristo, habrás entendido bien si en Cristo Jesús te has visto a ti misma exaltada, enaltecida, glorificada, ascendida a la vida de Dios, y te reconoces moradora con Cristo en el seno de la Trinidad Santa.

En el misterio de la Ascensión del Señor se nos deja conocer y celebrar la infinita belleza de nuestro propio destino.

Sabemos a dónde vamos. Y conocemos también el camino.

Nuestro destino es el Hijo glorificado; y nuestro camino es el Hijo enviado como evangelio a los pobres.

Nuestro destino es el cielo; y nuestro camino es Jesús, arrodillado a los pies de la humanidad para que todos puedan tener parte con él.

Nuestro destino es ser enaltecidos con Cristo; pero a condición de que bajemos con Cristo hasta hacernos como él siervos de todos.

No habrá enaltecimiento si no hay abajamiento. El cielo a donde vas es inseparable de los pobres a los que eres enviada.

Hoy, comulgando con Cristo, comulgas con tu destino y con tu camino.

Hoy, con Cristo, subes al cielo y eres enviada a los caminos de los hombres, a evangelizar a los pobres.

Déjate bendecir, Iglesia discípula del Señor, déjate bendecir por el que te precede y va a prepararte lugar en la casa que es Dios. Póstrate ante él y, con el corazón lleno de alegría, ve a recorrer los caminos donde te esperan los hambrientos de justicia, los que esperan el evangelio de la salvación.

En el camino de Jesús, hacia el destino que es Cristo Jesús, te guiará, Iglesia en misión, el Espíritu de tu Señor.

Feliz domingo.

 

  1. D.: Hoy la humanidad ha traspasado la frontera de Dios: ¡Boza! ¡Boza! ¡Boza![1]

 

[1] Boza: es el grito de los emigrantes al pisar la tierra que soñaron durante todo el camino.

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El amor hace nuevo el universo

Considéralo el uniforme de la institución, la señal por la que puedan ser reconocidos los discípulos de Jesús: “Que os améis unos a otros como yo os he amado”.

Cada vez que celebramos la Eucaristía nos sumergimos en ese misterio de amor que hemos de imitar en la vida: confesamos el amor que Dios nos tiene, entramos en comunión con el Hijo de Dios que, en el don sacramental, nos manifiesta el amor extremo que había manifestado en la entrega de su vida.

Cada vez que celebramos la Eucaristía entramos en esa escuela de amor para recibir, con el cuerpo de Cristo, su forma de amar: “Que os améis unos a otros como yo os he amado”.

Se acercan ya los días de la separación. Jesús, glorificado, exaltado a la derecha de Dios, vuelve al Padre. Vuelve, pero se queda. Vuelve al Padre y se queda con nosotros en el amor con que nos amamos.

Ése es el camino que lleva al mundo nuevo, a la nueva humanidad: “Que os améis unos a otros como yo os he amado”.

Ése es también el testamento de Jesús, el mandato nuevo, su mandato, el que da a los suyos cuando ya le queda poco de estar con ellos: “Que os améis unos a otros como yo os he amado”.

Acogido, abrazado, cumplido, ese mandato hace nueva la tierra, nuevo el cielo, nueva la ciudad santa.

Este mandato, acogido, abrazado, cumplido, hace de ti, Iglesia de Cristo, la morada del amor, la morada de Dios con los hombres

El amor que es Dios, enjugará las lágrimas de los que lloran: “Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor”.

El amor que es Dios, el amor con que eres amada en Cristo, el amor con que Dios ama en ti, ese amor hace nuevo el universo.

Escucha el mandato. Comulga el mandato. Entra por la Eucaristía en la novedad del mundo.

Feliz domingo, Iglesia discípula del amor.

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Tangibles como el pan:

La hora es de pasión.

Es de noche.

Es hora y noche de traiciones y cobardías, ambiciones y miedos, lágrimas y desesperanzas.

¡Pobres discípulos de Jesús! ¡Pobre Iglesia!: Comunidad de ilusos, asamblea ridícula de galileos fatuos, pescadores crédulos ¡y mujeres!

La cruz del amigo, aquella cruz en la que fue clavado el Maestro, el Señor, aquella cruz envuelve en luz negra lo que a los discípulos les queda de la vida.

El Nazareno se ha llevado consigo a la cruz, a la muerte, las esperanzas de todos, y les ha dejado en herencia frustración, amargura y miedo.

El templo mantendrá intactos su velo y sus atrios, la muerte su chantaje, ¡y el corazón sus divisiones!: habrá todavía esclavo y libre, judío y gentil, hombre y mujer, explotado y explotador.

Con aquel Nazareno, en su cruz, no moría una nueva religión sino una nueva creación: moría una humanidad nueva, un mundo de hermanos, un mundo sin fronteras. Moría un sueño.

Pero algo irrumpió en la oscuridad de la noche.

Los testigos dejaron noticia de ello en unas palabras: “No está aquí. Ha resucitado”. Ha resucitado el amigo. Y con él ha resucitado la esperanza.

Luego, aquellos testigos añadieron otras palabras: “El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero”.

En la noche se difunde la noticia: hay mundo nuevo y nueva humanidad.

Aquella es hora y noche de libertad conquistada, de salvación ofrecida, de gracia derramada, de Espíritu desatado sobre la faz de la tierra, de viento celeste que remueve las losas de las tumbas.

Resuena en la noche la voz del Nazareno que pone novedad en las viejas palabras del salmista: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado”.

Oigo la voz de la humanidad redimida que, unida a Cristo su Señor, evoca su propio éxodo desde la muerte a la vida: “Sacaste me vida del abismo; me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa”.

El mundo, la humanidad, las palabras, todo es nuevo si el Nazareno se acerca y lo ilumina con la luz de su presencia, todo es verdadero si Cristo ha resucitado.

Todo, también mi vida y la tuya, mi esperanza y tu esperanza, tu paz y la mía, son nuevas y verdaderas si Cristo vive, si “Jesús se acerca, toma el pan y nos lo da”.

Por eso hoy, los pobres nos reunimos en asamblea eucarística, porque necesitamos extender la mano y recibir el pan de Cristo Jesús, el pan que es Cristo Jesús. Necesitamos comulgar con Cristo resucitado.

Tangibles como ese pan serán para nosotros la dicha, la paz, la esperanza y la vida.

Feliz domingo para todos los moradores del mundo nuevo.

 

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Que ilumine a los pobres la luz de la resurrección:

Es el día octavo de nuestra fiesta de Pascua. La comunidad reunida en torno a Cristo resucitado, vuelve a entonar con él su salmo de alabanza al Dios de la vida: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.

Puedes decirlo con la casa de Israel; puedes decirlo con la casa de Aarón; puedes decirlo con los fieles del Señor; pero no dejes de decirlo con Cristo resucitado: “Eterna es su misericordia”.

Si confiesas que “Cristo ha resucitado”, vas diciendo que Cristo está en Dios; vas diciendo que aquel a quien viste crucificado, vive para siempre con la vida de Dios; vas diciendo que Cristo  está sentado a la derecha de Dios en el cielo; ¡y todo “porque el Señor es bueno, porque es eterna su misericordia”!

Si confiesas que “Cristo ha resucitado”, vas diciendo que Cristo está en ti; que aquel a quien tu fe contempla glorificado, vive contigo para siempre, vive en ti por su Espíritu, y por medio de ti continúa llevando a los pobres la buena noticia del Reino de Dios, ¡y todo “porque el Señor es bueno, porque es eterna su misericordia”!

Si confiesas que “Cristo ha resucitado”, vas diciendo que tu vida –tu pequeñez, tu debilidad, tu fragilidad, tu pobreza, tu miseria, tu noche- está escondida con Cristo en Dios; y que la vida de Dios –su grandeza, su fuerza, su poder, su gloria, su misericordia, su luz- está escondida con Cristo en ti.

Por eso, Iglesia cuerpo de Cristo, tu salmo es el de tu Señor, pues es de los dos la alegría y el gozo de este día en el que Dios hizo maravillas de amor, es de los dos la salvación cumplida en este día, es de los dos la prosperidad alcanzada.

Tú lo vas diciendo con Cristo resucitado, y él ya nunca lo dirá sin ti: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. Y a vuestro canto se unirá en todo tiempo el coro de los que van siendo iluminados por la caridad de la Iglesia con la luz de la resurrección de Cristo.

A vuestro canto se unirán los que crean sin haber visto, los que creyendo reciban de Cristo resucitado la paz y el Espíritu, los que se hayan acogido en ti a  la misericordia de Dios y hayan recibido de ti su perdón, lo que hayan conocido que Cristo vive porque tú los has amado.

“Alegraos en vuestra gloria, dando gracias a Dios, que os ha llamado al reino celestial”, a la vida con Cristo, a la gloria de su resurrección.

Feliz Pascua, queridos.

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