Más cerca de ti que tu propia soledad

Estamos viviendo una anomalía, y no es porque se nos haya confinado en el recinto de nuestras casas, pues enclaustrados han estado siempre los contemplativos, y siempre nos pareció normal que lo estuviesen.

Lo anómalo, lo que cae fuera de lo que hasta ahora hemos vivido, es que nos hayamos enclaustrado para protegernos de los demás y para proteger a los demás de nosotros mismos.

Nos hemos enclaustrado porque yo soy una amenaza para ti, y tú lo eres para mí.

En esa situación, mi modo de ayudarte es que me aparte de ti; tu modo de ayudarme es que no te acerques a mí.

Y también sé –lo sabemos los dos- que si me aparto de ti, no me olvido de ti.

Es como si ahora estuviese contigo –con todos- mucho más de cuanto no lo haya estado nunca, pues te ausenté de mí para ocuparme de ti, y tu ausencia obligada de mi lado ha hecho permanente tu presencia dentro de mí.

Hoy más que nunca, esa presencia me mantiene unido a mi familia, a mis hermanos franciscanos, a mis amigos, a los emigrantes de todos los caminos, a los sin techo de todas las ciudades, a quienes conmigo han celebrado alguna vez la Eucaristía, a quienes conmigo habrían de celebrarla este día si hubiese sido un domingo habitual.

Estamos viviendo una asombrosa paradoja: separados de todos y unidos a todos.

Esa paradoja es verdadera también en nuestra relación con Cristo Jesús, yo diría que lo es sobre todo en esa relación.

Muy probablemente, éste será para ti un domingo sin la acostumbrada Eucaristía con tu comunidad de fe.

Puede que el corazón te sugiera decirle hoy a Jesús las palabras que le dijeron en aquel tiempo Marta y María, las hermanas de Lázaro: “Si hubieras estado aquí”

Pero tú no se las dirás, porque sabes que en tu abandono, él, tu amigo, está más cerca de ti que tu propia soledad.

Puede que hoy te falte el Pan de la Eucaristía, pero no te faltará el Señor que en ella se te entrega.

Y en el silencio de tu casa, como si estuvieras en el bullicio de tu comunidad, escucharás dirigidas a ti las palabras de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí no morirá para siempre”.

Necesitamos oírlas pronunciadas sobre nuestra esperanza, para que a nadie falte el gozo de vivir.

Y necesitamos pronunciarlas también sobre la memoria de quienes ya nos han dejado, para que a nadie falte la certeza de que esos hermanos nuestros nos han dejado para vivir en el gozo de su Señor.

El que dijo: “Yo soy la resurrección y la vida”, resucitando de entre los muertos, ha abierto desde dentro todos los sepulcros. La muerte quedó contaminada para siempre por la Vida.

Y es él, la Vida, el que hoy está contigo, en tu casa, más cerca de ti que tu propia soledad.

Feliz domingo, hermana mía, hermano mío.

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«Me lavé y empecé a ver»

La mañana de la resurrección del Señor no sucedió nada que mereciese la atención de los historiadores.

Fue un amanecer como todos los amaneceres.

Pero aquella mañana hubo prisas inusitadas, sobresaltos, miedos y alegría nunca antes experimentados. Y todo por unas palabras, unas pocas y humanas palabras que sólo Dios podía juntar, y que, juntadas por él, quebraron para siempre el misterio de la muerte: “no está aquí: ha resucitado”.

Quienes las oyeron y creyeron, vieron sus vidas trastocadas del todo y para siempre.

No está aquí: ha resucitado”. Es éste un anuncio que no puede ser noticia, porque no lo son jamás las cosas de Dios.

Hoy tampoco lo será la presencia del Señor resucitado, aunque la fe lo reconozca con certeza en medio de los fieles, en el confinamiento de la casa familiar, en el corazón de cada uno de nosotros.

Al mundo de la fe pertenece también la piscina del Enviado y lo que tú has vivido en ella: la luz que en ella te iluminó, el mundo nuevo que te entró por los ojos desde que, por el bautismo, te sumergiste en la muerte y resurrección de Cristo Jesús.

Nada de eso llegará a los noticiarios del mundo, pero tú, con todos los bautizados, lo estarás celebrando en la comunidad de fe: “el Señor me untó los ojos, fui, me lavé y empecé a ver y a creer en Dios”.

Cristo Jesús, tu Señor, él es el corazón de tu fiesta, la razón de tu eucaristía, la luz que vino a la oscuridad de tu noche para conducirte al esplendor de la fe.

Ahora somos luz en el Señor”. Y el apóstol nos apremia: “Caminad como hijos de la luz”.

Caminad escuchando la palabra de Cristo Jesús.

Caminad en comunión con Cristo Jesús.

Caminad imitando al que es vuestra Luz.

Caminad aprendiendo la bondad de Cristo Jesús, la justicia de Cristo Jesús, la verdad de Cristo Jesús.

Caminad aprendiendo a Cristo Jesús: seguidle, y tendréis la luz de la vida.

No será noticia para nadie, pero tú, de la mano de Cristo Jesús, has entrado hoy en la casa del Señor, su bondad y su misericordia te acompañan, ellas serán tu escolta todos los días de tu vida.

Aunque camines por cañadas oscuras, nada temerás, pues te sosiega la voz del amado, la luz que él ha encendido dentro de tu corazón.

Seguro que no será noticia para nadie, pero lo que vives hoy en la Eucaristía se quedará contigo hasta el cielo.

Hoy para ti se pronuncian palabras que sólo Dios puede juntar.

Feliz encuentro con Cristo Luz.

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Realizar lo soñado

Es la primera vez: ¡La Eucaristía dominical celebrada a puerta cerrada!

Un virus nos ha hecho tomar conciencia de una amenaza y ha hecho sonar las alarmas como si a todos y de repente se nos hubiese acercado la muerte.

Sin pretenderlo, ese virus nos ha acercado también a la pequeñez de nuestra comunidad, a la alegría de celebrar juntos nuestra fe, al misterio del encuentro de todos con Cristo Jesús.

En nuestro oratorio de todos los días, habitualmente reservado a la Liturgia de las horas y a la soledad contemplativa, reunidos hoy para la Eucaristía, los hermanos parecíamos discípulos en un cenáculo, también samaritanas en busca de agua para beber. Discípulos-samaritanas en torno a Jesús.

En aquel cenáculo soñé un mundo de hermanos que se saben responsables unos de otros, que todo lo viven serenamente porque se tienen unos a otros, que todo lo viven esperanzados porque la fe los ilumina, porque han encontrado a Cristo Jesús.

En aquel cenáculo soñé un mundo de hermanos en torno a una mesa en la que Dios es de todos, en la que el pan es para todos, en la que el amor llena el corazón de todos, y la paz se precipita como un río de hermano a hermano porque todos se saben amados.

En aquel cenáculo soñé que habíamos vuelto a nacer y que el mundo era nuevo.

Y el corazón se apresuró de alegría: en mis manos estaba hacer realidad el mundo que he soñado.

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Beber, creer, comulgar…

Torturado por la sed, el pueblo de Israel  murmuró en el desierto contra Moisés, diciendo: Danos agua de beber.

Empujada por la misma necesidad, una mujer de Samaria llega al manantial de Jacob para llenar su cántaro de agua.

Allí, sentado sobre el manantial y agotado del camino, está Jesús: también él tiene sed. Y le dice a la mujer: Dame de beber.

Era natural la sed de Israel  en el desierto. Era cotidiano el camino de la samaritana a aquella fuente. No te asombre la sed de Jesús, ahora insinuada, después gritada en el cruz, pues él lleva en la fragilidad de su cuerpo la sed de Israel, la de la samaritana, la tuya, la mía, la de la humanidad entera, también la de Dios.

Un día sabrás que, en su cuerpo agotado, Jesús lleva el sufrimiento del mundo: el hambre, la sed, la desnudez, la soledad de los pequeños de la humanidad: “Tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber…”.

Y sabrás también –lo aprenderás con la samaritana- que, en aquel hombre agotado del camino –en aquel crucificado que, a gritos, va diciendo su sed-, Dios mismo se ha hecho fuente de agua viva para todos los sedientos.

En darnos como nos dio esa fuente, “en darnos como nos dio a su Hijo”, a la Roca no le queda más agua que dar, a Dios nada más le queda con que pueda apagar nuestra sed. Y así, dándose, encarnándose, entregándolo todo por amor, ha dejado patente, ha puesto a la vista de todos, que también él, el Dios del cielo y de la tierra, padece de ausencia, que también él tiene sed: sed de Israel, su pueblo; sed de aquella samaritana sin marido; sed de ti, de mí, de la humanidad entera.

Si la encarnación ya te revelaba, Iglesia samaritana, el misterio de la sed de Dios, la pasión te lo desvelará gritado desde lo alto de la cruz: Tengo sed.

Tiene sed como nosotros. Tiene también sed de nosotros.

Y éste es, samaritana,  en el templo o en tu casa, el misterio de tu eucaristía de hoy: te acercas al “don de Dios”, a la fuente de agua viva; te acercas y escuchas; te acercas y comulgas; te acercas y bebes.

Bebiendo, apagas tu sed, y el agua que recibes, ese Hijo que se te da, el Espíritu que se te comunica, se convierte dentro de ti “en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.

Hoy, en muchos lugares, la sed de los hijos de la Iglesia se apagará lejos de la asamblea dominical, pero no lejos de la fuente que es Cristo Jesús.

Se acercarán a ella –nos acercaremos a Cristo- en la intimidad del corazón, en el ámbito sagrado de la familia, en el ámbito fraterno de la comunidad de vida consagrada.

Los informativos de los medios de comunicación no hablarán de ese encuentro con Cristo Jesús junto al pozo; pero tú sabes que puedes acercarte a él, que puedes escucharle, que puedes creer en él, que puedes beber en él, que en él puedes llenarte de una esperanza que salta hasta la vida eterna.

Y sabes también que ahí, dentro de ti, en tu familia, en tu comunidad, lo mismo que en la Eucaristía acostumbrada de tus domingos, el encuentro con el Señor no sólo apagará tu sed de Dios, sino que apagará también la sed que Dios tiene de ti; tú recibes el agua que necesitas y él se queda con lo que ama: contigo.

Feliz domingo, Iglesia amada de Dios.

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Una humanidad transida de luz

La vida de Jesús, la de los pobres, se enfrenta a la oscuridad de la muerte.

Sobre él, sobre ellos, se cierne el horror del abandono en que los deja Dios, del sinsentido al que los entrega la razón, del infierno que es sinsentido y abandono intuidos como eternos.

No sé si por comunión con Jesús, no sé si por comunión con los pobres, también nosotros bajamos al infierno, caminamos a tientas en el sinsentido, experimentamos la angustia del abandono.

Con Jesús, con los pobres, también nosotros decimos: “Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas. Que no triunfen de nosotros nuestros enemigos. Sálvanos de todos nuestros peligros”.

Pisoteados por la justicia, condenados por los poderosos, crucificados por la indiferencia de todos, Jesús y los pobres, Jesús y la Iglesia que es su cuerpo, tú y yo, necesitamos una promesa divina a la que abrazarnos en el naufragio de la vida, una luz por la que guiarnos en la oscuridad de la noche.

Necesitamos entrar en el misterio de nuestra existencia, ir más allá de la piel que nos protege, ver más allá de lo que se ve, entrar más allá de nuestra propia intimidad.

Necesitamos saber quién es Jesús, cuál es la esperanza reservada a los pobres, cuál es el destino del cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

Necesitamos saber para no morir de soledad.

Hoy, a sus pobres, a su Iglesia, Jesús nos toma consigo y nos lleva aparte a ‘su montaña alta’, a su humanidad resucitada, y nos la hace contemplar atravesada por la luz de Dios.

Entonces escuchamos las palabras de la revelación. Se dicen para Abrahán, para Jesús, para los pobres, para la Iglesia, para cada uno de nosotros:

Haré de ti un gran pueblo, te bendeciréCon tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo”.

Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto”.

A la luz de la fe, vemos y escuchamos.

A la luz de la fe, contemplamos y aprendemos.

Más aún, comulgando con ese Hijo amado, con el predilecto, comulgamos la luz de su resurrección, comulgamos la certeza de ser con él bendición para todas las familias del mundo.

Comulgando con ese Hijo, hemos aprendido a decir: «¡Padre!», y la memoria de su ternura y su misericordia se ha quedado para siempre en el secreto de nuestro corazón.

Comulgando con Cristo resucitado, llenamos de esperanza el cuenco de nuestros días.

Y soñamos con poner luz en la vida de los pobres, poner ternura en la soledad de sus caminos,  poner en sus manos el pan que necesitan, alimentar la esperanza en sus corazones, dejarles la certeza de que son amados, de que son como Jesús predilectos de Dios, de que son como nosotros hijos my amados de Dios.

Feliz domingo a todos los que soñáis una humanidad transfigurada, resucitada.

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Amar como Dios ama

Si hablamos de Dios,  hablamos de amor.

El salmista lo dijo así: “Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura”.

Desde su experiencia personal de la misericordia y la compasión de Dios, el salmista nos invitaba a reconocerla como nuestra, a confesarla como universal. ¡Y no conocía al Mesías Jesús!

Pero tú has creído en Jesús, tú lo conoces.

Y en Cristo Jesús se te ha revelado el misterio de un amor sin medida.

Él es el compadecido, el curado, el rescatado, el colmado de gracia y de ternura. Él es el resucitado.

En Cristo Jesús, los verbos que expresan la acción misericordiosa de Dios adquieren todos una dimensión de plenitud, de eternidad.

Decimos “en Cristo Jesús”, y decimos bien.

Pero la fe añade, y añade bien: “En Cristo” somos hijos de Dios; “por Cristo” tenemos acceso al Padre; “con Cristo” hemos sido crucificados, hemos sido sepultados, hemos resucitado, y estamos a la derecha de Dios en el cielo.

Y tú, Iglesia convocada a la eucaristía dominical, con el salmista y con Cristo bendices al Señor, pues te reconoces y confiesas compadecida, curada, rescatada, colmada de gracia y de ternura: ¡Resucitada!

Tú te reconoces y confiesas amada con un amor que los ríos no podrán anegar, que las aguas caudalosas no podrán apagar.

Y del amor sólo es digno el amor. El proverbio lo decía de aquella manera: «Amor con amor se paga

De ahí que el de amar sea el mandato que resume todos los mandatos: amar como Dios ama; amar como nos amó Jesús, “hasta el extremo”; amar sin fronteras; amar sin otra medida que la del amor que Dios nos tiene.

Y en ese amor entra el universo entero, la humanidad entera, también el enemigo –el corazón intuye que entra sobre todo el enemigo-.

Hoy lo cantamos con el Aleluya: “Quien guarda la palabra de Cristo, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a plenitud”. Que es como decir: La evidencia de que amamos a Dios es que guardamos la palabra de Cristo Jesús.

Amar, amar hasta que el amor se le haga herida a quien nos odia; amar hasta que el amor dé sentido a la existencia de quien sufre; amar hasta que el amor revele la dignidad divina de los humillados; amar hasta que seamos una evidencia de Dios compasivo y misericordioso; amar hasta que seamos una presencia viva del amor de Cristo Jesús.

Feliz comunión con Cristo resucitado.

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Los secretos del Reino

Jesús lo dijo así: “Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado los secretos del Reino a la gente sencilla”.

Y continúa diciéndolo así, porque continúa siendo así en este mundo nuestro, orgulloso de lo que ha conseguido saber y entender.

Sabios y entendidos se han hecho con la habilidad de Dios para crear, han descifrado cuanto Dios habría confiado al enigma del universo, están a las puertas de reducir a ecuación matemática los secretos del mundo, han hecho previsible una inminente declaración universal sobre la inutilidad de Dios.

Pero sabios y entendidos continúan sin conocer “los secretos del Reino, revelados”, hoy como ayer, sólo “a la gente sencilla”.

Sólo los sencillos tienen ojos para reconocer en Jesús el Reino de Dios, para acceder al misterio de Jesús, para entrar en el corazón de Dios y ver el mundo a través de los ojos de Dios.

Los sencillos no pretenden “ser como Dios”; lo suyo es “caminar en la voluntad del Señor”, “buscarlo de todo corazón guardando sus preceptos”.

Ellos tienen “una sabiduría que no es de este mundo”, una perspectiva que sólo se puede tener desde la mirada de Dios.

Puede que los sencillos no lleguen jamás al último planeta de nuestro sistema solar, pero a ellos se les ha revelado ya –desde los ojos de Dios han visto ya- que el mundo, esta tierra en la que vivimos, es un mundo de hermanos, es la casa de familia de los hijos de Dios.

Puede que los sencillos jamás lleguen a ver a Dios orbitando alrededor de la tierra, pero a ellos se les ha concedido reconocer el cuerpo de su Dios –el cuerpo de Cristo- en los que aman, en los que sufren, en el clamor de los pobres sobre la faz de la tierra.

Los sencillos no necesitan ir al cielo para encontrarse con Dios: ellos se han encontrado con su Señor, puede que sin saberlo, cuando lo acudieron drogado en portales inmundos, mendigo en las calles, prostituido y violado y asesinado, emigrante y humillado y abandonado.

Los sencillos no saben dar un paso sin tropezar con el Dios de Jesús, con el Jesús de Dios, sin acudirlo, sin abrazarlo, sin hacer presente el Reino de Dios.

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”.

Dichosos los humildes y sencillos que, llevando a Cristo en el corazón, son, como él, un sacramento del amor de Dios a los pobres.

A todos os deseo una dichosa comunión con Cristo.

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Bautizados con Cristo

Es todavía Navidad. Es ya el comienzo del Tiempo Ordinario. Es la fiesta del Bautismo del Señor.

El canto de la comunidad resume así el misterio que se celebra: “Apenas se bautizó el Señor, se abrió el cielo, y el Espíritu se posó sobre él como una paloma. Y se oyó la voz del Padre, que decía: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto”.

Si Cristo es bautizado, la Iglesia, que es su cuerpo, es bautizada con él.

Escucha la palabra del apóstol: “Estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo –estáis salvados por pura gracia-; nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con él”.

Donde el apóstol ha escrito que la gracia te ha salvado, que te han hecho revivir con tu Señor, que te han resucitado con él, que te han sentado con él en a la derecha del padre en el cielo, la fe te va diciendo que también te han bautizado con Cristo.

Escucha la palabra de la tradición: “La totalidad de los fieles, nacida en la fuente bautismal, ha nacido con Cristo en su nacimiento, del mismo modo que ha sido crucificada con Cristo en su pasión, ha sido resucitada en su resurrección y ha sido colocada a la derecha del Padre en su ascensión”. De la totalidad de los fieles, de ti y de mí, pudo el Papa León Magno haber dicho también que bajamos con Cristo a las aguas de su bautismo en el Jordán, aguas místicas que eran figura de la muerte en la que Cristo había de ser bautizado para nuestra salvación.

Ahora, Iglesia bautizada, atiende a lo que Jesús ve: “Se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él”. Sólo Jesús lo vio, pero tú en Jesús lo recibes. Sólo Jesús lo vio, pero el Espíritu se ha posado también sobre ti.

Atiende también a lo que decía en aquella hora la voz del cielo: “Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto”. Sólo Jesús la oyó, pero se pronuncia también sobre ti. Sólo Jesús la oyó, pero en comunión con Cristo Jesús tus hijos son hijos de Dios, son amados de Dios, son predilectos de Dios.

Has sido bautizada con Cristo, has sido ungida por Dios con la fuerza del Espíritu, has sido bautizada y ungida para hacer el bien, para evangelizar a los pobres, para liberar oprimidos, para implantar el derecho en la tierra., para proclamar un año de gracia del Señor.

Feliz comunión con Cristo, Iglesia bautizada y ungida. Feliz descenso con Cristo al encuentro de los pobres. Feliz domingo.

 

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Un Dios obstinado en llamarse Jesús:

Es todavía Navidad: solemnidad de Santa María, Madre de Dios.

Las palabras con las que anunciamos el misterio, adquieren sentido sólo si optamos por ellas: Habrá Navidad sólo si creo en ella. Y sólo la fe hará que, en una mujer de Nazaret, de donde nada bueno se espera que salga, vea la comunidad de los fieles a la Madre de Dios.

Es también la Jornada Mundial de la Paz.

Habrá paz sólo si la dejo entrar en el corazón y hago con ella un pacto de fidelidad hasta que la muerte nos una de forma definitiva.

Dios se ha obstinado en hacer siempre posible lo que la fe de cada uno hará real.

Su Navidad y su paz, su mundo nuevo, su año de gracia, hace tiempo que comenzó; hace tiempo que las profecías se hicieron evangelio; hace tiempo que el futuro de las promesas quedó atrapado en el hoy de su cumplimiento: “Hoy brillará una luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor. Y es su nombre: Admirable, Dios, Príncipe de la paz, Padre perpetuo, y su reino no tendrá fin”; “hoy os ha nacido un salvador”; “hoy ha sido la salvación de esta casa”.

Pero sólo la fe hará de ti una nueva criatura. Sólo por la fe entrarás en el año de gracia del Señor. La fe, la misma que llenó de esperanza el tiempo de las promesas, hoy, en el tiempo del evangelio, llena tu vida de asombro y de alabanzas.

Dios se ha obstinado en bendecir… hasta bendecirnos con su Hijo, hasta fijarse en nosotros por los ojos de su Hijo, hasta hacernos el don de su Hijo, señal de su favor y de su amor sin medida. Y tú te alegras con un gozo que nadie podrá arrebatarte, pues te reconoces nacido de Dios, hijo de la bendición.

Dios se ha obstinado en abrir caminos de salvación para todos los pueblos, una fuente de alegría para las naciones. Toda tu riqueza, Iglesia de Cristo, es la salvación y la alegría que tu Señor te ha dejado en herencia para que la entregues entera a los que lloran, a los pobres, a los predilectos de Dios.

La paz de Dios para ti se llama Jesús. La gracia se llama Jesús. La bendición se llama Jesús. La salvación se llama Jesús. Todo lo que amas, todo lo que esperas, todo lo que Dios puede darte se llama Jesús. Dios se ha obstinado en llamarse Jesús.

Feliz entrada en el mundo nuevo de la mano de Jesús.

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El Señor está cerca

[Es también memoria de San Juan de la Cruz]
La invitación apostólica nos llega motivada con palabras de revelación: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca”.
La Iglesia presiente cercana la fiesta del nacimiento de Cristo, fiesta de gozo y salvación; el pueblo de Dios la espera con fe y pide la gracia de llegar a celebrarla con alegría desbordante.
“El Señor está cerca”, tan cerca como la fiesta de Navidad, parece decir la liturgia; más cerca que la Navidad, te sugiere el corazón.
“El Señor está cerca”, tan dentro de ti como su ausencia:
“¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido”.
El Señor está tan dentro de ti como tu deseo de encontrarte con él, tan dentro de ti como pueda estarlo tu tristeza y la esperanza de que su alegría te encuentre; tan tuyo como tu agitación y tu necesidad de oír pronunciadas sobre ella palabras de paz.
“El Señor está cerca”, tan cerca como la redención que ya has recibido, como el perdón que ya se te ha dado, como la gracia con que ya te han visitado. El Señor está cerca de ti como el bien con que has sido bendecido, como la santidad para la que has sido elegido.
“El Señor está cerca”, tan cerca de ti como lo está su palabra que escuchas, su cuerpo que comulgas, sus pobres a quienes acudes.
“El Señor está cerca”: presencia del amado en el corazón de la esposa, presencia del Amor en la memoria de la Iglesia.
En todo has puesto tú su nombre: en el desierto y el yermo, en el páramo y la estepa, en el Líbano y en el Carmelo. Y en todo ha dejado él la huella de su paso:
Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
e, yéndolos mirando,
con sola su figura,
vestidos los dejó de su hermosura”.
“Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca”.
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