PODER PARA CREER

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Eso de expulsar demonios es más habitual y sencillo de lo que creemos. Basta con subir al avión y que la maleta que permite llevar la compañía te sea arrebatada por exceso de equipaje, que en la cola del cine veas cómo se llenan las filas de la película que buscabas o que te cambien la cita del especialista en el último momento, para que salgan por nuestra boca todos los improperios que ni un poseído se atreve a proferir. Así expulsamos muchos demonios…

“Cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. Y la población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males”. Así lo  refieren los cuatro evangelios canónicos que son más parcos que los apócrifos en escenas imponentes. Los enfermos le salían al paso en los caminos, los endemoniados se escondían de él o le increpaban. No dejaba a nadie indiferente. Especialmente a aquellos que precisaban la salud y la libertad.

Muchos buscan hoy en Dios la salud y la libertad. Una salud muy concreta centrada en el cese de síntomas, éxito de tratamientos y prevención divina de enfermedades. Y para eso se multiplican la oraciones dirigidas a los santos más originales. Otros se sumen en la tristeza y en el sinsentido y se encadenan a programas psicológicas de auto ayuda, auto reflexión y auto yo mismo. Enfermos y poseídos en este momento de la historia.

Explicar el poder de Cristo ha sido nuestra tarea desde las clases o los ambones. Y se me antoja que hemos rebajado tanto la fiebre de la suegra de Pedro, racionalizado en exceso la expulsión de los malos espíritus, diseccionado finamente la vivificación de Lázaro o analizado el vino de Cana, que hemos dejado a Jesús restringido a nuestra interpretación.

Los escribas y fariseos le criticaban por celo y por eso envidia. Y la explicación de los Milagros del galileo no difiere de la nuestra. ¿Por qué tanto pavor a su poder? Tener fe en Cristo significa dejarle obrar como quiera y en quien quiera. Y -yo mismo- no se lo permitimos porque nuestra ideología teológica nos obliga a la resta de posibilidades.

Las tardes en curaciones suceden a las mañanas de parábolas y a las noches en blanco rezando. El curar y liberar a Jesús le llevó todo su tiempo y toda su vida. Mucho, comparado con el que yo gasto en desmadejar sus gestos y adaptarlos a mi criterio.

Y eso convence un rato, un día… Hasta que el sufrimiento aparece y uno mismo ha de optar por fiarse del poder de Cristo para sanar o negarse a admitir el milagro y sumirse en la desesperación.

Cuántas personas hoy buscan sucedáneos de su poder por nuestra imposición de explicaciones maduras y racionales.

Todo esto pide un plus de admiración y de respeto. Me pide una apertura al obrar de Cristo sobre quién y cómo quiere. Me obliga a confiar en el derramamiento de su gracia de maneras inimaginables. Y más cuando ha dejado a su Iglesia la capacidad para ejercer su mismo poder. Lo contrario me lleva a  corregir los deseos de Dios y a apropiarme del modo de evangelizar.

Hay veces, en las que creo que esto se acaba porque soy incapaz de cambiar mi vida. Y ciego,  me llevo por delante a los que se me ponen en las manos fiados de Él. A esos que le buscan recorrerse do medio mundo por tocar el borde de su manto. Mientras yo me limito a cuestionarlos desde mi mesa de estudio.

Quizá por eso Jesús cambiaba de sitio y de gente. “Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios”. Poder para creer…