NADIE ES IMPRESCINDIBLE

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Ninguno de nosotros es imprescindible. Necesarios sí -¡está bien!- pero poco.

Jesús se despide porque su tiempo se cumple. Por tres veces les había anunciado su muerte, pero ahora les anuncia que dejará de estar, en cuerpo mortal, entre ellos y le pedirá al Padre otro que les Defienda. A partir de ese momento, aquellos galileos tendrán que buscar a Dios por ellos mismos y descubrir a Jesús de una manera nueva. Y cuando se acostumbren a verle resucitado, desaparecerá de su vista. Esa es su manera de dejar a los que ama al frente de la Misión y el modo de impulsar el Reino: ser necesario pero no imprescindible.

Todo esto me cuestiona mucho. A Jesús le costó la vida el comenzar el Reino con aquellos discípulos, y a mí no me cuesta más que un dolor de cabeza lo que me traigo entre manos. Además, Jesús deja paso al Espíritu para que continúe su obra, y yo me afinco en mis logros queriendo recoger de inmediato los frutos de lo trabajado.

Todo esto, me “revela” la gratuidad de la Salvación y el servicio de Jesús en favor de los planes del Padre. Y “me desvela” a mí como interesado y ególatra; por sentirme importante e imprescindible.

El mismo evangelio ofrece un correctivo a toda esta tendencia exhibicionista en la que se nos educa: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. Gestionamos lo que recibimos; sea la Misión o el mismo Amor recibido. Nada es nuestro en propiedad; ni la vida que nos permite creernos con posibilidades. Jesús nos conoce, como los conocía a ellos, y sabía que no todos estaban muy convencidos. Hoy mismo escuchaba a una madre, ya mayor, quejarse de que sus hijos no van a misa, no valoran su fe, y esta Semana Santa ni la han acercado a los Oficios… y dicen quererla mucho. Y yo me pregunto: ¿Se puede amar a alguien sin desear cumplir su voluntad? ¿Se ama de verdad sin interesarse por lo que al otro le gusta o le mueve? Si en vida no se valora el deseo de una madre, ¿qué será después?

Todos y cada uno somos necesarios. El deseo de Jesús es el deseo del Padre. Y el mío ha de ser el de mi Maestro. Y eso me sumerge en una cadena de amor entregado que me hace único. Y la tarea pasa a formar parte del modo de hacer de Dios a través de su Hijo, de mis manos, de la Iglesia o de quien sea. Una cadena de testigos necesarios pero no imprescindibles. Jesús no lo fue, menos yo.

¡Señor que deje espacio al Espíritu Santo para que sea Él quien decida al siguiente hermano en la tarea del Reino! ¡Según el querer y desear de Dios! Hasta formar una cadena de necesarios; de esos que forman cadenas…