Monólogo con mi cuerpo

Cuando hablamos de afectividad, a veces nos quedamos en las emociones y los sentimientos, como función de la psique y olvidamos su relación con el propio cuerpo. Mi cuerpo, sea como sea, es el regalo que Dios me dio desde el seno materno y me acompañará hasta la muerte y el que me identifica como un yo único. Define mi género, pero lo mas-culino/femenino es más que el cuerpo, es mi yo integral. Es el instrumento que necesito para pensar, aunque el pensamiento trasciende la materia. El amor va más allá de lo material, pero necesita del cuerpo para expresarlo. Es el libro de mi vida. Mi cuerpo registra toda mi historia, así no lo haga consciente. Es el armario que guarda mis heridas esperando ser sanadas. Es la foto de mi yo íntimo, que a veces trato de camuflar. Mi sistema glandular regula gran parte de mi comportamiento. Mi relación con los demás la hago a través del cuerpo. Desde él acojo o rechazo al otro. Y lo más maravilloso: mi relación con Dios solo es posible a través del cuerpo, allí vivo la experiencia del dolor de su ausencia o el gozo de su Presencia.
Para madurar necesito integrar mi cuerpo, mi espíritu, mi psique, armonizarlos como un todo. ¿Por qué no hablar con mi cuerpo? ¿Qué le puedo decir?
Ante todo, gracias porque eres mi compañero inseparable en el viaje por la vida. Y perdón, por ignorarte a veces, creyendo que es virtud maltratarte, o pecado consentirte. Gracias a ti mis manos se hacen caricia para cuantos sufren; mis palabras alientan a quien está caído; mis oídos escuchan el clamor de los pobres; mi corazón se carga de misericordia, al estilo de Jesús y de ira ante tanta injusticia y corrupción; mi estómago comprende el sufrimiento de quienes pasan hambre y angustia; mis pies corren al encuentro de quien me necesita; mis rodillas en postura de adoración quieren decir: Oh Dios, Tu eres mi único Dios.
Mis votos los vivo en mi cuerpo, o se quedan en conceptos sin sentido. Opto desde mi conciencia, pero los hago vida en mi cuerpo. Qué bello sería construir como Francisco un cántico a mi cuerpo: Alabado sea mi Señor por mis ojos, mis oídos, mi boca, mis pies, mi genitalidad, mis manos, todo en mi cuerpo me habla de Ti. Hazlo.

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Vida afectiva y comunidad

La vida afectiva es la fuerza más poderosa que mueve al ser humano, lo polariza e incluso lo maneja si no está atento a “ordenar los afectos”, como dice S. Ignacio en los EE, 21. Los sentimientos de cada miembro dejan una impronta en la vida comunitaria y van definiendo la conducta del grupo. Sin darnos cuenta se van creando estados de ánimo, que aunque son individuales se vuelven contagiosos y luego colectivos.
En la vida de comunidad, desde los “buenos días”, reaccionamos de acuerdo al ambiente que percibimos: tensionados, si hay miembros negativos, indiferentes; o animados, si hay quien manifiesta la alegría de vivir, incluso sonríe y pone buena cara ante el café caliente, el pan crocante y el queso fresco. Toda comunidad vive al vaivén del estado de ánimo de sus miembros. De ahí la importancia de conocernos y asumir que así como a mí me afectan los estados de ánimo de los demás, también mis estados de ánimo afectan al grupo.
La comunidad se construye cada día entre todos. Luego somos responsables del hermano, que habiendo dejado el hogar paterno y otras posibilidades, tiene derecho a vivir un ambiente que le ayude a crecer, servir, llorar, reír, en fin, sentirse en familia, disfrutar su opción de vida, donde todos se pueden mirar a la cara porque hay respeto, confianza, identidad con un carisma, con un estilo de vida propio y con una “llamada” de Jesús para estar con Él, al servicio de los pobres, que somos todos, de alguna manera. Quizá se nos olvida que la comunidad es un don de Dios, de origen trinitario. Aunque haya miembros “caritristes”, desequilibrados afectivamente o con otras características poco fraternas, la verdad es que Dios nos ama a todos, y es más probable que vayamos madurando si experimentamos la misericordia del grupo que si somos rechazados y excluidos.
Saint Exupéry, en El Principito, nos revela un secreto muy simple que daría mucha vida a nuestras comunidades religiosas: “no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. Si miramos a nuestros hermanos con el corazón, encontraremos en cada uno los dones invisibles a nuestros ojos. La comunidad sería la verdadera escuela del afecto.

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Discernir antes que rechazar…

En un espacio tan corto, solo me atrevo a exponer en pocas palabras cómo actuar ante el homosexualismo en la vida religiosa y sugerir respuestas, desde el evangelio, que exigen discernimiento y respeto.

La homosexualidad ha existido siempre y en muchas culturas se ha considerado algo normal. Pero en la nuestra y, hasta hace pocos años, se ha visto como algo vergonzoso y por lo tanto que se debe ocultar. Hoy no solo ha cambiado el concepto sino también la manera de tratar esta realidad. La Iglesia va sintiendo la necesidad de buscar caminos cristianos que la lleven a dar vida, no a condenar.

En la vida religiosa lo relativo al sexo va dejando de ser tabú, pero sigue siendo un tema del que se habla a nivel privado, incluso en los institutos masculinos. Ante una realidad tan evidente necesitamos abrirnos, no tapar lo que es un secreto a voces, compartir y buscar expertos en la materia que nos orienten.

Si la ciencia va comprobando que el homosexual nace, no se hace, aunque haya excepciones de tipo social o afectivo e incluso temporal (sobre todo en el campo femenino) y los cristianos creemos que Dios nos ha hecho a todos a su imagen y seme- janza, hay que admitir que los  homosexuales son hijos de Dios y pueden ser “llamados o llamadas” al seguimiento de Jesús. Encontré un testimonio que cuestiona: «Soy religioso gay. Me sentí apasionadamente llamado por Dios a seguir a Jesús. He vivido mis votos con la radicalidad que debemos vivirlos todos, también los heterosexuales».

¿Cómo actuar? Ante todo la formación de formadores. Perder el miedo a socializar el tema, con prudencia y sin prejuicios. No generalizar, pues cada caso es único. Discernir, para acoger con misericordia a quienes buscan a Dios y se les cierran todas las puertas. Habrá casos donde la persona no debe ser admitida, por el bien de ella y del grupo. Habrá otros en los que la persona lo reconoce honestamente, está decidida a seguir a Jesús comprometiéndose a vivir con radicalidad los votos, tal como lo exige la vida religiosa. Ojalá todos y todas fuéramos radicales en la entrega a Quien nos llamó. Nosotros estamos llamados a mirar con los ojos de Jesús, con misericordia.

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“Apostolado del oído… apostolado del amor”

En el congreso de formadores de vida consagrada del año 2015, el papa Francisco, les agradeció el servicio humilde y discreto que destinan a la escucha: “el apostolado del oído”. También por el tiempo que dedican al acompañamiento de sus jóvenes, para lo cual es necesaria la paciencia, que a veces es un martirio. No desanimarse ante el fracaso y trabajar con alegría.

Escuchando las palabras del Papa me pregunté: ¿cuáles serían las características del apostolado del oído? Asumo éstas:

Descubrir el rostro de Dios detrás de esa cara triste, o cargada de ilusiones. Reconocer que merece el máximo respeto, aunque piense y hable de manera diferente a mí. Actitud de acogida. “Hablar menos y escuchar más”. La escucha puede llevar al otro a descubrir la respuesta acertada. Guardar secreto, es la base de la confianza. No juzgar, pues solo Dios conoce la intimidad de cada uno. Tener una actitud de tolerancia y colocarse en la situación del otro. Comprensión, porque algunas personas vienen cargadas de mecanismos de defensa, tienen miedo. Dejar para luego lo que no sea de la entrevista. Desanima ver al acompañante pendiente del celular, del reloj o del planeador. No dejarse llevar por la curiosidad, con preguntas que producen angustia. No demostrar prisa, aunque conviene fijar tiempos.

La actitud de Jesús es de escucha al Padre. A la shema,“escucha Israél”, Jesús añade: amarás al Señor tu Dios con toda tu mente (Mt 22,37-38). Escuchar mirando el mundo, las personas y las cosas, desde la perspectiva de Dios. Jesús también vive a la escucha del dolor del hermano. Y esto es sanador, porque parte del corazón, de sus entrañas conmovidas.

Me asombra ver cómo han proliferado los grupos de coaching, diksha y otras técnicas orientales de liderazgo, empleadas para mejorar la economía en las empresas, hoy aplicadas al propio conocimiento, donde Dios se diluye ante lo emocional. Son nuevas formas de espiritualidad, pero en nuestra misión evangelizadora, “el apostolado del oído” tiene un poder sanador superior a cualquier técnica psicológica.

María es Maestra en la escucha a Dios y al hermano. Amor en dos direcciones esencialmente conectadas e inseparables.

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Misericordia versus indiferencia

Lucas 12,13-21 nos narra la parábola del hombre rico que tuvo una gran cosecha y construye graneros para descansar y darse la buena vida. Esa noche muere y sus bienes ¿a dónde fueron a parar? Jesús se refería a la codicia, causante de la injusticia y la violencia, contraria al proyecto de Dios misericordia.

Sin generalizar, estamos comprobando que la sociedad actual, encarcelada dentro de sí por la codicia, es incapaz de sentir misericordia ante el dolor de quien es de diferente raza, cultura, religión, ideología, el anónimo, el desconocido. La vida religiosa no está exenta.

Un campanazo del papa Francisco al mundo de hoy, es la llamada a salir de sí para vivir la misericordia, al estilo de Jesús, sin exclusiones, sin dilaciones, anteponiendo a “la persona” por encima de todas las barreras que nos separan. Aunque existen a nivel mundial diversos movimientos solidarios, es poco para tanto dolor y miseria en el mundo: víctimas de la guerra en Siria, el Mediterráneo convertido en cementerio africano, creciente feminicidio, campesinos desplazados de sus tierras, terrorismo implacable y mucho más. Los países ricos viven con miedo a perder sus privilegios ante la invasión de los pobres. Los pobres reclaman con violencia lo que aquellos han sacado de sus tierras dejándolas devastadas.

Basta recordar el lamento desgarrador de los niños de Siria: “Mirad lo que nos está pasando. Estamos sufriendo masacres y el miedo nos domina. Los sueños de nuestra infancia permanecen en nuestro interior. ¿Qué hemos hecho para que nos asesinen? Mundo ¿qué está pasando? Vuestro silencio nos está matando. Mundo ¿dónde estás? ¿Por qué no nos hacéis caso?”.

Gracias a las llamadas del papa Francisco, la vida consagrada está volviendo a la pasión que despertó el Vaticano II y Medellín por los pobres. Cada vez hay más conciencia de lo que supone ser discípulo misionero. Religiosas y religiosos dejan patria, familia y cultura y se lanzan, siguiendo a Jesús, dando amor, ternura y esperanza, para ser una presencia de Dios misericordioso, en los lugares más conflictivos de la tierra. El gran reto ante la indiferencia social es vivir la misericordia desde el talante de Jesús.

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