HACIA DELANTE O HACIA ATRÁS

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manoliobuenaTodo llega en la vida y la toma de decisiones, a veces, se hace necesaria e indiscutible.

Si hay una palabra que destaca hoy en el evangelio y, que a su vez caracteriza a Juan, es la de “hora”. Jesús ha llegado a la convicción de que no le queda otra que enfrentarse a su destino. Le ha llegado ese momento en el que todos sus miedos y posibilidades se concentran. A nosotros nos va a ocurrir también; suele darse en pocas ocasiones porque lo que está en juego es dar la vida.

La situación que provoca “agitación” en el espíritu de Jesús es la llegada de los gentiles para conocerle. Su fama ha traspasado las fronteras judías y, los que no pertenecen a su pueblo, quieren conocerle. Los discípulos ya están organizados y saben cómo gestionar estos acercamientos. Son conscientes de que el evangelio que propagan tiene como centro una persona y no una normativa. Por eso, cuando aquella gente quiere ver a Jesús, se lo muestran.

Este acontecimiento -intrascendente- provoca en Jesús una respuesta desproporcionada. Al menos a nosotros, desde fuera, nos lo parece y supongo que para aquellos discípulos, también.

El corazón de Jesús estaba intentado acoger la idea de su muerte. Una idea que le rondaba desde hacía tiempo; ya lo había dicho Él: “de lo que rebosa el corazón, habla la boca”. La posibilidad de subir a Jerusalén iba convertirse en un cúmulo de despropósitos y causa de la dispersión de sus mismos discípulos. Si él estaba inquieto, ¡qué no les pasaría a aquellos pescadores inexpertos!

Por eso, quienes venían a conocerle, debían estar dispuestos a reconocer su gloria: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre”. Pero, ¿cuál es la gloria de Jesús?

El término “gloria” -en hebreo- suele significar: presencia y esplendor. Además de usarse para hablar de modo de morar y residir Dios entre los hombres. Pues esa gloria no le iba a traer noticias de fama y honor: “Si el grano de trigo -afirma Jesús- no cae en tierra y muere, queda infecundo”. Va a ser todo lo contrario, esa gloria traerá aires de muerte y de traición. Él vino a este mundo a darse y desgastarse para que la gente descubriera la cercanía del Padre como buena noticia. Todo su empeño fue el comprometerse con los últimos siendo justo y construyendo la paz. Una tarea hermosa, pero que tuvo sus consecuencias.

Cada uno es libre de optar: aquellos que venían a conocerle, los discípulos que le seguían y nosotros que leemos. Pero es cierto, que acogiendo lo que nos sobrevenga -vida o muerte-, daremos “gloria al Padre”. Esta afirmación es dura de aceptar para cualquiera de nosotros: darnos cuenta “hoy” de que nuestro destino no es halagüeño y que hemos de quererlo y acogerlo -si queremos dar gloria a Dios- no es agradable. Es caer en la cuenta de que se nos ha preparado para ir hacia delante y que, de lo contrario, frustramos la entrega de Cristo: “Él que, a pesar del ser Hijo, aprendió, sufriendo a obedecer”, y de esa manera nos enseñó a responder cuando llegara nuestra “hora”. Para que no salgamos corriendo, quejándonos por la injusticia que se nos hace y diciendo que es imposible obedecer.

Por eso, tanto si eres gentil como si eres judío, varón o mujer, religioso o esposo, sacerdote o laico…, recuerda: “El que quiera servirme -darme gloria-, que me siga”: a la montaña o al desierto, al templo o a la cruz.

Y, para rematar la faena, recordar que tu “hora” no es necesariamente la del momento de tu muerte, sino la que se te presenta de manera inesperada y tonta. Es en esa “hora” en la que has de decidir si ir hacia delante o hacia atrás.

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