Somos ya lo que esperamos ser

Queridos: En este domingo, en el que la palabra de Dios nos acerca al misterio de la resurrección de los muertos, no esperéis de mí una reflexión sobre la naturaleza de este acontecimiento salvador o el significado que puede tener para cada uno de nosotros y para la comunidad eclesial. Sólo pretendo que podamos decir con verdad: “Creo en la resurrección de los muertos”, de modo que esta fe, no sea una ilusión proyectada sobre un futuro incierto, sino una luz que, iluminando el presente, nos ayude a discernir en cada circunstancia de la vida lo que es justo, lo que es bueno, lo que es verdadero, lo que es santo.

Cuando digo: “Creo en la resurrección de los muertos”, en realidad estoy confesando el poder creador de Dios, la libertad de su amor infinito, la fidelidad del Rey del universo a su palabra, a sus promesas, a su alianza.

Cuando digo: “Creo en la resurrección de los muertos”, confieso que el Señor se ha comprometido conmigo para librarme de la opresión del pecado y de mi servidumbre a la muerte.

Cuando digo: “Creo en la resurrección de los muertos”, todo mi ser confiesa que mi Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.

Y porque he confesado lo que creo, he puesto sobre roca firme el fundamento de la esperanza, y puedo decir con verdad, como aquellos siete hermanos a quienes un rey inicuo amenaza con la muerte: Dios mismo nos resucitará; de él recibiremos multiplicado lo que en la vida nosotros le entregamos; de él recobraremos lo que ahora con violencia un rey malvado nos pueda arrebatar. Y porque confesamos lo que creemos, y esperamos lo que la fe nos promete, de la fe y la esperanza recibiremos la fuerza que necesitamos para guardar con fidelidad la ley del Señor.

Nosotros decimos: “Creo en la resurrección de los muertos”. Y es como si en el corazón de cada uno se hallase recogida toda la esperanza del salmista: “Al despertar, me saciaré de tu semblante, Señor”. En realidad, aquel “creo en la resurrección de los muertos”,  es nuestro modo de decir: “al despertar, me saciaré de tu semblante, Señor”.

Contemplad ahora, queridos, al salmista, a los siete hermanos que mueren por su fidelidad a la ley del Señor, a Jesús de Nazaret que está llegando al final de su éxodo de este mundo al Padre, y poned en el corazón y en los labios de cada uno de ellos las palabras del salmo con el que hemos orado, y sacad a la luz los tesoros de fe, esperanza y amor que cada corazón encierra.

Escucha mi apelación, atiende a mis clamores, presta oído a mi súplica, a la sombra de tus alas escóndeme”. Para el salmista, para los mártires, para Jesús, también para nosotros, ¡cuánta tensión y cuánta paz!, ¡qué cerca la muerte y qué cierta la vida! En verdad, Dios “nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza”.

Al despertar, me saciaré de tu semblante”, dice el salmista, el inocente injustamente acusado, que acude al tribunal de Dios, justo juez, y espera que en la mañana será admitido a su presencia. “Al despertar, me saciaré de tu semblante”, dicen los mártires, los fieles del Señor dispuestos a morir antes que quebrantar su ley y su alianza, pues para ellos habrá una mañana  de Dios en la que despertarán de la muerte a la vida, y recibirán de la justicia divina lo que les ha arrebatado la injusticia de los malvados. “Al despertar, me saciaré de tu semblante”, dice Jesús de Nazaret, el inocente crucificado, y lo dice con palabras de Hijo que, sufriendo, aprende la perfección de la obediencia y la esperanza: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

Al despertar, me saciaré de tu semblante”, decimos nosotros, y nuestra vida se ilumina entera con la luz de Cristo resucitado, y volvemos los ojos y el corazón hacia esa mañana de Dios, en la que, resucitados con Cristo, despertaremos del sueño de la muerte y se manifestará, también en nosotros, la gloria del Señor.

Queridos, vosotros sois el pueblo de los que siguen a Cristo resucitado y esperan que amanezca el día en que resucitaréis con Cristo.

Mientras tanto, sois hombres y mujeres del domingo, que hacen comunión con Aquel a quien siguen, y en Él ya son, de modo misterioso y verdadero, lo que esperan ser.

¡Feliz espera! ¡Feliz domingo!

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Que no cese tu canto: “Te ensalzaré, Dios mío, mi rey”

La palabra de Dios proclamada en esta asamblea eucarística nos introduce en el misterio de salvación y de gracia que es para los pecadores Jesús de Nazaret, el Hijo del hombre que ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.

Pero antes de volver a Jesús la mirada de la fe, escuchad lo que, a propósito del Dios de Israel, dice el autor de la Sabiduría: “Te compadeces de todos, porque todo lo puedes… Amas a todos los seres… A todos perdonas porque son tuyos, Señor, amigo de la vida”.

Habréis observado que la palabra de Dios no nos ha anunciado algo que se ha se ha de ver en un tiempo restringido, en circunstancias especiales, en ocasiones contadas, sino que nos revela realidades eternas, como es eterno Dios mismo: Te compadeces, amas, perdonas

En realidad, no se nos ha dicho lo que el Señor hace, sino lo que él eternamente es: “El Señor es clemente, es misericordioso, es rico en piedad, es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas”.

Con todo, hermano mío, no dejes todavía que la palabra del canto agite la quietud de la contemplación. Vuelve la mirada interior hacia Jesús y ¿qué es lo que ves? El evangelista dice: “Jesús levantó los ojos”. Y tú contemplas al Dios clemente y misericordioso que recorre los caminos buscando al que tiene necesidad de salvación.

Los que murmuraban decían: “Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”.

Pero tú, al Dios que es rico en piedad, lo has visto abrir de par en par las puertas de su casa para que se hospeden en ella todos los pecadores de la tierra.

Jesús dijo: “Hoy ha sido la salvación de esta casa”. Y tú contemplabas al Señor que a todos perdona, porque todos son suyos, y él es amigo de la vida. Y cuando Jesús añadió: “El Hijo del hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido”, tú viste a tu Dios que te buscaba, porque se compadecía de ti y te amaba y te perdonaba. Tú sabes que no puedes verle, si antes él no te mira. Tú sabes que no puedes acogerle en tu vida, si antes él no te ha acogido en la suya. Tú sabes que no puedes hallarle, si él no sale a buscar lo perdido.

¿Y el canto? Todavía no, pues conviene que gustes en silencio el misterio de esta Eucaristía. Hoy eres tú quien, “tratando de distinguir quién era Jesús”, has subido a la casa de la asamblea para verlo, ¡porque él tiene que pasar por aquí! Y el que te ama levantará los ojos y te dirá: Estoy a la puerta llamando; si alguien me abre, entraré y comeremos juntos. Y tú lo recibirás muy contento en tu casa necesitada de salvación.

Vuelve, hermano mío, la mirada a Jesús, y verás a tu Dios que te mira, te recibe y te encuentra ¡porque eres suyo y te ama!

Y ahora que la fe nos ha permitido ver y gustar las maravillas de Dios, ahora sí podemos cantar: ya es tiempo de eucaristía.

Cantemos con el salmista: “Te ensalzaré, Dios mío, mi rey… te bendeciré… alabaré tu nombre por siempre”.

Cantemos con la madre del Señor: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque ha mirado la pequeñez de su esclava”.

Ahora es tiempo de alabanza, y podemos convocar a la creación entera a este canto de fiesta en honor de nuestro Dios: “Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles”.

Todavía hoy continúa resonando en tus oídos la confesión de amor del pequeño Zaqueo: “La mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres, y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más”.

Si amas, pequeño rebaño, pequeño Zaqueo, nunca cesará tu canto. Feliz domingo.

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Un canto de esperanza

“¡Desfallezco de ansias en mi pecho!”

Pudieras pensar que ésas son palabras del esposo, del mismo que dice: “¡Toda eres bella, amada mía, no hay defecto en ti! ¡Ven del Líbano, esposa, ven del Líbano, acércate!… Me has robado el corazón”.

Pudieran ser por la misma razón palabras de la esposa: “Yo soy de mi amado, y él me busca con pasión. Ven, amado mío, salgamos al campo, pernoctemos entre los cipreses; amanezcamos entre las viñas… allí te daré mis amores”.

Pero son palabras de Job, palabras que ahondan sus raíces en la tierra atroz del sufrimiento humano, son palabras del hombre que, sentado en el polvo, experimenta que “Dios le ha hecho daño y que lo ha copado en sus redes, le ha vallado el camino para que no pase, le ha velado la senda con densa oscuridad”.

“¡Desfallezco de ansias en mi pecho!”: Son palabras de un hombre que implora piedad de sus amigos, porque “lo ha herido la mano de Dios”.

Pero su canto de esperanza no es para los amigos por su piedad, sino para Dios por su inquebrantable fidelidad: “Yo sé que mi redentor vive”, y desfallezco de ansias por encontrarme con él.

Ése es el canto que resuena silencioso en los caminos de los emigrantes, en la no patria de los desterrados, en el corazón de los que habitan en tierra y sombras de muerte. Ése es el canto misterioso de los pobres, de los amados de Dios. Ése es el canto de los que mueren en la fe, ése es tu canto, Iglesia esposa de Cristo: un canto de esperanza, que ahonda sus raíces en el amor eterno de tu Redentor.

 

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Por la fe, subimos al templo que es Cristo Jesús

En la asamblea litúrgica vuelven a resonar con fuerza los gritos del pobre. La palabra de Dios recuerda a algunos por el nombre común de sus pobrezas: el oprimido, el humilde, el atribulado, el abatido, el afligido, el huérfano, la viuda. Nosotros conocemos otros indicativos comunes para los pobres de nuestro tiempo: hombres y mujeres sin libertad, sin trabajo digno, sin paz y sin justicia; huérfanos, no sólo de su padre o de su madre, sino también de su tierra, su cultura, sus tradiciones, su vida; viudas de marido y de pan, de respeto y solidaridad.

No, no hace falta que el pobre grite delante del Señor –muchos no sabrán hacerlo, muchos no tendrán siquiera la fuerza necesaria para hacerlo-; aunque su voz no sea más que un murmullo, ese murmullo es un grito para Dios; aunque su queja se pronuncie sólo en el secreto del corazón, esa queja resuena como un trueno en el corazón de Dios; aunque el pobre no encuentre palabras para una súplica ni fuerzas para una queja, sus penas son palabra y queja y grito que atraviesa las nubes y no descansa hasta alcanzar a Dios.

Domingo a domingo, la palabra de Dios nos enfrenta con el misterio de la pobreza del hombre.

Hay una pobreza atroz, la del desvalido, del oprimido, del hambriento, del cautivo. Es la pobreza de tantos hermanos y, por eso mismo, es la pobreza de nuestra propia carne, y en la oración nos hemos identificado con ellos: ¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches? ¿Hasta cuándo gritaré sin que me salves? El Señor se enfrenta contra los que compran por dinero al pobre; el Señor levanta del polvo al desvalido; el Señor hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, liberta a los cautivos. Enfrentarse al opresor, levantar al oprimido, hacer justicia, un día el Señor lo hará sin nosotros, en un juicio definitivo. Ahora, en este tiempo nuestro, lo hace con nosotros, con nuestra voz, con nuestras manos, con nuestra razón y nuestro corazón, con nuestro pan y nuestra solidaridad.

No hace mucho tiempo, el relato de la curación de Naamán el sirio y de los diez leprosos que salieron al encuentro de Jesús en aquel pueblo entre Samaria y Galilea, nos acercó al misterio de nuestra propia lepra y, al mismo tiempo, nos desveló el misterio de la santidad de Dios derramada sobre nuestra vida, justicia de Dios revelada a las naciones, luz de Dios iluminando nuestra oscuridad, vida de Dios irrumpiendo en los dominios de la muerte.

Hoy, la palabra de Dios nos lleva de la mano a entrar en el abismo de esa pobreza que es nuestro pecado. Nosotros somos el publicano que sube al templo a orar y a quien el Señor escucha. Por la fe, hoy subimos al templo que es Cristo Jesús, y allí no podemos presumir de nuestras obras, pues Cristo Jesús murió por nosotros, y todo en ese templo –manos, pies y costado, mirada y corazón- todo nos recuerda que somos pecadores. Por la fe, subimos al templo que es Cristo Jesús, e iluminados por su luz, nos reconocemos pecadores y confesamos que nuestras obras justas son como un paño inmundo. Por la fe, subimos al templo que es Cristo Jesús,, y en Cristo, nosotros, ladrones porque nos hemos apropiado de los dones de Dios, injustos porque no le hemos dado la gloria que le corresponde, adúlteros porque hemos negado su amor, no nos atrevemos ni a levantar los ojos al cielo, y sólo nos golpeamos el pecho, diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.

Ahora recuerda la palabra del salmista: “Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha”. Recuerda y acércate, recuerda y entra en el templo, recuerda y comulga. Y resonará en tu corazón el eco de las palabras de Jesús: “Éste bajó a su casa justificado”.

No presumimos de nuestras obras de justicia, sino de la justicia que recibimos en el templo que es Cristo, porque “Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación de suave olor”.

Entra en el templo que es Cristo, en el templo confiesa humilde tu injusticia y acoge agradecido su justicia, y, en el templo y en tu casa, ama a quien así te amó y entrégate por entero a quien por ti enteramente se entregó. Feliz domingo.

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Instrucciones para llegar a ser discípulo de Jesús: Aprender a odiar.

Todos serán invitados al banquete del reino, todos serán invitados para que “la casa se llene de comensales”, todos podrán seguir a Jesús en su camino hacia Jerusalén, pero no será sin condiciones, no será de cualquier modo, no será “sin vestido de fiesta”.

Muchos “irán a Jesús”, pero  no por ello llegarán a hacerse “discípulos de Jesús”: “irán” pero no entrarán en la casa; “irán” pero no se sentarán a la mesa del banquete.

Seguimiento, casa y mesa imponen condiciones desconcertantes.

En el llano, antes de comenzar el camino, ya habíamos oído una extraña bienaventuranza: “Dichosos vosotros cuando os odien los hombres y os excluyan y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre”.

Y en el mismo lugar escuchamos un no menos extraño mandato: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian”.

Ahora escuchamos una condición de seguimiento de Jesús que resulta más sorprendente aún que aquel mandato y aquella bienaventuranza: “Si alguno se viene conmigo y no odia a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío”.

Si el odio al que te odia, mucho más que un obstáculo, era un impedimento para entrar en el reino, lo puede ser también el amor del que te ama. Aquel impedimento se retiraba amando al que te odia. Éste habremos de retirarlo odiando al que te ama.

Y ése podrá ser el más allegado de tu familia, el que va más adentro en tu corazón; ése podrás ser incluso tú mismo, tu alma, tu vida.

Duro, muy duro es este lenguaje. Nada de extraño que a Jesús lo hubiesen abandonado todos. En su momento, cuando se atisba ya la soledad en que va a dejarlo la pasión y la muerte, Jesús preguntará a los Doce: “¿También vosotros queréis marcharos?” En aquella ocasión, Simón Pedro contestará: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

Pero llegado el momento de la cruz, todos desaparecerán.

Nada quiero añadir a lo que Jesús ha dicho, pero tampoco nada puedo quitar.

Sólo haré memoria de un ejemplo de radicalidad en el odio, memoria de un odio total que a nosotros nos trajo la salvación: “Cristo Jesús se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz”.

Por el camino quedaron –odiados- el cielo y la condición divina, y, en la tierra, padre y madre, hermanos y hermanas… y hasta la propia vida.

Y nosotros hoy, no sólo escuchamos su palabra que nos sacude, sino que comulgamos con el que a sí mismo se odió por salvarnos.

El que quiera seguir a Jesús, de Jesús habrá de aprender a odiar.

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“¡Vendrán” porque los “atraeré!”

Lo había dicho el Señor por medio del profeta: “Yo vendré para reunir a las naciones”. Y añadió: “Vendrán para ver mi gloria”.

Hoy has oído que Jesús decía en el evangelio: “Vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios”.

Lo dice el mismo que, entrando en la hora del juicio contra el mundo, en su hora, proclamará: “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”.

Vendré –dice el Señor-, para que vengan. Los “atraeré” y “vendrán”.

Considera quién es el que atrae.

Es Cristo Jesús “elevado sobre la tierra”, elevado en la cruz, elevado a su gloria.

Considera cómo atrae con palabras de perdón a quienes lo crucifican; cómo atrae al centurión a que confiese, por lo que ha visto, la inocencia de aquel ajusticiado; cómo atrae a un malhechor, ajusticiado con él, a la verdad y al paraíso.

No te atrae el espectáculo cruel, sino el portento admirable. No te acercas a una zarza devorada por el fuego, sino al hombre Cristo Jesús que en el fuego de la divinidad arde sin consumirse.

Elevado sobre la tierra, te atrae el Señor con lazos humanos, con cuerdas de cariño, como un padre que llama a su  hijo, y todo él –manos, mirada y palabra de ese padre- se hace evidencia de amor para que el hijo eche a andar y dé su primer paso hacia la libertad.

Elevado en la cruz, te atrae Cristo Jesús como atrae la salvación, como atrae la vida, como atrae la paz, como atrae la justicia…

Elevado a su gloria, te atrae el esposo, como atrae el perfume, como atrae el amor: “¡Que me bese con los besos de su boca! Mejores son que el vino tus amores; exquisitos de aspirar tus perfumes; tu nombre, un ungüento que se vierte”.

¡Elevado, te atrae!

Escucha la palabra con que él ilumina el misterio de su glorificación y de tu eucaristía, de su cruz y de tu misa: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros… Éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna… derramada por vosotros.” Escucha y aprenderás cómo te atrae. Te atrae como quien se entrega, como quien te ama, como quien se pierde por ti, como un pan partido para saciar tu hambre, como una copa de alegría preparada para apagar tu tristeza.

¡Elevado, te atrae!

En la cruz, en el altar, te atrae el que te ama.

Feliz domingo.

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Bautizados con Cristo para hacer un mundo nuevo

Hundidos en el lodo: primero Jeremías, luego Jesús.

Bautizados en la muerte: Jeremías y Jesús, sumergidos en un abismo de rechazo humano, de incomprensión, de odio, destinados a morir.

Crucificados como Jeremías, como Jesús, los emigrantes, siempre los pobres: Empujados a la muerte por la miseria; abandonados a su suerte por nuestro egoísmo; dejados como plástico a la deriva por nuestra indiferencia.

Sus vidas son un grito: “Dios mío, sálvame, que me llega el agua al cuello: me estoy hundiendo en un cieno profundo y no puedo hacer pie; he entrado en la hondura del agua, me arrastra la corriente”.

Jeremías, Jesús, los emigrantes, los pobres: nosotros los vemos como un incordio a las puertas de nuestra abundancia, pero son voceros de Dios, son sus profetas, una alarma activada por el amor de Dios en nuestro mundo de frivolidades, una llamada a la conciencia de los distraídos por si todavía queremos darnos una oportunidad de salvación.

Todos tenemos nuestras buenas razones para el abandono de los pobres al frío de la muerte, pero son las mismas buenas razones con las que dejo a Dios fuera de mi vida, fuera de mi rosario –perverso- y de mi eucaristía –escandalosa- y de mi corazón –petrificado-…

La Iglesia que hoy celebra la Eucaristía sabe que pertenece a Cristo, y hace suya la palabra de Cristo y comulga con su Señor.

Tú sabes que eres un solo cuerpo con Cristo; sabes que tu destino es el de los pobres, el de los profetas, el de Cristo.

Bautizada, olvidada, desechada, crucificada, estás llamada a ser siempre presencia viva de Cristo pobre entre los pobres, pobre tú también y enviada a los pobres como evangelio de salvación.

Habrás de desear ese bautismo por el que pasó Jesús; habrás de desearlo como lo deseó Jesús, habrás de desear con todo el corazón verte entregada con él, seguirlo a él abrazada a tu cruz…

Ese bautismo, esa comunión con Cristo Jesús en su entrega de amor hasta la muerte, es la chispa que encenderá el fuego que él vino a prender en el mundo. Por esa puerta de la entrega amorosa entrará el Espíritu de Jesús que hará posible un mundo nuevo, un mundo hijos de Dios, el reino de Dios, un mundo en el que los pobres podrán decir con verdad –lo podrán decir a una con Jesús-: “Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito. Me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa; afianzó mis pies… aseguró mis pasos… El Señor se cuida de mí”.

Feliz domingo, Iglesia de Cristo. Feliz bautismo en la muerte de Cristo. Feliz comunión con Cristo resucitado.

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Tu nombre es «Río-de-paz»

Ya sea que ores en el secreto, ya sea que celebres en la comunidad los misterios de la fe, el Espíritu del Señor, con la suave eficacia de su santa operación, te lleva de la mano al conocimiento del misterio de la salvación, anunciado por la ley y los profetas, y cumplido en la Palabra de Dios hecha carne.

Dios habla de Dios, y te revela lo que ha dispuesto para ti; dice: “Yo haré derivar hacia ella como un río la paz”.

Puedes preguntarte quién es ella, por dónde avanza ese río de paz, quiénes son los que se bañan en sus aguas.

Tu corazón guarda memoria de noches y días de paz. Cuando Jesús nació en Belén, los ángeles llenaron la noche de aquel nacimiento con un canto que anunciaba gloria en el cielo para Dios, y paz en la tierra para los hombres de buena voluntad. Cuando el justo Simeón tomó en brazos al niño Jesús, el alma del anciano se derramó en oración, en palabras que son transparencia de la paz que aquel niño traía consigo y le dejaba: “Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz”.

La memoria de la fe te sugiere que la paz se llama Jesús, y que él es la cabecera de ese río que Dios, por la encarnación de su Hijo, hizo derivar hacia la humanidad entera.

Ahora el Espíritu del Señor te muestra por dónde corre el río de paz que viene de Dios. Lo has escuchado hoy: “El Señor designó otros setenta y dos, y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir él”. Y has oído también que Jesús les decía: “Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa». Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz”. Oyes este evangelio; recuerdas la promesa del Señor: “Yo haré derivar hacia ella como un río la paz”; y la reconoces cumplida en el evangelio que has escuchado: con el saludo de los discípulos, la paz de Dios llama a las puertas de cada lugar a donde Jesús quiere ir.

Hoy, Iglesia de Cristo, eres tú quien en la Eucaristía te encuentras con el Señor de la paz; eres tú quien, escuchando a Cristo, acoges la paz; eres tú quien, recibiendo el Cuerpo de Cristo, comulgas la paz;  eres tú quien, enviada por Cristo, has de llevar a todos los pueblos y lugares la paz que de él has recibido.

Tu nombre es «Río-de-paz».

 

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El Señor, mi bien:

El hermano Francisco de Asís había llegado al final de su proceso de conversión.

El Señor lo había visitado en el monte Alverna, y en su cuerpo quedaron llagas evidencia de una crucifixión.

Entonces, de su puño y letra, Francisco escribió un cántico al amor de caridad que lo había crucificado: “Tú eres el santo Señor Dios único, el que haces maravillas… tú eres el bien, el todo bien, el sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero…”.

Francisco, crucificado, ya puede decir con verdad: “Mi Dios, mi todo”.

Teresa de Jesús dijo lo mismo con una rima para grabar en el alma: “… Quien a Dios tiene, nada le falta, sólo Dios basta”.

Es ésta la plenitud que nosotros aprendemos mientras oramos con las palabras del salmista: “Yo digo al Señor: «Tú eres mi bien». El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano”.

Este salmo bien pudiera ser la oración de un levita en el día de su dedicación, o la de un sacerdote en el día de su consagración. Para ellos, que no heredarán en la tierra prometida, “el Señor será su heredad”, su único bien, todo su bien.

El salmista anticipa en la vieja alianza, como figura profética, la relación de Cristo Jesús con el Padre del cielo. Francisco y Teresa imitan en la alianza nueva lo que en Cristo Jesús han visto cumplido. Sólo en Jesús de Nazaret el hombre llega a decir a Dios con toda verdad: “No tengo bien fuera de ti”.

Esta experiencia de Dios como plenitud del hombre es la que hace posible en el creyente –en el salmista, en Jesús, en los discípulos de Jesús- la disponibilidad necesaria para ponerse en camino, asumir la propia misión, aceptar en libertad la llamada de Dios.

Si Dios es mi todo, lo demás resultará espiritualmente indiferente.

Si Dios es mi todo, y el amor de Dios se me ha hecho fuente de libertad, lo podré aceptar todo con tal de hacer en mi vida la voluntad de Dios.

Queridos: Sólo en el Altísimo Hijo de Dios, hecho hombre por nosotros, Dios lo es todo para el hombre y el hombre se adhiere en todo a la voluntad de Dios.

Nosotros, pecadores, somos por gracia hambrientos de plenitud y de fidelidad, sedientos de amor y de libertad.

Propio de pecadores que buscan a Dos es la súplica humilde, porque la caridad divina lleve a término en nosotros lo que ella misma comenzó.

Desde lo hondo del corazón, con palabras del hermano Francisco, suba hoy hasta el cielo la oración de nuestra pobreza: “Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concédenos por ti mismo a nosotros, míseros, hacer lo que sabemos que quieres y querer siempre lo que te agrada, a fin de que, interiormente purificados, iluminados interiormente y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y llegar, por sola tu gracia, a ti, Altísimo, que en perfecta Trinidad y en simple Unidad vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente, por todos los siglos de los siglos”.

Sólo el Hijo amado de Dios recorre con fidelidad el camino que lleva al Padre. Nosotros deseamos seguir sus huellas, seguirlas de cerca, tan de cerca que, en realidad, lo que deseamos es llegar a la plena comunión con él, a ser uno con él.

El cielo se asombrará, hermano mío, hermana mía, cuando en él resuenen hoy las palabras de tu salmo: “Yo digo al Señor: «Tú eres mi bien»”. En una sola voz, el Padre oirá la del Hijo y la de la Iglesia, la de Cristo Jesús y la tuya.

Feliz domingo, Iglesia amada del Señor.

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De cristo y de los pobres

Celebramos la “solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo”.

Quiere ello decir que dedicamos un día del todo especial a la contemplación y adoración del sacramento que hace a la Iglesia, del alimento que la sostiene, de la medicina de inmortalidad que sanará la corrupción de nuestra muerte, de la prenda que se nos da de la gloria futura.

A gustar el misterio de este día puede ayudarnos la experiencia que, en el camino de la vida, cada uno de nosotros haya hecho de la dulzura del nombre de Jesús.

Aprendimos desde niños a pronunciarlo como nombre del amigo más entrañable. Con el tiempo, ese nombre se nos fue haciendo memoria de palabras que iluminan la vida, de autoridad que remedia pobrezas, de compasión que cura enfermedades; ese nombre nos habla de bienaventuranzas asombrosas, esperanza sin límites, gracia para los pecadores, recompensa para los justos; ese nombre dice siempre misericordia, quietud en la tempestad, amor hasta el extremo.

Cada uno de vosotros sabe –sólo cada uno de vosotros lo puede saber- qué le sugiere al propio corazón el nombre de Jesús. Y cada uno intuye que lo evocado cuando decimos Jesús, eso mismo es lo que encontramos misteriosamente, verdaderamente, realmente entregado en el admirable sacramento de la Eucaristía.

Hoy alabarás el nombre del Señor, y lo ensalzarás dándole gracias, pues si dices “Jesús”, lo encuentras en la Eucaristía; si pides ayuda, allí la recibes; si llamas al amado, es él mismo el que te abre la puerta de la celebración.

Si dices: «Jesús», dices un nombre que, siendo todo humano, evoca un mundo de maravillas que es todo de Dios.

Si dices: «Eucaristía», dices pan y vino, frutos de la tierra y del trabajo del hombre, que al mismo tiempo velan y revelan realidades celestes, y son para tu fe el sello de la nueva y eterna alianza, son el cuerpo de la gloria, el cuerpo del amor divino, el cuerpo y la sangre de Cristo resucitado.

Si dices: «Eucaristía», el miedo se desvanece en la libertad recobrada de los hijos de Dios, y la esperanza llena con su luz el corazón de los pobres.

¡Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo! He dicho: “un día para la contemplación y la adoración”. He de añadir: un día para la aceptación del don divino que es la vida eterna, un día para la comunión con la eternidad de Dios.

 

P.S.: Y no te olvides de los pobres, pues en ellos, como en la Eucaristía, es tu Señor quien sale a tu encuentro, es el Señor quien se te da mientras te pide, es el Señor quien te acude a ti mientras lo acudes, es el Señor el que te enriquece mientras te pide limosna. Adóralo en la Eucaristía, ámalo en los pobres, comulga con él en la Eucaristía y en los pobres.

 

Feliz día, Iglesia de Cristo y de los pobres. Feliz encuentro con tu Señor.

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