¿QUÉ, CÓMO Y CUÁNDO ESPERAR?

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El 1 de octubre escuché el primer anuncio de Navidad en la radio. Dos meses y medio antes del acontecimiento se nos hace estar atentos y ahorrar.

Jesús hoy nos invita a esperar: “Mirad, vigilad pues no sabéis cuándo será el momento”. Y este slogan lo vamos a repetir en todas las iglesias, con todos los rezos y cantos. Pero, ¿qué entiende la gente? La frase, la dirige Jesús a unos discípulos que no lo comprendieron cuando lo tenían ante sus ojos. La recordarán tras Pentecostés cuando ya no lo veían sin entender la actualidad de su insistencia. La repitieron nuestros catequistas cada año para introducirnos en la liturgia. Sin embargo, interpretamos mejor el anuncio del centro comercial de moda que el de hace dos mil años.

Y es que este mundo, en el que estamos, sabe gestionar mejor la necesidad de la espera que nosotros. La prevé, la motiva y la acompaña para que compremos su producto. Y lo adereza con colores dorados, canciones familiares y lo culmina con golpe de suerte.

Si Jesús estuviera aquí en cuerpo mortal sabría cómo interpretar nuestros deseos y servirse de la actualidad para llevarnos a su corazón. Mientras Él actualiza, nosotros repetimos. Lo mismo cada año, con las mismas notas y ambientes rancios por miedo a adulterar el mensaje. Y de tanto conservar nos caduca la esperanza y ya nadie espera en Adviento. No porque sean malos, torpes, impíos… sino porque nacemos en otra sensibilidad y con otros ritmos. Y por ser buenos y cumplidores, abocamos a nuestra gente a poner en el templo una vela a Dios -en la corona- cien al mundo que les motiva mucho más.

Y entre morados e imperativos, liturgias y cantos no esperamos a quien nos espera. No le vemos porque estamos en otra onda, porque hemos trastocado su whatsApp, porque estamos entretenemos comprando, porque nos encerramos en nuestras necesidades sin descubrir las de nadie, porque alzamos nuestra voz para no percibir la suya, porque creamos ambiente con las velas mientras se nos enfría el corazón.

Pero Él nos espera. No le extraña nuestra apatía. Lo que le sorprende es que sigamos estigmatizando un mundo que actualiza la espera con más ilusión y esperanza de lo que queremos. Lo que no le extraña es que en nuestras iglesias y liturgias perdamos la tensión y el interés. Pero la Esperanza es una virtud que Dios nos regala para encontrarle en cada momento con los brazos abiertos de una madre que acaricia el seno donde se gesta le vida. Ese anuncio sí que emociona… hasta en octubre.