La experiencia de la cruz, experiencia de amor:

Hay palabras que podremos pronunciar como nuevas y como nuestras, sólo si antes las hemos oído pronunciadas como suyas por Jesús de Nazaret: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. Mi Señor me ayudaba; por eso no quedaba confundido”.

Son palabras que hablan de un crucificado, pero no derrotado; de un vejado, pero no confundido ni humillado; de un muerto, pero no vencido.

Son palabras que hablan de hombres, de muerte y de Dios.

Sólo Jesús de Nazaret puede decir con corazón y experiencia de Hijo amado, con corazón y experiencia de resucitado, la oración del salmista: “Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo, caí en tristeza y angustia. Invoqué el nombre del Señor… El Señor es benigno y justo… Arrancó mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída”.

Las del Siervo del Señor, las del salmista, las de Jesús, son palabras que podemos hacer nuestras, porque compartimos con ellos la fe, la esperanza y el amor.

Son nuestras, porque el Señor nos ha atraído a él, y nos ha hecho discípulos suyos, y hemos querido caminar con él, cargar con nuestra cruz, seguirle a él, el Hijo, con corazón y obediencia de hijos.

Las de Jesús son palabras nuestras, como nuestros son, porque él ha querido llevarlos por amor, los sufrimientos del Señor, sus heridas, su muerte.

Las de Jesús son palabras nuestras, porque el Señor, por la encarnación, ha querido unirse a nosotros para siempre, y nosotros, por la fe y la comunión, hemos querido unirnos para siempre a él: Nada dice ya él sin nosotros; nada queremos decir nosotros sin él.

Para Jesús y para nosotros, la cruz es escuela y signo de obediencia, de amor, de confianza.

Porque estamos en comunión con él, porque nada suyo nos es ajeno, podemos decir también con él: “Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante; porque inclina su oído hacia mí el día que lo invoco”.

La experiencia de la cruz es para Jesús, para nosotros, para los pobres, para todos los crucificados, una experiencia de amor.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Effetah: Ábrete

«Effetah» es el nombre que lleva en Tánger una escuela de educación especial para niños sordos, que como consecuencia de la sordera, de alguna manera son también mudos.

«Effetah» fue la palabra que Jesús pronunció antes de que al sordo que le habían presentado “se le abriesen los oídos y se le soltase la traba de la lengua”.

Y ése, «Effetah», es el nombre que lleva en la celebración del bautismo cristiano un rito que recuerda y actualiza lo que Jesús hizo cuando curó a aquel sordo que tenía dificultad para hablar; en el día de tu bautismo, el ministro celebrante, tocando con el dedo pulgar tus oídos y tu boca, dijo: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre”.

«Effetah» es palabra clave en la liturgia eucarística de este domingo: palabra que el Señor pronuncia hoy para todos, y que tiene para cada uno de nosotros una resonancia personal.

Intuyes que algo así como ¡«Effetah»!, fue la palabra que dijo el Señor cuando el mar se abrió para el paso de los esclavos hacia la libertad.

Tu voz, oh Dios, resonó en el desierto: ¡«Effetah»!, para que el cielo diese su pan y la roca diese su agua.

¡«Effetah»!, dijiste, y abriste como un cuchillo las aguas del Jordán, que se hicieron puerta por la que entraron tus hijos a la tierra de tus promesas.

¡«Effetah»!, dijo Dios, y se abrieron los cielos sobre el bautismo de Jesús y sobre la humildad de tu bautismo, Iglesia cuerpo de Cristo.

¡«Effetah»!, dijo Dios, y se abrió el paraíso sobre la cruz de Jesús, el paraíso quedó a merced de los ladrones, se abrieron los sepulcros, y a la muerte se le huyeron los vencidos que ella mantenía prisioneros.

No digas ya: “Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán”, porque la palabra se ha cumplido, la profecía ya es evangelio, la promesa se ha hecho realidad, y ahora, con Cristo el Señor, en comunión con Cristo resucitado, tú que estabas muerto, ves y oyes y entras con él por las puertas abiertas de Dios.

Alaba, alma mía, al Señor”.

 

P.S.:

¡«Effetah»! Ábrete.

¡«Effetah»! Necesitamos oír tu palabra, Jesús.

¡«Effetah»! Necesitamos abrir caminos de futuro a los pobres.

¡«Effetah»! Necesitamos oír el grito de los pobres.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

El escándalo de creer

Si la fe no se reduce a mero ejercicio de prácticas religiosas, llega un momento en que se nos pide la adhesión personal a Dios: “Si no os parece bien servir al Señor, escoged a quién servir”. Entonces en nuestro interior resonará la pregunta de Jesús a sus discípulos: “¿También vosotros queréis marcharos?”

El evangelio de este domingo describe una situación dramática: Las gentes a las que habíamos visto salir en busca de Jesús y que querían nombrarlo rey como si tuviesen fe, se apartan ahora de él decepcionadas. Muchos de los que hasta aquella hora habían sido sus discípulos “se echaron atrás y no volvieron a ir con él”. Incluso a los Doce, a los íntimos, Jesús ha de preguntar si quieren marcharse.

¿Qué había de escandaloso en lo que Jesús les había dicho? Lo escandaloso en las palabras de Jesús sobre el pan de vida era la muerte de quien decía proceder del cielo y se presentaba como enviado de Dios para la vida del mundo. Lo inaceptable era el Cuerpo repartido del Mesías Jesús y su sangre entregada.

El hombre religioso no puede creer, no puede comer ni beber esa dura realidad, pues se aparta demasiado de las ilusiones que alimenta nuestra religiosidad.

Todos estaríamos dispuesto a seguir a un Dios que por nada reparte pan sabroso y abundante, pero damos la espalda a un Dios que se parte como un pan para que comamos y nos pide hacer de nuestra vida un pan para que todos coman.

Si queremos comprender en profundidad el escándalo que suscita el proyecto de Dios en el corazón del hombre, si queremos acercarnos al misterio de la soledad de Jesús, hemos de dejar la sinagoga de Cafarnaún para acercarnos al monte de la crucifixión. Allí no sólo enemigos, indiferentes o curiosos, sino también los Doce, los íntimos, abandonan a Jesús.

Si la Eucaristía que celebramos nos deja tranquilos en nuestra religiosidad, es de temer que todavía no hemos empezado a vivirla como sacramento del escándalo de la cruz.

Para un cristiano, creer y comulgar significa escoger como Señor a un Dios que le ofrece la vida para que el creyente dé la vida con él.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

¡Boza! ¡Boza! ¡Boza!

Hace unos días celebrábamos la fiesta de San Lorenzo, diácono –entiéndase: servidor- y mártir –entiéndase: testigo de Cristo y de su evangelio-.

Al diácono, la autoridad constituida le pidió que entregase sin demora los tesoros de la Iglesia, tesoros que no le correspondían a la Iglesia sino a la autoridad.

El servidor pidió tres días para restituir lo que se le pedía, y, cumplido el plazo, se presentó delante de la autoridad con el enjambre de pobres a quienes servía en el ejercicio de su ministerio.

En su diácono, en su Iglesia, Dios se hacía de casa para los pobres.

Después de la fiesta del servidor de los pobres, celebramos la solemnidad de la esclava del Señor, la humilde enaltecida a lo más alto del cielo.

Y hoy, en el domingo, la palabra de Dios nos sorprende con una paradoja: “La Sabiduría se ha construido su casa… ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa; ha despachado sus criadas para que lo anuncien”. ¿Y a quiénes llevan su mensaje las criadas? ¡A los inexpertos y a los faltos de juicio!

Ahora, Iglesia convocada al banquete, fíjate en el pan que la Sabiduría ha preparado, en la bebida de vértigo que ha mezclado: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo… El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”. Lo dice Jesús de Nazaret, la Sabiduría que ha puesto su tienda entre nosotros. Es Ella quien, en Cristo Jesús, se nos ofrece. Es Ella, en Cristo Jesús, el pan de Dios para ti.

Y fíjate también en quiénes comen y beben a la mesa de la Palabra hecha carne, a la mesa de Jesús de Nazaret. Allí comieron y bebieron –fueron liberados, curados, perdonados-  enfermos y endemoniados, mujeres postradas con fiebre y con flujo de sangre o poseídas por espíritu inmundo, leprosos y paralíticos, ciegos, sordos y mudos. Allí comieron y bebieron publicanos y pecadores, y también aquella mujer, la de las lágrimas y los perfumes, que todos conocían en la ciudad. A la mesa de Jesús te sientas tú, allí comen y beben tus hijos, todos bañados en misericordia divina, embellecidos de gracia divina, hermanados por el Espíritu de Dios.

Allí aprendes que el evangelio es para pobres, que el reino es de los pobres, que a la mesa de la Sabiduría sólo los pobres se pueden sentar. Allí aprendes que la Iglesia es para pobres, que no hay Iglesia si no es de los pobres, que Jesús y tú sois para los humildes y los hambrientos, para los inexpertos y los faltos de juicio, para desechados, descartados, prescindibles.

Sólo ellos cantarán con el salmista: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”. Sólo ellos podrán decir con María de Nazaret: “Proclama mi alma la grandeza del Señor”. Sólo en su corazón y en sus labios es posible el grito de victoria de los pobres: ¡Boza! ¡Boza! ¡Boza! “Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca… Los ricos empobrecen y pasan hambre; los que buscan al Señor no carecen de nada”.

Entonces se te llenan de sentido las palabras del Apóstol: “Cantad, tocad con toda el alma para el Señor. Dad siempre gracias a Dios Padre por todo, en nombre de nuestro Señor Jesucristo”.

Da gracias, Iglesia cuerpo de Cristo, da gracias por el pan y el vino que el cielo ha preparado para sus pobres, para tus hijos maltratados, deportados, abandonados, despreciados, humillados.

Feliz domingo. ¡Boza! ¡Boza! ¡Boza

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Un pan del cielo

Jesús relee, y nos enseña a releer, la Escritura como “palabra que se cumple en él”.

Lo había hecho con el profeta Isaías. Aquel día, en la sinagoga de Nazaret, Jesús “se pudo en pie para hacer la lectura”, y, después de leer un pasaje en el rollo del profeta Isaías, “comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír»”.

Ahora, en Cafarnaún, lo da a entender a propósito del Libro del Éxodo: la memoria que ese libro guarda del maná con que Dios alimentó a su pueblo en el desierto, es para Jesús anuncio profético del verdadero pan del cielo con Dios alimentará a los hijos del Reino en su camino hacia la Vida.

A la murmuración de los israelitas en el desierto, a la protesta por la falta de pan para la comunidad, se corresponde ahora la crítica a Jesús porque ha dicho: “Yo soy el pan bajado del cielo”.

Cuando el salmista cantaba: “hizo llover sobre ellos maná, les dio pan del cielo, el hombre comió pan de ángeles”, confesaba el amor providente de Dios a su pueblo; aquel pan, el maná, era “del cielo” porque era de Dios, porque su providencia lo preparaba bajo el rocío de la mañana. Aquel pan era una evidencia de la cercanía de Dios a su pueblo: aquel “pan del cielo” era memoria permanente de que el cielo era de la tierra, de que Dios era Dios de su pueblo.

Ahora Jesús dice: “Yo soy el pan bajado del cielo”. Ahora, en el misterio de la encarnación, en el misterio de la eucaristía, es Jesús el sacramento en el que la salvación se nos hace visible, es el cuerpo en el que tocamos la gloria de Dios, es la evidencia de que Dios se ha hecho de la tierra, de que Dios es Dios para el hombre, de que Dios está cerca de nosotros, de que Dios nos ama.

Donde antes se decía: “les dio pan del cielo”, ahora se dice: “Yo soy el pan bajado del cielo”.

Si consideras el verbo “dar”, a la memoria de la fe suben las palabras de la revelación: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca sino que tenga vida eterna”. Entonces Jesús, en el misterio de la encarnación, en el misterio de la eucaristía, se nos hace medida de la sin medida del amor de Dios.

Si consideras el verbo “bajar”, recuerdas las palabras del evangelista: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”; y también suben al corazón las palabras del apóstol: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de Dios; al contrario se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”. Y sabes que, si crees, si aceptas ese amor que desde el cielo baja a ti para ser tuyo, aceptas ir con él adonde él va, y va siempre hacia abajo, va siempre hacia lo más hondo, va siempre hacia los últimos.

Baja con Cristo al abismo donde se mueven los pobres, baja y sé para ellos sacramento del amor con que Dios los ama, evidencia de la cercanía de Dios a sus vidas, certeza de que son importantes, lo más importante, para ti y para Dios.

Del cielo ha bajado el pan, del cielo ha bajado Jesús, del cielo, para los pobres, has bajado tú, Iglesia cuerpo de Cristo.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Los pobres, nuestra salvación:

“Lo que oímos y aprendimos, lo contaremos a la futura generación”.

A decir “Padre nuestro”, a confiar en Dios, a tener responsabilidad ante Dios, lo aprendí de mis abuelos, de mis padres, de mis maestros, de mi párroco.

Cosas asombrosas de Dios las leí en la Historia sagrada.

A bajar crucifijos de las paredes para dar alivio al Señor crucificado me lo enseñó el que todo lo sabe, aunque yo no sabía para qué me lo enseñaba.

Luego, de franciscanos y benedictinos aprendí las cosas de Dios en la Historia de la salvación.

Y con todos los que han oído y aprendido, vamos contando las obras de Dios, su poder, sus alabanzas.

Oímos, aprendimos y contamos que Dios caminaba con su pueblo en el desierto, que lo guiaba hacia una tierra de libertad y de abundancia, que hizo con su pueblo una alianza de recíproca fidelidad y pertenencia.

Oímos, aprendimos y contamos que Dios alimentó a los hijos de su pueblo con el maná, un pan de gracia recogido bajo la capa de rocío de la mañana, y los hizo vivir con el trigo celeste de la divina palabra.

Oímos, aprendimos y contamos que Dios puso su tienda entre nosotros, y preparó para todos el banquete de su reino, un festín de bendiciones del cielo sobre la vida de los redimidos, de los rescatados, de los liberados, de los justificados, de los salvados, de los resucitados con Cristo.

Oímos, aprendimos y contamos –lo hacemos cada vez que celebramos la eucaristía-, que Jesús, “la noche en que iba a ser entregado, tomó pan, y dando gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos”, y declaró que aquel pan, del que todos habíamos de comer, era su cuerpo entregado por nosotros.

Hoy, comulgando, aceptamos ese cuerpo entregado, recibimos a Cristo, nos hacemos de Cristo, para ser todos, en Cristo, un solo cuerpo, un solo Cristo.

Entonces, el mismo Espíritu que me enseñó a bajar crucifijos de las paredes, me recuerda que he de aliviar el dolor de Cristo en su cuerpo que son los pobres, y aprendo -¡con cuánta lentitud y poco empeño!- que no resulta coherente comulgar con Cristo en la eucaristía y rechazar a Cristo en los pobres; aprendo que no puedo decir sí a Cristo y decir no a los pobres; aprendo que no habrá eucaristía para mí si no recibo a Cristo en los pobres, si no amo a los pobres, si no cuido de ellos como se supone que cuidaría de Jesús si él, cansado del camino, hambriento y sediento, llegase a mi casa.

Quien rechaza a Cristo en los pobres, come del pan y bebe del cáliz del Señor indignamente, come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación.

Así he oído y aprendido a Cristo, y así lo voy contando a todos los que esperan salvarse.

No creo equivocarme si digo que nuestra salvación son los pobres en los que Cristo nos visita.

Ciertamente, ellos serán la clave con la que se nos abrirá la puerta del reino que Dios ha preparado para los justos desde la creación del mundo.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Un mundo nuevo

Ese mundo se podría representar como un paraíso terrenal en el que todo es para el hombre y todo es don de Dios. Lo podríamos evocar también con la imagen de un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera, un mundo de muerte aniquilada, de lágrimas enjugadas de todos los rostros.

Lo mismo el paraíso que el festín remitirían a una realidad caracterizada por la abundancia y la gratuidad.

Pero la liturgia de este domingo pone el reino de Dios, el mundo nuevo, bajo el signo del pan escaso y compartido.

Lo recuerdo por si lo hubiésemos olvidamos: el domingo, por ser el día primero de la semana y el día octavo, es, con su eucaristía, memoria festiva y agradecida de Cristo resucitado, memoria del hombre primero de una humanidad nueva, memoria gozosa de una nueva creación, de un mundo nuevo iluminado con la luz sin ocaso de la resurrección del Señor.

Celebramos el domingo porque, resucitados con Cristo por la fuerza del Espíritu Santo, por la fe y los sacramentos de la fe, hemos entrado con Cristo en la nueva creación.

Ese mundo nuevo al que pertenecemos en Cristo, jamás dejarás de verlo como el reino de la abundancia y de la gracia: En Cristo hemos sido agraciados –bendecidos- con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Jamás dejaremos de verlo como el paraíso en el que nos ha colocado el amor de Dios.

Pero ese reino no debes dejar de verlo tampoco como el de la casa de Dios, el de la familia de Dios, el de los hijos de Dios, un reino, una casa, una familia, donde un pan compartido significa pan para todos, escasez que el amor transforma en abundancia simplemente con el gesto de dar y bendecir.

Porque compartimos nuestro pan, “Dios prepara casa a los desvalidos”; porque compartimos nuestro pan, “Dios da fuerza y poder a su pueblo”.

Ese pan compartido es un sacramento de misericordia, y quienes lo practican, alcanzarán misericordia.

Ese pan compartido es sacramento de nuestra vida entregada: Nadie guarde para sí mismo lo que para todos nos ha sido dado.

Sobre el pan de la misericordia, sobre el pan de vuestra vida, pronunciad, en comunión con Cristo Jesús, la acción de gracias, y después repartidlo. Cuando todos hayan comido y queden saciados, comprobaréis que todavía queda por repartir mucho más de lo que habéis dado.

El que dijo de sí mismo: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”, reconocerá como suyos a los que, en la nueva creación, se han hecho pan para los hijos de Dios.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

El Señor es mi pastor

El profeta dijo: “Mirad que llegan días en que suscitaré a David un vástago legítimo: reinará como rey prudente, hará justicia y derecho en la tierra… Y lo llamarán con este nombre: «El-Señor-nuestra-justicia»”.

Y el apóstol, llegados los tiempos a su plenitud, escribió: “Ahora estáis en Cristo Jesús. Ahora, por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos. Él es nuestra paz”.

En tu vida, hermana mía, hermano mío, hay un antes y un ahora: un antes en que todos andábamos “como ovejas sin pastor”, y un ahora en que “hemos vuelto al pastor de nuestras almas”; un antes de dispersión y de ruina, y un ahora en que nos conduce el que nos ama: “¡El Señor es mi pastor, nada me falta!”

Considera con quiénes has orado en esta mañana de encuentro con tu Dios.

Las palabras de tu oración eran del salmista, y al pronunciarlas tú, lo hiciste presente también a él en la asamblea dominical.

Aún más. La oración era tuya, pues dijiste, como si de ti solo se tratase,  “el Señor es mi pastor”. Pero lo dijiste a una voz con tus hermanos, formando con ellos un solo cuerpo, una sola Iglesia, y en ese cuerpo oraba también su cabeza, Jesús el Señor, y oraban con él y contigo todos los pobres de la tierra: “¡El Señor es mi pastor, nada me falta!”

Asómate al misterio que llena de gozo tu corazón. Las palabras de tu oración no las dice el hombre que de todo dispone, el rico que nada necesita, el orgulloso que se basta a sí mismo. Las de la Iglesia son palabras del que nada tiene y al que nada le falta, porque “el Señor es su pastor”.

Contempla a Jesús, al pobre del que tú eres el cuerpo, y vuelve a decir con él las palabras del salmista: “¡El Señor es mi pastor, nada me falta!” Sentirás sobre ti la fuerza del Espíritu de Dios, la gracia del Hijo de Dios, la justicia que todo lo serena y pacifica.

Si te digo, “contempla a Jesús”, te pido que recuerdes su vida, su evangelio, su palabra compasiva y su amor sin medida; pero te pido sobre todo que admires lo que hoy recibes, pues hoy, en la Eucaristía, el Señor te hace recostar en verdes praderas, hoy te conduce hacia fuentes tranquilas, hoy repara tus fuerzas, hoy prepara ante ti una mesa generosa para que comas el pan de la vida y bebas el vino de la salvación, hoy te unge tu Dios con su Espíritu y sientes que te acompañan, como ángeles custodios, su bondad y su misericordia.

Con Jesús, se acabó el antes y empezó el ahora de Dios para ti.

Feliz domingo, Iglesia santa.

“Ven, Señor Jesús”. Ven, y que sea domingo de vida y salvación, de justicia y de paz para todos los pobres.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Escucha y profetiza

Continuamos hablando de profetas y crucificados.

Sabes que Dios te ha hablado en el hijo despreciado de un carpintero, en un rey de burlas crucificado; y has aprendido a reconocer la voz de tu Señor en los despreciados y escarnecidos.

Pero también sabes que has sido llamado a decir palabras de Dios.

Eso no es privilegio sino responsabilidad, no es prebenda sino crucifixión.

Porque eres profeta, eres un desarraigado: “El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo de Israel”.

Porque eres profeta, vives a la escucha de Dios: “Voy a escuchar lo que dice el Señor”.

Alguien escribió: “Las ideologías no son mutables; pueden imponerse con vigor, pueden conquistar países e idiomas, pero carecen de oído”.

Me asalta la sospecha de que los llamados a ser profetas del Altísimo nos reducimos una y otra vez al papel de ideólogos de Dios y de la religión, ideólogos carentes de oído, mera apariencia de profetas.

Escucha y profetiza: No anuncies lo que no hayas oído a tu Señor. No calles lo que él te haya revelado.

Escucha y profetiza: El que te ha llamado, el que te ha desarraigado, el que te ha enviado a recorrer los caminos de los hombres, el que te ha querido libre para él y para la misión, te ha confiado un tesoro que a todos has de ofrecer. Irás sin pan ni alforja ni dinero en la faja, rico de justicia y de paz, de salvación y de gloria, de misericordia y de fidelidad.

Escucha y profetiza, porque Dios nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Con lluvia de bendiciones nos ha bendecido el Señor, para que nuestra tierra diese una cosecha de justicia y de salvación que los pecadores nunca hubiéramos podido soñar.

Escucha y profetiza: “Dios nos eligió en la persona de Cristo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos. Por este Hijo hemos recibido la redención… El tesoro de su gracia ha sido un derroche para con nosotros”.

Si escuchas como profeta, saldrás a los caminos de los hombres llevando la palabra del Señor resucitado que te envía, el pan de su vida para repartir, irás con su autoridad para liberar, llevarás el aceite de su misericordia para curar.

Dichosos los que viven en tu casa, Señor de los ejércitos, rey y Dios mío”, gorriones y golondrinas que han encontrado un nido al abrigo de tu presencia.

Dichosos, Señor, los hombres y mujeres que viven a la escucha de tu palabra.

Dichosos, Señor, tus profetas.

Feliz domingo.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Escuchar a los crucificados:

Que Dios exista o no, es asunto que supongo de importancia vital para Dios, aunque poco o nada interesante para los Picos de Europa, para las rosas de tu jardín, o para los insectos que se alimentan de tus rosas.

A ti y a mí la pregunta sobre Dios nos concierne cuando descubrimos que Dios habla, y que hemos nacido equipados para escuchar a Dios y responderle.

La cuestión no es saber si Dios existe, sino responderle si nos habla, pues en ello nos va la vida, también la que esperamos, pero sobre todo ésta que ahora administramos, gozamos, padecemos.

Párate a escuchar a Dios en la voz del universo; atiende al rumor del Espíritu de Dios en las palabras de la Sagrada Escritura; levanta tus ojos al que habita en los cielos.

La liturgia de este domingo va de profetas, de enviados de Dios a decir palabras de Dios.

Si la pregunta por la existencia de Dios podía ser considerada ejercicio retórico, no así la pregunta por los profetas de Dios.

Tú puedes levantar los ojos a Dios, puedes fijarlos en él esperando su misericordia, puedes gritar tu necesidad de salvación. Él responderá enviándote su palabra, sus profetas. Y, si no reconoces la palabra que él te dice, si no acoges al profeta que él te envía, ten por cierto que llamarán a tu puerta la misericordia y la salvación que has pedido, y no les abrirás.

Suele la palabra de Dios ser despreciada por humana, y el profeta por conocido; y solemos ignorar misericordia y salvación por desprecio de palabras y profetas: “¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero?”

Eso decían los vecinos de Jesús de Nazaret cuando escucharon su enseñanza en la sinagoga. Me pregunto qué dirían si lo hubiesen visto clavado en una cruz y moribundo, atrapado en un infierno de sufrimiento, y abandonado por Dios. Te lo puedes imaginar: “¡Vaya! Tú que destruías el santuario y lo reconstruías en tres días, baja de la cruz y sálvate… Ha salvado a otros y él no se puede salvar. ¡El Mesías, el rey de Israel! ¡Que baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos!”

Pero tú no miras así a tu Cristo crucificado. Tú aprendiste a escuchar su silencio, a leer sus llagas, a descifrar el misterio de su vida. Y viste y oíste a Dios en aquel hombre abandonado de Dios.

Desde entonces, el mundo se te ha llenado de profetas, de crucificados que te hablan en nombre de Dios.

Y sabes que has de preocuparte, no por la existencia de Dios, sino por escuchar el silencio de los crucificados, la palabra de los profetas, el grito de los pobres.

Muchos se quedarán fuera del reino de los cielos, porque la invitación a poseerlo les llegó en las manos de un desheredado ¡y la rechazaron!

Feliz domingo.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario