¿Dónde vives?

“Al día siguiente, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios»”.

La revelación inicial llega a aquellos discípulos a través de la voz de un testigo.

También nosotros la hemos recibido de esa manera.

Para ellos el testigo fue Juan. Para nosotros lo fueron una madre, un catequista, un maestro, un sacerdote, un amigo.

Como aquellos discípulos, también nosotros empezamos desde entonces a seguir a Jesús.

Hoy es para nosotros la pregunta que Jesús les hizo a ellos: “¿Qué buscáis?”

Y hacemos nuestra la pregunta que ellos hicieron a Jesús: “Maestro, ¿Dónde vives?”

Él nos dirá: “Venid y veréis”.

No es tiempo de cumplir con obligaciones dominicales: es hora de seguir “al Cordero de Dios”, es hora de “ir y ver dónde vive”.

Habrás observado que el evangelio dice que los discípulos “fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día”; pero no dice dónde vive Jesús.

Si queremos saberlo, hemos de ir y ver, hemos de recorrer personalmente el camino que lleva, no a una dirección postal, sino al corazón del misterio de Dios.

Si vas, verás dónde vive Jesús y permanecerás con él.

El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará,  vendremos a él y haremos morada en él”. Si sigues a Jesús por el camino del amor y de la obediencia a su palabra, verás dónde mora: ¡Él, con el Padre, habita en ti!

Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”. Jesús, el Cordero de Dios, el Siervo obediente al mandato de Dios, habita en el amor del Padre.

En la Eucaristía escuchas la palabra del Señor. Si la acoges para guardarla, se te revelará dónde él habita y te quedarás con él, pues guardando la palabra en tu corazón, allí habrás acogido a tu Señor.

Hoy le recibes, comulgas con él, lo llevas contigo a tu vida.

Y ya no te atreves a preguntar: “Maestro, ¿dónde vives?”, porque la fe de la comunidad te va diciendo: ¡Vive en ti!

Que Cristo viva en ti, que tú vivas en él, es sólo cuestión de fe y de amor.

Feliz domingo.

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“Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”

Escucha los latidos del corazón de Dios: “Oíd, sedientos todos, acudid por agua… Venid, comed sin pagar; vino y leche de balde… Escuchadme atentos… Inclinad el oído, venid a mí: escuchadme, y viviréis”.

Son imperativos de amor, mandatos de misericordia, una invitación apremiante a que entremos en el banquete de la alianza nueva y eterna que el Señor sellará con su pueblo.

Y tú, Iglesia de sedientos, acudes creyente a Cristo Jesús, y en él bebes un agua que salta hasta la vida eterna; acudes humilde a Cristo Jesús, y, en él, Dios se te vuelve gracia, plenitud de gracia, pura gracia.

Gracia es para ti el vino del Reino de Dios.

Gracia es para ti la tierra prometida, una tierra que mana leche y miel y en la que has entrado al ser bautizada en Cristo Jesús.

Gracia es para ti la eucaristía que celebras, el Cuerpo de Cristo que recibes, el Esposo al que estás unida para siempre en admirable comunión.

En verdad, Iglesia esposa de Cristo, Iglesia en comunión con Cristo, tus hijos hemos sacado aguas con gozo de las fuentes de la salvación.

A una sola voz, en una sola Iglesia, en el único cuerpo de Cristo, podemos decir con el Salmista: “El Señor es mi Dios y salvador… mi fuerza y mi poder es el Señor, el fue mi salvación”.

Eso es lo que tú dices del Señor. Escucha ahora lo que el Señor dice de ti.

En la voz de Juan, ya se habla de Jesús y de ti: “Detrás de mí viene el que puede más que yo…  Él os bautizará con Espíritu Santo”.

Y te asombras de lo que vislumbras: Tú eres el cuerpo de Cristo. Tú eres el cuerpo de aquel que puede más que Juan el Bautista. Tú eres el cuerpo de aquel que bautiza con Espíritu Santo.

Pero aún es más sorprendente, asombroso, inefable y dulce el misterio que hoy se te revela, no ya en la voz de Juan, sino en “una voz del cielo”: “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”.

Escúchala como la escuchó Jesús.

Guárdala como la guardó Jesús.

Déjate guiar por ella como se dejó Jesús.

Adonde vayas, irá un hijo de Dios, un predilecto de Dios.

Lo decimos de la Iglesia, cuerpo de Cristo; lo decimos de cada uno de los hijos de la Iglesia, miembros del cuerpo de Cristo: “Tú eres mi hijo, mi predilecto”.

Y cuando lo decimos, lo decimos unidos al Hijo único, al “Hijo amado, al predilecto de Dios”, a Cristo Jesús.

Ya nada decimos sin él. Ya nada sabemos de nosotros que no hayamos aprendido de él y en él.

Gritad jubilosos, hijos de la Iglesia: “Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel”.

Y que nunca deje de resonar en tu corazón la voz del cielo: “Tú eres mi hijo, mi predilecto”.

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Feliz encuentro con el amado

Todavía es Navidad. Todavía celebramos la venida del Señor, su epifanía, la manifestación de su gloria en la fragilidad humilde de nuestra carne.

Hemos visto salir la estrella de nuestro Rey y venimos a prestarle vasallaje: en su mano, aunque la veas pequeña, todavía mano de niño en brazos de su madre, en esa mano está el reino y la potestad y el imperio.

Del día de la Epifanía y de la noche que lo precede la tradición ha hecho un tiempo para la ilusión de los niños.

Los creyentes, sin que nadie nos prive de ilusiones, somos invitados a hacer de este día un tiempo para vivir acontecimientos de salvación.

Guiados por la estrella de la fe, hoy somos nosotros quienes entramos en la casa, en la asamblea eucarística, para “ver al niño con María, su madre”.

Lo que en aquel tiempo vivieron unos magos de Oriente, es lo que se nos concede vivir hoy en el misterio de nuestra celebración.

Cristo Jesús ha venido para nosotros, nos ha nacido el Rey, hemos visto salir su estrella, ha aparecido el que es nuestra luz, ha amanecido sobre nosotros la gloria del Señor, ha llegado nuestro Dios.

El primer regalo que le hacemos es el de nosotros mismos, el de nuestra propia vida… el mismo que le hicieron aquellos magos que, al ver a Jesús, “cayendo de rodillas lo adoraron”.

Postración y adoración indican lo que aquel Niño es para ellos, y lo que ellos son para aquel Niño.

A ese Niño, a ese Rey, el Señor Dios le ha confiado su juicio, su justicia, su rectitud, su paz, y todo se lo ha confiado para nosotros, para que nos alcance la paz, la rectitud, la justicia, el juicio que vienen de Dios.

Después, aquellos magos, “abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.”

Lo mismo que la postración y la adoración, también los regalos hablaban de quien los recibía, y hablaban de quienes los hacían: oro, incienso y mirra eran artículos de su credo, eran declaración de fidelidad, proclamación de la soberanía del Rey sobre la vida de quienes ante él se han postrado y para él han abierto sus cofres.

Pero en los acontecimientos de este día la liturgia atisba otros misterios, otros significados: Hoy la estrella condujo a los magos a donde estaba el niño con su madre; hoy la Iglesia se ha unido a su celestial Esposo, porque Cristo la ha purificado de sus pecados; hoy, los magos de Oriente acuden a las bodas del Rey, y los invitados se alegran porque a la mesa de este banquete de bodas ya se sirve el vino del Reino de Dios.

Con los magos, póstrate y adora.

Alégrate con los invitados a la boda.

Como esposa, abrázate a tu celestial Esposo, hasta que seas con él una sola carne, pues él se entregó a sí mismo por ti, para consagrarte, para que te presentases ante él gloriosa, santa, inmaculada.

Él es hoy su regalo para ti. Y sólo cabe que tú misma seas hoy tu regalo para él.

Feliz encuentro con el amado, Iglesia esposa de Cristo.

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Un mundo de hermanos

Hoy la Iglesia fija en María, Madre de Jesús, la mirada contemplativa, aunque el motivo de esa mirada sea siempre el Jesús de María, del que todavía celebramos el misterio de su nacimiento.

Te fijas en la Madre: “¡Salve, Madre santa!, Virgen, Madre del Rey”, y te asombras de la grandeza del Hijo: “el Rey que gobierna cielo y tierra por los siglos de los siglos”.

Te fijas en el Hijo que nos ha nacido: “Es su nombre: Admirable, Dios, Príncipe de la paz, Padre perpetuo”, y te asombras de la maternidad virginal, de la humildad agraciada, de la mujer creyente y bendecida por la que nos han llegado los bienes de la salvación.

En tu mente, en tu corazón, en tu fe, a ese Hijo que se nos ha dado, ya nunca lo separarás de la Madre por quien lo hemos recibido; y a esa Madre, a María de Nazaret, ya nunca la verás sin el Hijo que, de ella, para nosotros ha nacido.

Si dices María, dices Madre de la bendición con que Dios nos ha bendecido, Madre del consuelo con que Dios nos ha regalado, Madre de la luz con que Dios nos ha iluminado, Madre del favor con que Dios nos ha agraciado, Madre de la ternura con que Dios nos ha mirado, Madre de la Paz con que tu Dios te ha enriquecido.

Tú dijiste: “El Señor tenga piedad y nos bendiga”; y la piedad del Señor te concedió Madre y bendición, Madre y redención, María y Jesús.

Tú dijiste: “El Señor tenga piedad y nos bendiga”; y “envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción”.

Tu mundo, el de tu fe, es un mundo de hijos de Dios.

Y eso lo confiesas todos los días de tu vida, pues todos los días vas diciendo: “Padre nuestro”. Y si a tus labios no suben las palabras de esa oración, en tu corazón el Espíritu de Jesús clama siempre: “¡Abba! ¡Padre!”.

Tu mundo, el de tu fe, es un mundo de hermanos.

Recuerda el misterio revelado a los pastores en la noche de la Navidad, la buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: “Os ha nacido un salvador, el mesías, el Señor”.

Con María, conserva todas esas cosas meditándolas en tu corazón.

Y la gracia te llevará de la mano al mundo nuevo que está naciendo: es el mundo del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; es su proyecto eterno de amor; es el mundo de los salvados, de los redimidos, de los agraciados por Jesús, el hijo de María; es el mundo de los ungidos por el Espíritu de Jesús; es un mundo de hijos de Dios; es un mundo de hermanos en Cristo Jesús.

Por ser gracia de Dios para nosotros, por ser el paraíso que Dios soñó para sus hijos, ese mundo es nuestra misión, nuestra tarea, nuestra responsabilidad.

Dios ha puesto el paraíso en nuestras manos. Trabajarlo es aprender a ser hermanos.

Feliz trabajo.

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Una familia para la fe

En este domingo, en que la palabra de Dios parece ocuparse sobre todo de Abrahán, en realidad está toda ella referida a Cristo Jesús, hijo de María y de José, hijo de Abrahán, hijo de Dios.

Él es en verdad el heredero salido de las entrañas de Abrahán.

El Señor se fijó en Sara, que se rio cuando le anunciaron que sería madre del que había de venir; ella concibió y dio a luz un hijo, al que Abrahán llamó Isaac, el ofrecido y recobrado como figura del futuro, es decir, el ofrecido y recobrado como figura de Cristo Jesús.

Por fe obedeció Abrahán. Por fe concibió Sara. Por fe fue ofrecido y recobrado Isaac. Por fe concibió María. Por fe, José le puso el niño el nombre de Jesús.

El misterio que hoy celebras, Iglesia cuerpo de Cristo, pone delante de tus ojos a una familia cuyo lazo de unión no es la sangre sino la fe.

Por la fe, la familia que forman Jesús, María y José es familia de Abrahán, heredera de las promesas, y es también nuestra familia.

Hoy no se nos invita a que imitemos los ejemplos de una familia de sangre que no conocemos, sino a tomar conciencia de la familia de fe a la que pertenecemos.

En distintas ocasiones habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en este etapa final, nos ha hablado por el Hijo”.

Somos una familia que se forma en torno a la palabra de Dios.

Quien escuche y cumpla esa palabra, ése será hermana y hermano y madre de Cristo Jesús.

Por la fe con que la palabra de Dios se cumple en nosotros, nos hacemos familia de Jesús.

Fíjate ahora en el niño que es presentado al Señor. Tómalo en brazos como hizo el anciano Simeón, y verás tú también el sacramento de la salvación que te viene de Dios, el que es “luz para alumbrar a las naciones y gloria del pueblo de Israel”. Asómbrate con José y con María por lo que la fe te dice de ese niño. Asómbrate por lo que Dios está haciendo en tu favor, fíjate en el sacramento, fíjate en el niño, y nunca dejarán de iluminarte su luz y su gloria –ese niño nunca dejará de iluminarte si te mantienes unida a él por la obediencia de la fe-.

Y si revivimos hoy el encuentro con el sacramento de nuestra salvación –aún lo tienes en tus brazos-, revivimos también el encuentro con nuestro Dios, que aparece en el mundo y vive entre los hombres: y por la fe lo acogemos en su palabra, en su eucaristía, en la comunidad de los fieles, en la persona de quienes nos presiden en la caridad, en los pobres…

Lo confesamos con asombro y admiración: Por la fe somos familia sagrada de Dios y de los pobres; es madre nuestra la madre de Jesús; es Padre nuestro su Padre; cuida de nosotros el amor discreto y entrañable de José de Nazaret; y el mundo se nos ha llenado de hermanos con los que compartir lo que somos y lo que tenemos.

Pero ésta es una familia que sólo existe para la fe. Y ésta es una fe que sólo se encuentra en la familia sagrada de Jesús.

Feliz fiesta de familia.

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Navidad, eucaristía, pobres: en todo te visita tu Dios

Los textos para la Misa del día de Navidad nos ayudan a entrar en el misterio de ese niño que nos ha nacido.

Lo que has visto en la noche, te dejó en el corazón la memoria de un niño, un recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre: te atrajo su pequeñez, te asombró su fragilidad, te enamoraste de su pobreza, reconociste su humanidad.

Ahora, la palabra te toma de la mano y te lleva a la contemplación de lo que no se ve.

El niño que has visto, anuncia la paz por la que claman los amados de Dios, trae la buena noticia que necesitan los pobres.

El niño que has visto, es consuelo de Dios para su pueblo, es rescate de Dios por nuestra vida.

En ese niño, envuelto en pañales y acostado en un pesebre, “los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios”, en ese niño han visto a Dios cara a cara,

En la noche se te ha anunciado el parto de la Virgen María, te has asombrado por la humildad del nacimiento de Jesús, has visto cosas que guardarás como un tesoro en tu corazón.

Ahora se te revela el misterio de un Hijo que es “reflejo de la gloria de Dios e impronta de su ser”, un Hijo que “sostiene el universo con su palabra poderosa”, un Hijo por el que Dios nos ha hablado en esta etapa final de la revelación.

Aquel niño, ese Hijo, es la Palabra que estaba junto a Dios, es la Palabra que todo lo ha creado, es la luz verdadera que alumbra a todo hombre.

Aquel niño, ese Hijo, es la Palabra hecha carne, que “acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”.

El misterio de la Navidad lo revivimos en el misterio de la eucaristía, en el que la Iglesia aprende la humildad sublime de lo que vemos, y confiesa la grandeza humilde de lo que no se ve.

Vemos un pan, un humilde pan, un sencillo y pobre pan, que se reparte entre todos porque, siendo muchos, somos uno, porque, siendo diferentes, somos hermanos, porque sencillamente nos amamos.

Vemos un pan y confesamos la grandeza de lo que celebramos: Dios-contigo, Dios-con-nosotros, como una eterna Navidad; la Luz, la Palabra, el Hijo de Dios acampando en nuestro corazón, entrando en nuestra vida, iluminando nuestra noche.

Pero es aún más asombros el misterio de Navidad que revives en tu encuentro con los pobres.

En ellos, en su hambre y en su sed, en su desnudez y en su soledad, encuentro a mi Dios más humilde si cabe que en el pan de la eucaristía: Dios indigente, Dios necesitado de mí, Dios saliendo a mi encuentro para hacerme rico son su pobreza. Sólo veré pobres: pero en ellos me visitará el Señor del cielo y de la tierra.

Navidad, eucaristía, pobres: en todo te visita tu Dios.

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“Mira a tu Salvador que llega”

Nombres y verbos para Dios y para ti, ése es el regalo que deja en el árbol de tu vida el misterio de la Navidad que estamos celebrando.

Fíjate en nombres y verbos: “Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene, el Santo, el Salvador del mundo”.

Son nombres y verbos que Dios te da: “Los llamarán «Pueblo santo», «Redimidos del Señor», y a ti te llamarán «Buscada», «Ciudad  no abandonada»”.

Esos nombres y esos verbos no son regalo que desenvolvemos y olvidamos, sino que lo guardamos en el corazón y disfrutamos con él.

Guarda allí la memoria de lo que hoy has visto y oído, la memoria de ese niño que has encontrado acostado en el pesebre, ese hijo que ha nacido para ti: “Ha aparecido la bondad de Dios”, has encontrado su amor el hombre, ha venido a ti su misericordia.

Éste es un día de revelación asombrosa de la gracia del Señor tu Dios: es él quien anuncia la salvación que esperas; es él quien te da nombres que tú ni siquiera podrías sospechar: “Pueblo santo”, “Redimidos del Señor”; es él quien te busca, porque te ama; es él quien jamás te ha abandonado aunque tú la hayas olvidado.

Amanece el día de Navidad: “Amanece la luz para el justo y la alegría para los rectos del corazón”; amanece la buna noticia para los pobres, la gracia para los pecadores, la paz para los hombres que ama el Señor.

Alégrate siempre, canta sin desfallecer. Mira a tu rey, mira a tu Dios, mira a tu salvador: mira y alégrate, mira y canta.

Y que a tu alegría y a tu canto lleguen un día a unirse todos los pobres de la tierra, pues para ti –Iglesia de pobres-, para ellos –pobres llamados a ser Iglesia-, nació el Señor tu Dios.

Todos lo conocerán si conocen tu alegría y tu canto: todos lo conocerán si conocen tu fe, tu esperanza, tu amor.

Todos los conocerán si parte con ellos el pan de tu mesa, el pan de tu vida, el pan que Dios quiso ser para ti.

Todos lo conocerán si en ti, ven a su salvador que llega.

Todos lo conocerán, y también ellos se alegrarán y cantarán y llevarán a otros pobres la noticia del amor que los ha salvado.

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Un pueblo en tinieblas, una luz en pañales

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras y una luz les brilló”.

El profeta nos toma de la mano para que entremos en el misterio de esta noche nuestra que, por ser la del nacimiento de Cristo Jesús, es llamada  con verdad la “noche-buena”.

Versículo a versículo, la profecía va componiendo en cada uno de nosotros, en la comunidad eclesial, en todas las criaturas de la tierra, un cántico nuevo al Señor nuestro Dios, va pronunciando una bendición para su nombre, va haciendo la narración de sus maravillas, una confesión asombrada y gozosa de lo que la fe celebra en esta noche. Y todo nuestro ser lo canta: “Hoy nos ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor”.

Tinieblas, sombras, noche, representan la ausencia penosa y oscura de lo necesario para que la vida sea digna.

¿Qué es lo que necesitamos en nuestra noche? No es riqueza, que se nutre de pobres. No es poder, que se levanta sobre humillados. No es la salud ni el bienestar, bienes deseables, pero frágiles, inconsistentes, de paso efímero como el humo.

Lo necesario para que la vida humana sea digna es cuanto la fe atribuye al ser de Dios: bondad, justicia, misericordia, solidaridad, generosidad, paz, amor…

Las tinieblas en que caminamos, esas sombras en las que habitamos, esa noche en la que nos movemos, representan nuestra indigencia de bondad, de justicia, de amor y de paz, nuestra pobreza de Dios, nuestra necesidad de la Navidad.

Indigentes de Dios eran aquellos hombres y mujeres a quienes interpelaron en su día las palabras del profeta. Indigentes de Dios somos ahora nosotros, los reunidos para la eucaristía de esta noche santa. Indigentes de Dios –de justicia, de bondad, de solidaridad, de ternura infinita-, son los pobres en los que Dios mismo se nos ha hecho indigente.

En esta noche, en nuestra noche, “nos ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor”.

Hoy, en la noche de todos los indigentes, “una luz les brilló”; hoy ha nacido Jesús de María: “Allí –en Belén- le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre”.

Así, envuelta en pañales y acostada en un pesebre se te mostrará la luz que te viene de Dios. Así, envuelta en pañales y acostada en un pesebre, entra en tu vida la justicia, la alegría, la abundancia, la paz. Así, en un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre, viene a ti aquel cuyo nombre es “Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz”. Así, bajo la humilde apariencia de un pan, sobre limpios corporales, en la mesa de tu eucaristía, brilla hoy para ti el misterio de la Navidad. Así, en cada hermano pobre para quien hayas sido buena noticia, habrás encontrado y acogido y envuelto en pañales de ternura a Cristo Jesús.

Si has encontrado tu Luz, si la has recibido, si te has dejado abrazar abrazándola, el corazón encontrará las palabras de tu cántico nuevo, y con todo tu ser bendecirás al que, en este Niño de María, en esta Luz de Dios, te ha bendecido con todo su bien, con todas las bendiciones del cielo.

Feliz Navidad.

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«Mi favorita», «Desposada»

En esta celebración vespertina  en la vigilia de Navidad, los verbos de la revelación se conjugan todavía en futuro, pero ya anuncian lo que va a suceder mañana:

Hoy vais a saber que el Señor vendrá y nos salvará, y mañana contemplaréis su gloria”.

Se revelará la gloria del Señor, y todos verán la salvación de nuestro Dios”.

Mañana quedará borrada la maldad de la tierra, y será nuestro Rey el Salvador del mundo”.

Entra en el misterio que hoy se te revela, entra en el corazón de Dios, y allí, de su puño y letra, encontrarás escrita una increíble declaración de amor: “Por amor de Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que rompa la aurora de su justicia… A ti te llamarán «Mi favorita», y a tu tierra, «Desposada», porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá marido. Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó”.

Me pregunto de quién anda enamorado el Señor, quién es la favorita, quién es la desposada.

Si le doy nombres simbólicos, la favorita se llama «Sión», la desposada se llama «Jerusalén».

Si intento nombrar la realidad, Dios se ha declarado a su pueblo, a los humillados de Sión, al resto que malvive en Jerusalén; Dios se ha declarado a un pueblo de pobres que ya no cuentan para nadie si no es para él.

De ese pueblo de pobres es ella, “María, de la que nació Jesús, llamado Cristo”. Dios la hermoseó sobremanera, la llenó de gracia, tanto que ya no te sorprende que la llame «Mi favorita», y sea por Dios «Desposada».

¿De qué gracia estamos hablando?, ¿de qué hermosura?

La gracia de María se llama Jesús. La hermosura de María se llama Jesús.

Tu gracia, Iglesia en adviento, se llama Jesús. Tu hermosura se llama Jesús.

La gracia de cada hijo tuyo se llama Jesús. La hermosura de cada hijo tuyo se llama Jesús.

Hoy, para todos, viene Jesús; y por su venida, a María de Nazaret, al pueblo de los pobres, a la Iglesia y a cada uno de sus hijos, nos llamarán: «La favorita de Dios», «La desposada por Dios».

Con María de Nazaret, con el pueblo de los pobres, con la comunidad que celebra la eucaristía, “cantaremos eternamente las misericordias del Señor”, pues misericordia eterna es la gracia, misericordia es la hermosura, misericordia sin fin es Cristo Jesús.

«Mi favorita», «Desposada»: Ésos son los nombres que Dios te ha dado.

«Mi favorita», «Desposada»: Eso te llamarás mañana, porque para ti nace Jesús.

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Abierto sólo para pobres

Mirad: la Virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Dios-con-nosotros”.

Dios-con-nosotros”: No es un grito de guerra, no es un grito de nada: es un nombre, es descripción, narración, noticia, es evangelio.

¿De qué Dios se habla?; ¿con quién está ese Dios?

Los poderosos saben que su Dios, el poder, está con ellos. Los fabricantes de pobres saben que su Dios, el dinero, está con ellos. Los dueños de vidas humanas y recursos económicos saben que su Dios, la arrogancia del poder y del dinero, está con ellos…

Me pregunto para quién son buena noticia esa Virgen y ese parto de los que habla el profeta.

Ni ella ni su parto son evangelio para políticos que se dicen cristianos y niegan a los humillados de la tierra el derecho a salir de su humillación. Ni ella ni su parto son buena noticia para eclesiásticos que en hombres, mujeres y niños que huyen de la esclavitud, apenas consiguen ver nada si no es una amenaza para el propio mundo de rutinas, de poder, de privilegios. Ni ella ni su parto representan nada para un mundo que se ha olvidado de cuidar a Cristo donde Cristo sufre, un mundo que no recibe a Cristo en los que tienen hambre, en los que tienen sed, en los que tienen frío, en los que carecen de un techo que los cobije, en los que mueren de soledad. Ni ella ni su parto son para quienes comulgamos fingiendo acoger a Cristo en la eucaristía y haciéndole ascos en el diferente, despreciándolo en el clandestino, ahogándolo en el emigrante, devolviéndolo al infierno apenas ha puesta pie a este lado de nuestras fronteras.

Las iglesias se han llenado de ahoga Cristos que fingen comulgar con él.

La Virgen y su parto dejan a un Dios pobre entre pobres, revelan a un Dios abandonado entre abandonados, nos asombran con la visión de un Dios emigrante entre emigrantes.

La Virgen y su parto dejan a Dios donde nadie lo hubiese esperado, tal vez donde nadie lo hubiese querido, y donde sólo los pobres lo pueden acoger y reconocer.

La Virgen y su parto son buena noticia para pobres, y sólo para pobres.

Nos quedaremos sin buena noticia –sin evangelio- obispos, curas, frailes y monjas, poderosos y conformistas, que nos servimos de los pobres y del Pobre para mantener la posición, supuestos cristianos que justificamos el horror que los pobres padecen, los hacemos culpables de los males que padecen, y pensamos que, después de todo, la muerte, los pobres se la han buscado, pensamos incluso que han sido tan necios que, para morir, han pagado lo que no tenían.

Todos corremos el riesgo de quedarnos sin navidad, aunque nuestras mesas se llenen de cosas superfluas en las que hemos gastado lo que los pobres necesitan para pan.

Mirad: la Virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Dios-con-nosotros”: Dios con los pequeños, Dios con los humildes, Dios con los lisiados, Dios con los que nada tienen, puede que ni siquiera fe en Dios. Dios con los bebés perdidos en el mar; Dios con las mujeres que nunca llegarán a otro puerto que el de la prostitución, el de la trata, el de los esclavas sexuales; Dios con los desahuciados, con los mutilados, con los maltratados, con los asfixiados por el poder económico, por el poder político, por el poder…

Sólo para los pobres hay navidad. Sólo para ellos es este evangelio: “Mirad: la Virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Dios-con-nosotros”.

¡Sólo para pobres!

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