«ME ERA GRAN REGALO PENSAR DE GUARDAR LOS CONSEJOS DE CRISTO» (V 35, 2)

21--Javier-Sancho-Abril-15-pequeña

Cuando realmente nos hacemos conscientes del don de nuestra vocación, y de todo lo que implica nuestra consagración religiosa, la única respuesta necesaria que se forja en nosotros es el deseo de vivir consecuentemente con todos los dones recibidos. El Dios amigo se convierte en la verdadera y única razón dinamizadora de nuestra existencia y de nuestro modo peculiar de ser y de vivir.

Los retiros anteriores nos han ido acercando al proceso teresiano de esa toma de conciencia. Y no hace falta hacer grandes esfuerzos para percatarse de las consecuencias que todo ello implicó en su propia vida.

Una respuesta consecuente con la llamada

Hoy somos nosotros los que desde la toma de conciencia del don recibido, queremos corresponder desde la vida. Hemos visto cómo en Teresa de Jesús emergía con fuerza la pregunta “¿qué podría hacer por Dios?”. En este retiro nos adentraremos en la respuesta inmediata que surge ante este interrogante: “Y pensé que lo primero era seguir el llamamiento que Su Majestad me había hecho a religión, guardando mi Regla con la mayor perfección que pudiese” (V 32, 9). Es decir, el anhelo de vivir consecuentemente con el don recibido. Por eso Teresa nos habla de “seguir el llamamiento que su Majestad me había hecho”. Ciertamente esta respuesta en clave existencial presupone que Teresa comenzó previamente a tomarse en serio –tal como hemos visto en anteriores retiros– , el sentido y valor de su consagración. En el fondo, Teresa nos va a plantear la necesidad de corresponder a la llamada, dejando que los valores que la configuran se conviertan en el verdadero dinamismo de la existencia del consagrado. Siempre desde la convicción profunda de que “Dios nunca falta de ayudar a quien por Él se determina a dejarlo todo” (C 1, 2).Donde con mayor certeza y claridad resuena el convencimiento de Teresa, es al inicio de su escrito más carismático, el Camino de Perfección, y en cuyas páginas nos presenta todo el proyecto de lo que para ella implica el seguimiento de Cristo. Ahí comienza planteando el sentido de su vida y el de sus seguidoras: “determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo” (C 1, 2). Un estilo de vida que conlleva en sí mismo la radicalidad de la entrega, no en tanto que perfeccionista, cuanto desde una dimensión esponsal que es la que llena de sentido todo. En esta perspectiva resuenan con fuerza las palabras de Teresa en sus Meditaciones sobre los Cantares: “¡Oh, quién pudiera dar a entender la ganancia que hay en arrojarnos en los brazos de este Señor nuestro y hacer un concierto con su Majestad: que mire yo a mi Amado y mi amado a mí, y que mire El por mis cosas y yo por las suyas!” (Cant 4, 4). Palabras que expresan en lenguaje teresiano el sentido de una consagración –cual donación mutua y total– y el deseo de expresarlo en un modo de vida particular.

Curiosamente para Teresa de Jesús la primera y principal tarea del consagrado, y de donde nace su fuerza apostólica, se radica en la vida, y en los valores que la configuran de una manera específica y concreta. Ciertamente eso significa para Teresa que la primera gran misión que ella descubre en la llamada es la testimonial. Es decir, una vida que se ha de ir forjando al compás de lo que para ella implican y significan los consejos evangélicos. Al fin y al cabo “por este camino que fue Cristo han de ir los que le quieren seguir” (V 11, 5).

Un lenguaje positivo

Resulta sorprendente la frescura y modernidad con que habla Teresa de la consagración religiosa. Ya en el mismo uso que ella hace del lenguaje resulta evidente la visión tan positiva que ella manifiesta de los votos religiosos. Pero ¿qué entiende Teresa realmente por “consejos evangélicos”?

Cuando uno se acerca, por ejemplo, a las Constituciones teresianas de 1567 no deja de sorprenderse del poco, o mejor dicho, escasísimo peso que se le da a los votos o consejos evangélicos en lo que significan para la vida. Una lectura rápida, sin entrar en los entresijos históricos, nos muestra un texto de carácter casi exclusivamente normativo. Y un discurso con un mínimo carácter doctrinal acerca de la centralidad de los consejos evangélicos en el estilo de vida instaurado por Teresa no lo encontramos. Esa misma carencia es evidente en las Constituciones de Alcalá de 1581.

¿Es mentalidad de la época el proceder así? ¿O no se daba a los consejos evangélicos la fuerza e importancia que se les da hoy en día? Lo que sí es cierto es que Teresa, aun considerando muy importante la normativa para un buen funcionamiento de sus comunidades, lo que verdaderamente tiene para ella un valor central y significativo es la necesidad de forjar en sus monjas y frailes la auténtica virtud evangélica.

Esta laguna no significa que en Teresa no encontremos una profunda reflexión sobre el significado existencial de los consejos. Pero lo hace con la amplitud que le proporciona la confección de un texto más carismático y donde puede explayarse en el verdadero sentido de lo que ella entiende transmitir. Si bien las constituciones muy poco transmiten del verdadero espíritu teresiano, salvo pequeños puntos que podrían distinguir la ascesis y la ordenación del día del resto de las otras familias religiosas, ese vacío doctrinal aparece compensado inmensamente en el resto de los escritos de la Madre Teresa. Y como bien sabemos, expresados y profundizados principalmente en el libro del Camino de Perfección, destinado por la Santa a ser el manual e ideario de la auténtica vida del seguimiento de Cristo tal como ella lo ha ido comprendiendo a lo largo de su propia vida religiosa y de la experiencia de encuentro con Dios.

Y es a la luz de esta obra, principalmente, que podemos ahondar de una manera más doctrinal en el significado y las implicaciones de la vida consagrada tal como la entiende Teresa.

Pero antes de adentrarnos en un análisis profundo de lo que sería el discurso doctrinal sobre los consejos evangélicos, puede resultar interesante y clarificador un breve “scursus” sobre el uso que hace Teresa del lenguaje al referirse a esta temática, y que nos puede ayudar a comenzar a mirar la vivencia de los votos en una clave más positiva y evangélica.

Curiosamente Teresa usa en muy contadas ocasiones la palabra “voto” para referirse a los consejos evangélicos (V 35, 4; P 20; R 2, 3). Tampoco es frecuente el uso de la palabra “consejo”, si bien las pocas veces que lo usa aparece en contextos muy significativos que nos llevan a entender que para Teresa es la denominación privilegiada para hablar de los votos. El hecho de preferir habitualmente el concepto de “consejos” al de votos, ya pone de manifiesto el sentido profundamente positivo con que Teresa los lee e interpreta. Y el hecho de que cuando hable de consejos siempre haga uso del adjetivo “evangélicos” o al genitivo “de Cristo”, acentúa aún más su visión evangélica y cristocéntrica de los mismos. Teresa busca formar personas por encima de la tentación de reducir los votos a simple normativa de vida.

Es más que curioso que de las pocas veces que Teresa hace uso del término “consejos”, esta alusión ocupa un lugar central en lo que consideramos el inicio de su obra fundacional. Y ella así lo manifiesta, tanto en el Libro de la Vida como al inicio del Camino de Perfección.

En el Libro de la Vida, precisamente en los capítulos 35 y 36 que es donde nos plasma el germen de los valores esenciales de la fundación de su primer monasterio de San José de Ávila, encontramos en varias ocasiones la alusión a vivir y guardar los consejos de Cristo: “me era gran regalo pensar de guardar los consejos de Cristo” (V 35, 2); “los consejos de Cristo con toda perfección” (V 35, 4). Teresa ya intuye que el camino del seguimiento conlleva una perspectiva fundamentalmente cristocéntrica, que emerge tanto en su decisión de colocar la oración al centro de la vida (V 36, 6; 32, 19; 36, 30), así como su opción por una vida caracterizada por la pobreza (V 33, 12-13; 35, 2. 3-4; 36, 27), y con un talante comunitario (V 32, 11; 35, 12; 36, 26), pero llevado todo con espíritu de alegría y suavidad (V 35, 12; 36, 30).

En este sentido podríamos recordar las palabras del Papa Francisco en la carta escrita al inicio del año centenario teresiano: “Teresa de Jesús invita a sus monjas a «andar alegres sirviendo» (Camino 18,5). La verdadera santidad es alegría, porque “un santo triste es un triste santo”. Los santos, antes que héroes esforzados, son fruto de la gracia de Dios a los hombres. Cada santo nos manifiesta un rasgo del multiforme rostro de Dios. En Santa Teresa contemplamos al Dios que, siendo «soberana Majestad, eterna Sabiduría» (Poesía 2), se revela cercano y compañero, que tiene sus delicias en conversar con los hombres: Dios se alegra con nosotros. Y, de sentir su amor, le nacía a la Santa una alegría contagiosa que no podía disimular y que transmitía a su alrededor. Esta alegría es un camino que hay que andar toda la vida. No es instantánea, superficial, bullanguera. Hay que procurarla ya «a los principios» (Vida 13,l). Expresa el gozo interior del alma, es humilde y «modesta» (cf. Fundaciones 12,l). No se alcanza por el atajo fácil que evita la renuncia, el sufrimiento o la cruz, sino que se encuentra padeciendo trabajos y dolores (cf. Vida 6,2; 30,8), mirando al Crucificado y buscando al Resucitado (cf. Camino 26,4). De ahí que la alegría de Santa Teresa no sea egoísta ni autorreferencial. Como la del cielo, consiste en «alegrarse que se alegren todos» (Camino 30,5), poniéndose al servicio de los demás con amor desinteresado. Al igual que a uno de sus monasterios en dificultades, la Santa nos dice también hoy a nosotros, especialmente a los jóvenes: «¡No dejen de andar alegres!» (Carta 284, 4) ¡El Evangelio no es una bolsa de plomo que se arrastra pesadamente, sino una fuente de gozo que llena de Dios el corazón y lo impulsa a servir a los hermanos!”

En el Camino de Perfección, pero haciendo aún más hincapié en cuál ha de ser el contenido central de su vida y de la vida de sus monjas, señalará Teresa:  “determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo, confiada en la gran bondad de Dios, que nunca falta de ayudar a quien por Él se determina a dejarlo todo…, ayudásemos en lo que pudiésemos a este Señor” (C 1, 2).

De este texto se deduce algo fundamental que ya señalábamos: “seguir los consejos evangélicos” y “ayudar al Señor”. Ambas afirmaciones remiten claramente a la persona de Cristo. El proyecto teresiano es un proyecto claramente “apostólico”, y centrado en vivir al estilo de Jesucristo. Esto es lo que, en el desarrollo de su obra, pondrá en evidencia Teresa, al igual que en el profundo valor testimonial-apostólico que ella descubre en los consejos evangélicos en sí mismos.

Cierto es que después de comenzar su discurso se olvida de hablar de votos y de consejos, o mejor dicho, olvida hacer uso de los términos. A Teresa lo que verdaderamente le motiva es fundamentar la vida religiosa en clave de seguimiento y servicio de Cristo. Por eso presentará lo que para ella son los elementos esenciales en ese camino o proyecto de vida, claramente ligado a la vida de Cristo y de sus discípulos. Teresa pretende fundamentar su vida –incluso en el número (solo 13)-, en los valores fomentados por Cristo en el grupo de sus discípulos. No basta con vestir un hábito y cumplir unas normas, algo más se nos pide: “Parecernos ha que las que tenemos hábitos de religión y le tomamos de nuestra voluntad y dejamos todas las cosas del mundo y lo que teníamos por Él… que ya está todo hecho… Mas ha de ser con condición… “(3M 1, 8) Y la condición teresiana es la de formarse en la escuela de las virtudes de Cristo: “Y creedme que no está el negocio en tener hábito de religión o no, sino en procurar ejercitar las virtudes y rendir nuestra voluntad a la de Dios en todo, y que el concierto de nuestra vida sea lo que Su Majestad ordenare de ella, y no queramos nosotras que se haga nuestra voluntad, sino la suya” (3 M 2, 6).

Caer en la trampa de la legalidad, aun cuando Teresa sabe del valor de las Constituciones y la Regla, tiene el riesgo de paralizar el avance en el camino y de convertirse en un refugio en el que centrar la autojustificación y la “perfección” de la propia vida religiosa. Hablando del amor al prójimo recordará Teresa: “Toda nuestra Regla y Constituciones no sirven de otra cosa sino de medios para guardar esto con más perfección” (1M 2, 15).

Centrar la mirada en lo esencial

Decíamos que para Teresa, la primera consecuencia ante la toma de conciencia del amor de Dios en su vida, es tratar de vivir consecuentemente con lo que eso significa. De aquí que comience proyectando su reforma desde la necesidad de conformar su forma de vida con los valores evangélicos: “procuremos ser tales” (C 3, 2).

Teresa en el fondo es poco amiga de muchas normas y de insistir en las mortificaciones (cf. F 18, 8). Su intencionalidad es ayudar a forjar una personalidad “cristiforme” en los individuos, para que vivan la plenitud de la vocación que han recibido. Por eso advierte en su discurso: “No penséis, amigas y hermanas mías, que serán muchas las cosas que os encargaré, porque plega al Señor hagamos las que nuestros santos Padres ordenaron y guardaron, que por este camino merecieron este nombre. Yerro sería buscar otro ni deprenderle de nadie. Solas tres me extenderé en declarar, que son de la misma Constitución, porque importa mucho entendamos lo muy mucho que nos va en guardarlas para tener la paz que tanto nos encomendó el Señor, interior y exteriormente: la una es amor unas con otras; otra, desasimiento de todo lo criado; la otra, verdadera humildad, que aunque la digo a la postre, es la principal y las abraza todas” (C 4, 4).

Tres virtudes, pues, son las que han de caracterizar la vida de los auténticos seguidores de Cristo. Consecuente con su planteamiento de vida, Teresa nos ayuda a dirigir la mirada hacia lo que verdaderamente nos identifica con Cristo. No se trata de una virginidad a secas, sino de un proyecto de vida fundamentado en el amor, y en el amor al prójimo. Tampoco es cuestión que se pueda reducir a una obediencia formal, a pesar de la gran importancia que dará Teresa a esta actitud de vida. Para ella resulta más esencial la auténtica humildad, es decir, acomodarse al proyecto de Dios sobre nuestra vida, a su voluntad, presente en el descubrimiento de mi verdad y de su verdad. Y aunque la pobreza material para Teresa es un signo muy importante, mucho más urgente es la verdadera pobreza de espíritu que sólo se forja desde la virtud del desasimiento.

Resulta evidente la intencionalidad teresiana al acentuar estos valores: para ella es lo que sostiene la vivencia autentica de los votos. Así entendidos, son sobre todo “consejos de Cristo”. De esta manera Teresa nos presenta la vivencia de la consagración como un reto fascinante y evangélico: seguir a Cristo por el camino de la pobreza, castidad y obediencia, es seguirlo a través de un proceso de vida gracias al cual nos vamos identificando con Él y convirtiéndonos en “alter Christus”. Estas tres virtudes sintetizan muy bien los fundamentos del proyecto de vida que pretende inculcar Teresa para forjar a sus monjas como verdaderas orantes y como seguidores-servidoras de Cristo. Aquí Teresa nos ofrece una orientación para la vida y para revitalizar en nosotros el espíritu de los consejos de Cristo (los próximos retiros los dedicaremos a centrar la mirada en cada uno de estos consejos por separado).

Así Teresa nunca caerá en la tentación del triunfalismo, sino que aun cuando vea avanzar la fundación de sus conventos y el número de monjas, no dejará de recordar lo principal: “No está nuestra ganancia en ser muchos los monasterios, sino en ser santas las que estuvieren en ellos” (Cta 431, 3).

Camino para contentar a Dios

Hay un término en Teresa que es fruto de esa comunión de amor con su Dios, y que va a suplir al lenguaje retribucionista al que fácilmente nos habituamos. Teresa ve en su vida, la oportunidad de encarnar los mismos valores que configuraron la vida del Cristo, como un gran regalo. Pero también como el camino para corresponder a tanto amor. La dicha de quién ama es que su amado esté contento, y sea dichoso. Y en ese dinamismo quiere Teresa vivir su consagración: contentar a Dios, ese Dios que tiene su dicha en “estar con los hijos de los hombres”.

La vivencia de los consejos deja de ser así una obligación o un peso para convertirse en el camino de la corresponsabilidad: “Pues sabemos el camino como hemos de contentar a Dios por los mandamientos y consejos, en esto andemos muy diligentes… lo demás venga cuando el Señor quisiere” (6M 7, 9). O como afirma en otro lugar: “¿Qué podremos hacer por un Dios tan generoso que murió por nosotros y nos crió y da ser, que no nos tengamos por venturosos en que se vaya desquitando algo de lo que le debemos, por lo que nos ha servido…” (3M 1, 8).

Esto le lleva a Teresa a precisar que la condición del consagrado y de la consagrada es la de vivir con Cristo en comunión de intereses: de forma de vida y de aceptación de los riesgos y retos que plantea: “O somos esposas de tan gran Rey, o no” (C 13, 2), planteará directamente Teresa a sus monjas para animarlas a no desfallecer en el camino de la entrega total a Cristo. Ello acrecentará la disposición a configurarse con Él en la virtud y en la entrega: “Y pues no venimos aquí a otra cosa, manos a la labor, como dicen: no entendamos cosa en que se sirve más al Señor, que no presumamos salir con ella con su favor” (C 16, 12).

Eso es lo que en definitiva se propone en el Camino de Perfección, donde además queda plasmada la dinámica pedagógica que usa la Santa: no insistir tanto en las cuestiones formales que configuran la vida consagrada, sino centrar la mirada en lo verdaderamente esencial, es decir, el ejercitarse en la virtud. Y las virtudes por excelencia son, para Teresa, los consejos evangélicos, aunque en una perspectiva nueva y original en el planteamiento con que ella lo presenta. En al plano formativo Teresa apuesta por hacernos comprender la importancia de esas “virtudes” y sus valores de vida, antes que recalcar demasiado la dimensión formal. Y cómo el todo del camino del seguimiento de Cristo está en la vivencia de estos valores evangélicos.

Hablando con Él

Podemos concluir nuestra reflexión encontrándonos un momento a solas con Jesús. Él es la razón y motivo de nuestra vida. Y en Él encontramos la fuerza para vivir la autenticidad de nuestra llamada. Podemos hacer nuestras estas palabras de Teresa sobre la Samaritana, para que lo que Dios ha sembrado en nosotros se convierta en fruto y testimonio para los demás: “Acuérdome ahora lo que muchas veces he pensado de aquella santa Samaritana, qué herida debía de estar de esta hierba, y cuán bien habían rendido en su corazón las palabras del Señor, pues deja al mismo Señor que ganen y se aprovechen los de su pueblo, que da bien a entender esto que voy diciendo; y en pago de esta tan gran caridad, mereció ser creída, y ver el gran bien que hizo nuestro Señor en aquel pueblo.

Paréceme que debe ser uno de los grandísimos consuelos que hay en la tierra, ver uno almas aprovechadas por medio suyo. Entonces me parece se come el fruto gustosísimo de estas flores. Dichosos a los que el Señor hace estas mercedes; bien obligados están a servirle. Iba esta santa mujer con aquella borrachez divina dando gritos por las calles.

Lo que me espanta a mí es ver cómo la creyeron, una mujer, y no debía ser de mucha suerte, pues iba por agua; de mucha humildad, sí, pues cuando el Señor le dice sus faltas, no se agravió (como lo hace ahora el mundo, que son malas de sufrir las verdades), sino díjole que debía ser profeta. En fin, le dieron crédito, y por solo su dicho salió gran gente de la ciudad al Señor” (Conceptos del Amor de Dios 7, 6).

 

 

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