RIVALIZANDO

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Este evangelio parece un cúmulo de consejos -dados por Jesús a unos discípulos que no tienen los criterios claros- o una serie de yuxtaposiciones de sabiduría sin conexiones internas.

Como si el evangelista Mateo hubiera metido en un cajón de sastre todo lo referente a aquel que es enviado a la misión. Aún así, se ve un contenido de riesgo y de libertad en el seguimiento de Cristo con su lógica interna.

En el corazón se encuentran los amores humanos rivalizando entre sí. No hay más que recordar las preguntas de nuestras abuelas para comprobar a quién queríamos más, la incursión de los padres en las vidas de los recién casados o los desánimos de los amigotes cuando uno decide servir a Dios. Ciertamente Dios cabe en el corazón; pero no rivaliza con nadie. Él es quien lo ha hecho; es el que puede ordenar todo en su justo lugar y proporcionar amor en su justa medida. El amor de Dios no entra en el juego torticero de la exclusión del amor parental o fraterno… esos límites los ponemos nosotros y los tenemos tan poco trabajados que sigue fluyendo incluso en las vidas consagradas más asentadas.

Las tensiones y los recortes los provoca el optar por la esclavitud de afectos humanos y nos dejarnos llevar por la libertad que da Dios. En la carta a los Romanos se nos pregunta si “estamos muertos al pecado y vivos para Dios” o si seguimos bajo el influjo del pecado que atenaza y nos inculpa de malos hijos o hermanos. Recordemos que la consagración religiosa brota del Bautismo y por él entramos a formar parte de la familia de Dios que se funda más en la fe que en la sangre o la tierra. Si Dios no está en el centro de nuestro “querer e interés”, estaremos atados de pies y manos por las responsabilidades, y sin dar un paso hacia el Reino. Para salir de este laberinto no hay otra opción que tomar la propia cruz y tirar hacia Cristo. ¡Valientemente!

Si se hace, nos convertimos en testigos de un nuevo tipo de lazos y en transparencia de Dios. La gente percibirá que sólo nos mueve el amor de Dios y no buscamos beneficiarnos de nada ni de nadie. Y ahí sí que no rivalizamos con nadie… porque comenzamos a amar con un corazón indiviso.

Así que todos estos consejos que nos desesperan son la única manera de ser justos con Dios y los demás y vivir la profecía. Sin rivalizar.