El joven que huyó desnudo

Estos últimos días he tenido una compañía muy especial: he pasado el “fin de semana largo” de la Inmaculada con un joven semidesnudo.

No, que nadie piense nada extraño: me refiero al joven misterioso que aparece en Mc 14, 51-52 y del que he leído y pensado mucho últimamente. Sí, ese anónimo personaje que aparece en Getsemaní y que, cuando escapa de aquellos que habían arrestado a Jesús, deja a sus perseguidores con el lienzo que le cubría en la mano y huye desnudo. 

¿Sabéis con lo que me quedo? Con que el ser discípulo de Jesús nos lo jugamos en la Cruz. Una Cruz que, por nuestras propias fuerzas, es escándalo, miedo e impulso a una huida, a la desesperada y vergonzosa, que pone sobre la mesa nuestra incapacidad para acoger el deseo de Dios por simple empeño y a fuerza de puños y que nos coloca detrás de Jesús.

A los discípulos, en Marcos, les cuesta todo el evangelio empezar a intuir y a entender “por dentro” lo que dice y hace Jesús… ¿Cuánto nos costará a nosotros ir acogiendo que lo más complicado es, precisamente, no estorbar al Dios que hace en nosotros?

Ciertamente ha sido una buena compañía la de este chico en paños menores.

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