¿Los pobres nos evangelizan?

Es sugestiva la insistencia del papa Francisco en lo relativo a la necesidad de asumir como propios la causa y el destino, de los pobres, excluidos y marginados de todos los mundos. Ya hace muchos años el magisterio y la teología latinoamericanos, han proclamado que los pobres nos evangelizan. Y esto se ha dicho, no solo para los latinoamericanos, sino para la Iglesia universal. Porque en otros continentes existen diversas y no pocas formas de pobreza. Pero considero que no es fácil asimilar la hondura y el valor de esta evangelización desde los pobres y oprimidos, segregados y marginados. Si ellos nos evangelizan ¿cuál es la buena noticia que nos traen? ¿cuál es su evangelio?

La buena noticia de una fe del símbolo, de la narración, de la contemplación de Dios en todo lo que pasa y no de la argumentación racional y la deducción fría, a partir de principios inmutables. En el espíritu de las Bienaventuranzas en Mt 5,1-12, la felicidad está en esta manera sencilla, simbólica y directa de hacer presente el Reino. La opción por los pobres tiene sentido desde esta perspectiva de las Bienaventuranzas. Desde allí comprendemos aquello de las cosas que han sido reveladas a la gente sencilla y se han ocultado a los sabios y entendidos (Mt 11,25). Optar por ellos es buscar vivir este espíritu regenerador.

Pero hay una dimensión mucho más profunda en esto: los seres humanos somos simbólicos. Los sentimientos, las emociones, las actitudes y todo lo que tiene que ver con las dimensiones que trascienden lo fáctico, se expresan a través de símbolos. Quien pierde la capacidad simbólica pierde al mismo tiempo la posibilidad de sorprenderse (Mt 16,3). Los pobres mantienen esa capacidad de maravillarse ante lo sencillo ¿Te sigues maravillando ante la belleza de una flor? (Lc 12,27) ¿Te extasía un amanecer? ¿Un atardecer? (Sal 19,1) ¿Te duele la mirada cansada de una anciana que habiendo pasado la vida dando vida, trabajando y luchando, ahora se debate en soledad en el laberinto de sus pensamientos marchitos? (Is 1,17) ¿Te duele la vida crucificada? (Dt 15,7).

Optar por los pobres es dejar que ellos nos enseñen a recuperar la dimensión simbólica de nuestras vidas. Es saber asumir y generar símbolos: de fraternidad, de reconciliación, de apertura de espíritu, de capacidad de sorprenderse y maravillarse, para allí reconocer el rostro misericordioso de Dios Padre.

 

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¿Dónde anda el Espíritu?

Las complejas realidades que vivimos nos plantean innumerables preguntas. De algunas  podemos tener respuestas inmediatas, otras nos dejan en la indecible perplejidad de sentirnos desbordados y con mayores interrogantes. Me ha venido al pensamiento la pregunta ¿Dónde anda el Espíritu en este momento? ¿Dónde está en este momento esa acción del Espíritu de Dios uno con el Padre y el Hijo? Y me respondo: En la creciente conciencia del escándalo que significan los pobres y la pobreza en el mundo. Los organismos internacionales de financiación, los gobernantes de los países poderosos en sus reuniones, premios nobel de economía, están reconociendo que la desigual distribución de las riquezas y los bienes es una bomba de tiempo que urge una refundación de la economía mundial y de las políticas de estado que conllevan un cambio urgente en las maneras de comprender el desarrollo y el progreso. Por allí anda el Espíritu

En la creciente conciencia de la necesidad de respetar la creación y sus procesos, en la claridad de pasar de las palabras y los discursos a las decisiones y acciones que respeten los equilibrios en los ecosistemas y frenen la contaminación que mata especies y destruye un planeta con sus límites, a pesar de sus grandes posibilidades. Nos hemos dado cuenta que no somos dueños sino igualmente creaturas y que un respeto a la vida del planeta y en el planeta, urge. Y por allí anda el Espíritu.

En la creciente conciencia en la vida religiosa de la necesidad de mantener la esperanza y saber que lo imprevisible puede suceder, por lo que en lugar de lamentarnos y quedarnos inertes a la vera del camino, continuemos avanzando hacia las periferias existenciales de la humanidad contemporánea, buscando realizarnos hasta el último momento de la vida en la serena confianza que genera el vivir de la fe. Y allí sigue el Espíritu actuando y generando luz en las tinieblas

El Espíritu en tantas otras instancias de humanidad que podemos identificar si nos detenemos a contemplar su acción en este tiempo de temores y esperanzas.

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La indecible angustia de los miedos

En el sucederse de la historia, los seres humanos han realizado acciones maravillosas y sorprendentes que nos llevan a experimentar lo sublime de confesar lo revelado en las tradiciones del Antiguo y Nuevo Testamentos. Nos encanta constatar el decir del Salmista “lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y honor” (Salmo 8). Pero igualmente, estos hombres y mujeres creados creadores,  a lo largo de esta misma historia, han sido duros y crueles, capaces de acciones destructoras y  letales que pueden poner en riesgo el futuro mismo de la humanidad y la creación.

Los hechos de violencia, de terrorismo y criminalidad de todo tipo, nos erizan y sumergen en los miedos más atroces ¿Qué más puede suceder? ¿Cómo vivir en la zozobra? ¿Hacia dónde vamos con todo lo que está pasando en las sociedades contemporáneas? ¿Cuál es el real poder de los sistemas económicos, políticos, ideológicos y religiosos, de darnos seguridad? El miedo nos sumerge en la incertidumbre y el escepticismo. ¿Estamos a merced de poderes innombrables ante los cuales parecemos no tener controles evidentes? Y una angustia ante la posibilidad de ser potenciales víctimas de la violencia mortífera nos aqueja hasta los límites de lo indecible, porque pensamos que es mejor silenciarnos que gritar y protestar. Los riesgos pueden ser mayores.

Ante las acciones de los seres humanos con su premeditada capacidad asesina, nos sentimos impotentes como los discípulos de Jesús zarandeados por la tormenta que acosaba la barca (Mc 4,35-41).  Es posible que en esta hora de incertezas tengamos necesidad de llamar nuevamente al Señor para decirle “¡sálvanos!”.  E igualmente recordarnos la respuesta “¿Por qué están asustados?” “¿No tienen fe?”. La fe es una manera de situarse ante los miedos y la vida religiosa, partícipe también de los temores de todos,  en esta hora de la historia, es igualmente portadora de una palabra de fortaleza y esperanza. Él está con nosotros. Aún si llegamos a ser víctimas del terror que nos acecha.

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Resucitar a la esperanza

En verdad no puedo engañarme o engañarles con relación a situaciones y hechos que nos piden una seria reflexión y una búsqueda serena y sincera de nuevos caminos. Ser conscientes de los asuntos críticos de esta época para nuestro estilo de vida y los generados desde dentro del mismo, no significa que por ello perdamos la fe y la esperanza en la acción del Espíritu en la historia y en la capacidad de quienes hemos sido agraciados con los carismas de nuestras comunidades u órdenes, para seguir en la vida, de pie, aunque tengamos sesenta, setenta o más años.

Siguen llegando nuevas generaciones a la vida religiosa, en unos continentes más que en otros. Y ante ellas, los adultos tenemos una gran responsabilidad. No es con discursos lastimeros o con deseos de regresar a modelos del pasado, como podemos gestar una vida religiosa de hombres y mujeres apasionados por Jesucristo y el Reino de Dios predicado por El. Urge, entonces, superar algunos discursos que no corresponden a los intereses ni a las preocupaciones de las nuevas generaciones y, en cambio, sí pueden responder a las marcas y señales de amargura que algunas luchas fallidas del pasado hayan podido causar en algunos y algunas de nosotros, adultos y adultas.

Fortalecer la vida desarrollando una intensa experiencia espiritual que nos haga firmes en la esperanza, avanzar en la confianza sin condiciones en el Dios de la vida. El Dios que mantiene la fuerza de los pobres, más allá de todas las señales de muerte de este tiempo de globalización de la violencia. A los pobres solo les queda Dios y es posible que tengamos que decir que a la vida religiosa de algunos mundos solo le queda Dios. Se han acabado tantas seguridades fundadas en instituciones, obras y proyecciones que tuvieron tanto valor en otros tiempos.

Resucitar a la esperanza en esta Pascua puede ser tan importante como mantener la fe, porque es ella la que nos posibilita vivir en la alegría, en la jovialidad, en la capacidad de soñar y diseñar, crear y provocar, creer y avanzar.

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La compleja posibilidad de perdonar

Perdonar no es solo un acto de sujetos, hombres o mujeres, sino que igualmente es necesario descubrir la dinámica del perdón también para las instituciones y para la sociedad. Mal podríamos hablar de un perdón que no toque las estructuras que generan miseria, pobreza, desigualdad y exclusión.

Perdonar a quienes nos han ofendido y lacerado la tranquilidad del corazón, destruyendo ilusiones y anhelos de solidaridad, confianza y paz. No es posible el perdón sin una disposición a entrar en la profundidad del ser reconociendo que sufrimos más por no perdonar viviendo la competencia y la rivalidad, las mentiras y las envidias. Perdonar es divino, porque solo cuando entra en la médula la Palabra Evangélica que invita a perdonar a quienes nos han ofendido, nos liberamos de las naturales y humanas consecuencias de las ofensas proferidas o recibidas.

Pero igualmente las instituciones deberían pedir perdón. ¿Qué tal si el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y los organismos internacionales de control de las economías, pidieran perdón por las políticas que imponen a los países dependientes de sus decisiones y se comprometieran a una protección de sus intereses y a una globalización de la solidaridad? ¿Qué pasaría si todas las fábricas de armamento y sus propietarios pidieran perdón a tantas víctimas de las guerras y en lugar de ellas se financiaran programas de agricultura y protección de la tierra? ¿Será pensable una petición de perdón y una enmienda radical por parte de quienes han promovido la segregación racial, la trata de personas, la persecución a los inmigrantes, la exclusión por la orientación sexual, la prostitución, el tráfico de órganos y tantos otros crímenes institucionales de este tiempo?

Por utópico que parezca el perdón desde las instituciones, no deja de ser una urgente llamada a la toma de conciencia acerca de las diversas dimensiones que el perdón evangélico conlleva. Y la vida religiosa, en sus instancias institucionales, también tendrá que perdonar y ser perdonada. Porque también ella está urgida de este perdón que sana.

 

 

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Una oportunidad a la esperanza

La iniciativa del papa Francisco de declarar este año de jubileo de la misericordia, puede ser una oportunidad para despertar la esperanza en un mundo mejor. Esperanza en las posibilidades que se ofrecen a la humanidad contemporánea de cuestionarse acerca del poder fatídico de la búsqueda insaciable del incremento de los capitales por encima de los intereses humanitarios y acerca del escándalo que es el aumento acelerado de millones de pobres en el mundo. La pobreza ha dejado de ser asunto de los así llamados terceros mundos para ser cuestión de todos los mundos.

Una agudeza del sentido crítico, que no se quede en las apariencias y supere la indiferencia, puede fortalecer la esperanza en el crecimiento de una conciencia planetaria otra, y aquí la vida religiosa puede jugar un rol importante, por moverse en los espacios que se mueve y por estar donde está en esta hora de la humanidad.

Agudeza en el análisis, clarividencia en la interpretación y creatividad e innovación en las propuestas de construcción de humanidad y de preservación de la creación, son un aporte sugestivo de nuestro estilo de vida en esta hora de la historia. Y ello conlleva urgentes cambios en la comprensión del desarrollo y del progreso y una clarividencia en cuanto a la necesidad de preservar la creación y promover acciones de justicia, para que pueda darse una mejor cabida a la misericordia.

Volver a proponer, para asumir desde prácticas sugestivas por lo concretas, las tradicionalmente llamadas obras materiales y espirituales de misericordia, es una acuciante llamada a entender que ellas no tienen razón de ser si no logran rasgar las estructuras pecaminosas de desigualdad e injusticia que hacen necesaria una reacción de la humanidad en pleno, para superar la apatía y la indiferencia; a fin de caminar hacia construcciones sociales en donde no todo es posible cuando se vive en y desde la misericordia evangélica.

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La incertidumbre nos acecha

Muchos son los acontecimientos de la vida. Algunos gratos y otros menos gratos. Podemos decidir lo que queremos hacer o hacemos, pero muchas veces nos sentimos presionados a actuar forzados por situaciones externas a nosotros y nosotras. Cuando suceden situaciones de violencia irracional, como las vividas en los últimos tiempos en varios países del mundo, cuando con terror miramos o escuchamos por los medios de comunicación la proliferación de amenazas de guerras no imaginadas hace quince o veinte años, vienen a nuestra conciencia múltiples interrogantes que no siempre reciben adecuadas respuestas de parte de nosotros mismos y de los demás.

No siempre nos detenemos a pensar como individuos o comunidades, que hay mucho de misterio en lo que nos pasa, desde lo más simple de la vida cotidiana hasta lo más trascendental. Y todo lo anterior, sobre todo cuando no tenemos respuestas evidentes, nos va sumiendo en una cierta incertidumbre que va rayando en el escepticismo con relación a la humanidad y hasta con relación a la misma naturaleza con sus misterios insondables. Y así, a pesar de nuestras  tantas seguridades y logros, la incertidumbre nos asecha, nos impide vivir en el confort tranquilo de quienes no se preguntan por la vida.

Como vida religiosa de este tiempo, los hombres y mujeres que somos, los modos como nos relacionamos entre nosotros mismos y como iglesias, la manera como instauramos y logramos o no relaciones de justicia, nos mantienen ante el acecho de grandes interrogantes acerca de nuestras reales posibilidades de lograr un mundo diverso al que se ha venido construyendo hasta el presente. Cuando un pesimismo frente a las posibilidades de cambio, forma parte de las convicciones de tantos y tantas en estos tiempos; me pregunto si no somos, los religiosas, los llamados a seguir proyectando y luchando, desde donde sea y a la edad que sea, por el mundo de justicia, solidaridad y paz predicado por el Señor Jesucristo.

 

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