DIOS DE LO PEQUEÑO

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manoliobuenaLas apariencias siempre engañan y lo grande, robusto y alto no siempre es lo que perdura,  aguanta y sostiene.

Cuando vamos al mercado elegimos siempre lo más apetecible, colorido y grande. Nos llama la atención lo que destaca y está de moda. Y nosotros lo compramos pensando que hemos acertado. Constatamos después, que no siempre lo más perfecto dura más, lo más abundante satisface y lo más colorido ofrece más sabor. Lo sabemos y aún así… caemos en la tentación de adquirir lo que nos entra por los ojos.

Jesús, a la hora de explicar a la gente lo del Reino de Dios recurre al profeta Ezequiel: Dios Padre prefiere los brotes pequeños a las ramas fuertes, le encantan los árboles pequeños y no repara en los grandes y frondosos. Y Jesús lo ejemplifica con una semilla de mostaza, la más pequeña de todas y que, al final, va a dar lugar al mayor de los arbustos.

La propia vida de Jesús puede ser interpretada desde esta semilla. Él pasó inadvertido para los que sabían de leyes y religión. No vino con un gran cortejo, ni avalado por títulos y sin aparente poder y, sin embargo, hizo presente el Reino de Dios.

¡Qué contrasentido el buscar al Cristo de los milagros! ¡Pedir para la Iglesia más repercusión social! Nos cuesta vivir la fe sencillamente, transformando desde dentro, poco a poco, y desde la humildad.

El otro ejemplo o parábola sobre el Reino nos lleva a considerar que Dios es quien produce el crecimiento de ese Reino y que nosotros somos meros colaboradores.

Todo en la vida parece responder a nuestro trabajo, a nuestro empeño, a nuestras capacidades. Si algo resulta lo atribuimos a nuestro esfuerzo, al tiempo invertido, a la tarea bien hecha. Y si resulta deficiente, lo achacamos a los pocos medios de que disponíamos, a la poca calidad de los ayudantes y al despiste del mismo Dios. Jesús hace caer en la cuenta de nuestro papel en esa tarea. Somos sembradores y cosechadores porque Dios lo permite: “sin que sepamos cómo la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha”.

Ese labrador somos tu y yo cuando nos creemos los artífices del crecimiento. Cuando vemos la cosecha y nuestras manos y consideramos que sólo es fruto de nuestro esfuerzo… y desechamos las manos de Dios. Pero, ¿y si va mal? Y si aparece un pedrisco, una helada, una inundación o una sequía… ¿Nos echaremos la culpa o descargaremos la responsabilidad en Dios?

El Salmo de hoy nos pone en nuestro lugar. Nos dice que el justo, el que lleva en sí la buena semilla, crecerá como una palmera y dará fruto hasta bien entrada la vejez. Y eso ocurre porque el justo sabe quién es el verdadero artífice de todo ello; porque confía más en Dios que en sí mismo.

Ojalá no se nos olvide mañana al volver al trabajo, a la tarea, la providencia con la que Dios nos trata. Ojalá los que estamos en la Vida Religiosa miremos con cariño lo frágil y pequeño y sepamos agradecer lo que Dios hace a través nuestro.

Si no…, siempre nos quedará el consuelo de saber que los discípulos -que escucharon estas parábolas- dudaron cuando volvieron a la barca y se levantó el temporal.