EN TENSIÓN

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Jesús usa una costumbre propia de las bodas judías para descubrir cómo ansiamos el encuentro con Él. En la reacción de unas muchachas quedamos retratados todos, ya que el encuentro personal producirá en cualquier momento.

El evangelio no nos habla de la muerte. Son las palabras de san Pablo -“al son de la trompeta divina, descenderá de cielo”- las que restringen el encuentro al final de los tiempos.

Dios vive en tensión; está en medio de nosotros. La acción del Espíritu Santo propicio que Jesús salga a nuestro encuentro el domingo, en la Palabra, en los sacramentos y en los hermanos. El encuentro es tan cotidiano que nos pasa inadvertido y no valoramos su presencia. No sucede con los que compartimos la vida: perdemos la tensión y nos relajamos en las distancias cortas.

El entusiasmo y la expectación por el encuentro con Cristo se ejemplifica con el “aceite” necesario para que ardieran aquellas lámparas con cabo que alumbraban las noches. Y que hoy nos pasa inadvertido con la luz eléctrica.

Ese entusiasmo y esa expectación, por la llegada de quien esperamos, sí puede compararse a tener carga suficiente en el teléfono móvil, una cerveza fría en la nevera y un rato libre para acoger.

Entusiasmo y expectación que desaparecen cuando no esperamos que nadie pueda sorprendernos. Cuando nos hemos acostumbrado a “lo de siempre”, a las mismas personas, las mismas actividades y las mismas misas.

Cuando ya no esperamos a nadie, no esperamos a Dios. Hemos entrado en la necedad de del día a día donde las relaciones personales cansan, aburren y hastían. Hemos llegado a la hora en que “llega el novio” y nos da igual que esté en la puerta, que en el templo, que a nuestro lado… ¿Cuánta desafección vivimos entre nosotros? ¿Qué dejadez vivimos en la práctica religiosa?

Jesús vive en tensión el mutuo encuentro. El entusiasmo lo sigue trayendo él. Él puede hacer arder nuestro corazón con o sin aceite. Pero, ciertamente, hace falta que hoy te levantes y salgas al encuentro de tu hermano, recuperes la tensión y disfrutes del mismo Cristo.