PROPUESTA DE RETIRO

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21--Javier-Sancho-Enero15«… QUÉ SERÍA DEL MUNDO SI NO FUESE POR LOS RELIGIOSOS» Revalorizar nuestra vida de la mano de Teresa de Jesús (Francisco Javier Sancho, OCD).

A la vida religiosa se le ha venido acusando de muchas cosas en las últimas décadas. Y hasta nosotros mismos, consagradas y consagrados, a la luz de los síntomas de “debilidad” que experimentamos, fácilmente caemos en la tentación de tirar piedras contra nuestro propio tejado, poniendo en evidencia lo negativo y pasando por alto lo positivo. Y en vez de agudizar nuestra mirada teologal, nos acomodamos a una visión y valoración superficial de nuestra vida.

En todas las congregaciones, institutos, sociedades de vida apostólica, institutos seculares… venimos realizando un largo examen de conciencia de nuestros males; a veces simplemente constatando su existencia, otras veces buscando causas, y tratando de encontrar soluciones a tantos problemas y dificultades: ¿Será que no vivimos con autenticidad? ¿O que nuestras estructuras ya no corresponden a los tiempos actuales? ¿Quizás debemos volver a lo de antes? ¿Será que hacemos poca oración? ¿O que no estamos siendo fieles a la llamada del Señor? Un sinfín de preguntas e interrogantes que no siempre nos ayudan de manera eficaz, sobre todo, cuando la pretensión es la de “conseguir frutos inmediatos” y nos apresuramos a cambiar normas, estructuras, formas… sin antes hacer una valoración más profunda y meditada de la razón de todo ello.

Nos acusamos a nosotros mismos de desmotivados, de aburguesados, de acomodados, de relajados… Y hay otros muchos –fuera de nuestras instituciones– a quienes les encanta meter el dedo en la llaga de nuestra pobreza y pequeñez. No faltan desprecios, incomprensiones, ninguneos, e incluso quién profetiza nuestra extinción y desaparición. Algunos porque se creen superiores en dones y carismas, y otros porque son incapaces de ver la realidad con la objetividad de la fe, y otros muchos porque simplemente miran la dimensión de pobreza humana que nos rodea y no la dimensión de “misterio” que nos fundamenta. Cierto que aquí no queremos ni defender, ni justificar, ni argumentar. No es este el momento ni el lugar.

Simplemente hago referencia a una realidad que forma parte de nuestra cotidianidad y en la cual hemos de aprender a vivir en clave renovada y teologal. Y en este contexto queremos preguntarnos si un personaje como fue Santa Teresa de Jesús, tiene algo que ofrecernos; si su vida, experiencia de Dios y ejemplo, puede “dar luz a estas tinieblas”.

Nuestra vida es antes que nada un don

Cuando tratamos el tema de la vocación a la vida consagrada estamos hablando de don, principalmente. Es algo evidente para todos, pero que olvidamos con suma facilidad. Los diversos carismas y formas de vida han ido surgiendo y surgen como una respuesta del Espíritu Santo a la realidad y a la necesidad eclesial del momento. No surgen por decisión simplemente humana, ni se fundamentan en un gran proyecto o peculiar visión que pueda tener una persona o grupo determinado. Es cierto que nosotros somos los gestores responsables de ese don, pero también es importante no olvidar que la vida consagrada es un don del Espíritu a su Iglesia, y que –como recordó el Concilio– pertenece a su vida y santidad.

Teresa de Jesús sufrió su propia y personal crisis, en la que posiblemente podemos encontrar puntos de coincidencia con nuestra propia trayectoria personal y/o comunitaria. Cuando ella entró como monja en el convento de la Encarnación de Ávila, ciertamente no tenía motivaciones vocacionales demasiado claras o demasiado concordes con lo que verdaderamente implica y significa la consagración. Ella misma –tal como nos relata en su Libro de la Vida–  reconoce que la movía más el temor que el amor, y que su propósito era –no tanto el de prestar un servicio al Señor– cuanto el de “librarse del purgatorio”, es decir, salvarse a sí misma: “En esta batalla estuve tres meses, forzándome a mí misma con esta razón: que los trabajos y pena de ser monja no podía ser mayor que la del purgatorio, y que yo había bien merecido el infierno; que no era mucho estar lo que viviese como en purgatorio, y que después me iría derecha al cielo, que este era mi deseo. Y en este movimiento de tomar estado, más me parece me movía un temor servil que amor” (V 3, 6)”. Posiblemente, con esas motivaciones iniciales, hoy en día no sería admitida tan fácilmente en un convento.

Pasarán bastantes años antes de que Teresa se dé cuenta del verdadero sentido y valor de su vocación. Como quizás nos ha podido pasar a cualquiera de nosotros, durante muchos años Teresa vivió siendo ella el centro de su vida consagrada: yo ofrezco mi vida, yo hago oración, yo hago penitencias, yo hago tantas obras de caridad, yo trabajo tanto… Sin darnos cuenta, y aunque con buenas pretensiones, vamos colocando al “yo” en el centro del dinamismo de nuestra consagración. Y, quizás, parte de nuestra crisis actual se deba a ello; y la valoración que hacemos de nosotros mismos apunta directamente a ese “yo”, a esos “yos”, que ya no tienen la misma fuerza, la misma energía… Por eso me gusta pensar que no es tanto nuestra vida religiosa la que está en crisis, cuanto nuestro “yo religioso” el que ha entrado en una fase de purificación necesaria, y por tanto positiva, si ello nos lleva a poner la mirada en el verdadero protagonista y centro de nuestra vida.

Teresa de Jesús –desde la búsqueda de su vida–, nos enseña que el verdadero sentido de su consagración no le fue dado ni por su juventud, ni por su dinamismo, ni por las muchas mujeres que formaban parte de la vida de su monasterio (prácticamente eran unas 180, por lo que numéricamente hablando no se podía decir que tuvieran escasez de vocaciones). Pero hasta que no se dio cuenta de que el verdadero protagonista de su consagración no era ella, sino Cristo, su vida no cambia: “Pues ya andaba mi alma cansada y, aunque quería, no le dejaban descansar las ruines costumbres que tenía. Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota, que en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese de una vez para no ofenderle” (V 9, 1).

¿Cuántas veces nos hemos encontrado en una situación semejante? ¿Cuántas veces hemos pedido la conversión? ¿Cuántas veces hemos hecho el propósito de no mirar hacia atrás? Y, a pesar de todo, parece no producir en nosotros el efecto definitivo de la conversión. Lo que marca la diferencia en esta experiencia teresiana, acaecida prácticamente 20 años después de su ingreso en el convento, fue el darse cuenta que el verdadero dinamismo que da sentido a la vida cristiana y a la consagración, es el dinamismo de la gratuidad: la de un Dios que ya nos ha dado todo en Cristo, y la de la persona que solo puede responder o corresponder adecuadamente en la misma dinámica, es decir, haciendo que su vida sea un “agradecer” el don recibido, y no un pago anticipado de cara a recibir un premio o recompensa.

Pienso que se trata del proceso que en el fondo toda consagrada y consagrado va realizando a lo largo de toda su vida, y donde se van afianzando los valores fundamentales, y donde uno aprende a descubrir que el verdadero protagonismo es de Dios. Ello requiere de mucho ánimo, pero sobre todo de no perder nunca de vista que nuestra vocación es un “don” de su amor y que ese don permanece a pesar de nuestras muchas debilidades e infidelidades. Insistirá Teresa de Jesús en que nunca nos desanimemos: “Acuérdense de sus palabras y miren lo que ha hecho conmigo, que primero me cansé de ofenderle que su Majestad dejó de perdonarme” (V 19, 15). Es su amor, en definitiva, el que da valor perenne a nuestra consagración y no “nuestras obras”.

Considero, iluminado por la experiencia teresiana, que nuestra renovación ha de tener como punto de partida, no nuestra debilidad o pobreza, sino su amor misericordioso. Y renovar en Él nuestra confianza, dejando que siga manifestando su grandeza en medio de nuestra pequeñez. Nuestra torpeza, nuestra pobreza, nuestro cansancio… puede convertirse en el lugar teologal de nuestra renovación.

La perspectiva psicológica en la que hemos de situarnos, y que puede ayudarnos, nos la ofrece Teresa en el dinamismo de presentación de su propia historia personal. Aun reconociendo su pobreza, su pecado, la infidelidad que marcó durante veinte años su vida religiosa… más que dar a conocer su “vida pecadora” lo que Teresa quiere de veras es que se vea la grandeza del amor de Dios: “mientras mayor mal, más resplandece el gran bien de vuestras misericordias” (V 14, 11). Por eso, al igual que San Pablo, nos quiere hacer ver que el amor de Dios se ha manifestado en su debilidad (cf. V 8, 4). El descubrir esta “verdad” de Dios se convierte en ella en el verdadero dinamismo de su vocación y de su deseo profundo de colaborar en el servicio del Señor.

Teresa comienza, entonces, a darse cuenta de lo que es e implica su vocación, la llamada que Dios le ha hecho. Es como la tesis teológica de la que nos quiere convencer, como fundamento sobre el cual seguir construyendo positivamente nuestras vidas y nuestra consagración religiosa. No en base a argumentos de eficacia, de número o de apariencias, sino en base a su propia experiencia personal, pues su Dios no es un Dios del intelecto, sino un Dios de la historia, de su historia personal. Y quiere que todos lo sepan y se abran a su gracia. Subrayando, además, que el lugar privilegiado donde Dios manifiesta su misericordia es, precisamente, lo más pobre y débil que hay en cada uno de nosotros: “No es aceptador de personas; a todos ama. No tiene nadie excusa por ruin que sea…” (V 27, 12).

Un don valioso y necesario

La renovación puede llegarnos por ahí. Redescubriendo gozosamente que nuestra vida y nuestra vocación es un “don”. Y que, visto desde Dios, ese don no deja de ser tal, aun cuando las apariencias nos tienten a creer todo lo contrario. Y si nuestra vida sigue siendo un don irrevocable, eso quiere decir que Dios puede seguir llevando adelante su proyecto de salvación en nosotros y a través de nosotros, a pesar –incluso– de nosotros mismos “por el gran amor con que anda granjeando tornarnos a Sí” (V 8, 10).

En este contexto adquieren un valor renovado las palabras que dan título a esta reflexión, y que la misma Teresa escucha directamente como venidas de Dios. Cuando ella se estaba preparando para llevar a cabo la fundación de un nuevo convento, y antes de caer en la tentación de pensar que los demás estaban por el camino erróneo, el Señor se encarga de prevenirla con estas palabras: “y que, aunque las religiones estaban relajadas, que no pensase se servía poco en ellas; que qué sería del mundo si no fuese por los religiosos” (V 32, 11).

Me parecen unas palabras de gran valor, de gran actualidad y de gran necesidad. Para todas las personas consagradas, pero también para la Iglesia y el mundo actual. Y es que la fuerza de esas palabras no están en que son palabra de Teresa, sino que auténticamente podemos tomarlas como Palabra de Dios.

Ciertamente no para simplemente consolarnos, o seguir justificando actitudes. Más bien han de servirnos para revitalizarnos y redescubrir con gozo que nuestra vida, nuestro ser y estar aquí y ahora, tienen un gran valor y razón de ser para Aquel que nos ha llamado y para el mundo, incluso aunque estemos “relajados”. Sí, quizás nos sentimos pobres, débiles, envejecidos, sin perspectiva. Quizás, también, nos ha asaltado la de-sesperanza, el pesimismo, el estancamiento y aburguesamiento… Sí, todo ello forma parte de nuestra “relajación”. Pero aun así, seguimos siendo consagrados, es decir, personas que Dios ha escogido para hacer presente su Reino. Y si Dios sigue creyendo y confiando en nuestra pobreza, ¿por qué no hacerlo también nosotros mismos?

Vernos como sujetos del amor de Dios

Uno de los grandes mensajes teresianos y de los místicos de todos los tiempos, es que no caigamos en la tentación de encerrarnos en el pozo de los lamentos, de la auto-destrucción a base de evidenciar únicamente nuestras miserias y pecados… que no perdamos tanto tiempo en mirar lo negativo; sino que esas pocas energías que aún nos quedan las empleemos en  potenciar lo positivo, hermoso y grande de nuestra vocación.

De aquí el consejo teresiano de comenzar a mirarnos en la verdad, no solo desde la perspectiva humana, sino también desde la verdad que nace de Dios: “Es cosa muy clara que amamos más a una persona cuando mucho se nos acuerda las buenas obras que nos hace. Pues si es lícito y tan meritorio que siempre tengamos memoria que tenemos de Dios el ser y que nos crió de nonada y que nos sustenta y todos los demás beneficios de su muerte y trabajos, que mucho antes que nos criase los tenía hechos por cada uno de los que ahora viven… He aquí una joya que, acordándonos que es dada y ya la poseemos, forzado convida a amar (…). Pues ¿cómo aprovechará y gastará con largueza el que no entiende que está rico? Es imposible conforme a nuestra naturaleza –a mi parecer– tener ánimo para cosas grandes quien no entiende está favorecido de Dios” (V 10, 5-6).

Y la riqueza de nuestra consagración no se reduce a lo exterior, sino principalmente a nuestro interior, a lo que somos, a lo que en sí mismo implica y significa el “ser consagrados”. Y solo desde ahí puede brotar la capacidad de renacer en medio de nuestra pequeñez y pobreza.

Teresa de Jesús no llegó a esta experiencia de la noche a la mañana. Ello es fruto de un largo camino en el que tuvo que ir aprendiendo a ser consciente de lo que implicaba ser consagrada. Su proceso hacia la conversión, tal como hemos dicho, necesitó de 20 años de vida en el convento. Y la toma de conciencia de que su consagración había de convertirse en un dinamismo de entrega y servicio, exigirá aún unos años más. En total casi 27 años para percatarse de todo lo que le alejaba e impedía vivir la autenticidad de su llamada. Pero no como resultado de un camino de observación externa, sino como fruto de un camino hacia la propia interioridad. Es ahí donde Teresa se convenció personalmente de su riqueza, de la grandeza de su vida y vocación, y de la confianza que Dios había depositado en ella desde el inicio, siendo depositaria –como cualquiera de nosotros– de un amor infinito, que una vez que se descubre necesita dar fruto. ¿No es la consagración el ser tomado como amigo de Dios?

En este sentido concuerdan entrañablemente la experiencia teresiana y el mensaje que el Papa Francisco nos ofrece en su carta circular con motivo de este año dedicado a la vida religiosa: “« Al llamaros Dios os dice: “¡Tú eres importante para mí, te quiero, cuento contigo!”. Jesús a cada uno de no-sotros nos dice esto. ¡De ahí nace la alegría! La alegría del momento en el que Jesús me ha mirado. Comprender y sentir esto es el secreto de nuestra alegría. Sentirse amado por Dios, sentir que para Él no somos números, sino personas; y sentir que es Él quien nos llama». El Papa Francisco quiere orientar nuestra mirada hacia el fundamento espiritual de nuestra humanidad, para que reconozcamos lo que hemos recibido por gracia de Dios y libre respuesta humana…”.

Es decir, a pesar de nuestras múltiples limitaciones (sociales, congregacionales, comunitarias y personales…) para Dios seguimos siendo “alguien importante”, alguien que no ha dejado de contar. Quizás, sea la ocasión para renovar, junto con la alegría de nuestra vocación, nuestra adhesión incondicional a Dios, a seguir confiando en Él, a dejar que, en y a través de nuestra pobreza, pueda seguir haciendo maravillas; Él puede suscitar la vida en nuestras cenizas, aunque seguramente no como nosotros podemos imaginar o proyectar. Hay que dejarle a Él, hay que seguir confiando en Él.

Para renovarnos en lo interior

En la renovación que lleva viviendo desde hace años la vida consagrada, prácticamente hemos llegado a la conclusión de la importancia que tiene una vida espiritual auténtica, cuidada, educada y alimentada; y cómo ha pesado fuertemente en nuestros males la ausencia de ésta. El diagnóstico se puede considerar como acertado. Pero identificar la enfermedad, aun siendo un paso muy importante de cara a proyectar una vida más saludable, no es suficiente en la resolución de los problemas. Sabemos que para que nuestra vida adquiera esa alegría y dinamismo que le corresponde, debe beber de las fuentes apropiadas. Y eso nos ha llevado a tomar medidas muy positivas: potenciar o introducir en el horario momentos de oración, cuidar la participación y celebración eucarística y sacramental, rescatar algunas devociones y rezos… Pero constatamos que ni siquiera así se cambian las cosas de la noche a la mañana.

Curiosamente cuando hablamos de más espiritualidad, con bastante frecuencia corremos el riesgo de confundir la vida espiritual con las prácticas espirituales. Pero eso no cambia, si el espíritu no se forja a sí mismo en otra dinámica. Posiblemente sea en este campo, donde de un modo muy especial, Teresa puede ayudarnos durante este año dedicado a la vida consagrada.

De Teresa aprenderíamos dos cosas importantes: que el cambio y la transformación son procesos largos y requieren su tiempo; y que no se trata de hacer más oración u oraciones, sino de entrar en el verdadero espíritu de la oración, en el verdadero dinamismo de una auténtica vida espiritual, que ha de poner su acento en lo relacional y no en lo cultual, es decir, en nuestra capacidad de ser conscientes de a quién oramos y de quién es el que ora; en otras palabras disposición a ser amigos de Dios, a relacionarnos con Él en esa dinámica tan evangélica.

Somos muy valiosos para Dios y para el mundo. Pero aún podemos serlo más. Si se forja en nosotros esa conciencia, seguro que nuestro empeño sería aún de un fruto mucho mayor. Así relee Teresa su propia historia, cuando después de abrirse a esa Presencia que la habitaba y llenaba de sentido su vida, es capaz de renacer: “Quiero ahora tornar adonde dejé mi vida, –que me he detenido, creo, más de lo que me había de detener–, porque se entienda mejor lo que está por venir. Es otro libro nuevo de aquí adelante, digo otra vida nueva. La de hasta aquí era mía; la que he vivido desde que comencé a declarar estas cosas de oración, es que vivía Dios en mí, a lo que me parecía; porque entiendo yo era imposible salir en tan poco tiempo de tan malas costumbres y obras. Sea el Señor alabado que me libró de mí”(V 23, 1).

Por ahí discurre el camino: hemos de librarnos de nosotros mismos para que la positividad y confianza de Dios sean las que vuelvan a sustentar nuestras vidas, y a insuflar vida en nuestro barro. O mejor: aprender a mirar nuestro presente con los ojos esperanzadores de un Dios que no deja de salvar y de realizar su obra, precisamente en medio de nuestra pobreza.

PARA ORAR DE LA MANO DE TERESA:

Teresa nos invita a que no nos quedemos simplemente en una reflexión más. Todo esto nos puede ayudar si dejamos que se convierta en oración, es decir, en una ocasión especial para “tratar de amistad con Dios”.

Lo primero y principal es tomar conciencia de Su Presencia dentro de mí: y cerrando los ojos agradezco a Dios que haya querido habitar en mí interior. Nos tomamos el tiempo necesario para “saborear esta presencia”.

Y al igual que Dios nunca me abandona, nunca deja de mirarme con amor, aun cuando yo no siempre haya sido fiel a su llamada. Por eso, es momento de darle gracias por el don de mi consagración.

Ahora que vuelvo a hacerme consciente del don recibido, puedo renovar mi entusiasmo, pero sobre todo mi disposición a seguir confiando en Él, a dejarle y abrirle más espacio dentro de mí.

En Su compañía puedo tratar de reflexionar y meditar a que me invita la conciencia de saber que nunca he dejado de ser un “don” de Dios para la Iglesia.