Si es monolítico no es eclesial

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Hace unos días, un amigo me manifestaba su alegría ante una noticia que acababa de leer, a saber, que el Cardenal Sandri puso como ejemplo de santidad a tres Obispos mártires por ser fieles a su opción preferencial por los pobres, el argentino Enrique Angelelli, el mexicano Juan Jesús Posadas y el salvadoreño Óscar Romero. En mi rápida respuesta le decía: Es una buena demostración de que la Iglesia es más plural de lo que algunos piensan y de que hay muchos modos de seguir a Cristo.

Decir que la Iglesia es plural y que hay muchos modos de seguir a Cristo va más allá de constatar que en la Iglesia hay distintos grupos, movimientos o congregaciones religiosas. El pluralismo significa que la misma concepción cristiana de la vida puede conducir a ofrecer respuestas divergentes a problemas que parecen iguales, debido al distinto contexto cultural en el que se viven y al distinto análisis de la situación que uno hace. La respuesta cristiana ante la pobreza no puede ser la misma en un contexto social rico y democrático o en contexto social pobre y, en muchas ocasiones, políticamente opresivo. Además, en el primer contexto, la crítica suele ser más o menos tolerada; en el segundo contexto la palabra profética puede conducir al martirio.

Más aún, repetir palabras muy ortodoxas no garantiza que sean entendidas correctamente. Dígase lo mismo de la santidad. Hay modos de ser santo que algunos pueden no entender. Si alguien quisiera vivir el Evangelio con moldes eclesiales medievales, sin duda podría ser santo; pero esta santidad corre el riesgo de no ser entendible ni significativa para muchas personas de hoy. Se puede ser santo y ser un mal testigo. Tiene su sabiduría ese dicho de que cada uno tiene el santo de su devoción. Porque no todos los estilos de santidad convienen a todas las personas.

Desgraciadamente algunos confunden ser cristiano y ser santo con modos de pensar políticamente conservadores, modos de vivir sin complicarse la vida, y discursos teológicos superados, por no decir integristas. Quienes así piensan merecen respeto, pero tienen dificultades en entender que la fe y la vida cristiana son más amplias que sus entendederas, sus comodidades y sus preferencias. En esta línea, el Papa Francisco se ha posicionado contra una doctrina monolítica, defendida por todos sin matices. Y ha recordado el principio de la jerarquía de verdades. No hay ahí ningún relativismo doctrinal. Lo que hay es capacidad para distinguir lo accesorio de lo esencial, y para entender la doctrina y el dogma no en función de sí mismos, sino a la luz del misterio central de Cristo.