ADORNAR EL PAN

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El Hijo de Dios vino a nuestra realidad a través de la carne de María. Pero a mí me cuesta, todavía hoy, asumir la carne de Cristo.Prefiero considerarle como hombre solidario, justo, fiel a acogerle como pan de vida. Se me antoja más progresista predicarle como cooperante que presentarle como Salvador.

No hay camino al Padre que no pase por la humanidad de Cristo. Y esta consideración se la debemos al evangelio de Juan. Un evangelio escrito por una comunidad acosada por judíos ortodoxos -que negaban radicalmente la encarnación- y cuestionada por la filosofía griega -que prefería verle personificado en la Sabiduría-. De ahí que Juan use términos difíciles de tragar: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”, “El que coma de este pan vivirá para siempre”. “Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

Unas expresiones que provocaron la duda y el bochorno en muchos de los discípulos y unas referencias que suscitan sospechas teológicas en algunos de nosotros.

El evangelio apostilla diciendo: “Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida”. ¿Qué te provoca la frase? ¿Te habla de cielo o te obliga a la traducción? ¿Te abre a la Salvación o te recluye en lo sociopolítico?

Sin embargo, Cristo es lo que es. Es pan y es Palabra. Y acercarse a Él es quererle como se presenta, no cómo nos gustaría. ¡Cuántos – a lo largo de la historia- no habrán abandonado a Cristo por no responder a sus expectativas!

¡Señor, líbrame de maquillar tu presencia y manipular tu mensaje! Si eres pan, aliméntame. Si eres Palabra, edúcame. ¡Ah!, y que yo no adultere el alimento de mis hermanos.