Bautizados con Cristo

Es todavía Navidad. Es ya el comienzo del Tiempo Ordinario. Es la fiesta del Bautismo del Señor.

El canto de la comunidad resume así el misterio que se celebra: “Apenas se bautizó el Señor, se abrió el cielo, y el Espíritu se posó sobre él como una paloma. Y se oyó la voz del Padre, que decía: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto”.

Si Cristo es bautizado, la Iglesia, que es su cuerpo, es bautizada con él.

Escucha la palabra del apóstol: “Estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo –estáis salvados por pura gracia-; nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con él”.

Donde el apóstol ha escrito que la gracia te ha salvado, que te han hecho revivir con tu Señor, que te han resucitado con él, que te han sentado con él en a la derecha del padre en el cielo, la fe te va diciendo que también te han bautizado con Cristo.

Escucha la palabra de la tradición: “La totalidad de los fieles, nacida en la fuente bautismal, ha nacido con Cristo en su nacimiento, del mismo modo que ha sido crucificada con Cristo en su pasión, ha sido resucitada en su resurrección y ha sido colocada a la derecha del Padre en su ascensión”. De la totalidad de los fieles, de ti y de mí, pudo el Papa León Magno haber dicho también que bajamos con Cristo a las aguas de su bautismo en el Jordán, aguas místicas que eran figura de la muerte en la que Cristo había de ser bautizado para nuestra salvación.

Ahora, Iglesia bautizada, atiende a lo que Jesús ve: “Se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él”. Sólo Jesús lo vio, pero tú en Jesús lo recibes. Sólo Jesús lo vio, pero el Espíritu se ha posado también sobre ti.

Atiende también a lo que decía en aquella hora la voz del cielo: “Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto”. Sólo Jesús la oyó, pero se pronuncia también sobre ti. Sólo Jesús la oyó, pero en comunión con Cristo Jesús tus hijos son hijos de Dios, son amados de Dios, son predilectos de Dios.

Has sido bautizada con Cristo, has sido ungida por Dios con la fuerza del Espíritu, has sido bautizada y ungida para hacer el bien, para evangelizar a los pobres, para liberar oprimidos, para implantar el derecho en la tierra., para proclamar un año de gracia del Señor.

Feliz comunión con Cristo, Iglesia bautizada y ungida. Feliz descenso con Cristo al encuentro de los pobres. Feliz domingo.

 

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Un Dios obstinado en llamarse Jesús:

Es todavía Navidad: solemnidad de Santa María, Madre de Dios.

Las palabras con las que anunciamos el misterio, adquieren sentido sólo si optamos por ellas: Habrá Navidad sólo si creo en ella. Y sólo la fe hará que, en una mujer de Nazaret, de donde nada bueno se espera que salga, vea la comunidad de los fieles a la Madre de Dios.

Es también la Jornada Mundial de la Paz.

Habrá paz sólo si la dejo entrar en el corazón y hago con ella un pacto de fidelidad hasta que la muerte nos una de forma definitiva.

Dios se ha obstinado en hacer siempre posible lo que la fe de cada uno hará real.

Su Navidad y su paz, su mundo nuevo, su año de gracia, hace tiempo que comenzó; hace tiempo que las profecías se hicieron evangelio; hace tiempo que el futuro de las promesas quedó atrapado en el hoy de su cumplimiento: “Hoy brillará una luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor. Y es su nombre: Admirable, Dios, Príncipe de la paz, Padre perpetuo, y su reino no tendrá fin”; “hoy os ha nacido un salvador”; “hoy ha sido la salvación de esta casa”.

Pero sólo la fe hará de ti una nueva criatura. Sólo por la fe entrarás en el año de gracia del Señor. La fe, la misma que llenó de esperanza el tiempo de las promesas, hoy, en el tiempo del evangelio, llena tu vida de asombro y de alabanzas.

Dios se ha obstinado en bendecir… hasta bendecirnos con su Hijo, hasta fijarse en nosotros por los ojos de su Hijo, hasta hacernos el don de su Hijo, señal de su favor y de su amor sin medida. Y tú te alegras con un gozo que nadie podrá arrebatarte, pues te reconoces nacido de Dios, hijo de la bendición.

Dios se ha obstinado en abrir caminos de salvación para todos los pueblos, una fuente de alegría para las naciones. Toda tu riqueza, Iglesia de Cristo, es la salvación y la alegría que tu Señor te ha dejado en herencia para que la entregues entera a los que lloran, a los pobres, a los predilectos de Dios.

La paz de Dios para ti se llama Jesús. La gracia se llama Jesús. La bendición se llama Jesús. La salvación se llama Jesús. Todo lo que amas, todo lo que esperas, todo lo que Dios puede darte se llama Jesús. Dios se ha obstinado en llamarse Jesús.

Feliz entrada en el mundo nuevo de la mano de Jesús.

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El Señor está cerca

[Es también memoria de San Juan de la Cruz]
La invitación apostólica nos llega motivada con palabras de revelación: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca”.
La Iglesia presiente cercana la fiesta del nacimiento de Cristo, fiesta de gozo y salvación; el pueblo de Dios la espera con fe y pide la gracia de llegar a celebrarla con alegría desbordante.
“El Señor está cerca”, tan cerca como la fiesta de Navidad, parece decir la liturgia; más cerca que la Navidad, te sugiere el corazón.
“El Señor está cerca”, tan dentro de ti como su ausencia:
“¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido”.
El Señor está tan dentro de ti como tu deseo de encontrarte con él, tan dentro de ti como pueda estarlo tu tristeza y la esperanza de que su alegría te encuentre; tan tuyo como tu agitación y tu necesidad de oír pronunciadas sobre ella palabras de paz.
“El Señor está cerca”, tan cerca como la redención que ya has recibido, como el perdón que ya se te ha dado, como la gracia con que ya te han visitado. El Señor está cerca de ti como el bien con que has sido bendecido, como la santidad para la que has sido elegido.
“El Señor está cerca”, tan cerca de ti como lo está su palabra que escuchas, su cuerpo que comulgas, sus pobres a quienes acudes.
“El Señor está cerca”: presencia del amado en el corazón de la esposa, presencia del Amor en la memoria de la Iglesia.
En todo has puesto tú su nombre: en el desierto y el yermo, en el páramo y la estepa, en el Líbano y en el Carmelo. Y en todo ha dejado él la huella de su paso:
Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
e, yéndolos mirando,
con sola su figura,
vestidos los dejó de su hermosura”.
“Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca”.
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Vamos a la casa del Señor

Todavía resuena en nuestra asamblea el eco del canto en la fiesta de Cristo Rey: “¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!” Cantaba el salmista, peregrino a Jerusalén, pues ya divisaba los muros de la ciudad santa. Cantaba el ladrón, crucificado al lado de Jesús, mientras Jesús le abría las puertas del paraíso. Cantaba la asamblea eucarística, al entrar por la fe y la comunión en la casa de Dios que es Cristo Jesús.

Hoy, primer domingo de adviento, la comunidad cristiana, que emprende su camino espiritual hacia la Navidad, ha entonado de nuevo el canto de los que peregrinan: “¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!”

La palabra de Dios ha puesto delante de nuestros ojos una realidad misteriosa: “El monte de la casa del Señor”, “la casa del Dios de Jacob”.

Es un monte “en la cima de los montes”, “encumbrado sobre las montañas”, y, sin embargo, oímos con asombro que hacia él “confluirán los gentiles”, “caminarán pueblos numerosos”. No los atrae el riesgo de la aventura, ni la gloria de alcanzar una cumbre sólo accesible a los más capaces y más atrevidos. Aquella montaña, elevada sobre todas las montañas, no está reservada, como premio, al esfuerzo de unos pocos, sino que está llamada a ser, por gracia, lugar de encuentro para todos. ¿Qué tiene aquella montaña para que a todos atraiga? ¿Por qué unos a otros se animan a subir? Suben porque allí tiene su cátedra el Señor, y “él los instruirá en sus caminos”; suben porque tienen hambre y sed de justicia y de paz, y de allí “saldrá la ley del Señor”; suben porque buscan la sabiduría, y de allí saldrá “la palabra del Señor”; suben porque buscan ser iluminados, y allí habita “la luz del Señor”. ¡Suben y cantan!  “¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!” Si sabes por qué suben, ya sabes por qué cantan.

Pero también nosotros hemos entonado el canto de los que suben a la montaña del Señor, y lo hicimos con la alegría multiplicada de quienes ya han sido iluminados por la luz de Dios.

Mientras escuchabais la palabra del profeta Isaías, los ojos de la fe se volvían a Cristo Jesús, y veíais ya cumplido lo que el profeta entonces había anunciado. En Cristo Jesús, Dios ha querido ser nuestro Maestro. Subiendo por la fe hasta Cristo Jesús, nos hicimos discípulos de Dios. De Cristo ha salido para nosotros la ley del amor, él es la Palabra de Dios que se ha hecho hombre y ha puesto su tienda entre nosotros, él es la luz que ilumina a todo hombre.

Hoy subimos hasta Cristo en la asamblea eucarística, subimos para escuchar su palabra y comulgar con su Cuerpo la paz y la justicia, la gracia y la santidad. Y mientras subimos, cantamos, pues es cierta nuestra esperanza, y es muy hermoso y deseable lo que esperamos. “¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!”

Hoy comenzamos a recorrer el camino que lleva a la celebración festiva de la santa Navidad. Sólo los pobres se ponen en camino. Sólo los pobres esperan una Navidad verdadera. Sólo para los pobres será verdadera la Navidad. Nos ponemos en camino y cantamos, porque el Señor vendrá y nos salvará. “¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!”

Y porque sabemos que es cierta la venida del Señor, sabemos que es necesaria nuestra atención a su llegada.

Es necesario velar, porque “a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”. Es necesario velar, pues él viene hoy para ser escuchado, viene hoy para ser comulgado, viene cada día como pobre entre los pobres para ser acogido. Es necesario velar, pues él viene a nosotros en este tiempo de gracia de la eucaristía que celebramos, vendrá a nosotros en el tiempo de gracia de la Navidad que esperamos celebrar, vendrá a nosotros como misericordia y salvación en el día glorioso de su justicia.

Es necesario velar, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. ¿Y cómo hemos de velar? Fijaos en lo que dice el apóstol: “La noche está avanzada, el día se echa encima; dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz”. Si permanecemos en la fe, la esperanza y el amor, estamos siempre en vela. Dejarán de velar quienes dejen de amar.

¡Ven, Señor Jesús!

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Apariencias y verdad

Me pregunto qué relación podría haber entre profecía y evangelio proclamados en la liturgia de este domingo. Algo me dice que allí se habla de apariencias y de verdad.

Profecía y evangelio nos recuerdan que las apariencias engañan, pues “llamamos felices a los arrogantes, que aun haciendo el mal prosperan, y aun tentando a Dios escapan libres”; y ponderamos “la belleza del templo por la calidad de la piedra y los exvotos”.

Pero también nos recuerdan que tiempo y gracia harán justicia, ¡que Dios hará justicia!, y que a la luz saldrá la verdad de prosperidades y bellezas: “Mirad que llega el día, ardiente como un horno: malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir, y no quedará de ellos ni rama ni raíz”. Dios hará justicia también de lo sagrado y de sus piedras: “Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”.

No tendría futuro la apariencia si no se revistiese de verdad, y es en esa verdad, que atrae y que cautiva, donde se esconde el aguijón del engaño que envenena: La prosperidad del malvado, el banquete del epulón, la cosecha del insensato, el poder del Sanedrín, la autoridad de Pilato, la gloria del emperador, son “apetecibles a la vista, excelentes para lograr sabiduría y buenos para comer”. Sólo tiempo y gracia harán justicia, y sacarán a la luz lo que ocultaba el engaño: serán “paja quemada”.

A su vez, hambre y heridas de Lázaro, sufrimiento de los empobrecidos, humillación del justo, son hambre y heridas, sufrimiento y humillación verdaderos, que por serlo, atraen a quienes los padecen hacia el espejismo de la prosperidad injusta y la felicidad perversa. Por eso, también a los siervos de Dios los ha de buscar la verdad  y consolar la justicia: “Ellos serán para mí, dice el Señor, propiedad personal; y yo seré indulgente con ellos como es indulgente un padre con el hijo que le sirve”… ¡Los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas!”

La verdad busca la noche de este Calvario en el que un puñado de cínicos se divierte, y una multitud de curiosos mira indiferente, mientras a las tres cruces de la vieja estampa son clavados a miles cada día los hijos del hombre, los condenados a muerte por hambre, por guerras, por violaciones, por explotación sexual, por explotación laboral, por éxodos sin caminos, por fronteras sin humanidad, por una justicia de ricos pensada para reprimir a los pobres.

La verdad busca iluminar con su luz la cruz del hombre.

Hoy, a ti que crees, te busca la palabra de Dios que escuchas: “¡Los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas!” Hoy te busca el Cuerpo de Cristo que recibes, “Sol” que amanece sobre tu vida como prenda segura de gloria en la justicia.

Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá”. Te lo dice tu Señor, experto de cruces y de vida. Te lo dice la verdad. Te lo dice el que te busca porque te ama.

Feliz domingo.

 

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Somos ya lo que esperamos ser

Queridos: En este domingo, en el que la palabra de Dios nos acerca al misterio de la resurrección de los muertos, no esperéis de mí una reflexión sobre la naturaleza de este acontecimiento salvador o el significado que puede tener para cada uno de nosotros y para la comunidad eclesial. Sólo pretendo que podamos decir con verdad: “Creo en la resurrección de los muertos”, de modo que esta fe, no sea una ilusión proyectada sobre un futuro incierto, sino una luz que, iluminando el presente, nos ayude a discernir en cada circunstancia de la vida lo que es justo, lo que es bueno, lo que es verdadero, lo que es santo.

Cuando digo: “Creo en la resurrección de los muertos”, en realidad estoy confesando el poder creador de Dios, la libertad de su amor infinito, la fidelidad del Rey del universo a su palabra, a sus promesas, a su alianza.

Cuando digo: “Creo en la resurrección de los muertos”, confieso que el Señor se ha comprometido conmigo para librarme de la opresión del pecado y de mi servidumbre a la muerte.

Cuando digo: “Creo en la resurrección de los muertos”, todo mi ser confiesa que mi Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.

Y porque he confesado lo que creo, he puesto sobre roca firme el fundamento de la esperanza, y puedo decir con verdad, como aquellos siete hermanos a quienes un rey inicuo amenaza con la muerte: Dios mismo nos resucitará; de él recibiremos multiplicado lo que en la vida nosotros le entregamos; de él recobraremos lo que ahora con violencia un rey malvado nos pueda arrebatar. Y porque confesamos lo que creemos, y esperamos lo que la fe nos promete, de la fe y la esperanza recibiremos la fuerza que necesitamos para guardar con fidelidad la ley del Señor.

Nosotros decimos: “Creo en la resurrección de los muertos”. Y es como si en el corazón de cada uno se hallase recogida toda la esperanza del salmista: “Al despertar, me saciaré de tu semblante, Señor”. En realidad, aquel “creo en la resurrección de los muertos”,  es nuestro modo de decir: “al despertar, me saciaré de tu semblante, Señor”.

Contemplad ahora, queridos, al salmista, a los siete hermanos que mueren por su fidelidad a la ley del Señor, a Jesús de Nazaret que está llegando al final de su éxodo de este mundo al Padre, y poned en el corazón y en los labios de cada uno de ellos las palabras del salmo con el que hemos orado, y sacad a la luz los tesoros de fe, esperanza y amor que cada corazón encierra.

Escucha mi apelación, atiende a mis clamores, presta oído a mi súplica, a la sombra de tus alas escóndeme”. Para el salmista, para los mártires, para Jesús, también para nosotros, ¡cuánta tensión y cuánta paz!, ¡qué cerca la muerte y qué cierta la vida! En verdad, Dios “nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza”.

Al despertar, me saciaré de tu semblante”, dice el salmista, el inocente injustamente acusado, que acude al tribunal de Dios, justo juez, y espera que en la mañana será admitido a su presencia. “Al despertar, me saciaré de tu semblante”, dicen los mártires, los fieles del Señor dispuestos a morir antes que quebrantar su ley y su alianza, pues para ellos habrá una mañana  de Dios en la que despertarán de la muerte a la vida, y recibirán de la justicia divina lo que les ha arrebatado la injusticia de los malvados. “Al despertar, me saciaré de tu semblante”, dice Jesús de Nazaret, el inocente crucificado, y lo dice con palabras de Hijo que, sufriendo, aprende la perfección de la obediencia y la esperanza: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

Al despertar, me saciaré de tu semblante”, decimos nosotros, y nuestra vida se ilumina entera con la luz de Cristo resucitado, y volvemos los ojos y el corazón hacia esa mañana de Dios, en la que, resucitados con Cristo, despertaremos del sueño de la muerte y se manifestará, también en nosotros, la gloria del Señor.

Queridos, vosotros sois el pueblo de los que siguen a Cristo resucitado y esperan que amanezca el día en que resucitaréis con Cristo.

Mientras tanto, sois hombres y mujeres del domingo, que hacen comunión con Aquel a quien siguen, y en Él ya son, de modo misterioso y verdadero, lo que esperan ser.

¡Feliz espera! ¡Feliz domingo!

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Que no cese tu canto: “Te ensalzaré, Dios mío, mi rey”

La palabra de Dios proclamada en esta asamblea eucarística nos introduce en el misterio de salvación y de gracia que es para los pecadores Jesús de Nazaret, el Hijo del hombre que ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.

Pero antes de volver a Jesús la mirada de la fe, escuchad lo que, a propósito del Dios de Israel, dice el autor de la Sabiduría: “Te compadeces de todos, porque todo lo puedes… Amas a todos los seres… A todos perdonas porque son tuyos, Señor, amigo de la vida”.

Habréis observado que la palabra de Dios no nos ha anunciado algo que se ha se ha de ver en un tiempo restringido, en circunstancias especiales, en ocasiones contadas, sino que nos revela realidades eternas, como es eterno Dios mismo: Te compadeces, amas, perdonas

En realidad, no se nos ha dicho lo que el Señor hace, sino lo que él eternamente es: “El Señor es clemente, es misericordioso, es rico en piedad, es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas”.

Con todo, hermano mío, no dejes todavía que la palabra del canto agite la quietud de la contemplación. Vuelve la mirada interior hacia Jesús y ¿qué es lo que ves? El evangelista dice: “Jesús levantó los ojos”. Y tú contemplas al Dios clemente y misericordioso que recorre los caminos buscando al que tiene necesidad de salvación.

Los que murmuraban decían: “Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”.

Pero tú, al Dios que es rico en piedad, lo has visto abrir de par en par las puertas de su casa para que se hospeden en ella todos los pecadores de la tierra.

Jesús dijo: “Hoy ha sido la salvación de esta casa”. Y tú contemplabas al Señor que a todos perdona, porque todos son suyos, y él es amigo de la vida. Y cuando Jesús añadió: “El Hijo del hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido”, tú viste a tu Dios que te buscaba, porque se compadecía de ti y te amaba y te perdonaba. Tú sabes que no puedes verle, si antes él no te mira. Tú sabes que no puedes acogerle en tu vida, si antes él no te ha acogido en la suya. Tú sabes que no puedes hallarle, si él no sale a buscar lo perdido.

¿Y el canto? Todavía no, pues conviene que gustes en silencio el misterio de esta Eucaristía. Hoy eres tú quien, “tratando de distinguir quién era Jesús”, has subido a la casa de la asamblea para verlo, ¡porque él tiene que pasar por aquí! Y el que te ama levantará los ojos y te dirá: Estoy a la puerta llamando; si alguien me abre, entraré y comeremos juntos. Y tú lo recibirás muy contento en tu casa necesitada de salvación.

Vuelve, hermano mío, la mirada a Jesús, y verás a tu Dios que te mira, te recibe y te encuentra ¡porque eres suyo y te ama!

Y ahora que la fe nos ha permitido ver y gustar las maravillas de Dios, ahora sí podemos cantar: ya es tiempo de eucaristía.

Cantemos con el salmista: “Te ensalzaré, Dios mío, mi rey… te bendeciré… alabaré tu nombre por siempre”.

Cantemos con la madre del Señor: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque ha mirado la pequeñez de su esclava”.

Ahora es tiempo de alabanza, y podemos convocar a la creación entera a este canto de fiesta en honor de nuestro Dios: “Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles”.

Todavía hoy continúa resonando en tus oídos la confesión de amor del pequeño Zaqueo: “La mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres, y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más”.

Si amas, pequeño rebaño, pequeño Zaqueo, nunca cesará tu canto. Feliz domingo.

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Un canto de esperanza

“¡Desfallezco de ansias en mi pecho!”

Pudieras pensar que ésas son palabras del esposo, del mismo que dice: “¡Toda eres bella, amada mía, no hay defecto en ti! ¡Ven del Líbano, esposa, ven del Líbano, acércate!… Me has robado el corazón”.

Pudieran ser por la misma razón palabras de la esposa: “Yo soy de mi amado, y él me busca con pasión. Ven, amado mío, salgamos al campo, pernoctemos entre los cipreses; amanezcamos entre las viñas… allí te daré mis amores”.

Pero son palabras de Job, palabras que ahondan sus raíces en la tierra atroz del sufrimiento humano, son palabras del hombre que, sentado en el polvo, experimenta que “Dios le ha hecho daño y que lo ha copado en sus redes, le ha vallado el camino para que no pase, le ha velado la senda con densa oscuridad”.

“¡Desfallezco de ansias en mi pecho!”: Son palabras de un hombre que implora piedad de sus amigos, porque “lo ha herido la mano de Dios”.

Pero su canto de esperanza no es para los amigos por su piedad, sino para Dios por su inquebrantable fidelidad: “Yo sé que mi redentor vive”, y desfallezco de ansias por encontrarme con él.

Ése es el canto que resuena silencioso en los caminos de los emigrantes, en la no patria de los desterrados, en el corazón de los que habitan en tierra y sombras de muerte. Ése es el canto misterioso de los pobres, de los amados de Dios. Ése es el canto de los que mueren en la fe, ése es tu canto, Iglesia esposa de Cristo: un canto de esperanza, que ahonda sus raíces en el amor eterno de tu Redentor.

 

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Por la fe, subimos al templo que es Cristo Jesús

En la asamblea litúrgica vuelven a resonar con fuerza los gritos del pobre. La palabra de Dios recuerda a algunos por el nombre común de sus pobrezas: el oprimido, el humilde, el atribulado, el abatido, el afligido, el huérfano, la viuda. Nosotros conocemos otros indicativos comunes para los pobres de nuestro tiempo: hombres y mujeres sin libertad, sin trabajo digno, sin paz y sin justicia; huérfanos, no sólo de su padre o de su madre, sino también de su tierra, su cultura, sus tradiciones, su vida; viudas de marido y de pan, de respeto y solidaridad.

No, no hace falta que el pobre grite delante del Señor –muchos no sabrán hacerlo, muchos no tendrán siquiera la fuerza necesaria para hacerlo-; aunque su voz no sea más que un murmullo, ese murmullo es un grito para Dios; aunque su queja se pronuncie sólo en el secreto del corazón, esa queja resuena como un trueno en el corazón de Dios; aunque el pobre no encuentre palabras para una súplica ni fuerzas para una queja, sus penas son palabra y queja y grito que atraviesa las nubes y no descansa hasta alcanzar a Dios.

Domingo a domingo, la palabra de Dios nos enfrenta con el misterio de la pobreza del hombre.

Hay una pobreza atroz, la del desvalido, del oprimido, del hambriento, del cautivo. Es la pobreza de tantos hermanos y, por eso mismo, es la pobreza de nuestra propia carne, y en la oración nos hemos identificado con ellos: ¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches? ¿Hasta cuándo gritaré sin que me salves? El Señor se enfrenta contra los que compran por dinero al pobre; el Señor levanta del polvo al desvalido; el Señor hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, liberta a los cautivos. Enfrentarse al opresor, levantar al oprimido, hacer justicia, un día el Señor lo hará sin nosotros, en un juicio definitivo. Ahora, en este tiempo nuestro, lo hace con nosotros, con nuestra voz, con nuestras manos, con nuestra razón y nuestro corazón, con nuestro pan y nuestra solidaridad.

No hace mucho tiempo, el relato de la curación de Naamán el sirio y de los diez leprosos que salieron al encuentro de Jesús en aquel pueblo entre Samaria y Galilea, nos acercó al misterio de nuestra propia lepra y, al mismo tiempo, nos desveló el misterio de la santidad de Dios derramada sobre nuestra vida, justicia de Dios revelada a las naciones, luz de Dios iluminando nuestra oscuridad, vida de Dios irrumpiendo en los dominios de la muerte.

Hoy, la palabra de Dios nos lleva de la mano a entrar en el abismo de esa pobreza que es nuestro pecado. Nosotros somos el publicano que sube al templo a orar y a quien el Señor escucha. Por la fe, hoy subimos al templo que es Cristo Jesús, y allí no podemos presumir de nuestras obras, pues Cristo Jesús murió por nosotros, y todo en ese templo –manos, pies y costado, mirada y corazón- todo nos recuerda que somos pecadores. Por la fe, subimos al templo que es Cristo Jesús, e iluminados por su luz, nos reconocemos pecadores y confesamos que nuestras obras justas son como un paño inmundo. Por la fe, subimos al templo que es Cristo Jesús,, y en Cristo, nosotros, ladrones porque nos hemos apropiado de los dones de Dios, injustos porque no le hemos dado la gloria que le corresponde, adúlteros porque hemos negado su amor, no nos atrevemos ni a levantar los ojos al cielo, y sólo nos golpeamos el pecho, diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.

Ahora recuerda la palabra del salmista: “Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha”. Recuerda y acércate, recuerda y entra en el templo, recuerda y comulga. Y resonará en tu corazón el eco de las palabras de Jesús: “Éste bajó a su casa justificado”.

No presumimos de nuestras obras de justicia, sino de la justicia que recibimos en el templo que es Cristo, porque “Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación de suave olor”.

Entra en el templo que es Cristo, en el templo confiesa humilde tu injusticia y acoge agradecido su justicia, y, en el templo y en tu casa, ama a quien así te amó y entrégate por entero a quien por ti enteramente se entregó. Feliz domingo.

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Instrucciones para llegar a ser discípulo de Jesús: Aprender a odiar.

Todos serán invitados al banquete del reino, todos serán invitados para que “la casa se llene de comensales”, todos podrán seguir a Jesús en su camino hacia Jerusalén, pero no será sin condiciones, no será de cualquier modo, no será “sin vestido de fiesta”.

Muchos “irán a Jesús”, pero  no por ello llegarán a hacerse “discípulos de Jesús”: “irán” pero no entrarán en la casa; “irán” pero no se sentarán a la mesa del banquete.

Seguimiento, casa y mesa imponen condiciones desconcertantes.

En el llano, antes de comenzar el camino, ya habíamos oído una extraña bienaventuranza: “Dichosos vosotros cuando os odien los hombres y os excluyan y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre”.

Y en el mismo lugar escuchamos un no menos extraño mandato: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian”.

Ahora escuchamos una condición de seguimiento de Jesús que resulta más sorprendente aún que aquel mandato y aquella bienaventuranza: “Si alguno se viene conmigo y no odia a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío”.

Si el odio al que te odia, mucho más que un obstáculo, era un impedimento para entrar en el reino, lo puede ser también el amor del que te ama. Aquel impedimento se retiraba amando al que te odia. Éste habremos de retirarlo odiando al que te ama.

Y ése podrá ser el más allegado de tu familia, el que va más adentro en tu corazón; ése podrás ser incluso tú mismo, tu alma, tu vida.

Duro, muy duro es este lenguaje. Nada de extraño que a Jesús lo hubiesen abandonado todos. En su momento, cuando se atisba ya la soledad en que va a dejarlo la pasión y la muerte, Jesús preguntará a los Doce: “¿También vosotros queréis marcharos?” En aquella ocasión, Simón Pedro contestará: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

Pero llegado el momento de la cruz, todos desaparecerán.

Nada quiero añadir a lo que Jesús ha dicho, pero tampoco nada puedo quitar.

Sólo haré memoria de un ejemplo de radicalidad en el odio, memoria de un odio total que a nosotros nos trajo la salvación: “Cristo Jesús se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz”.

Por el camino quedaron –odiados- el cielo y la condición divina, y, en la tierra, padre y madre, hermanos y hermanas… y hasta la propia vida.

Y nosotros hoy, no sólo escuchamos su palabra que nos sacude, sino que comulgamos con el que a sí mismo se odió por salvarnos.

El que quiera seguir a Jesús, de Jesús habrá de aprender a odiar.

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