El sentimiento de la vida

Las vicisitudes de la existencia personal y social van dejando como un poso en el fondo de nuestra identidad. Se va formando un sentimiento de la vida en la acepción Unamuniana o bien esas creencias básicas en el sentido Orteguiano. Esa percepción básica y permanente puede tener diferentes colores en las distintas personas. No cabe duda de que desde esa experiencia y creencia fundamental vamos modelando las expectativas y logros de  cada día o cada etapa. La creencia básica nos sitúa como en una órbita determinada de la vida; no podemos salir de esa órbita.

  1. Sentir la vida como regalo

Partimos de que la vida se nos da; no la inventamos; la recibimos de nuestros padres; en el seno de una familia nuclear o extensa. El ser hijo de un padre y de una madre nos constituye para toda la vida. La vida es el gran don que se nos entrega en estado incipiente. Requiere aceptación. Suscita sentimientos de agradecimiento como actitud vital permanente. La maravilla de la vida recibida hace nacer el asombro y la admiración. En contraste con este sentido del don está el sentimiento de apropiación. Mi vida es mía; mi cuerpo es mío; yo hago con ella lo que quiera. Soy el único competente para tomar decisiones.

  1. Sentir la vida como destino

Hay quien entiende la vida desde la convicción básica de que es un destino; todo está predeterminado. La ruta está ya marcada; hagas lo que hagas no puedes salirte de esa pauta. Visto en el plano sicológico equivaldría a decir que tenemos impreso en nosotros desde niños un guion vital. No hacemos otra cosa que seguir ese guion que alguien ha escrito para nosotros. El hombre es “naturaleza”. El paso de natura a cultura, del determinismo a la libertad es más  ficticio que real. Estamos encerrados en la cárcel de la animalidad. Somos hijos de nuestro tiempo. No hay salida. El destino nos marca los pasos. Y eso por más que nos empeñemos en exaltar la libertad y la creatividad frente a nuestra naturaleza.

  1. Sentir la vida como tragedia

Algo similar a lo anterior consiste en entender la vida y vivirla como una tragedia; en el gran teatro del mundo nos han repartido un papel. No podemos sino representar ese papel, sea el que sea. Vivir es representar adecuadamente ese papel y esa misión que hemos recibido, puede ser el papel de héroe o de villano, el papel de víctima o de verdugo. La determinación viene dada por la sociedad. Somos esclavos de las estructuras sociales y laborales. La natura ha dejado paso a la cultura y a la libertad. Al mismo tiempo, la organización social no permite desarrollar el clamor de los seres libres. Vivimos en un determinismo histórico y cultural; es una forma de fatalismo.

  1. Sentir la vida como tarea

Hay quien parte de una convicción básica que entiende la vida como tarea a realizar. La vida es para ser vivida. Toda la faena de vivir consiste en realizar esa tarea. Y ella implica no ya el descubrir el sentido de la vida, sino en  darle un sentido a la vida. Un sentido aleatorio según los puntos de vista de cada uno. La faena de vivir puede estar centrada en la tarea de tener éxito y reconocimiento mediante el trabajo o el estudio. La vida tiene sentido como  oportunidad de despliegue del potencial de amor y creatividad, escondido en la sed del corazón y la mente humana.

  1. Sentir la vida como un arte

La vida humana es ante todo un arte, el arte de ser felices. Ahí está el secreto. La faena de vivir es similar a la de crear una obra de arte. Con los colores y pinceles de la vida podemos diseñar un cuadro lleno de encanto, o podemos hacer un caos. El potencial de vida y de belleza que recorre nuestro cerebro es  enorme. Desde el punto de vista moral estamos ante la doble posibilidad: podemos hacer de la vida un infierno anticipado o también un aperitivo del  encuentro y el amor definitivo. Hay quien está convencido de que el mundo es bastante para el hombre, que encerrado en el círculo de la finitud, el ser humano  puede encontrar suficiente sentido y satisfacción para vivir. Conocer, embellecer esta vida es la misión del hombre en el universo.

  1. Sentir la vida como vocación

La mayor parte del tiempo de la vida lo dedicamos a las tareas profesionales; es necesario ganarse la vida. Satisfacer las necesidades corporales y relacionales constituye el dinamismo fundamental de la vida; estamos movidos por nuestras necesidades; son muy abiertas, se dan la mano con los deseos. Las necesidades humanas relacionales  son insaciables. Necesitamos amar y ser amados; necesitamos sentirnos valiosos, y pertenecer, y auto-realizarnos en libertad.

El dinamismo de la vida humana no tiene bastante con el espesor secular del presente; aspira a la realización última en el encuentro definitivo con Dios

  1. Sentir la vida como afán

La vida nos es dada como promesa y proyecto que es preciso interpretar y realizar. En el lenguaje cotidiano hablamos de ganarse la vida. Hay que conquistarla. Se nos entrega como un repertorio de posibilidades que hay que activar y desarrollar. Ello requiere trabajo y empeño. En esta línea la vida es un gran desafío. En cada época se presenta con distintos formatos y faenas fundamentales.  La vida humana transcurre en el tiempo, es esclava del tiempo y de sus posibilidades. Necesitamos reinventar cada pocos decenios la urdimbre que expresa  el esfuerzo y la faena de vivir. Las condiciones materiales y sociales se modifican. También las religiosas y transcendentes.

  1. Sentir la vida como celebración

Celebrar la vida implica la ilusión de vivir, las ganas de vivir. Y en el camino de la misma, sentir la pasión por despertar los sentidos a la percepción de sus alegrías. Por la vía visual, auditiva, táctil y gustativa nos llegan cantidad de impresiones gratificantes cada día.  Resulta un ejercicio de salud vital el preguntarse todos los días por las alegrías vividas en forma de amistad, afecto, logros. Y, además de hacerse la pregunta, es sabio escribir pacientemente la respuesta, anotando cuidadosamente las experiencias satisfactorias que han llenado el alma y también el cuerpo. Sentir el encantamiento de vivir, sin dejar que el corazón se embote con las preocupaciones de la vida (Lc 21,34), forma parte de la experiencia cristiana.

  1. Sentir la vida como dolor

La queja y el lamento pertenecen también el diseño de la vida. Sin la experiencia del dolor, no sabríamos lo que es la felicidad. Sin las experiencias dolorosas, no sabríamos disfrutar adecuadamente de las experiencias opuestas. Vivir para nosotros es experimentar el dolor de lo finito. Es menester liberar la vida respecto a las condiciones penosas.  Venimos con tres heridas: la de la vida, la del amor y la de la muerte. No tienen buen pronóstico. En realidad son incurables. No obstante,  es preciso protegerla frente al dolor de la condición humana, al dolor de lo finito. Job describe brillantemente este carácter de la vida doliente.  La compara con el duro trabajo, con la situación del esclavo, del jornalero.  Carece de encanto. Hace experimentar el dolor y la enfermedad.  Y además es efímera. No brinda oportunidad de ver la dicha. Se desvanece como un suspiro (Cf. Job 7,1-7). No hay forma de salvar la vida; por más esfuerzos que hagas. No queda más que la angustia, el lamento y la protesta. Y la incurable esperanza.

  1. Sentir la vida como lugar sagrado

En medio de la experiencia secular y, para algunos, pos-cristiana, la vida  humana  plantea grandes interrogantes. Añora la relación de amor incondicional; sueña con vivir para siempre. A tientas y en la noche suspira por la presencia y del encuentro que cure la soledad y defienda contra la condición mortal.  A través del miedo y del asombro se vislumbra la presencia de Dios. El ser humano descubre que la vida misma está hecha para adorar y bendecir, para superarse y trascenderse. Al mismo tiempo, reconoce que está hecha para bendecir. Tiene el poder de reconocer y bendecir la vida que bulle en las otras personas. Decir bien de los otros, comporta despertar  en ellos nuevas energías de vida, significados desconocidos. Su vida se torna más vital y más sagrada. Así se revela que es una maravilla de Dios, que él es nuestro Padre y nosotros somos la arcilla y él es el alfarero, somos hechura de sus manos (Cf. Is 64,3).

  1. Sentir la vida como un enigma

Resulta misteriosa; se nos muestra compleja; llena de tensión y de aparentes contradicciones. Nos llena la mente de preguntas sobre el sentido, la significación. Nos confronta con la posibilidad del absurdo y la amenaza del sinsentido. Nos muestra razones para el nihilismo, y, sin embargo, despierta intensos deseos de trascendencia. La vida es la aventura de descubrir nuevas fronteras de la vida humana. La metáfora del juego pone de relieve que tenemos la tarea de encajar las piezas sueltas de nuestras vidas. Integrar la propia persona requiere reconocer que hay piezas desencajadas. Pero también es cierto que hay un diseño inscrito en nuestra vida que estamos llamados a descubrir, a reconocer. Y a través de él podemos adorar al Dios de la vida.

Para la personalización:

¿Qué me pide la vida?

¿Qué le pido yo a la vida? ¿Qué expectativas concretas tengo sobre la vida?

¿Cuál es mi sentimiento de la vida más reiterado en los últimos meses?

¿Vivo hoy la vida que quiero y deseo vivir?

¿Qué bloqueos pongo para no vivir la vida que quiero?:

– no puedo,

– me da miedo,

– no es posible,

– qué pensarán de mí los demás,

– mis padres no harían esto,

– a mi edad ya no es posible,

– tal como están los tiempos de la vida religiosa no me atrevo,

– a mi edad todavía no es tiempo…

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Carismas del Espíritu de Cristo

El Espíritu de Jesús resucitado invita, solicita, propone, hace experimentar, hace aparecer en la conciencia y en la historia humana nuevas luces. El carisma es una experiencia del Espíritu, un don del mismo Espíritu. Siguiendo las pautas el documento Mutuae Relationes 11.12.23 podemos expresarlo  de esta manera. El carisma es:

  1. Inspiración, concedida a una o varias personas. Forma parte integrante de una iluminación significativa del misterio de Dios  que  se caracterizada como religiosa. Es llamada y moción del Espíritu. Incluye una percepción nueva de la situación que están viviendo las personas. En virtud de esa inspiración fundamental los iniciadores descubren nuevos caminos y respuestas a las situaciones problemáticas. Si hablamos del carisma de una congregación o de una familia religiosa no se trata de un don para provecho de una persona concreta; se trata de una inspiración e iluminación  para ser compartidas.
  1. Aspiración, el carisma de esa persona o personas es comunicativo; la experiencia del Espíritu es tan intensa que se posesiona de la persona y la hace atractiva para otras; es un carisma que se comparte. La persona o personas carismáticas tienen seguidores que se sienten atraídos por esa misma inspiración carismática. La presencia de la persona carismática, su forma de ver, de sentir, conecta con las aspiraciones, tal vez ignoradas, de otras personas, con sus anhelos y sueños. Se despiertan y/o renuevan en contacto con las personas carismáticas.
  1. Respiración, la experiencia del Espíritu se comparte y se respira en el grupo de los que lo participan inicialmente. Es como una cualidad del aire que se respira. Se caracteriza por la espontaneidad creativa. Todavía no está  muy formulado en palabras y gestos, pero está en la espontaneidad con que las personas se relacionan y perciben las posibilidades de la misión. Los discípulos de la primera generación están llamados a custodiar, profundizar y desarrollar esa experiencia del Espíritu. Se trata de hacerla visible y comunicable con palabras y gestos.
  1. Conspiración, cada carisma es expresión de novedad y de audacia en las iniciativas. Al ser dócil al Espíritu resulta una bendición para toda la Iglesia; no termina en la persona o personas que lo inician; es dado para el bien de todo el cuerpo de Cristo. El portador último de los carismas es la Iglesia. Los diversos dones carismáticos conspiran a la formación de la Iglesia que es criatura de Cristo y del Espíritu. Por su parte, la Iglesia tiene la responsabilidad y la misión de discernir y, en su caso, reconocer el carisma como expresión de la vitalidad de la Iglesia. Los criterios fundamentales para este discernimiento son los de la comunión en la fe y de la unidad de la Iglesia.
  1. Aparición, el mayor don de Dios es la pascua de Cristo. Dios Padre resucita a Jesucristo crucificado y lo hace visible. Pentecostés es una dimensión del gran acontecimiento de la pascual. El Espíritu es inseparable de Jesús. Los carismas del Espíritu de Jesús resucitado tienen una dimensión cristológica. Son revelación y aparición de la presencia y acción de Cristo. Las apariciones del Resucitado son continuación de su presencia y acción en la historia.
  1. Desaparición, los carismas no son necesariamente duraderos. Son dados a la Iglesia para despertar su atención sobre algún aspecto del misterio de Cristo y sobre las necesidades pastorales del pueblo de Dios. Pueden ser dones para recordar algún aspecto olvidado de la piedad y vida eclesial. Pueden alumbrar parte del misterio de la historia de la salvación que está como desaparecido en las páginas y gestos de la Escritura Santa. Pero en la medida en que son reconocidos por la Iglesia como expresión de su vida y misión tienen vocación de persistencia en ella. Se autentifican en las dificultades. En ellas expresan su vitalidad de su entusiasmo inicial.
  1. Re-aparición, Los carismas son dones del Espíritu. Expresan la vitalidad del Espíritu en la historia humana. Pueden ser permanentes o transitorios.  Se renuevan y reaparecen según las necesidades del pueblo de Dios. En este contexto también es importante recordar la co-esencialidad de los dones carismáticos y los dones jerárquicos. Co-esencialidad es más que mera co-existencia. Los dones carismáticos son constitutivos de la Iglesia misma (Cf. Christifideles Laici n.55 y VC n.29)
  1. Visión, el carisma como don del Espíritu lleva consigo una intuición por parte del receptor y receptores del carisma. Dicha intuición está en la línea de la experiencia profética. Como el profeta bíblico conoce la situación presente y es centinela del futuro del pueblo, así el fundador o iniciador carismático también recibe una percepción pastoral y espiritual del pueblo de Dios e inicia una nueva manera de abordar la situación. Iluminado y movido por el Espíritu, el fundador o fundadora  recorre un camino personal que se convierte, en muchos casos, en camino de santidad que la Iglesia aprueba, previo un largo discernimiento.
  1. Acción, el carisma es un don que llama a la acción, una acción creativa. Una nueva manera de percibir las situaciones problemáticas y de actuar frente a ellas. Hay carismas que acentúan la  dimensión apostólica y desde ella ponen de relieve rasgos propios del misterio de Jesús.
  1. Evolución, se puede representar el desarrollo y evolución de los carismas mediante las etapas de la vida humana. También los carismas tienen un tiempo de nacimiento e infancia, una etapa de juventud y expansión; una etapa de madurez y esplendor, y una etapa de decadencia y finalmente muerte. En la etapa en que aparecen los síntomas de la decadencia es posible la renovación y la refundación del carisma. El análisis del estado evolutivo de una comunidad o grupo carismático se puede “medir” explorando la relación que existe entre la visión y la administración. En  la medida en que prevalece en todos sus  miembros la visión, se puede concluir que el carisma goza de buena salud.
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Resurrección musical

La resurrección de Jesús suscita un grito de alegría: ¡Ha resucitado el Señor, aleluya!  La comunidad cristiana que nace de la resurrección es una comunidad gozosa. Se la compara con una orquesta; también se la compara con un coro  de muchas distintas voces; la imagen de la armonía expresa las relaciones positivas y constructivas. La resurrección de Jesús ha inspirado geniales creaciones musicales; ha llenado de color la paleta de los pintores  y de gozo las voces de los  cantores. La resurrección de Jesús es la mejor música de Dios. Creer en ella es aprender a solfear y cantar.

 DO-minus  Jesus

Esta es la confesión nuclear de la fe: el Jesús crucificado  es ahora el Señor; el siervo es el Señor. El humillado es ahora el glorificado; el rechazado es ahora el aceptado e introducido en la gloria del Padre como Hijo amado. El rechazado por los representantes del pueblo de Dios es ahora en incluido en la gloria de la Trinidad Santa. El  desfigurado en la cruz es ahora el exaltado y el glorificado. “Él poniendo su mano sobre mí, dijo: No temas, soy yo, el Primero y el último, el que vive, estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos y tengo las llaves de la Muerte y del Hades” (Ap 1,17-18).

RE-lato

El acontecimiento de la resurrección tiene que ser contado. Suscita una enorme cantidad de micro-relatos según la experiencia personal de cada uno, a la que llega la gran noticia del Resucitado. Está en contraste con  la injusticia e infamia histórica de la crucifixión de Jesús. La resurrección no anula la historia de Jesús; la retoma y la reescribe desde el final. La resurrección  pone en marcha la “memoria de Jesús”. Es una memoria en contra del olvido y del tiempo que todo lo arrasa y lo conduce al olvido. La fuerza de la ausencia visible de Jesús se impone como una “memoria ardiente”, como una “insurrección” contra el fatalismo de la vida y de las estadísticas. El recuerdo de sus hechos, de sus palabras y relaciones, estimula la vida de los discípulos.  La memoria de Jesús no se extingue, ni se marchita,  ni se reduce a nostalgia,  gracias a la presencia del Resucitado. El acontecimiento pascual sigue dando mucho que hablar. Mucho que contar.

MI-rabilia Dei

La resurrección de Jesús es la obra más maravillosa de Dios. Está dentro de la historia de las obras y hazañas liberadoras de Dios en la historia y en el universo entero. El Dios buscador misericordioso de lo perdido muestra su más radical amor, transformando al crucificado en el resucitado. Es su obra decisiva. Culmina una larga historia de salvación, en el trascurso de la cual  el pueblo de Israel descubre la presencia activa y  liberadora del Dios que vive en alianza con la humanidad. El Dios de la vida dice la palabra decisiva sobre sí mismo, sobre el hombre y la historia. Revela la hermosura incomparable de su rostro. La resurrección de Jesús toca un punto de nuestra historia y recrea el tiempo aupándolo a albergar un contenido eterno.

FA-scinante

 Como el misterio mismo de Dios, el acontecimiento de la resurrección de Jesús es fascinante, atrae y seduce al corazón humano. Lo que parecía imposible se ha hecho posible. El resucitado no es simplemente como el superviviente de un naufragio, de un campo de concentración, que ha experimentado el borde de la muerte y, por ende, vive con la muerte en el pasado y en el futuro. Para Jesús la muerte es el pasado. “Ya no muerte más”, pero está sellado con el signo de la muerte. Es el vivificante.  La resurrección de Jesús es el primer día de la nueva creación. Ha iniciado el domingo sin ocaso. Se confirma la alegre esperanza del corazón humano: “non omnis confundar”.

Desde siempre andaba el hombre buscando la inmortalidad; desde siempre andaba luchando contra la presencia de la muerte. La idea del olvido le atormentaba  a pesar de las proclamas en las lápidas de los cementerios: “nunca te olvidaremos”.  El sueño profundamente humano de vivir para siempre se ha cumplido en el destino de Jesús por obra de Dios. La claridad de la vida triunfa sobre la oscuridad de la muerte en el Jesús crucificado.  En él  se vislumbra el presagio del misterio que nos envuelve. Misterio añorado y temido al mismo tiempo.

 SOL-idaridad

El resucitado es una “persona comunitaria”.  Como el sol es la fuente de la luz y de la energía y del calor, así el Resucitado es la fuente de la luz, es la aurora de la nueva creación. Ha pasado de la obscuridad de la muerte a la luz de la vida. El Resucitado es el reflejo del amor creador y dinamizador del Padre; reflejo del amor filial del Hijo; reflejo del amor recíproco del  Espíritu. Resplandor: ha resucitado del sepulcro, ha pasado de las tinieblas a la luz. En el rostro de Jesús resucitado resplandece la gloria de Dios.  La resurrección de Jesús es también la gran protesta de Dios contra la muerte. Y contra todo aquello que hace inevitable la muerte del Justo.  En  la resurrección,  Dios mismo se solidariza con las víctimas del mal. Funda la profunda convicción de que el mal no terminará triunfando sobre el amor. Hay futuro para la vida y el amor.

 LÁ-mpara

La resurrección de Jesús es paso de la oscuridad de la muerte al resplandor del día. La luz en medio de las tinieblas expresa el contenido de la vida resucitada. La noche se llena de cirios y lámparas encendidas en el nuevo día del resucitado. La resurrección del crucificado Jesús es como un gran amanecer.  La luz se proyecta hacia la vida anterior de Jesús. Se lanza también hacia el futuro de la vida. También nuestra vida queda transida de luz. Hace despertar del sueño de la inconsciencia.  El contraste entre la oscuridad y la luz  ayuda a entender la diferencia entre la muerte la resurrección. El Resucitado relumbra como el sol; los discípulos reciben la luz como la luna. El Resucitado alumbra y al mismo tiempo deslumbra los sentidos de los discípulos; lo reconocen y lo confunden; aparece y desaparece.

La comunidad cristiana nace de la experiencia de Dios manifestado como Dios resucitador; es una comunidad de personas tocadas por la presencia activa de Dios. Experimentan la pasión por el Dios  que se deja vislumbrar en la resurrección de Jesús y les invita a columbrar el  futuro de la vida y de la historia humana.  “Ya no habrá noche; no tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos” (Ap 22,5).

 

 SI-gno

El Resucitado a la gloria de Dios ha dejado huellas en la historia. Ha deja signos de su presencia en las Cristofanías, experimentadas por los discípulos. El Resucitado completa la fe de los seguidores y los convierte en testigos. El signo más visible es la comunidad de hermanos que hacen juntos el camino; que se ayudan unos a otros a recorrer el camino de la vida.  Jesús resucitado no está sólo. La resurrección es un acontecimiento que afecta a  la condición humana. Jesús resucita como el hombre solidario. Nos resucita con él; nos incluye en su transformación pascual.  En cuanto bautizados y creyentes la dinámica pascual está actuando en la trama de nuestra vida humana.

Para la comunicación:

¿Qué melodía vital nace de mí en el tiempo de Pascua?

¿Qué actividades  de la vida diaria me dan alegría y satisfacción?

¿Cómo es el Dios en el que creo?

¿A qué Cristo sigo: resucitado, crucificado, histórico…?

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Caricatura del líder en relación

Tiene la misión de suscitar la comunión y la participación en el discernimiento; promover la fidelidad al carisma de cada persona y de la congregación. Requiere ejercer este servicio a los hermanos con sentido evangélico, según el estilo del mismo Jesús, el Mesías para que la vida consagrada siga siendo la memoria evangélica de la Iglesia. Rasgos destacados del líder:
1. Cabeza despejada,
Con ella se simboliza la orientación hacia el futuro a largo plazo. Es capaz de ver más allá de lo inmediato; está habitado por el sueño de mañana distinto y mejor, es decir, tiene grandes sueños por los cuales vale la pena dar hasta la misma vida. Le mueve la visión de colaborar a una nueva civilización, cada vez más conforme con el evangelio, que es la inagotable buena anoticia. Ello implica apertura de la mente, discernimiento, habilidad de trabajar con una programación a largo-placista. No es cuestión solo de adoctrinar; tiene la tarea de acompañar en la formación y transformación de las personas en el ritmo de la vida cotidiana.

2. Ojos grandes y abiertos.
Para ser líder en relación se requiere tener ojos de búho, redondos y penetrantes; está llamado a mirar con atención el fondo de las dificultades y los desafíos. No se trata de hacer de bombero, de resolver las emergencias. En medio de la oscuridad del presente, presta atención a los signos de los tiempos y de los lugares. Se requiere descubrir los caminos de la misión lo suficientemente grande como para que pueda unir a las personas. Con los ojos de búho está llamado a conectar también con el tema del escándalo que expresa la radicalidad de la relación con Jesucristo. Si tu ojo derecho te escandaliza… sácatelo (Mt 5,29-30). El líder en relación necesita fijar la mirada en la radicalidad de Jesús.

3. La boca pequeña y entreabierta,
Para hablar, comunicar y admirar las maravillas de Dios en la historia humana; para sorprenderse y exclamar, para sonreír y mostrar paz a través del semblante y las palabras. Los mensajes que salen de la boca van desde de oración, la exhortación, la llamada de atención sobre a propia identidad. El para qué de la comunidad es criterio de unión y comunión. La finalidad última es siempre la gloria de Dios, pero hay que discernir y dialogar sobre los caminos y gestos concretos a través de los cuales resplandece la gloria de Dios en la sociedad actual.

4. Orejas grandes,
La animación de la vida fraterna en comunidad necesita el ejercicio de la escucha. Requiere un oído fino. Todos tenemos dos orejas y una boca; ello significa que estamos hechos más para oír que para hablar. Bien entendido que escuchar es mucho más que oír. La capacidad de escucha se ejercita con la actitud de empatía. Implica ponerse y caminar en los zapatos del otro. Es mucho más que aconsejar, que orientar, que dar soluciones. Es acoger con el corazón y hacer de espejo para que el comunicante caiga en la cuenta de lo que vive, siente, teme, sueña, recuerda, reprime… Escuchar requiere tiempo. Y ejercicio. Hay que vencer muchas barreras interiores y exteriores.

5. Nariz pronunciada
Es cuestión del olfato. Oler a oveja, nos ha recomendado el Papa Francisco para ser líderes en la relación pastoral. Este sentido integra, en primer lugar, la sensibilidad para los signos de Dios. Los símbolos sacramentales hacen presente lo ausente; hacen visible lo invisible. Recuerdan que Dios es el conocido y desconocido, oculto y revelado, palabra y silencio. No lo podemos poseer. Requiere adoración. Por otro lado, el líder en relación tiene olfato para percibir la historia de la salvación de Dios en cada uno de los hermanos con sus crisis y sus oportunidades.

6. Tronco fuerte,
Los líderes en relación viven una identificación con la mejor historia y con la creatividad del grupo: como los árboles van escribiendo su historia en los anillos que podemos ver cuando hacemos un corte transversal. Como los árboles de anchas ramas, tiene raíces hondas en el propio carisma e historia congregacional. Sabe de las sanas tradiciones que han ido construyendo el patrimonio espiritual de la comunidad.

7. Corazón comprensivo,
Con esta expresión se evoca el sueño y la oración de Salomón. Cuando comienza su misión de gobernar a un gran pueblo y se siente abrumado ante la gran responsabilidad, no se le ocurre pedir vida larga o gran poder o venganza. Pide un corazón inteligente, capaz de comprender y discernir. Yahvé le concede un corazón sabio y comprensivo (Cf. 1Re 3,5. 7-12). Es la actitud necesaria para contribuir al clima de sentimientos positivos dentro de la fraternidad. Cada uno va encontrando su lugar y profundizando en la pasión por la misión. Dar amor es suscitar el potencial de cada persona, sus mejores cualidades y recursos, puestos al servicio de la comunión y de la misión.

8. Largos brazos,
Para abrazar y unir, tanto en el sentido horizontal como en el vertical. El sueño del Jacob indefenso en la nueva tierra es un buen símbolo. Sueña con la escalera que une el cielo y la tierra. Yahvé le reitera la bendición que le convierte en portador de la promesa y de la alianza salvífica. Recibe la protección. Jacob descubre la presencia de Dios a su lado. Se despierta y reconoce la presencia. Cae en la cuenta de que está en un lugar que es la casa de Dios y la puerta de cielo (Gn 28,10-17). Largos brazos para abrazar a los hermanos y afrontar con energía los desafíos de la misión común.

9. Piel dura
A través de la piel percibimos los climas. Tenemos la sensación de frío o de calor, de humedad o sequedad. La piel recubre todo nuestro cuerpo. Nuestra piel tiene memoria y almacena episodios de nuestra historia. A veces, el líder en relación necesitará piel de paquidermo frente a las críticas y adversidades. Las frustraciones comunitarias van a caer sobre él, no como persona sino por la función que desarrolla en el grupo. Las expectativas defraudadas, las incoherencias personales y las irresponsabilidades van a cargar sobre él, aunque no lo sepa. Tiene que aprender que “la vida no es esperar a que pase la tormenta; es aprender a bailar bajo la lluvia”.

10. Manos grandes,
Para indicar la dimensión práctica de este ministerio comunitario. Por su propia índole tendrá que ir por delante de los hermanos es los servicios comunitarios; son manos para servir y no para mostrar la autoridad y para reprochar o amenazar. Lo suyo es sostener la motivación espiritual de la comunidad. Empujar en momentos de decaimiento; caminar delante señalando y llamando a las ovejas según la imagen del buen pastor. Se requiere que sean manos estrenadas en curar heridas personales, heridas relacionales con las diferencias culturales como es la división en naciones y provincias promoviendo la reconciliación y la comunión.

11. Rodillas resistentes,
Para poner en oración o para ponerse ante los tanques en la lucha por la justicia y por la paz; para doblarse en adoración y mantenerse firmes en la adversidad. El ejercicio de la oración personal y litúrgica es primordial en la vida de la fraternidad, que se define como profesión permanente de la fe. La búsqueda apasionada de Dios requiere resistencia ante el misterio en el que Dios se esconde y se revela. La vida de la fraternidad pretende ser confesión permanente y pública de la fe cristina.

12. Pies ligeros,
Es decir pies de misionero. Así era también Aquiles. La misión no se la inventa uno, la recibe, “yo os envío”: “¡Qué hermosos los pies del mensajero que anuncia el Evangelio!” (Rm 10,15). También esta parte del cuerpo se relaciona con la radicalidad de Jesús y sus palabras sobre el escándalo: “Si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo… más vale que entres cojo en la Vida que, con los dos pies, ser arrogado a la gehena” (Mc 9, 45). Pero sin duda la imagen más elocuente que simboliza la actitud del líder en relación de una comunidad es la de “descalzarse”. Ante la teofanía, se pide a Moisés que se descalce porque el lugar que pisa es sagrado. ¡Descálzate! (cf. Ex 2,4-5). Es señal de respeto. Expresa una actitud de fe y admiración ante la misteriosa realidad personal de cada hermano.

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VIRUS ESPIRITUALES EN LA VIDA COMUNITARIA

Este texto está redactado como una descripción de situaciones que se dan en las comunidades de vida consagrada. No debe interpretarse para acusar y criticar a otros; está pensado para analizar nuestras actitudes y comportamientos.
1. El virus de la nostalgia: nos embelesa el tiempo pasado cuando había abundancia de vocaciones y estábamos en período de expansión, teníamos reconocimiento social. La renovación de la vida consagrada coincide, en realidad, con la disminución creciente del número en el hemisferio norte. Hemos ganado en la clarificación de la identidad, la espiritualidad, la misión, la ubicación en el pueblo de Dios.
La nostalgia funciona también a nivel personal: yo antes era más capaz, me concentraba mejor, tenía más resistencia a la adversidad.
2. El virus del clericalismo: dar excesiva importancia a la posición, al prestigio y al poder en la comunidad de los hermanos; la necesidad de afiliación y de status prevalece sobre la libertad e igualdad personal. Lo que cada uno hace o ha hecho se impone sobre las relaciones fraternas. En el fondo, justificación por las obras, por lo que cada uno trabaja, rinde, crece. Lo cual no quiere decir que las obras no tengan mucha importancia como fruto del amor y el compromiso.
3. El virus del selfie: El Papa habla con frecuencia a de la auto-referencialidad . La propia imagen y fama y prestigio resulta, en la práctica, más importante que la gloria de Dios. Hay formas de afirmación colectiva, de publicidad de las propias obras y logros congregacionales que tienen que ver con esto. La verdad es que también desde el punto de vista personal se produce esta “mundanidad espiritual”. Tenemos el peligro de dar culto a nuestra imagen personal. Preocuparnos mucho de no cometer errores, de no tomar decisiones equivocadas, para que no tengan nada que reprocharnos.
4. El virus del pesimismo: consiste en una mirada negativa y desesperanzada sobre la situación de la Iglesia y de la sociedad. Se tiene la impresión de que todo está en declive, que el tiempo pasado era mucho mejor… que esto se termina y va al fracaso. No se ejercita suficientemente la feliz esperanza en la presencia y las promesas del Dios de la historia. Se da más audiencia a los profetas de calamidad que a los profetas de esperanza.
5. El virus del activismo: puede manifestarse tanto en la vida de la fraternidad como en la vida pastoral. El volumen de tareas es tan grande que terminan desgastando a las personas que no tienen calma para la vida de oración y de comunión. Pero, cuidado, que el activismo puede ser una huida de la propia vida, puede ser una forma de reaccionar ante la desilusión, la propia soledad…
6. El virus del letargo: se ha perdido la sensibilidad para reaccionar. Uno ha dejado de ser como una esponja y se ha convertido en un corcho seco. No se deja afectar por la novedad permanente del evangelio. Ni por las sorpresas de la vida personal y relacional. En las calles de Madrid se ven estos días (navidad 2017) anuncios publicitarios con la inscripción: despierta los sentidos. Toda una tarea: despertar la capacidad de escuchar, de ver, de sentir… Y también de creer, de esperar, de amar.
7. El virus de la crítica negativa: la murmuración se alimenta de la envidia y de los celos, pone en solfa la fama de los otros; no se preocupa de saber y transmitir la verdad, hace imágenes negativas de las personas a partir de algún error. Le ponemos etiquetas, que, repetidas, repetidas, encierran la vida de la persona; se desperdicia la energía creativa que se expresa en el reconocimiento, la abalanza, la confirmación, el agradecimiento…
8. El virus de la comunicación superficial: se utiliza el lenguaje convencional propio de los rituales, de la educación formal. La comunicación puede llegar a un segundo nivel: intercambio de información y de opiniones. Se habla y discute sobre deporte, sobre noticias y posiciones políticas. Pero queda en la penumbra lo relativo a la vida y los sentimientos personales sobre las relaciones, sobre la fe y la esperanza.
9. El virus del individualismo: el proyecto personal de vida prevalece sobre el proyecto carismático común; la misión personal se desconecta de la misión común. Las convicciones e intereses individuales no de dejan modelar por el carisma del grupo congregacional.
10. El virus de la mera supervivencia: cuando este virus ha infectado al cuerpo congregacional se rebaja el discernimiento vocacional y las exigencias formativas para asumir el estilo de vida propio de la fraternidad. Se pierde la visión de los desafíos del futuro y prevalece la inercia y la rutina.
11. El virus de la resistencia al cambio: adquiere muchas formas, cambio con respecto a las obras y actividades apostólicas, pero también en lo relativo a la actitud de conversión personal en el plano moral y afectivo. Se puede concretar en una cierta ceguera para ver las transformaciones culturales y sociales que están exigiendo nuevas formas de vivir y testimoniar la gran buena noticia del evangelio. No se hace el esfuerzo de salir de lo seguro, de lo sabido, de lo acostumbrado. Las nuevas iniciativas tienen el peso de justificarse. Y es un peso grande.
12. El virus de la conexión: Genera una cierta adicción. Ofrece la sensación de vivir en una comunidad virtual. Las redes sociales que constituyen una estupenda herramienta de trabajo eficiente, se convierten en dependencia. No se puede prescindir del móvil ni durante la oración, ni durante los tiempos de las comidas, ni durante los momentos de recreación. El móvil es una especie de apéndice que se nos ha pegado. El resultado es que se empobrece la comunicación, pierde en calidad. La comunidad como presencia en tiempos y espacios comunes pierde calidad. Estamos más conectados, pero menos comunicados.

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Funciones secretas del superior/a

  • Cubo de basura: Sobre él cargan las responsabilidades que cada uno deja de cumplir, y las que no están asignadas a nadie; sobre él cargan los imprevistos y las sorpresas desagradables que pueden acontecer en la vida de la comunidad. Actualmente se distinguen los cubos de basura; hay cubos amarillos y grises; hay cubos de basura para el papel; los hay para el vidrio; también el material plástico encuentra su propio cubo donde depositarlo. Y es que es reciclable. Una buena práctica consiste en que la superiora de la comunidad no se olvide de sacar los cubos de basura a la calle, de noche, para que se la llevan los camiones.
  • Alfiletero: El superior adquiere la función de ser el lugar donde se clavan las alfileres que cada uno suelta como expresión de sus heridas, de sus insatisfacciones y amarguras. La vida comunitaria produce tensiones. Surgen los sentimientos de ira y de agresividad. La descarga de los mismos suele llevar la dirección del superior o superiora.
  • Hospedero/a: Es el que cuida de la casa, de los que vienen y van, toma nota de las visitas, de cuándo unos entran y otros salen.
  • Bombero: En las comunidades existen situaciones de sequía. Como sucede con el clima. Se calienta la tierra y las simples chispas pueden producir un incendio. En el grupo humano, las chispas pueden ser unas palabras; pueden ser los silencios o los olvidos. Y empieza a circular el fuego de la crítica y el descontento. El superior/a tiene que dar mil explicaciones; tiene que pedir mil y un perdones… Tarda en enfriar el terreno.
  • Chivo expiatorio: Todo grupo humano genera motivación, pero también decepción; unas personas se comparan con otras, surgen sentimientos de envidia, de emulación. En las relaciones fraternas se producen sentimientos de agresividad y venganza. La forma de liberar la agresividad y los deseos de venganza suele consistir en canalizarla hacia el líder. Se le carga con las culpas de todos y se le envía al desierto, que puede ser el rechazo, las  críticas.
  • Muro de lamentaciones: Las relaciones humanas hacen experimentar la diversidad como una amenaza. Las personas más maduras logran transformar la amenaza de la diferencia en un regalo que enriquece y estimula el crecimiento. Pero, en este proceso, se producen fricciones, comparaciones de superioridad e inferioridad, miedos a no tener espacio ni visibilidad en la comunidad. De ahí las lamentaciones y las quejas. La persona que tiene la misión de superior o superiora de una comunidad tiene que contar con que, sin comerlo ni beberlo, se va a ver convertida en muro de las quejas de los miembros de la comunidad.
  • Suplente de las desganas: La comunidad está formada por personas adultas y libres. Todas han tenido un largo camino de formación. La libertad, sin embargo, implica responsabilidad y coherencia. Y en este punto nadie es del todo coherente y responsable. Sucede que hay muchos acontecimientos  Además, la responsabilidad de la libertad es muy exigente. Y nadie la realiza del todo. Pues bien, esas zonas de la vida comunitaria caen sobre el superior. Lo que nadie quiere hacer, por desgana, o porque dice que no le toca, va a pasar al superior/a.
  • Enfermero/a: Especialmente en las comunidades donde abunda la gente con achaques. Alguien tiene que ayudar a solucionar los problemas de salud que cada uno experimenta: acompañar al médico, cuidar los protocolos….resolver los pequeños grandes problemas del cuidado de la propia vida.
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