El Ubuntu del Raposo: “Pasión por el todo”

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El encuentro no tenía aparentemente ninguna importancia, ni un guión predise­ñado. Y, sin embargo, allá se tomaría el pulso a algo así como una “gran conspira­ción mundial”.

Nos cansan los encuentros en los que no acontece nada, aquellos en los que se repite “lo mismo de lo mismo”. No basta la buena voluntad, ni el voluntarismo. Una cosa es lo que nos imponemos a nosotros mismos los hombres y otra cosa es lo que nos inspira Dios. Yo participé hace poco en un encuentro en el que sí aconteció algo. Tal vez una mirada escéptica se reiría de mis impresiones. La verdad es que para que algo acontezca se necesita “fe” y dejarse “sorprender”. Sí creo en que tales encuentros son posibles, pero es necesario romper esquemas para que la Gracia se derrame.

El extraño grupo: 12 personas por casualidad

La casa del Raposo –un pueblecito a unos 10 kilómetros de Zafra (Badajoz)- puesta a disposicón por unos amigos, se convertía en un punto neurálgico, en un te­rreno magnético, en un escenario discreto para un sueño impresionante.

No todos nos conocíamos. Otros nos re-conocíamos después de tiempo sin vernos. Ninguna lógica constituyó ese grupo extraño de 12 personas. Una hermana religiosa  – eremita y contemplativa en una aislada montaña de Cataluña, en la intersección de dos diócesis; su pasión es orar y entregarse por la unidad de los diferentes; no hu­biera venido por sí misma; únicamente porque su arzobispo la envió al encuentro.. Otras dos mujeres –una soltera y otra casada- que han constituído en el mismo Ma­drid una “tierra de encuentro” para los diferentes, para quienes sueñan en una alterna­tiva social y creyente. Otros (una mujer casada, tres hombres casados y un presbí­tero cantautor y misionero), procedentes de “pueblo de Dios”, apasionados por una tierra nueva, una iglesia de la inclusión y de la superación de etiquetas carismáti­cas que sean excluyentes. Dos curas de Valencia, enviados por su arzo­bispo, buscadores de alternativas y nuevos paradigmas. Un misionero de África, que ha­bla de reconciliación y ofrece caminos para ella, que esparce sabiduría y sereni­dad. Finalmente, yo, que no sé porqué me sentí impulsado a desplazarme y a probar el aperitivo del encuentro. Dicen que dos monjas contemplativas habían sido autoriza­das y enviadas por su obispo, pero –al final- dejaron su puesto vacío, porque no lo creyeron oportuno. Se esperaba la presencia de otras personas también. Algu­nas se hicieron presentes, otras no. Yo me despedí apenas pasadas 24 horas.

¡Sin programa! ¿Una pérdida de tiempo?

¿Qué podíamos tener en común personas tan diferentes? ¿Qué podía convocarnos a todos, siempre tan ocupados, si no había un programa prestablecido? ¿Perder el tiempo –como solemos decir? Se cree que nunca lo bien programado es perder el tiempo. Lo dudo. Tampoco la reunión tenía por objetivo la “famosa lluvia de ideas”. Había personas enviadas por sus obispos. Otras atraídas por la seducción de lo di­verso en armonía. Todas deseosas de ser cómplices de un proyecto de unificación de lo plural.

El contexto de aquella casa solariega permitía el encuentro, el diálogo en la cocina donde entre todos preparaban la comida o fregaban los cubiertos, en la sala de estar junto al fogón encendido donde manteníamos nuestros coloquios y comunicaciones sinceras, en la improvisada capilla (con el Santísimo Sacramento expuesto) del piso superior donde orábamos desde una liturgia marcada por la Palabra, el Canto, la Adora­ción, el Silencio, en el patio-comedor en el que como cenáculo improvisado comía­mos, en las habitaciones en las que nos habíamos distribuido para descansar.

¿A qué historia te refieres?

Allí se hablaba de “nuestra historia”. Alguien preguntaba: ¿a qué historia te refie­res? Y se respondía:

“nuestra historia con Dios, nuestra búsqueda de Dios, nuestra per­cepción de lo que Dios pueda haber movido en nosotros”.

Me llamó la atención tanta insistencia en poner a Dios en la vida, en la historia. Tanto interés por descu­brir dónde está Dios y qué cerca lo tenemos.

“Mi historia es nada sin Tu Historia”, se de­cía. Y se continuaba diciendo: “Mi historia dentro de tu Historia. Es una realidad que va viniendo. ¿Tenemos conciencia de esa realidad nueva?”.

La nueva conciencia es mucho más que el crecimiento de la inteligencia humana y sus múltiples usos. La nueva conciencia es profundamente teo-céntrica o deo-céntrica. Y esto se expresaba así: “¿En qué medida me reconozco contigo? ¡En la medida en que reconozco que soy parte de Ti! Soy el Emmanuel”. Esta nueva conciencia deo-céntrica nos lleva a  reco­nocer que, desde Dios, nadie es ajeno a la vida de nadie. Que estamos conecta­dos con todas las realidades de la humanidad, de la naturaleza, del cosmos.

“Noso­tros formamos el Dios de la Tierra. El Emmanuel pone en la tierra al Dios del cielo. Nadie se puede abajar más de lo que Dios se ha abajado por nosotros. El Dios encar­nado es el Dios del humus, el Dios humilde. En el otro está el Dios que yo no tengo”.

¡Qué pena cuando nos envidiamos unos a otros, cuando nos enfrentamos, cuando no aceptamos el aliento amargo del otro! ¡Entonces destrozamos poco a poco nuestra histo­ria con el Dios de todos! ¡Qué bien lo expresa el canto de Ixcís:

“Señor somos tu cuerpo, somos cuerpo con todos, así hacemos nuestra la carne del otro, con sus llantos y sus gozos. Y si hacemos nuestra la carne de todos, será el Dios con nosotros”.

Transmitir esta nueva conciencia deo-céntrica, trinitario-céntrica, es vital para la huma­nidad. Pero ¡qué difícil nos resulta transmitir el Mensaje, sin evitar el protago­nismo del Mensajero! A veces somos tan protagonistas, nos ponemos tan en primer plano, que suplantamos o desplazamos el Mensaje, o al Dios a quien el Mensaje hace presente. Jesús hacía presente al Dios de la Luz (“los ciegos ven”), pero en seguida aña­dia: “No digáis nada a nadie”. Jesús nos quiere eremitas en medio del mundo. Vi­viendo entre todos como solitarios, y no como exhibicionistas. Nos quiere desple­gando una vida, que pasa desapercibida, que no deja huella, para que todo tenga sa­bor a “Dios auténtico”. “Si conocieras el don de Dios”: es la intención que siempre tiene Jesús en cada encuentro. Lo nuestro es anunciar lo que hemos visto, oído y to­cado con nuestras manos; y no interponernos entre el Misterio que se da y el ser hu­mano que ha de acogerlo. Lo nuestro es pasar, ocultarnos y que el Mensaje quede y aparezca.

Los tiempos de Dios no son nuestros tiempos.

La con-spiración hacia el “entre todos”

Se dice que cuando aletea una mariposa, algo acontece en el otro hemisferio, decía uno de los participantes. Nada es indiferente en un mundo interconectado.  Esta concien­cia nos lleva a no apuntalar excesivamente “lo propio” y a ponernos al servi­cio del Todo. Porque Dios lo sostiene todo. Y el Espíritu nos mueve hacia el Todo y el “entre todos”.

La Pasión por el Todo se ve amenazada por la excesiva insistencia en la propia “marca” carismática, en mi propio grupo, en el deseo de distinguirlo de otros y ha­cerlo crecer a costa de otros. Se hacía ver, que esa especie de fundamentalismo light convierte a la Iglesia en un cuerpo descoyuntado,  en una diversidad enfrentada, en una conjunción de egoísmos colectivos y personales, en una Iglesia partida o de parti­dos. Cuando actuamos así, queremos apropiarnos de Dios: pero con lo que nos encontramos es con “nuestro ídolo”, convertido en nuestra imagen y semejanza..

Hoy resulta eclesiásticamente correcto hablar de comunión. Pero ¿qué ocurre? Al­guien se preguntó en una ocasión al percibir la unidad de una pareja: “los dos se hicie­ron uno; yo me pregunto: ¿cuál de los dos?” Hay que sospechar de aquellas comu­niones en las que se allanan las diferencias para imponer un pensamiento único, una dirección única, una forma de actuar única. La renuncia a la bio-diversi­dad em pobrece, debilita, amenaza la vida. No se crea comunión a base de imponer renunciar a los demás y sobreponer mis propias ideas y proyectos por mucho que yo tenga la autoridad. La comunión se genera cuando se reconoce el Dios del otro, que yo no tengo, el Espíritu que actúa en el otro de forma diferente a como actúa en mí. Donde está el Espíritu allí hay libertad. La regla del amor es paciente, es hospitalaria, acoge la diversidad y se armoniza con ella, no da importancia al mal. El Espíritu del Amor derramado en nuestros corazones hace posible la aparentemente omunión imposi­ble.

El Espíritu suscita en el mundo la gran Con-spiración hacia el Todo sin prescindir de los valores y riquezas de cada uno. Se hablo por eso de conciencia, profecía misericordiosa, misión y claves:

Conciencia de que entre todos va naciendo una Realidad Nueva, que sin ponerle límites sí hay que ponerle nombre. Pensar globalmente (conciencia global) y actuar localmente.

Una profecía conjunta misericordiosa vivida y realizada entre todos. La comunión Trinitaria solo se puede vivir y construir “entre todos los distintos”. O nos salvamos todos o no se salva nadie. Salvación para el presente y para todos. Peligro: “donde está la máxima salvación (perfección)  está el máximo peligro y abismo” (Heidegger).

Somos otros Cristos con la misma misión de Cristo.

La clave está en dejarse construir por el Reino que está dentro de nosotros (Ser reino) que anunciar y construir el reino….; en acoger como escucha atenta del corazón del otro.

Y finalmente otra cita:

“Es necesario construir un lugar “entre todos” donde distintas realidades de iglesia atraídas por un horizonte común (la comunión trinitaria) quieren manifestar una misma realidad de comunión que nos identifica a todos (es lo que ES), donde nada se anula, ni se pierde y donde todo suma y se integra. Hay una presencia en la que todo confluye por creación… Anhelo de vivir y mostrar la vida de comunión en la complementariedad con los distintos en una “tensión confiada” que produce paz. Mostrar ese lugar común constituido por la unidad de cada carisma, donde el talento de cada uno está al servicio del don común”.

¡Pertenezco al pueblo de las Doce Tribus!

Alguien del grupo se preguntaba y se decía: “¿Quién soy yo? Últimamente yo no puedo mirarme a mí. A mí me han hecho otros. No me veo sin los demás, sin grupos en los que he crecido. Mi propia vida está referida a grupos, a pueblos”. Y ratificaba esta perspectiva evocando a la familia de Jacob, a sus doce hijos, que se convirtieron en “pueblo de Dios” por una benediction. Jacob bendijo a sus “doce”, a sus hijos en su individualidad, en su diferencia; bendijo la diversidad y la convirtió en un único pueblo. No somos pueblo de Dios negando la diferencia, sino integrándola, incluyén­dola, armonizándola. También Jesús optó por este mismo modelo al consti­tuir el Nuevo Pueblo de Dios: eligió a Doce y los llamó apóstoles. Jesús eligió la diversi­dad y la integró en unidad. La Tierra del Pueblo es la Tierra de todos. “Los pacífi­cos poseerán la tierra”. El sueñ de Dios no es una tierra dividida en “lotes”, sino una tierra de todos, compartida por todos, en la paz.

Y esto se comentaba diciendo: “O nos salvamos todos, o no se salva nadie. Yo me salvo con los otros. Muchas veces estamos obsesionados con la salvación indivi­dual”. Otro decía: “necesitamos un lenguaje compartido por todos, de manera que inno­vemos para que las palabras no nos enfrenten y nos lleven a una nueva concien­cia”. Es importantísimo –se decía- “inventar nuevas palabras para vivir y recrear la realidad nueva”.

Solo yendo hacia el otro, seremos capaces de entendernos a nosotros mismos. Sin el otro yo no soy yo. Es con el otro con el que el “yo” se hace. ·Conócete a tí mismo”. Hablando de los otros, hemos de reconocer que hay muchos “otros” invisibles o invisibili­zados. ¿Queremos hacer visibles a los otros “invisibles”?

Nuestra identidad se enriquece desde la relación. Nos identifica de verdad la rela­ción con el Todo, sin excluir a nadie. Y la relación nos pone en trance de Amor: “¡Ama­rás!”. El corazón se pone en trance para amar en todas las direcciones. Ese Amor pluridireccional es fruto de la Presencia del Espíritu de Dios, de nuestro Pacto consciente con el Espíritu. Así lo expresan los cantos de “Brotes de Olivo”:

“La unidad perseguiré, perderé mi identidad. He de andar junto a Ti y seguir tu caminar” (Canto de Brotes)

“Abrid ventanas y puertas, quitad todos los cerrojos, ya que de no estar abiertas las rejas nos vuelven locos. El Espíritu penetra todo, el Espíritu tiene pasión por todo, El Espíritu se manifiesta en todo” (Canto Brotes?)

En la Universidad del Espíritu

El Espíritu Santo suscita en nuestro planeta la gran “Con-spiración” hacia el Todo.  El es gran director de la Orquesta de la Diversidad. No anula ninguna diversidad, sino que la libera. Pero la armoniza –aunque parezca dificultoso e imposible- en el Todo orquestal y artístico.

Para generar unidad en la diferencia se necesita arte espiritual. Es necesario susci­tar esa sed en todas las iglesias locales del mundo, en todas las instituciones, en to­das las comunidades, en todos los grupos políticos. Hay que superar la nomencla­tura del “partido político”, si “partido” significa la lucha por el poder de la “parte” en contra de la otra “parte”. No habría que superarla, sin embargo, si “partido” signi­fica el derecho de la diferencia a ser integrada en el Todo y a no excluir ni prescin­dir de ninguna diferencia. Los artistas de la política son los que saben nego­ciar, pactar, generar consensos, incluir, armonizar.

La comunidad improvisada del Raposo soñó con esa Universidad del Espíritu, en la que se puedan formar los “artistas espirituales” de la gran Conspiración hacia el Todo. Se identificó con el sueño de Iglesia del Papa Francisco en su exhortación “Evange­lii Gaudium” y en no pocas de sus intervenciones: una “Iglesia en salida”, ha­cia las periferias, hacia la exclusión, que integra y valora dentro de ella misma a los más empobrecidos y desatendidos; una Iglesia del cuidado que no descuida a na­die, ni tampoco a la creación. Evangelizar es colaborar con el Espíritu Santo en esta gran cons-piración, en la Pasión por el Todo.

Ubuntu, como parábola futura

Uno de los participantes en el encuentro nos dice que un antropólogo propuso un juego a los niños de una tribu africana. Ante una canasta llena de frutas cerca de un árbol, los invite a competir: ¡quien llegara primero ganaría todas las frutas! Apenas dada la señal para corer, vió sorprendido cómo todos los niños se dieron la mano y juntos corrieron hasta llegar también todos juntos a la canasta; se sentaron juntos a dis­frutar del premio. Cuando el antropologo les preguntó por su extraña conducta, ellos respondieron: “Ubuntu. ¿Quién de nosotros sera feliz, si los demás están tristes?”.

Ubuntu es una palabra que proviene de las lenguas Zulú y Xhosa y no es fácil­mente traducible; significa muchas cosas: interconexión, entrelazamiento, fraterni­dad, libertad y solidaridad con la humanidad, con el planeta, con el universo. Ub­untu es Alianza con el Todo. Es una filosofía de la vida que significa: “Yo soy porque nosotros somos”,”yo sólo puedo ser yo a través de ti y contigo”, “Yo no soy si tú no eres, si los demás no son”; ”todo lo que es mío es para todos”, “solidaridad encar­nada”, “trabajar juntos, entre todos”. Otro significado o matiz asumido es: “Gente traba­jando junta por una causa común”; “nosotros somos a causa de los que fueron antes” o bien “nosotros estamos aquí hoy porque vosotros estabais aquí ayer”. Liga pasado con presente en una concepción del tiempo y del espacio más circular y holística que lin­eal y determinista.

¡Qué importante es hoy ser una persona Ubuntu! Lo fue Gandhi (“toda la humani­dad es una familia unida e indivisible, y cada uno de nosotros es responsable por los malos actos de todos los demás. Yo no puedo separarme del alma más malvada”. Y también Nelson Mandela: el concepto “Ubuntu” definió su filosofía de la vida y le in­spire siempre: de ahí nació su sueño de una nueva repúbica de Sudáfrica o del renaci­miento africano, dió base a la Comisión para la verdad y la reconciliación (Sudáfrica) -presidida por el Obispo Desmond Tutu. “Ubuntu” expresa una acción del Espíritu para acabar con el apartheid, para faciliar amnistías y reconciliación y una reconstrucción de la nación sudafricana.

Del sueño al Compromiso

Quien busca problemas, encuentra problemas. Quien busca milagros, encuentra mila­gros. Así se expresa uno del grupo Ubuntu del Raposo:

“Ahora siento en mi interior una brisa que me sugiere un compromiso más fuerte con esta Tierra y esta Familia. Cuando pienso en lo que vivimos y hablamos durante dos días en el “Raposo” me pongo contento sin saber muy bien por qué (será uno de esos “alegrones” de los que hablaba Ignacio de Loyola). Creo que se trata de una nueva etapa: cómo pasar de una Familia a toda Humanidad, y desde una Tierra a todo el Planeta. Creo que debemos utilizar un lenguaje que no excluya a nadie, que todo el mundo entienda: integrar, incluir, unir, fundir, … fue sin duda uno de los ejes de Jesús de Nazaret. Creo que se trata de abandonar nuestros viejos moldes, y aceptar nuevas tinajas. El mensaje es maravilloso, pero debemos compartirlo con nuevas palabras. Creo que se trata de crear un nuevo espacio y un tiempo para compartir todos estos frutos con los más jóvenes y no tan jóvenes. Con el cielo estrellado de fondo y al lado del fuego de la chimenea, siento que algo nuevo se inicia. Y yo quiero comprometerme con ello”.

Otra de las participantes escribe, pasados algunos días:

“Cada vez que recibo vuestra comunicación se despierta más hambre de seguir juntos abriendo camino, cauce, espacio común al Espíritu para que este impulso que cada vez es más palpable se haga ya realidad”.

“Adios” a un encuentro apenas iniciado

Allí en la casa “Brote de Olivo” del Raposo se había encendido un fuego. Las primeras venticuatro horas –en las que solamente estuve presente- no fueron para calentar motores. El fuego  se desató ya desde el inicio. Se nos contará que pasó después.

La Pereza es un demonio auténtico. No consiste en no hacer nada, sino en hacer mucho para no cambiar. Ese demonio no duerme, ni resposa. Hace lo posible para que se repita hasta la saciedad lo mismo. Permite que pasen las generaciones, sin que nada pase.

Pero llega el Espíritu de la in-novación y rompe esquemas, penetra por lo impenetrable, se sirve de cualquier medio para movilizar, incluso a las personas desganadas. ¡Cuántas reuniones para “más de lo mismo”! ¡A cuánta repetición se nos obliga a lo largo de la vida para cumplir el expediente y que nada cambie! Así son tantas reuniones programadas, días de retiro, ejercicios espirituales. El retiro “Ubuntu” fue diferente. El Espiritu doblegó nuestra indiferencia. Y nos indicó un camino de futuro. En la diversidad está la Gracia.