Despertar el mundo e iluminar el futuro (Febrero 2015)

El Reino de Dios fue el tema central de la predicación de Jesús. De hecho, el evangelio de Marcos, el más antiguo, presenta el inicio de la predicación de Jesús con una extraordinaria densidad: “El tiempo se ha cumplido, y el Reino de Dios está cerca: convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1,15).
“El Reino de Dios está cerca”: constituye el contenido principal del cumplimiento del tiempo. No se trata de instaurar un nuevo sistema sociopolítico, opuesto a los reinos y gobiernos humanos, sino más bien del reinado de Dios, de su señorío sobre el pueblo elegido y, a través de él, sobre toda la humanidad.
La conversión, el cambio de vida al que Jesús invita, tiene una configuración propia y original. El término griego que utiliza el evangelio, metanoia, alude a un cambio de forma de pensar y de juzgar, a una transformación del corazón.
Jesús invita a sus oyentes a abrirse plenamente al Amor de Dios, que irrumpe en él de una manera nueva, definitiva y, sin duda, desconcertante. Es triste tener que reconocer que su mensaje, su acción, su persona misma, no fue para todos los israelitas “buena noticia”. Cuando aceptar este Reino implica un cambio total de mentalidad y de vida, es cuando comienzan las dificultades. Quisiéramos que todo nos llegara “llovido del cielo”, resultándonos difícil aceptar que Dios quiere nuestra libre respuesta y nuestra decidida colaboración en la construcción de su Reino.
La auténtica conversión es inseparable de la alegría. No puede ser distinto, pues en el fondo consiste en aceptar a Jesús en nuestra vida, y la Buena Noticia que viene a traernos: que Dios es nuestro Padre y que nos ama, pero que no podemos vivir como hijos e hijas suyos, si no vivimos entre nosotros como hermanos. En cambio, quien no quiere convertirse, vive irremediablemente en la tiniebla, la soledad y la tristeza. Por eso ‘encarnar los valores del Reino’ significa ante todo identificarnos de tal modo con Jesús hasta convertirnos nosotros mismos en evangelios vivientes. Él nos hace amar lo que ha amado Jesús y nos hace escoger lo que ha escogido Jesús: la justicia, la paz y la alegría.
Cuando nos sentimos amados por Dios y sentimos que Dios hace todo para nuestro bien, entonces justicia, paz y alegría son los signos del Espíritu, anticipo del Reino presente ya y activo en nuestra vida y en nuestro mundo.
Encarnar los valores del Reino significa vivir bajo el impulso del Espíritu como Jesús y comprometernos a hacer su voluntad aquí en la tierra como en el cielo para que así su reino de justicia, verdad, paz y amor se implante en nuestra tierra. A esto estamos llamados los religiosos: “ser valores del Reino, encarnados”.

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