LA IDEOLOGÍA DEL RESPETO

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Corregir, aconsejar e iluminar con la verdad son acciones de amor. Así lo comprendieron y sufrieron los profetas, ya que amar no es ni fácil ni siempre agradecido.

Jesús, con un lenguaje casi profético nos muestra paso a paso el modo de corregir. Da una “receta” de esas que buscamos en los cursos de autoayuda y en los másteres de relaciones sociales. Es clarísimo el procedimiento: de lo íntimo a lo externo, de lo personal a lo comunitario.

Llevarlo a la práctica es fácil. Ahora, no estamos dispuestos porque no somos pobres de espíritu. No. Nos encanta compararnos con los demás y demostrar lo buenos e interesantes que somos. Mientras nos justificamos con nuestro modo de ser somos inflexibles con el proceder de los otros. Y ante la sorpresa o el escándalo del prójimo brotan con fluidez nuestros juicios y sentencias con los ajenos. Hablamos del pecador con todo el mundo menos con él, propiciando un ambiente de sospecha y de crítica que ensucia nuestro mismo modo de relacionarnos.

Lo que es cierto, es que Dios ama a todos y cada uno de sus hijos. Y en muchos momentos se sirve de unos para despertar a los otros. Tanto si hemos de ser corregidos, como si hemos de corregir, se nos dice que somos instrumentos de Dios para amar. No somos ni jueces, ni reos… ni de los demás ni de nosotros mismos. Algo que se nos olvida tan fácilmente que caemos en la ideología del respeto.

Una interpretación de la vida cristiana que mina la vida comunitaria. Con el cartel del respeto colgado en nuestro cuello, permitimos que los demás se estrellen en su oscuridad sin encender ni una cerilla. Pero nublamos su fama hablando mal de ellos y matando sus posibilidades de reacción. Esa manera distorsionada de relacionarnos nos lleva a mirarnos a nosotros, a percibirnos frágiles y a decir que podemos criticar en nosotros lo mismo que diríamos de los demás. ¡Y es cierto! La culpa, la nuestra, esa por la que Dios nos pedirá cuentas, está en no dar el siguiente paso: iluminar con la verdad sin juzgar. Y claro, ahí dejamos al hermano atado a su cerrazón sin mover un dedo para liberarle.

Nuestra fe de evangelio no es una ideología, sino un asentimiento profundo a la aseveración de Jesús: “A nadie le debáis nada, más que amor”. Y por amor uno es capaz de dejar de pensar en el rechazo, en la propia fama, en el “qué dirán” para desatar al hermano.

El miedo y la vergüenza minan la vida comunitaria. Ahora si dos “se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo”. De acuerdo para dejarse acompañar y para discernir. Dos acciones de amor sustentadas por el Espíritu Santo.