PROPUESTA DE RETIRO

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«LA AMISTAD CON DIOS COMO DINAMISMO DE LA CONSAGRACIÓN»

(Francisco Javier Sancho Fermín). A pesar de que Teresa de Jesús no disponía de una comprensión teológica de lo que implicaba su consagración, el encuentro personal con Cristo le fue abriendo el panorama de su significado. El sentido y valor de su vida comenzaron a aparecer de manera evidente sólo cuando comenzó a “traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente” (V 4, 7). Este simple gesto, que marcará con determinación su camino de oración, será el fundamento que la lleve a descubrir el verdadero sentido de su consagración.

Resulta más que conmovedor constatar que para el mismo Papa Francisco ahí se radica igualmente el verdadero sentido dinamizador de la vida cristiana, y por tanto de lo que la fundamenta como consagración bautismal: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque « nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor»” (EG 3) Invitación que supone centrar la mirada en aquello que fundamenta el ser del cristiano radicado en lo esencial del seguimiento.

Hoy queremos reflexionar sobre el sentido de nuestra consagración, de donde brota nuestro verdadero ser, el que nos define y nos lleva a la misión en favor del Reino.

Vocación y consagración

Cuando nos acercamos a la Sagrada Escritura y nos fijamos en los muchos relatos vocacionales que nos regala, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, descubrimos una amplia serie de valores que significan la realidad profunda de nuestro ser consagrados. La consagración en el ámbito vocacional del Antiguo Testamento (por ejemplo en relación a la vocación de Abraham, Moisés, los profetas…) conlleva, en primer lugar la iniciativa-llamada gratuita de Dios. Implica el hacer experiencia de Dios, donde el individuo descubre el ser auténtico propio y de Dios, al mismo tiempo que se contempla llamado a una misión, a pesar de las limitaciones y debilidades que forman parte de su ser. Sin embargo, en todo relato vocacional bíblico emerge la fuerza de la misión en la asistencia y fuerza de Dios. La consagración por eso pone su acento en la elección y en la presencia de Dios en la historia personal que solo Él es capaz de transformar en una auténtica historia de la salvación. Una presencia que se hace eficaz cuando la persona, en su libertad, la acoge y deja que se convierta en ese diálogo amoroso, en respuesta obediente a la llamada.

Este dinamismo de entrega y exclusividad relacional que se forja en la consagración, se observa aún con más nitidez en Jesucristo, el hombre-Dios, donde su humanidad es presencia y revelación de la divinidad, y donde la relación con el Padre se convierte en el absoluto de toda su existencia: Él es el Ungido de Dios, y su vida no puede entenderse sin esa relación constante con el Padre.

Este breve “scursus” nos sitúa directamente en la experiencia teresiana. Es cierto que ella no hace uso de la terminología que hoy es habitual en la teología de la vida consagrada, pero sí sabe de sus contenidos. De hecho, Teresa no puede concebir su vida y la de sus seguidores sino es en clave de convertirse en amigos verdaderos de Dios. Es más, ella intuye que esa es la esencia misma del seguidor de Cristo, es decir, de todo cristiano.

Teresa es muy consciente de los males que acechan a la Iglesia y al mundo de su tiempo. Y entre los males intraeclesiales subraya la gran ignorancia de los cristianos en lo que se refiere al conocimiento de Dios y de los dones que de Él hemos recibido. Se lamenta de los pocos amigos verdaderos que tiene el buen Dios aún entre los que se llaman cristianos. Y esto es razón suficiente como para que no funcionen las cosas como deberían.

En ello centra Teresa la atención, como un proyecto fundamental de su vida: “es que en este castillito que hay ya de buenos cristianos no se nos vaya ya ninguno con los contrarios, y a los capitanes de este castillo o ciudad, los haga muy aventajados en el camino del Señor” (C 3, 2).

Consagración y vida interior

La santa abulense es muy consciente de que si no hay una auténtica vida interior, la acción y presencia en el mundo de los “seguidores de Jesús” no será eficaz: “porque a no ser así, ni merecen nombre de capitanes, ni permita el Señor salgan de sus celdas, que más daño harán que provecho. Porque no es ahora tiempo de ver imperfecciones en los que han de enseñar; y si en lo interior no están fortalecidos en entender lo mucho que va en tenerlo todo debajo de los pies y estar desasidos de las cosas que se acaban y asidos a las eternas, por mucho que lo quieran encubrir, han de dar señal. Pues ¿con quién lo han sino con el mundo? No hayan miedo se lo perdone, ni que ninguna imperfección dejen de entender…” (C 3, 3-4).

Teresa apunta a lo esencial: si no están fortalecidos en lo interior, es decir, si no hay una vivencia experiencial de la consagración, todo amenaza con debilitarse y con perder la fuerza testimonial de sus vidas.

Ya Severino M. Alonso en su obra La Vida Consagrada. Síntesis teológica, nos recordaba lo importante de nuestro ser consagrados y su significado: “La vida religiosa es una realidad sustantiva –algo en sí– y no meramente funcional, en orden a otra cosa. No recibe su valor y sentido último de lo que hace, sino de lo que es en sí misma. En definitiva, tampoco la vida cristiana se define por un “hacer”, por una actividad específica, sino por un nuevo “ser” que brota del bautismo. No es solo algo de orden moral, sino ontológico, que afecta al ser mismo del hombre”. Teresa sabe que hay muchas cosas en las que hay que ir con suavidad en la vida, pero en dinamizar la vida interior nos pedirá que nunca haya en ello relajación: ahí nos jugamos el todo de nuestra consagración.

Ya insinuábamos antes que en todos los relatos vocacionales, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, así como en la “vocación” de tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia, descubrimos que el denominador común es la experiencia de Dios. Y sin esta experiencia no entenderíamos ni su llamada ni su consagración.

Aun cuando la consagración sea “obra y don de Dios”, necesita de la libertad y acogida por parte del hombre. Un hombre que hace suya la llamada y la entrega mutua, elemento que ha de cualificar toda consagración. Pero si esto es verdad para todo “consagrado”, es decir, para todo bautizado, para el religioso implica una ordenación del corazón y de toda su vida a ello. Ahí radica el valor y la fuerza de lo que él es y hace como consagrado.

Teresa recordará que a los ojos de Dios el ser humano es “morada de Dios”, creado a su imagen y semejanza (cf. 1M 1, 1-2). Es decir, en cuanto receptáculo de la presencia de la divinidad el ser humano en sí mismo ya es un ser “sagrado”. Pero no basta con serlo. Necesita ser reconocido para poder ser asumido, integrado y vivido. Así plantea Teresa todo el proceso del seguimiento de Cristo, que orienta a la persona a posicionarse como “amigo” de Dios.

La vocación a la vida religiosa, aun cuando en sus valores centrales respeta la vocación originaria del ser humano, es una “vocación sobrenatural”. Es seguimiento radical de Cristo: imitación y vivencia de los contenidos que Él en su vida y misterios nos transmite. Pero ante todo se caracteriza por el carácter de entrega total e indivisible al amor de Dios. Curiosamente Teresa de Jesús plantea en esas mismas categorías el camino, el único camino que puede llevar a un encuentro personal, sincero y directo con Cristo: la oración. Teresa percibe al orante como aquel que se aventura a “ser siervo del amor”. El consagrado y la consagrada que quiere vivir la plenitud de su vocación está invitado a “gozar de tan gran dignidad, pues en llegando a tener con perfección este verdadero amor de Dios, trae consigo todos los bienes”. El problema, prosigue Teresa, no está en que Dios no nos ofrezca esta plenitud de su amor a todos, sino en que nosotros “no acabamos de disponernos” (V 11, 1), no acabamos de creernos lo que por puro don y gracia ya somos.

Si la profesión religiosa consiste en la entrega total de todo el ser humano y de toda la vida al servicio de Dios, ello significa, además, que el motivo, principio y fin de la vida religiosa está en la entrega amorosa a Dios sin límite alguno y en el olvido de sí mismo para que la vida de Dios esté presente dentro del individuo consagrado. Teresa no deja de insistir y de invitar a tratar de alcanzar ese radicalismo profético en nuestras vidas: “Esto también me hace desear que, en cosas que tanto importa, no nos contentemos con menos de hacer todo lo que pudiéremos de nuestra parte. No dejemos nada, y plega al Señor sea servido de darnos gracia para ello” (V 32, 7).

Esta entrega total que es un vivir únicamente para Dios, tal como nos recuerda la Perfectae caritatis (cf. nn. 1y 5) es lo propio de la consagración religiosa: “darnos todas al Todo sin hacernos partes”, diría Teresa (C 8, 1). Aquí se fundamenta, además, la dimensión esponsal que significa la consagración religiosa. Para Teresa es un don inigualable. Pero si el religioso o la religiosa no son conscientes de lo que implica o significa, corre el riesgo de perder de vista sus implicaciones existenciales. En sus Conceptos del amor de Dios, en los que reflexiona sobre algunos versículos del Cantar de los Cantares, nos ofrece Teresa esta consideración crítica sobre el peligro de vivir indiferentes a lo que significa la consagración: “Notad una cosa, y esto se os acuerde por amor de mí: si una persona está viva, poquito que la lleguen con un alfiler ¿no lo siente, o una espinita, por pequeñita que sea? Pues si el alma no está muerta, sino que tiene vivo un amor de Dios, ¿no es merced grande suya que cualquiera cosita que se haga contra lo que hemos profesado y estamos obligadas, se sienta? ¡Oh, que es un hacer la cama Su Majestad de rosas y flores para Sí en el alma, a quien da este cuidado, y es imposible dejarse de venir a regalarla a ella, aunque tarde! Válgame Dios, ¿qué hacemos los religiosos en el monasterio?, ¿a qué dejamos el mundo?, ¿a qué venimos?, ¿en qué mejor nos podemos emplear que hacer aposentos en nuestras almas a nuestro Esposo y llegar a tiempo que le podamos decir que nos dé beso con su boca? Venturosa será la que tal petición hiciere, y cuando venga el Señor, no halle su lámpara muerta, y de harto de llamar se torne. ¡Oh hijas mías, que tenemos gran estado, que no hay quien nos quite decir esta palabra a nuestro Esposo, pues le tomamos por tal cuando hicimos profesión sino, nosotras mismas!” (2, 5).

Consagración y experiencia de Dios

La experiencia de Dios se constituye, de este modo, en lo que verdaderamente vitaliza la consagración, dándole sentido y dinamismo. Y es en ese marco del “encuentro cara a cara” donde el consagrado toma clara conciencia de su llamada y de su entrega. Pero la llamada y la entrega no pueden reducirse únicamente a un momento fundante, sino que ha de permear todo el proyecto de vida del individuo consagrado: “Solo hombres tocados por Dios pueden recuperar a Dios para el mundo” (Papa Benedicto XVI).

Teresa de Jesús captó muy bien esta realidad, tal como venimos constatando hasta ahora. Pero aún queda de un modo mucho más evidente su comprensión del carácter dinámico de la consagración en su obra maestra, el libro de las Moradas del Castillo Interior. Aquí Teresa, aún sin hacerlo de manera explícita, nos adentra por el camino que puede llevarnos a vivir la plenitud de nuestra consagración bautismal, donde se radica nuestra consagración religiosa.

Para Teresa de Jesús la plenitud de la vida mística, del camino de la experiencia de Dios, del camino del seguimiento de Cristo, no es otra cosa sino dejar que se haga efectiva en la vida de la persona aquello que por principio ha recibido en cuanto hijo de Dios y que ha sido ratificado en su consagración bautismal: consagración que nos hace entrar a formar parte activa de la vida trinitaria, nos configura con Cristo haciéndonos partícipes de su muerte y resurrección y nos hace criaturas nuevas, miembros vivos de su Cuerpo. Son estas las características del matrimonio espiritual, pero también del bautizado, del consagrado. La diferencia se radica no en los contenidos, sino en si verdaderamente estos son integrados activamente en la vida del individuo.

Como cristianos y consagrados tenemos que aprender cada día a comenzar a ver las cosas desde la perspectiva de Dios. Habitualmente nos hemos encerrado en nuestra vision reducida y limitada de las cosas, del camino espiritual, de la vida consagrada: tenemos que amar a Dios, tenemos que cumplir los mandamientos, tenemos que ser buenos, tenemos que cumplir las leyes, tenemos que llevar adelante tantas obras, tenemos que salvar y salvarnos… Y esto que parece lo correcto, sin embargo, hace que sea la persona la que termine colocándose como la protagonista de su consagración, de su salvación y perfección. Y nos olvidamos de la gratuidad del don de Dios. Aprender a ver las cosas con los ojos de Dios es dejarle a él el protagonismo: es él quien nos consagra, quien nos salva, quien nos amó primero, etc…

Teresa de Jesús, a través del proceso de amistad con Cristo se da cuenta progresivamente de que es Dios quien ha puesto todo para asegurarnos la plenitud y el de-sarrollo de nuestra consagración: nos ha creado, nos ha redimido y salvado cuando éramos pecadores… Nos ha hecho sus hijos y nos ha predestinado a ser santos y a reinar con él para la eternidad.

La fe debería ayudarnos a ver la consagración con los ojos de Dios, a tratar de comprender qué significa el hecho de que nos haya llamado, elegido y predestinado. Teresa está convencida de que nuestra vida no es solo pecado y miseria, sino que en no-sotros hay grandísimos tesoros que tenemos que aprender a vivir y descubrir. Es la clave de vida que reflexionábamos en el primero de los retiros (cf. 1M 1, 2).

Creer en el don de la consagración de Dios significa acoger en nuestra vida el Misterio que se nos regala, acoger a Dios y abrirse al encuentro personal con Él. Y este es el gran deseo de Dios para Teresa, “que seamos sus amigos”. Y solo así se cumple en nosotros el primero de los mandamientos y el que mejor expresa el ser consagrado: “amar a Dios sobre todas las cosas”. ¿Como amar a alguien si no nos relacionamos con Él? Desde aquí podemos entender lo que implican y significan estas Moradas séptimas.

Al inicio de las Séptimas Moradas Teresa subraya que los tesoros que aquí se descubren pertenecen a todos, no es solo algo reservado a unos pocos: “pues cada una de nosotras la tiene, sino que como no las preciamos como merece criatura hecha a la imagen de Dios, así no entendemos los grandes secretos que están en ella” (7M 1, 1). Y más adelante dice: “Y no dejamos de entrar aquí todos, porque así dijo Su Majestad: No solo ruego por ellos, sino por todos aquellos que han de creer en mi también, y dice: Yo estoy en ellos. ¡Oh, válgame Dios, qué palabras tan verdaderas!, y ¡cómo las entiende el alma, que en esta oración lo ve por sí! Y ¡cómo lo entenderíamos todas si no fuese por nuestra culpa, pues las palabras de Jesucristo nuestro Rey y Señor no pueden faltar! Mas como faltamos en no disponernos y desviarnos de todo lo que puede embarazar esta luz, no nos vemos en este espejo que contemplamos, adonde nuestra imagen está esculpida” (7M 2, 7-8). Es el deseo y la oración de Teresa: “Dios mío, pues veis lo que nos importa, haced que quieran los cristianos buscarla…” (7M 3, 13). En nuestro caso podríamos añadir “que quieran los consagrados y consagradas buscarla”.

Ciertamente Teresa no pretende hacer caer sobre nosotros un sentimiento de culpa que nos paralice, sino todo lo contrario: abrir los ojos a lo que verdaderamente merece la pena y nos identifica, para que de ese modo se avive en nosotros la grandeza de nuestra consagración. Y por eso nos invita a “volar” a la grandeza de Dios: “Mas consideremos que la abeja no deja de salir a volar para traer flores; así el alma en el propio conocimiento, créame y vuele algunas veces a considerar la grandeza y majestad de su Dios. Aquí hallará su bajeza mejor que en sí misma, y más libre de las sabandijas adonde entran en las primeras piezas, que es el propio conocimiento; que aunque, como digo, es harta misericordia de Dios que se ejercite en esto, tanto es lo de más como lo de menos –suelen decir–. Y créanme, que con la virtud de Dios obraremos muy mejor virtud que muy atadas a nuestra tierra” (1M 2, 8). Podríamos decir que es el sentido de la consagración: descubrir que el valor de lo que somos nos viene de Dios mismo y no de nuestras obras o virtudes.

Consagrados para vivir la plenitud en Dios

En el discurso descriptivo que nos ofrece Teresa sobre el matrimonio espiritual, (que bien podemos entender como consumación de la consagración), la persona se descubre sumergida y haciendo parte de la misma vida trinitaria. Pero esto acontece en la persona misma, en su interior, donde habita Dios (y esto puede suceder en toda persona): “primero que se consuma el matrimonio espiritual métela en su morada, que es esta séptima; porque así como la tiene en el cielo, debe tener en el alma una estancia adonde sólo Su Majestad mora, y digamos otro cielo..” (7M 1, 3). Dios introduce a la persona en la Trinidad: “de manera que lo que tenemos por fe, allí lo entiende el alma, podemos decir, por vista, aunque no es vista con los ojos del cuerpo” (7M 1, 6). Acontece lo que Jesús prometió a los suyos: “Aquí se le comunican todas tres Personas, y la hablan, y la dan a entender aquellas palabras que dice el Evangelio que dijo el Señor: que vendría El y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que le ama y guarda sus mandamientos” (7M 1, 6). Aún más: “Y cada día se espanta más esta alma, porque nunca más le parece se fueron de con ella, sino que notoriamente ve, de la manera que queda dicho, que están en lo interior de su alma, en lo muy muy interior, en una cosa muy honda, que no sabe decir cómo es, porque no tiene letras, siente en sí esta divina compañía” (7M 1, 7) y que “jamás El la faltará, a mi parecer, de darse a conocer tan conocidamente su presencia” (7M 1, 8). De lo que nos habla Teresa por experiencia es lo que sabemos que sucede en nosotros por la fe. ¿No es esta la expresión existencial de lo que significa la consagración? ¿No es esta la llamada a vivir la comunión de amor con Dios?

Y cuando Teresa habla del proceso de cristificación que acontece en la persona, la concordancia con lo que es el proyecto de vida del consagrado resulta aún mucho más evidente y tajante: “quiere Su Majestad mostrarse al alma por visión imaginaria de su sacratísima Humanidad” (7M 2, 1) porque Cristo “ha querido juntarse con la criatura, que así como los que ya no se pueden apartar, no se quiere apartar El de ella” (7M 2, 3). En definitiva se trata de hacer vida aquello que San Pablo nos pone como la meta de todo consagrado por el bautismo: “Mihi vivere Chistus est, mori lucrum; así me parece puede decir aquí el alma, porque es adonde la mariposilla, que hemos dicho, muere y con grandísimo gozo, porque su vida es ya Cristo” (7M 2, 5).

Pero para Teresa no se trata solo de un proceso de transformación interior, sino que tiene una incidencia ética en la persona consagrada. Al modo de ser le corresponde un modo diferente y correspondiente de vivir. Teresa subraya algunas de esas características que configuran el ser y hacer de la persona cristiana-consagrada: olvido de sí; gran deseo de padecer; paz y seguridad,… (7M 3). Pero sin caer en el error de los idealismos o perfeccionismos. La persona, a pesar de su consagración, sigue siendo criatura, es decir, débil y pecadora: “Tampoco os pase por pensamiento que por tener estas almas tan grandes deseos y determinación de no hacer una imperfección por cosa de la tierra, dejan de hacer muchas, y aun pecados.…” (7M 4, 3).

La persona que vive el matrimonio –o la plenitud consciente de su consagración– se caracteriza por su gran deseo de servir a Dios. Lo recibido ha de ser puesto al servicio de los demás. “¡Oh hermanas mías, qué olvidado debe tener su descanso, y qué poco se le debe de dar de honra, y qué fuera debe estar de querer ser tenida en nada el alma adonde está el Señor tan particularmente! Porque si ella está mucho con El, como es razón, poco se debe de acordar de sí; toda la memoria se le va en cómo más contentarle, y en qué o por dónde mostrará el amor que le tiene. Para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual: de que nazcan siempre obras, obras…” (7M 4, 6).

No es un simple activismo, sino fruto y consecuencia de la propia consagración, es decir, del saberse antes que nada amado por Dios: “Si Su Majestad nos mostró el amor con tan espantables obras y tormentos, ¿cómo queréis contentarle con solo palabras? ¿Sabéis qué es ser espirituales de veras? Hacerse esclavos de Dios, a quien, señalados con su hierro que es el de la cruz, porque ya ellos le han dado su libertad, los pueda vender por esclavos de todo el mundo, como Él lo fue; que no les hace ningún agravio ni pequeña merced. Y si a esto no se determinan, no hayan miedo que aprovechen mucho, porque todo este edificio –como he dicho– es su cimiento humildad; y si no hay ésta muy de veras, aun por vuestro bien no querrá el Señor subirle muy alto, porque no dé todo en el suelo. Así que, hermanas, para que lleve buenos cimientos, procurad ser la menor de todas y esclava suya, mirando cómo o por dónde las podéis hacer placer y servir; pues lo que hiciereis en este caso, hacéis más por vos que por ellas, poniendo piedras tan firmes, que no se os caiga el castillo” (7M 4, 8).

Hablando con Él:

Y para terminar podemos orar y meditar con este texto teresiano: “¡Oh Dios de mi alma, qué prisa nos damos a ofenderos y cómo os la dais Vos mayor a perdonarnos! ¿Qué causa hay, Señor, para tan desatinado atrevimiento? ¿Si es el haber ya entendido vuestra gran misericordia y olvidarnos de que es justa vuestra justicia?…

¡Oh cristianos!, tiempo es de defender a vuestro Rey y de acompañarle en tan gran soledad; que son muy pocos los vasallos que le han quedado y mucha la multitud que acompaña a Lucifer. Y lo que peor es, que se muestran amigos en lo público y véndenle en lo secreto; casi no halla de quién se fiar. ¡Oh amigo verdadero, qué mal os paga el que os es traidor! ¡Oh cristianos verdaderos!, ayudad a llorar a vuestro Dios, que no es por solo Lázaro aquellas piadosas lágrimas, sino por los que no habían de querer resucitar, aunque Su Majestad los diese voces. ¡Oh bien mío, qué presentes teníais las culpas que he cometido contra Vos! Sean ya acabadas, Señor, sean acabadas, y las de todos. Resucitad a estos muertos; sean vuestras voces, Señor, tan poderosas que, aunque no os pidan la vida, se la deis para que después, Dios mío, salgan de la profundidad de sus deleites. No os pidió Lázaro que le resucitaseis. Por una mujer pecadora lo hicisteis; véisla aquí, Dios mío, y muy mayor; resplandezca vuestra misericordia. Yo, aunque miserable, lo pido por las que no os lo quieren pedir. “(Excl. 10).