El silencio de Dios

El Dios de la Biblia es impredecible e inaferrable. Siempre mayor que cualquier concepto o imagen que nos podamos hacer de él. Cuando creemos conocerlo nos damos cuenta que sus caminos nos sorprenden y que las imágenes que nos hacemos de él son siempre inadecuadas, inestables y ambiguas. Con razón en el Talmud se lee: lammed leshonka lomar aní yodea’, es decir, «enseña a tu lengua a decir “no sé”». Es más lo que no sabemos de él que lo que de él podemos afirmar.

En el camino de la fe, desde su inicio hasta las cumbres de la mística, Dios se percibe como un Dios escondido, a quien no podemos poseer pero en quien podemos esperar y confiar. Dios se revela a través de la palabra que lo manifiesta y del silencio que lo oculta. Se revela necesariamente ocultándose. La presencia de Dios puede ser percibida y acogida como ausencia. Por eso experimentar a Dios como ausente es una forma de relacionarse con él. Sentirlo como «carencia», como «vacío», es ya entrar en relación con él. No necesitamos una voz divina que nos ensordezca, sino afinar la sensibilidad espiritual para percibir a Dios donde parece no estar y escucharlo en el silencio.

La teodicea con sus serenas certezas, con sus seguras e indiscutibles afirmaciones sobre la bondad y la providencia de Dios, se revela totalmente insatisfactoria frente a la experiencia de la ausencia y del silencio de Dios. En ese momento resulta inútil una buena formulación doctrinal y la sabiduría resignada del fatalista no basta para serenar el ánimo. Al silencio de Dios corresponde el silencio del hombre, que puede ser signo de desconcierto, pero que puede vivirse también como apertura a una revelación más perfecta. El silencio de Dios, no a pesar, sino precisamente por su complejidad y ambivalencia, es el espacio en que se juega la libertad y la dignidad del hombre frente al Misterio.

 

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Dios se precede a sí mismo en el corazón humano

San Pablo, como predicador del evangelio de Dios, se autopresenta como «colaborador de Dios», exhortando a sus oyentes a «no echar en saco roto la gracia de Dios» (2 Cor 6,1). Quien anuncia la buena nueva de Jesús sabe que está proponiendo el don divino por excelencia, consciente de que proclama la benevolencia y la misericordia divina y de que el momento del anuncio es «el tiempo favorable» (2 Cor 6,2).

A través de la predicación del evangelio Dios habla a la humanidad. Dios quiere llegar a los demás a través del predicador y a través de Él despliega su poder a través de las palabras humanas (cf. Evangelii gaudium, 136). Por eso el Apóstol exhorta a «no echar en saco roto la gracia de Dios», es decir, a recibir el mensaje que él predica permitiéndole desplegar toda su eficacia de amor liberador y de verdad luminosa, capaz de crear una nueva humanidad y una nueva forma de convivencia basada en la misericordia, la caridad, la paz y la justicia.

El predicador es la mediación a través de la cual la humanidad escucha la verdad que más hondamente anhela. «En el ser humano existe una predisposición al mensaje evangélico que Dios mismo ha creado en nosotros. En las personas y en los pueblos, existe por la acción del Espíritu, una espera, aunque sea inconsciente, por conocer la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre el camino que lleva a la liberación del pecado y de la muerte» (Evangelii gaudium, 265). «Dios se precede a sí mismo en el corazón de los hombres», decía Karl Rahner. El anuncio de la Buena Nueva de Cristo «es una respuesta que cae en lo más hondo del ser humano y que puede sostenerlo y elevarlo. Es la verdad que no pasa de moda porque es capaz de penetrar allí donde nada más puede llegar» (Evangelii gaudium, 265). De ahí que todo anuncio de la Buena Nueva es el «tiempo favorable» para escuchar, para recibir y acoger lo que todo corazón humano desea y espera para alcanzar su plenitud.

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«Diálogo, diálogo, diálogo»

El Papa Francisco dirigiéndose a la clase dirigente de Brasil el 27 de julio de 2013 dijo: «Cuando los líderes de los diferentes sectores me piden un consejo, mi respuesta siempre es la misma: Diálogo, diálogo, diálogo», añadiendo: «Hoy, o se apuesta por el diálogo y por la cultura del encuentro o perdemos todos». El diálogo es una modalidad de comunicación que no se debería bloquear nunca frente a las inevitables diferencias de opiniones, de intereses y de mentalidades. Con el diálogo podemos lograr superar siempre los muchos prejuicios y las innumerables barreras que tienden a dividirnos para llegar a experimentar la belleza de la comunión y de la colaboración en la búsqueda solidaria de la verdad y del bien. El diálogo es belleza. Dios es diálogo en sí mismo en el misterio de la Trinidad Santísima, y de ese modo Él es la belleza, la verdad y el bien supremo. Por eso todo diálogo auténtico es imagen del misterio divino que es diálogo y comunión.

El diálogo hoy se ha vuelto necesario en todos los niveles de la existencia humana: entre las personas, dentro de las familias y de las comunidades cristianas, en las iglesias locales y en el ámbito mayor de la Iglesia universal, en las empresas, en los grupos sociales nacionales e internacionales, sin olvidar el diálogo entre las culturas, las ideologías y las religiones.

El diálogo es una ósmosis de riquezas interiores e incesantes que fluyen entre quienes dialogan casi sin que ellos sepan cómo. Está hecho de silencio y de escucha, de sinceridad y de apertura. En el diálogo se renuncia a las propias razones al constatar que las razones del otro son más razonables que las mías. El diálogo es auténtico cuando es búsqueda sincera de la verdad, cuando logra colocar los fundamentos y prepara itinerarios concretos que conduzcan a la transformación de los corazones y de la historia. Cuando se dialoga algo cambia dentro de quienes dialogan. Después de dialogar nadie es el mismo de antes.

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Del silencio de la cruz al silencio del Espíritu

En la crucifixión de Jesús Dios calló, no respondió al doloroso «porqué» de Jesús (Mt 27,46; Mc 15,33) y no intervino para salvarlo. El Juez supremo no hizo justicia al inocente. En realidad, el Padre, callando, renuncia a salvar a su Hijo con tal de no declarar culpables a los que lo han condenado. Aquel silencio divino no fue debilidad, ni impotencia, sino un silencio revelador del amor divino, infinitamente más grande y más fuerte que la violencia, la injusticia y el pecado de los hombres. Con su silencio Dios reveló el sentido de su justicia, que es misericordia y salvación para la humanidad.

La resurrección de Jesús es el fulgor de una «palabra» dicha por Dios en la muerte, desde el silencio y en el silencio, la última y definitiva palabra de Dios acerca de la historia y de cada ser humano, la palabra profética de un «cielo nuevo y una tierra nueva» (Ap 21,1). Cristo Resucitado es la palabra que vence todos los silencios mortales de la humanidad. El silencio de la cruz se ha vuelto así buena noticia para todos los que viven sometidos a la esclavitud, atemorizados ante el silencio de la muerte (Hb 2,15) y para quienes como Jesús viven y mueren al margen de la historia, silenciados por el mundo y aparentemente abandonados por Dios.

El silencio de la cruz inaugura otra experiencia de silencio, el silencio en el que resonará la Palabra en la historia: la experiencia del Espíritu, quien no tiene una revelación propia, porque «no hablará por su cuenta» (Jn 16,13) y «os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14,26). La Palabra deberá ser escuchada en el silencio de la fe que escucha al Espíritu: «el que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias» (Ap 2,29; 3,6.13; etc.). A través del Espíritu y en el Espíritu resuena hoy la palabra de Jesús, que desde el silencio de la fe y de la adoración hace posible entre los creyentes la comunión y el amor. Una palabra que es también la palabra de la comunidad cristiana, nacida en la muerte y desde la muerte de Jesús, pero ahora destinada a llegar a todas las naciones (Mt 28,19; Lc 24,27).

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La gracia del desierto

Jesús va al desierto al inicio de su ministerio después de recibir el bautismo para recrear el camino de Israel y con su fidelidad inquebrantable al Padre vencer las insidias del maligno. Esta experiencia es mucho más que un simple dato cronológico de su vida. Es una auténtica prolepsis de su muerte en la cruz, cuando definitivamente entrará en el desierto último, allí donde se caen todos los apoyos humanos y se experimenta el terror del final absoluto. Como al inicio de su ministerio, también en este momento decisivo, que Lucas llama «la hora del poder de las tinieblas» (Lc 22,53; cf. Jn 13,2.27), Jesús sale vencedor como Mesías e Hijo de Dios. Atravesar el desierto de la muerte amando y confiando es la Pascua.

El desierto es una experiencia necesaria para la fe. Allí se revela lo más profundo y más auténtico del hombre. Es el tiempo del conocimiento propio, de la experiencia de la propia fragilidad y del no-saber, de la tentación de abandonar o de seguir el camino más cómodo. Al mismo tiempo en el desierto se ejercita la fe en modo excepcional al descubrir y experimentar que lo único esencial y vivificante para la existencia es vivir una relación de gratuidad y fidelidad amorosa con el Señor, pues «no sólo de pan vive el hombre» (Dt 8,3; Mt 4,4; Lc 4,4). En el camino de la fe el creyente necesariamente pasa por el desierto pues tarde o temprano experimenta la alteridad radical de Dios y se ve delante de caminos y criterios completamente distintos de los suyos.

Sin embargo, al desierto no se va por propia iniciativa pues es exponerse a la muerte (cf. Gen 21,14-16; 1Re 19,4). Es el Espíritu quien nos conduce al desierto, como condujo a Jesús. Solo el Espíritu nos puede hacer caminar en el desierto (Lc 4,1) y transformar ese lugar terrible y mortal en tiempo de revelación del amor eterno y vivificante del Señor, pues «cuando el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en nosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos da también la vida a nuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en nosotros» (Rom 8,11). Atravesar el desierto, amando y confiando, guiados por el Espíritu, es vivir la Pascua.

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Evangelizar con los gestos

La evangelización es fruto de la Palabra. «Es la Palabra misma la que nos lleva hacia los hermanos; es la Palabra la que ilumina, purifica, convierte. Nosotros no somos más que servidores» (Verbum Domini, 93). Con esta conciencia el creyente ofrece humildemente al mundo la razón, el contenido y la lógica interna de la esperanza cristiana (1Pe 3,15), la cual tiene un nombre y una historia: Jesús de Nazaret. Él es la esperanza y el sentido del mundo, el contenido de la evangelización y la forma de llevarla a cabo.

Como lo hizo Jesús, el anuncio del Evangelio no se puede limitar a solo palabras. Siempre será necesaria ciertamente la proclamación verbal y el anuncio. Sin embargo hoy la cultura en la que estamos inmersos y la nueva sensibilidad humana exige el compromiso personal de encarnar, mejor aún de «corporalizar», es decir, hacer visible con el cuerpo el kerygma evangélico. Dadas las carencias y los tipos de vínculos y afectos en hombres y mujeres de hoy, dada la frialdad de las relaciones en nuestra sociedad y las escandalosas divisiones entre los seres humanos, la empatía, la escucha, la ternura y la solidaridad efectiva que las relaciones personales maduras hacen posible, favorecen la adhesión a Cristo y son reflejo de su capacidad de dar nuevos motivos para vivir y para hacer nuevas todas las cosas.

Sin descuidar la proclamación del mensaje, hay que anunciar a Jesucristo con acciones visibles, sencillas pero elocuentes, que todo el mundo entienda. La verdad es que hoy el anuncio verbal, aunque sea del evangelio, no es suficiente. Hay que hacer vida y dar cuerpo al mensaje de Jesús a través de «gestos» que hagan transparente su presencia. Nos lo ha enseñado el mismo Jesús y nos lo está mostrando de un modo fascinante el papa Francisco. En el mundo de hoy, para anunciar  el nuevo sentido que brota de la verdad de Jesús y para hacer de nuestro camino de fe profecía para una sociedad enferma de egoísmo, pesimismo y ambición, hay que privilegiar «los gestos» misericordiosos, dando testimonio de «projimidad», haciéndonos responsables de los otros y aprendiendo a perder por amor. Este es un camino misericordioso que entraña, sobre todo, cercanía afectuosa y amistad solidaria con los más débiles y menos visibles. Como lo hizo Jesús. «Quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él» (1Jn 2,6).

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El silencio frente al misterio

Si por una parte es legítimo que el ser humano se interrogue sobre las leyes naturales que gobiernan el cosmos, sobre el sentido global de la propia existencia y sobre el confuso y perenne devenir de la historia, por otra, el mismo ser humano experimenta sus propios límites y es consciente de su incapacidad radical para conocer y poder explicar todo. La realidad posee dimensiones que no se pueden definir con absoluta claridad y exactitud.

El ser humano en búsqueda, fascinado y admirado por todo lo que le revela la razón, la ciencia y sus instrumentos de observación, atemorizado y  maravillado por su pequeñez respecto a las dimensiones del universo, con la curiosidad de saber y con sentimiento de angustia frente a lo desconocido, hace posible que también surjan preguntas que tienen que ver con el porqué, con el significado último de todo y, especialmente, con el sentido de su ser en este mundo. Frente a estas preguntas, no son suficientes los lenguajes humanos de la lógica, de lo razonable, de lo medible y del cálculo matemático. A menudo el ser humano se ve obligado a callar.

Es el silencio frente al misterio. Un silencio que habla de lo que no puede ser dicho y explicado en lenguaje humano, que expresa la actitud existencial de aceptación del tejido y de la madeja misteriosa de los acontecimientos de la vida humana, caracterizada a menudo por lo trágico y por un peso de dolor insoportable. El silencio frente a lo desconocido aviva en el ser humano el sentido y el gusto por la infinitud del misterio, en el cual las pocas cosas que conocemos adquieren un sentido, una orientación, una identidad modesta, pero suficiente para la vida cotidiana. Esta actitud hace crecer el respeto por el cosmos, por los demás, por uno mismo, y predispone a la aceptación del misterio del tiempo, de la historia y, en último término, de Dios.

La verdadera sabiduría se demuestra muchas veces callando, escuchando honestamente la realidad incomprensible y aceptando la incapacidad humana de poder dar una respuesta razonable. Quien calla al aceptar sus propios límites se abre a un horizonte de conocimiento más vasto y más profundo.

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